TIENTOS PARA UNA EPISTEMOLOGÍA FLAMENCA

METÁFORAS DEL SABER EN EL CANTE

 

El canto rodado guarda

en su silencio de piedra

la jonda canción del agua

 

 

Cada decir alumbra un mundo. Alumbra: engendra, trae al ser; alumbra: ilumina, trae a la vista. El decir filosófico, el teológico, el científico o el mítico han alumbrado mundos que sin ellos no hubieran sido. Hay un mundo que sólo ha sabido decirse en el cante, un mundo que casi ni es mundo pues su lugar es un no-lugar, en los márgenes de todos los lugares y todos los mundos: márgenes de las ciudades, márgenes de la escritura, márgenes de las clases sociales, márgenes de la ley.

Cada forma de decir, cada discurso, incorpora una reflexión sobre sí mismo; y, en particular, una reflexión sobre su modo de saber y sobre lo que le diferencia de otros modos de saber. En este sentido puede hablarse de una epistemología filosófica, de una epistemología científica... y de una epistemología flamenca. En las letras de los cantes -y en el modo en que se cantan- se expresa, se transmite y se recrea un modo de vivir, una manera de saber y una indagación sobre ese saber y sobre su especificidad. Prescindamos de que filósofos, científicos y teólogos hayan tachado ese saber como ignorancia (en contraste con la cual pueden los suyos presentarse como saberes auténticos), para asomarnos a lo que las gentes que se dicen en el cante piensan en torno al saber.

Para esta incursión, el análisis de las metáforas habituales en las coplas flamencas se revela como una útil herramienta. No porque, al encuadrarse en lo que viene llamándose lírica popular, sea aquí la metáfora un recurso cognitivo que sustituyera al trabajo conceptual, cuyo rigor y sistematicidad -como suele creerse- no lograría alcanzar. El trabajo de la metáfora tiene su propia forma de rigor y sistematicidad; de hecho, bajo los conceptos más elaborados (como los de la ciencia, las matemáticas o la filosofía) late siempre una metáfora, que -aunque sometida a meticulosos procesos de ocultación- no deja de imponer su lógica a la que suele presentarse como lógica puramente conceptual o formal. Si conceptos como los de fuerza, presión o energía en física, o los de función o raíz cuadrada en matemáticas, pueden analizarse como conceptos metafóricos, hacer otro tanto con los conceptos habituales en el cante nada tiene que ver con su adscripción a un género literario u otro. Consideraremos, pues, el flamenco como otro lenguaje especializado o sublenguaje, al mismo título que lo son el filosófico o el científico, si bien su modo de formalización característico no es la definición y argumentación (como en el discurso filosófico) ni la matematización y demostración (como en el científico) sino la versificación (métrica y ritmo), el compás y la modulación vocal. Las metáforas que aparecen en los cantes pueden, por tanto, considerarse en su dimensión cognitiva -y no necesariamente en la poética- tanto como las que puedan aparecer en cualquier otro tipo de discurso.

Tampoco el análisis metafórico prejuzga una supuesta voluntad poética de algún posible autor individual. El `yo poético' que habla en la lírica popular es un `yo colectivo' y anónimo, a través del cual se expresa el saber y el sentir de ciertas gentes, las que -en su origen- suelen caracterizarse como creadoras de la cultura gitano-andaluza. La posible voluntad de artificio o de `hallazgo poético' que hubiera podido animar al ocasional autor individual original, al pasar por el tamiz de reiteradas interpretaciones y audiciones, se va modificando, decantando, asumiendo e incorporando por los hablantes -los cantaores- hasta constituir una forma de expresión propia y colectiva (no otra cosa hace, aunque mediante otros procedimientos, la comunidad científica con los hallazgos individuales). Aún en el caso de que un minucioso estudio filológico pudiera rastrear una supuesta metáfora original, lo significativo es que ésta ya no es dicha como tal metáfora, sino como expresión natural y propia de las cosas tal y como son para quienes se sienten expresados en los cantes.

