SOBRE UNA MARIESCENA DE DARK CITY

El decorado representa el comedor cutre donde cena un matrimonio de asalariados. La casa está sucia y parece pequeña, se adivina un barrio mísero al otro lado de la puerta. La puerta misma me agobia, enorme, levantada sobre la mesa, entre los dos cónyuges, parece un tercer comensal, uno cree que va a abrirse de una patada, que va a vomitar al barrio entero sobre el esforzado mantel blanco. El matrimonio conversa. Me hace gracia que ella lleve rulos y batita de boatiné y que él tenga camiseta de tirantes y que eructe sin cesar y que ella se meta los dedos en la boca para sacarse algo de los dientes, mientras hablan del trabajo de él. Porque trabaja él, ella no. Eso parece muy claro, es un matrimonio proletario a la vez que decente y mantiene las sanas costumbres heteros. Él cuenta una pelea con alguno de los compañeros. Tiene miedo a perder el empleo, constantemente amenazan a todos con el despido, y hay en el trabajo un clima de violencia permanente. Ella se excita de una manera extraña y le dice que se plante contra ellos, que pelee. Noto que se me está mostrando una larvada excitación erótica en las palabras de ella y empiezo a pensar que estoy viendo la típica película de pobres de atrezzo. Es como un anuncio, me digo, un laboralismo de videoclip. Muy clarito, todo. Pienso que me lo tengo bien empleado por venir a ver cine de género, aunque lleve tres días intentando convencerme de que en el fondo la ciencia-ficción es muy gay, y que ahí está el Planeta Marica, por ejemplo, con naves espaciales y marcianos y marigalaxias.

Mientras me pierdo en la divagación, en la pantalla empieza a ocurrir lo inesperado. Dan las doce y el matrimonio de obreros se desploma sobre sus platos de sopa. La raza de extraterrestres de rigor, que mantienen prisionero al mundo, inicia su rito de la medianoche. La ciudad se inmoviliza, los coches se detienen en las avenidas, los relojes se paran, y el tiempo se tensa de pronto en un extraño compás de espera mantenido y ambiguo. Y entonces la ciudad inicia su cambio. Edificios surgen de la tierra, los puentes se curvan hasta convertirse en enormes arcos aéreos, hay una dimensión fálica en esas torres que brotan y se elevan y se retuercen al modo de lentas columnas salomónicas, desperezándose con una parsimonia de piedra viva. Se puede apreciar en la amplia panorámica de la ciudad, mientras vemos todos los edificios cambiándose y abriéndose a la vez como un grupo de plantas ralentizadas. Ahora entiendo lo que hacen los extraterrestres. Inyectan cada noche recuerdos nuevos en cada uno de los humanos, y lo hacen por ejemplo con en el matrimonio de obreros, mientras el comedor se agita en el solemne ritual de su metamorfosis. La mesa se dilata sobre un raso de vajillas resplandecientes y a lo largo de la casa crecen candelabros y lámparas y alfombras rojas, e incluso el pelo grasiento de ella se trasmuta con lentitud en un lustroso moño de laca y pedrería, su boatiné deriva en un tornasolado traje de noche y, como una gota que cae, se forma una pulsera de brillantes que ella encontrará en su muñeca a las doce y un minuto, cuando el matrimonio obrero estrene su nueva realidad de mayordomos y columnas que le durará hasta la siguiente medianoche.

Los cónyuges parpadean un solo instante al despertar. Él, con smoking y monóculo, al otro lado de la larga mesa, le detalla ahora la violencia con la que ha despedido a un obrero rebelde. Se deleita contándole el acoso lento al que ha ido sometiendo a su víctima, el ensañamiento planeado contra el trabajador, la condena a una selva que tal vez le mate. Ella toma una cucharadita de postre y cuando el marido termina la historia sonriendo con una crueldad decimonónica, podemos ver con claridad cómo en el gesto de ella se corona un orgasmo.

