Fantasías del marujo

 

« Ten cuidado, que por aquí hay muchos maricones y en cuanto te das la vuelta te la meten ».

¿A qué obedece esta fantasía hétero tan frecuente? ¿Por qué el discurso de la homofobia está siempre asociado a una supuesta penetración?

Desde Freud sabemos que la sexualidad infantil es polimorfa, que el cuerpo de los niños y las niñas es erógeno en todos sus agujeros, incluidas la mirada y la voz. Los procesos de socialización y de represión cultural y familiar presionan a los niños desde que nacen para que vayan renunciando a explorar y disfrutar de su sexualidad, diversa y curiosa. En ese triste proceso muchos placeres se van quedando en la cuneta : el juego con los excrementos, el tocar de otros cuerpos semejantes, la masturbación, el voyeurismo, y, por supuesto, la analidad.

Pero se paga un precio por todas estas renuncias. Se supone que el buen adulto es una persona heterosexual, que disfruta sólo con la penetración pene-vagina, y que no hace ninguna de esas « guarradas » que hacen « los perversos ». Luego, en la soledad del váter, el buen adulto mira su caca como todo el mundo, se mete el dedo en el culo como todo el mundo, o se masturba como todo el mundo, cuando no baja corriendo a la Castellana a medianoche para que le folle un travesti.

La sexualidad normalizada de este esclavo virtuoso, tarde o temprano, genera resentimiento hacia el otro, hacia el que disfruta de los placeres y los cuerpos, hacia el que es capaz de hacer lo que él sólo fantasea. Como decía Nietzsche, el esclavo no soporta la mirada del hombre libre. Ésta es una de las raíces de la homofobia. El odio irracional, el escarnio, la violencia que muestran los homófobos contra los gais y las lesbianas sólo se explica desde esta posición reflexiva del resentimiento : « Te odio porque tú haces lo que yo deseo , lo que yo no me atrevo a aceptar». Nuestra lengua es un ejemplo viviente de este conflicto ; cada día los marujos (los del Marca, el Soberano y la Faria, esos machos que mascullan chistes sobre mujeres o maricas mientras se rascan los huevos, esos ejecutivos folla-secretarias) se llenan la boca de escenas de penetración : que te follen, le dieron por culo, vete a tomar por culo, me han jodido, etc. Y cuando ven a un marica, siempre el mismo miedo neurótico, el mismo deseo : « ten cuidado que ése en cuanto te des la vuelta… », es decir, « ojalá me la metiera ». El corolario lógico de esto es, por supuesto, el odio, el insulto, la rabia, la agresión : otro marica muerto en el Retiro, otro chiste de maricas en la radio. No pasa nada, se lo han buscado, son unos viciosos.

Con las lesbianas la agresividad es igual o mayor : el marujo no puede soportar quedar fuera del juego del deseo, el amor entre las mujeres no necesita de él, levanta su soberanía con una sexualidad más compleja que le es ajena (« ¡no necesitan de mi polla, qué horror ! »). Aquí, el otro, la sensación de alteridad para el marujo, es aún más radical, no hay mirada hacia él, no cuenta nada, es un amor que no puede comprender en absoluto. Por tanto, su actitud hacia las lesbianas oscila entre el odio ciego - un balbuceo torpe que sólo se expresa en el insulto (bollera, marimacho, camionera, machirulo, y otros análisis de refinamiento parecido)-, y la mirada marciana, la perplejidad (¿qué es eso ?), la incredulidad (eso no puede ser). Además, el lesbianismo, para ellos, no funciona ni siquiera como fantasía, esas mujeres no te van a hacer nada, no te van a follar, no te van a mirar, no eres ni un objeto. Tu erección, tu presunto poder, no era nada, no sirve.

El discurso homófobo se fundamente en el odio a sí mismo por un deseo del otro ; esas pulsiones homoeróticas infantiles que quedaron en el fondo del armario estallan en forma de desasosiego. La presencia de la lesbiana, del transexual, del travesti, de la drag, del gai, devuelven un saber al que no quería saber : « algo de eso hay en mí ». La extraña importancia que cobra la presencia de dos maricas o bolleras de la mano en un bar o en la calle no deja de ser significativa. De pronto todas las miradas se dirigen a esas manos que se agarran, la gente se altera, hace comentarios, necesita distanciarse, que quede claro que uno no tiene nada que ver con eso, risas nerviosas, chistes, mofa, miradas irónicas, lo que sea, hay que marcar la diferencia.

Algo que es indiferente, que no le concierne a uno, no provoca reacciones. En cambio, el odio o el amor son las dos caras de la misma moneda, de algo que tiene que ver con uno mismo.La homofobia protege de lo que se desea. La homofobia muestra el retorno de lo reprimido. Si no fueran tan peligrosos, darían pena.

 

 

Javier Sáez