De entre los muchos conceptos construidos metafóricamente, aquí hemos seleccionado el concepto de `saber' o `conocimiento' por dos motivos principales. Por un lado, es un concepto lo bastante duro como para evitar ser confundido con otros conceptos más fácilmente poetizables de un modo artificioso, como los habitualmente tenidos por propios de la lírica -como los relacionados con la belleza o las pasiones- o los relacionados más inmediatamente con la vida cotidiana -como los referentes al trabajo o las relaciones de parentesco. Por otro, se trata de un concepto que otros discursos han construido también metafóricamente, lo que nos puede permitir algunos esbozos comparativos. Así, por ejemplo, en el lenguaje de numerosas religiones el concepto de `conocimiento' se construye a través de la metáfora de la revelación, es decir, como des-velamiento de lo que estaba oculto y viene a manifestarse. Esta construcción metafórica emparenta este concepto con el que de él suele hacer uso el lenguaje de la ciencia cuando habla de descubrimiento científico, donde también se entiende el conocimiento como des-velamiento de lo que estaba velado o cubierto. En el lenguaje filosófico también el saber se entiende fundamentalmente a través de metáforas lumínicas -al menos para ciertas tradiciones, como la platónica (mito de la caverna) o la ilustrada (iluminismo). Estas metáforas se presentan asímismo en el lenguaje científico, tanto cuando atiende a su dimensión experimental (hechos observables, muestra empírica, etc.)como cuando recurre al aparato lógico (de-mostración, teoría, e-videncia, etc.).

Pues bien, la construcción flamenca del concepto de saber participa de alguno de los significados metafóricos antes aludidos, pero con algunas diferencias decisivas. En algunos casos incorpora importantes matices característicos (por ejemplo, el saber como don, que en el discurso religioso suele venir de arriba pero que en las coplas flamencas viene de abajo). En otras ocasiones los cantes invierten por completo el sentido de la metáfora (por ejemplo, frente al saber como iluminación propio de la filosofía de las Luces, se contrapone un saber al que más bien le conviene la penumbra).

 

 

Numerosos cantes hablan del saber como fruto de la experiencia concreta, en contraposición a un saber entendido como adquisición de un cuerpo elaborado de contenidos formales específicos. Así, en la copla popular que canta Carmen Linares por soleá:

 

Presumes que eres la ciencia / y yo no comprendo así

por qué siendo tú la ciencia / no me has comprendido a mí.

 

La metáfora que personifica `la ciencia' en ese `tú' denuncia aquí la incapacidad de esa forma de saber -el de la ciencia- para comprender lo concreto y singular: el `mí'. El conocimiento, pues, antes que un conjunto de respuestas prefabricadas es un hallazgo, y un hallazgo personal, que cada uno debe alcanzar; es decir, más que un sustantivo es un verbo, como canta Rancapino por alegrías:

 

No preguntes por saber / que el tiempo te lo dirá,

que no hay cosa más bonita / que el saber sin preguntar.

 

Observamos cómo, además, al ser el saber un hallazgo, y no un conjunto de contenidos, no cabe otro maestro que la propia experiencia, es decir, el tiempo: es el tiempo el que enseña, el tiempo es el maestro. Esta metáfora se reitera en la siguiente copla, que recoge el padre de los Machado:

 

El tiempo y el desengaño / son dos amigos leales,

que despiertan al que duerme / y enseñan al que no sabe.

 

En esta variante, el tiempo es un amigo, además de un maestro: es un maestro amigo. De él se aprende desaprendiendo, deshaciéndose de conocimientos que actúan como engaños: saber es des-engañarse.

Por eso el concepto de verdad que desarrolla el flamenco está en las antípodas de la metáfora de la verdad como representación que late bajo la concepción moderna:

 

Quisiera yo renegar / de este mundo por entero.

Volver de nuevo a habitar / -madre de mi corazón-

por ver si en un mundo nuevo / encontraba más verdad.

 

Para estas peteneras populares, la verdad no se define en términos de ajustar los enunciados a esos hechos que la modernidad sacraliza; bien al contrario, si los hechos ("este mundo") están mal hechos, se cambian por otros que sean "más verdad" y conformen un mundo más "habitable". Lo cual tampoco quiere decir que sea la verdad la que se sacralice: la verdad también puede ser engañosa, como cantaba por tientos Bernardo el de los Lobitos:

 

Yo me fié de la verdad / y la verdad me engañó;

Cuando la verdad me engaña / żde quién me voy a fiar yo?

 

La verdad no es, pues, concordancia con el mundo, pero tampoco del pensamiento consigo mismo, como expresan estas alegrías:

 

Quién va a comprenderme a mí / si yo misma no me entiendo,

digo que ya no te quiero / y estoy loquita por tí

 

En cualquier caso, tampoco es bueno calentarse demasiado los sesos:

 

Tiro piedras por las calles / y al que le den que perdone,

tengo la cabeza loca / de tantas cavilaciones.