Yo soy uno de ese numeroso grupo de gays enganchados a la ciencia-ficción, y como tal la escena me cogió un poco como desde fuera, con toda esa imaginería de matrimonios, de cenas nocturnas, de tópicos de roles y de abusiva pluma hetero, pero la costumbre de "traducir" los conflictos heterosexuales de la ficción se me ha acabado imponiendo, tal vez por costumbre. Traducir conflictos es algo típico de las dictaduras censoras, con Franco se empezaba a traducir cada vez que salía un traje de época y, en el mismo fundido en negro final, supe que no iba a escaparme de lo planteado en esa escena de Dark City: la rara constatación de que la lucha de clases está también atravesada por el deseo erótico. Orgasmo y explotación, deseos y despidos. Un conflicto que aparece planteado con una claridad diáfana. Ella se excita, él relata un terrible aporte de fuerza masculina, un caso de sujeción, dominación y muerte, ella le pide más, alcanza el orgasmo al escucharlo mientras engulle con placer su cucharadita de chantilly. Ante mí se ha desarrollado un orgasmo hablado, es sexo oral (del bueno), una suerte de representación Sado/Maso, donde el amo describe al esclavo favorito el trato que es capaz de dar al resto de los esclavos de tropa, donde se hace demostración de una cotidiana pulsión de destrucción, un secreto deseo de muerte, donde el esclavo alcanza ya el orgasmo con el solo pensamiento de lo que el amo puede llegar a hacer, de lo que el amo puede llegar a destruir.

Estamos en los límites del cine y del deseo (esos límites de ficción ya se han cruzado más veces, la cruel amada que era midons, en masculino, mi dueño, para los trovadores de la última Edad Media) pero tengo que confesar que la escena de Dark City me asustó por lo vertiginoso de esos límites. Como todo buen consumidor de ficciones, soy muy fácil de asustar cuando me tocan el sexo en el cine. Y como gay que cumple los mandamientos, también me he dejado tentar por el juego S/M. Cómo no excitarse ante ese despliegue de poderes mortales y de pulsiones voluntariamente olvidadas, que de repente son palpables hasta el asombro, que de repente se descubren como intrínsecas a uno, como propias. Matar y morir sin salir del Eagle, sentir el dolor sin abandonar el terreno del placer, paradojas teresianas: que muero porque no muero. Es como follar con Mazinger Z. Si me asusté fue porque la escena de Dark City me planteó de pronto la posibilidad de un juego más fuerte: un sado que no se representa, sino que se vive, y además con una cotidianeidad que lo hace casi imperceptible por su misma normalidad, por su misma abundancia.

La escena me ha descubierto un deseo emergente, una norma erótica innominada (y por eso mismo enorme) que se retuerce dentro de la nueva economía neoliberal como esas casas vivas de la historia. No es ciencia-ficción, pues ésta remite ahora a un discurso erótico y político que es presente. Ya sabemos que desde hace unos doce años la gran empresa ha empezado a exigir no la simple jornada de cuarenta horas, sino la entrega de la vida, una sumisión absoluta sólo similar al amor romántico, al matrimonio tradicional o tal vez al gozoso fervor del esclavo. Se exige un mayor grado de compromiso con la empresa, como el novio que empezó con las pajas en el coche y que ya pide más, la ropa limpia, la cena, la fidelidad sin resquicios, la posesión total. Sólo que ya no se da a cambio ni siquiera la formalidad rancia de esos noviazgos para siempre. A cambio de la vida, el contrato basura; a cambio de la esclavitud, el subsidio de paro. Yo soy de los que creen en el diez por ciento de homosexualidad del hetero corriente (la estadística de Kinsey también tiene una aplicación individual: en cada persona hetero hay un diez por ciento homo), pero ese diez por ciento de homosexualidad también está en el ejecutivo follasecretarias, en ese violento dominio suyo sobre la plantilla cuya pulsión erótica el ejecutivo sólo es capaz de identificar cuando grita o despide o explota a la chica rubia, pero el otro diez por ciento late, innominado y potente, y pese a ello perceptible, en su relación con el empleado masculino. Por eso la narración de los despidos causa ese sobrenatural orgasmo de chantilly y cucharillas, esa excitación de rulos y de sopas de sobre.

Tal vez esa reivindicación del discurso SM, esa actualización constante de un discurso sexual no ortodoxo, pueda ser la aportación de lo gay, de lo marica, contra la pulsión neoliberal. Esa reivindicación indica las contradicciones del juego económico. Dar salida a la pulsión de muerte a través de un código de representaciones y de orgasmos (como puede hacer, de alguna forma, el SM) frente a la destrucción real, sistemática y planeada del individuo que yace en el fondo de toda economía neoliberalista. No es nada tal vez, como vaciar el océano con un cubito de plástico. Pero es una manera de afirmar una voluntad de insumisión, de deshacer el tejido de hipocresías, de sacar al exterior esas pulsiones que palpitan en las tramas conservadoras, en los consejos de administración, en los cuarteles. Contra realidad, ficción. Contra la explotación pura y dura, la depuración de esas pulsiones, su dramatización, su escenografía.

La pluma, se ha dicho siempre, puede ser más poderosa que la espada.

 

Marcelo Soto