LA COMEDIA HETEROSEXUAL

Teatralidad, sexo y política en la era queer

 

Un simulacro (acción que se realiza con la apariencia de lo que expresa, pero sin serlo en realidad) puede consistir, por ejemplo, en exagerar aquellos rasgos o actitudes que en la vida social cuentan como aparente heterosexualidad. Esta apariencia de heterosexualidad se muestra de diversas maneras y cumpliendo diversas funciones. Se muestra en un mujer cuando acentúa la cadencia de sus movimientos como rechazo compulsivo al género abyecto o feminidad fracasada que culturalmente se atribuye al lesbianismo. Se muestra también en un hombre que tiende a piropear o a tratar de forma protectora a sus compañeras de trabajo para disipar toda sospecha de atonía sexual con las mujeres. Son formas de escenificación en las que nos vemos inmersos sin elegirlo, pero con las cuales somos permanentemente conminadas a negociar.

 

Hablar de la vida como actuación, como reiteración de las normas o conjunto de normas que adquieren un estatus de acto en el presente precisamente a través de la disimulación de las convenciones de las cuales son repetición, es hablar también, sin lugar a dudas, de uno de los principales efectos del monopolio existencial que la heterosexualidad ha obtenido históricamente: normas psíquicas que sancionan y construyen la sexualidad, la identidad de género y la propia relación entre los géneros en términos estrictamente heterosexuales.

 

Para conceptualizar la heterosexualidad como una comedia -lo cual pretende ser nuestro principal objetivo- lo más socorrido parece, sin embargo, la idea de mascarada. El simulacro y la actuación no dejan de presuponer la existencia de un "ser" que permanece oculto tras la apariencia del otro "ser" que en realidad se expresa, en este caso, con la reiteración de normas heterosexistas de comportamiento. La mascarada implica más bien la reducción de todo ser a una forma de apariencia, a la apariencia de ser. Es en base a esta idea de mascarada que las categorías paródicas de la heterosexualidad presentes en la cultura homosexual, como las relaciones butch/femme, adquieren su potencial subversivo, por el radical cuestionamiento de toda forma de autenticidad sexual que suponen. El gai o la lesbiana es ya al/la heterosexual no como una copia (una repetición, una reiteración) es a un original, sino como una copia es a una copia. La replicación mimética de sus signos de reconocimiento, la apropiación ┐indebida? de sus señas de identidad exponen el carácter paródico de la heterosexualidad hasta sus últimas consecuencias. Aunque también su persistencia como ideal erótico insoslayable.

 

Las muchas funciones histriónicas de la heterosexualidad en el presente gai y lesbiano (de entre las cuales una drag-queen rodeada de chicos musculosos constituye su más hiperbólico exponente) pueden localizarse tanto en el ámbito de la resistencia cotidiana a un entorno hostil (acentuar la adecuación a los imperativos heterosexistas del género cuando se está en público), como en el de la intimidad sexual (jugar a que él -o ella- es el príncipe que te rescata del limbo), como en el del lenguaje subcultural (quien no ha dicho alguna vez: "┐Nena, dónde está tu marido?"), como en el estrictamente político (la apropiación pública de los elementos rituales del matrimonio heterosexual, incluido el canónico, para reivindicar una serie de derechos de la pareja homosexual).

 

Rectificar la segregación sexual de las costumbres, y su difusa e implícita violencia, ha sido una de las principales funciones de esta teatralidad con fines políticos. Las Veladas Maricas del grupo neoyorquino Queer Nation son un ejemplo prototípico de ello: "Invadiendo los bares heteros, por ejemplo, las petardas escenifican una producción de sentimentalidad y placer que reflejan la ordinariez de los cuerpos maricas. La banalidad que exponen en un bar veinticinco parejas del mismo sexo y la estupidez de un grupo de moñas jugando a las cerillitas difuminan la distancia crucial entre los placeres ordinarios de la sociedad hetero y el mundo gai. Ni informativas ni particularmente espectaculares, las Veladas Maricas demuestran dos verdades ominosas a la cultura heterosexual: una, que la identidad gai no puede considerarse nunca más un contraste fidedigno de la hetereidad, y dos, que lo que se buscaba como una actividad restringida a la subcultura gai se ha convertido en algo inestable e improvisatorio, representando sus placeres en un teatro cerca de ti".

 

Enlazando este planteamiento con el pensamiento de Monique Wittig, "ser" lesbiana o gai consistiría entonces no en reconocer el sexo de una misma, sino en introducirse en una confusión y proliferación de categorías que hacen del sexo la categoría imposible de identidad. Una constelación de identificaciones que no acaban de conformar los estándares de integridad sexual y de género. En cualquier caso -aunque tal vez Wittig no estuviera muy de acuerdo con esto- es a partir de la citación, distorsión, exageración o remedo de las normas heterosexistas de comportamiento (de habitar las prácticas que posibilitan su rearticulación) que parece prestarse la oportunidad de desestabilizar las categorías que las agrupan.

 

La apropiación, por parte de gais y lesbianas, de rituales tradicionalmente considerados pilar de la pareja heterosexual y la familia, como las bodas y los funerales -ambas cosas, tal vez, o al menos en parte, consecuencia de casi dos décadas de sida- ha resultado una de las cuestiones que más ampollas han levantado en los últimos tiempos. Esta reclamación de instituciones para celebrar públicamente la alegría del amor o llorar la pérdida constituye un fenómeno especialmente llamativo. La actitud de la reacción homófoba es, en este sentido, fácilmente explicable: en estos rituales no existe, como en el simulacro o la actuación, un ser que se oculta tras otro ser, ni como en la mascarada, una mera apariencia de ser. En los rituales de las bodas o los funerales nos encontramos con individuos que sin "fingir ser", en este caso, heterosexuales, ni dejar de "parecer ser", en este caso, gais o lesbianas, "se comportan como si fueran", en este caso, el cónyuge o el pariente. Absolutamente irritante para quienes continúan negándole al vínculo homosexual, y a las comunidades de vida generadas por la experiencia homosexual contemporánea, función estructurante o forma de trascendencia alguna.

 

No cabe duda que la teatralidad ritual de estas ceremonias (sobre todo las bodas) en clave familiarista, y sobre todo su centralidad, por no decir su monopolio, en las políticas de representación del movimiento organizado, también ha desatado más de un conflicto en el seno de las propias comunidades gais y lésbicas. Por su recurrencia y su carencia de elementos distorsionantes (elementos de queering) más parecen servir, se ha dicho, a la ratificación de ideales impuestos que a la desestabilización de ninguna norma o institución. Todo un desprecio, se ha dicho también, a otros ritos e instituciones gais y lésbicas menos apegados a la nostalgia de la heterosexualidad y la familia, y tal vez por ello, también menos articulados. Pero esta ha llegado a ser una polémica estéril. O la devolución a una idea ya esbozada en otra línea: la reiteración y la puesta en escena de los imperativos y convenciones del sexo y del género en muy pocas ocasiones dependen de un sujeto que elige y decide. No hay poder ni sujeto que actúe, solo "un reiterativo actuar que es el propio poder en su persistencia e instabilidad".

 

Es así como la comedia heterosexual se nos revela, una y otra vez, y otra, y otra, en la ya siempre en cartelera comedia del poder.