 

En todos estos versos puede considerarse que está presente, de modo latente, la metáfora el saber es un contenido, y -considerado como contenido- resulta un saber poco valioso. Sobre todo cuando el continente es el universo de los sentimientos:

 

De los sabios de este mundo / a aquél que supiera más,

mételo tú en el querer / lo verás prevericar.

 

Mediante una doble metonimia, el saber se condensa en los sabios y éstos en `aquél que supiera más'. Así concentrado, el saber se convierte en un contenido que, `metido' en ese recipiente que puede ser metafóricamente `el querer', se tambalea y pierde su papel (suponiendo que ese `prevericar' corresponda a `prevaricar', ya sea en su acepción de "faltar uno voluntariamente a la obligación del cargo que desempeña" -el cargo de sabio, en este caso- ya en la de "desvariar").

De esa contraposición entre un saber que es sustancia o contenido y otro que es actividad o hallazgo, uno que es formal e incapaz para conocer lo concreto y otro que es fruto del tiempo y de la experiencia singular (desvalorizado el primero y valorado el segundo), se sigue que este segundo no es susceptible de convertirse en objeto de compra o venta. Efectivamente, sólo cuando la actividad del producir se reifica o cosifica en el producto puede la producción -en puridad marxista- autonomizarse del productor y ser susceptible de circular como mercancía. Eso es lo que parece expresarse en la metáfora negativa: la ciencia no es mercancía:

 

Más vale saber que haber / dice la común sentencia;

que el pobre puede ser rico /y el rico no compra ciencia.

 

Otro aspecto que habíamos mencionado es el de la inversión de las metáforas lumínicas, habituales en el lenguaje filosófico, en el lenguaje del flamenco. En la experiencia que se dice en el cante, parece latir una concepción del saber como penumbra, una forma de saber que las luces del saber culto -żel saber payo?- necesariamente opacan, por lo que debe protegerse de ellas:

 

Con roca de pedernal / yo me hecho un candelero

pa' yo poderme alumbrar / porque yo más luz no quiero:

yo vivo en la oscuridad.

 

Este fandango, en el que tanto se gustaba Camarón, alberga una doble metáfora implícita. Existe una luz/conocimiento que explícitamente se rechaza: aquélla que se opone a la luz del candelero, anulándola por exceso de iluminación. A su vez, esta semi-luz se caracteriza por dos rasgos. Uno, es una luz/conocimiento hecha por uno mismo ("yo me he hecho..."), que se orienta de dentro a afuera (como el saber desde la propia experiencia, del que hablábamos antes), en oposición a la luz/conocimiento que viene de fuera. Otro, es una luz -la de la candela- que es más bien una penumbra, casi una ausencia de luz, una pequeña luz desde la que defenderse del daño de la gran luz, una luz que alumbra lo justo para no destruir un hábitat singular: la oscuridad o penumbra.

Esta doble metáfora del saber como iluminación cuyo foco está en uno mismo y, a la vez, como iluminación oscura, la volvemos a encontrar en unas alegrías que también solía cantar Camarón:

 

Con la luz del cigarro / yo vi el molino;

se me apagó el cigarro / perdí el camino.

 

Ahora es el cigarro el que desencadena la actividad metafórica que antes cumplía la candela: ambos permiten conocer/iluminar, pero ambos lo hacen desde el sujeto hacia su exterior y ambos lo hacen débilmente. Las ideas claras y distintas que aporta la ilustración iluminista resultan ser engaños de los que no se sale por una mayor iluminación sino -como no podía ser de otra manera- por una atenuación de la claridad y distinción, por una difuminación de los límites de las ideas, y eso es precisamente lo que facilita la penumbra: no ver, sino entrever.

También en esas alegrías podemos interpertar que existe una referencia metafórica implícita a la diferencia entre dos caminos o vías de conocimiento: el científico y el del cante. El primero es una andadura hecha: basta con seguir el camino, con seguir el método científico (en griego, mét-hodós = camino). El segundo es una andadura por hacer: el camino se alumbra (se trae al ser) al alumbrarlo, al irlo iluminando con la tenue luz que emana del sujeto hacia el exterior (función metafórica del cigarro), sin apenas despegarse de él.

Hay otro grupo de metáforas en las que el saber, la ciencia o el conocimiento valiosos (pues los tres términos se usan indistintamente, tanto para referirse al saber propio y valioso como al ajeno y desvalorizado) se perciben como don, gracia o favor. Éstos se caracterizan tanto por ser gratuitos (lo que es coherente con la imposibilidad de convertirse en mercancía, que veíamos antes) como por venir del exterior (lo que ahora sí resulta incoherente con la metáfora del saber como producción desde el interior). Así en el cante por caña:

 

Son la ciencia y el saber / favor que le debo al cielo,

pero cuando hablo contigo / toíto mi saber lo pierdo.

 

Además de la contraposición habitual entre ciencia y sentimiento, el saber no es aquí una construcción del sujeto sino un "favor", algo recibido de afuera. Acaso esta incoherencia se atenúe si atendemos a los distintos tipos de `afuera' de los que provienen unos saberes y otros. El saber rechazado proviene de un afuera que es el de `los sabios', el saber `culto'. El saber valioso, en cambio, viene del cielo o -como dicen las siguientes bulerías- de las raíces que se hunden en la tierra:

 

En la raíz de un olivo / yo escondí toda mi ciencia

y se la vino a encontrar / una gitanilla vieja.

 

Esta copla ofrece todo un tejido de metáforas que, al entrelazarse, multiplican los efectos de sentido, viniendo a sintetizar admirablemente toda una singular concepción del saber. Nos limitaremos a enunciar algunos de los juegos metafóricos aquí encerrados, que bien pudieran ser objeto de un análisis más minucioso.

Sobre el telón de fondo que entiende el saber o la ciencia como un tesoro, destaca, en primer lugar, el juego del esconder/encontrar como conjugación -que puede explicar la aparente incoherencia mencionada- de un saber que es actividad desde el interior del sujeto (el `yo' que lo esconde) y de un saber que es don o hallazgo (que la vieja encuentra): la ciencia que es producto de la experiencia concreta individual pasa a formar parte del caudal del saber colectivo (metafóricamente situado en las raíces) de una cultura determinada, que después se lo ofrece a sus miembros como un don, como algo no producido por nadie pero que es propiedad común.

Por otra parte, el saber se piensa como un contenido que se vierte, no en cualquier recipiente sino en ese recipiente que es el olivo: un árbol común en Andalucía y de apariencia cincelada y agrietada por los años, como -se supone- la cara de la gitanilla vieja. En el aspecto retorcido del olivo parece expresarse el mismo dolor que se dice en el quejío del cante. (La misma imagen de la gitana vieja es también significativa: es la mujer, y en especial la mujer anciana, la principal transmisora del saber cotidiano y concreto).

Pero el saber no se esconde/encuentra en cualquier parte del olivo, sino en sus raíces. Es un saber hondo/jondo. El olivo es el árbol flamenco de la ciencia, y esconde/ofrece el fruto del conocimiento en el lugar más opuesto posible al que lo hace ese otro árbol del conocimiento que es el del Génesis. Éste muestra sus frutos en las ramas -es decir, arriba y afuera- mientras que aquél los esconde en las raíces -es decir, abajo y adentro-, al abrigo de las luces.

Encontramos aquí una nueva expresión de anteriores metáforas. Las ramas están a la luz; las raíces, en la penumbra. Las ramas se yerguen arriba y afuera: como la cabeza, origen del saber racional y abstracto; las raíces se hunden abajo y adentro: como las tripas, origen de un saber entrañable, que arraiga en las emociones y en lo concreto.

La cultura popular que se expresa a través del flamenco procede así, mediante un complejo juego de metáforas entreveradas, a una inversión radical de los valores dominantes y su manera de entender el saber y el conocimiento. En particular, se invierte la identificación de lo valioso con lo superior y lo no valioso con lo inferior (ya se entienda el par superior/inferior en términos sociales o corporales), se invierte el elogio de las Luces y la denigración de las sombras (las de la superstición o la ignorancia con que suelen identificarse los saberes no académicos), se invierte la situación, la condición y el sexo del sujeto del saber... Y, más allá de toda negación, se afirma -incluso con arrogancia- la verdad de los márgenes: "El flamenco -sentencia Rancapino- se canta con faltas de ortografía".

 

 

 

Maribel Moreno

y Emmanuel Lizcano