Por Javier Sáez
La comunidad bear, que surgió como reacción contra un modelo de cultura gay estandarizado que excluía otros cuerpos y otras formas de deseo, corre el riesgo de convertirse a su vez en una cultura excluyente. Y lo que es peor, aliándose con el régimen que produce la mayoría de los procesos de marginación y odio homofóbico: el régimen heterosexual.
Escuchamos cada vez más en boca de
muchos osos expresiones como “la pluma
no tiene cabida en nuestra cultura”, “somos gente normal, no como esas
locas afeminadas”, “lo nuestro es la masculinidad natural”, etc... Sólo les
falta decir que los osos en realidad somos heterosexuales que por accidente
follamos con hombres. ¿Ahora resulta que la cultura de los osos es el retorno
del hombre de verdad, el de la copa de soberano y la faria, que lee el Marca
mientras se rasca los huevos antes de golpear a su mujer? La plumofobia que se respira entre algunos osos (no todos, por
suerte) supone una alianza repugnante con lo peor del machismo y la misoginia
(“en nuestros bares no entran chochos ni locas”) que
caracteriza la cultura dominante, es decir, hetero, y
en el fondo no es sino otra forma de homofobia.
Además, esa posición de “somos
normales” olvida que el mundo hetero va a seguir
aplicando su régimen, va a seguir considerándonos unos degenerados, una cosa
rara, o como mucho algo exótico, para dar un toque pintoresco en los programas
de la tele. Querer ser normal, o incluso querer ser un hombre, con todo lo que
eso implica, me parece una aspiración de lo más triste. Aunque parezca que los heteros te “aceptan” en su mundo cuando te felicitan
encantados “porque no se te nota nada” (o sea, “porque no pareces un maricón de
mierda, a los que no soporto”), parece que algunos olvidan que el oso en realidad
es una monstruosidad ontológica, y en ello reside su gracia y su potencia
subversiva. Somos monstruos porque un hombre de verdad, como dios manda,
natural, normal... es hetero, folla con tías. Y el
oso, mal que le pese a alguno, es maricón de arriba abajo. Y ahí vienen los
problemas para el cerebro binario hetero: “pero ¿cómo
es esto?, un tío fuertote, peludo, barbudo, de 120 kilos, mas basto que un
arado... ¿folla con otros tíos?” ERROR. FILE NOT FOUND. WINDOWS DETECTÓ UN FALLO EN EL SISTEMA. PLEASE,
RESET. Los heterocircuitos del chip homófobo empiezan a echar chispas, humo, y revientan. Y esa
es precisamente nuestra ventaja y nuestra conquista, nos gustan los rasgos
masculinos y viriles, pero sabemos que eso es tan artificioso como cualquier
otra identidad, y lo ponemos en cuestión precisamente con algo tan
contradictorio como soltar pluma, algo que, por cierto, hacen muchísimos osos.
Rompemos el estereotipo de lo que significa ser hombre, y eso es tremendamente
subversivo: “sí, somos como tú de viriles, pero resulta que somos maricas, nos gustan los hombres y además podemos chillar
como la que más o hablar en femenino si nos da la gana”. Se trata de aprovechar
la potencia performativa de nuestra posición
paradójica para desmantelar el dispositivo binario de sexo y género que regula
nuestras vidas y produce los odios y las persecuciones. En efecto, muchos osos
tenemos pluma, o nos encanta que la tengan otros osos, o nos podemos travestir
si nos apetece, o podemos bailar con más contoneos que Shakira,
porque no hay ninguna masculinidad esencial que reivindicar o proteger, eso es
una ficción hetero. La masculinidad y la feminidad
son posiciones vacías, que no se corresponden con los hombres y las mujeres.
Por eso mismo hay también masculinidades sin hombres, como demuestran muchas subculturas lesbianas (drag-kings, butchs, camioneras, las garçonnes francesas de los años 20, las lesbianas leather, etc.). Judith Halberstam
ha estudiado todas estas subculturas en su fascinante
libro “Female masculinity”,
libro muy recomendable para los que todavía piensan que lo masculino es “cosa
de hombres”.
Esta paradoja está vinculada a
otro de los tópicos de la cultura osuna: somos naturales. Vamos, que los osos
acabamos de bajar andando de los Picos de Europa. Pero resulta que en vez de
miel tomamos cerveza, éxtasis, popper, ghb, coca o ketamina, y en vez de
ir desnudos, vestimos camisas a cuadros, vaqueros, cinturones, botas, gorras,
tirantes, nos recortamos cuidadosamente la barba y la perilla, nos afeitamos la
cabeza, nos tatuamos... Curiosa naturaleza. Somos una subcultura que juega y
disfruta con los rasgos de la masculinidad, pero de ahí a creerse que ésta
existe como algo “natural” hay un peligroso paso. En realidad esta palabra
encierra otra trampa: la palabra “natural” significa heterosexual. Para el
código hetero, los hombres “de verdad” no se cuidan,
no se ponen camisas de licra, no se pintan, no llevan
tacones, no chillan, no lloran... es decir, son “naturales” (pero ojo, tampoco
follan con tíos, eso es “antinatural”). El problema es que la artificiosidad
con que se construye el hombre “de verdad” no se ve, es una omisión. Es
silenciosa, muda. Supone controlar sus gestos (¡esas manos!), sus voz (no grites!), sus ojos (no mirarás el paquete
ajeno), su cuerpo (¡esas caderas!; los hombres deben bailar con la movilidad
del robot R2D2, como mucho).
Lo importante del código “natural”
es obedecer a esa ley según la cual los hombres no hacen cosas raras con su
cuerpo ni con su vestimenta. Ese “no hacer” es lo masculino, y en realidad se
basa en “controlar”. Pero ese mismo el dispositivo es tan artificial como la
pluma. Lo que uno aprende desde pequeño - todos los niños varones-, es a
reprimir y controlar cualquier gesto, voz y deseo que pueda revelar
“afeminamiento”. Y si uno es marica, aprende mucho más rápido a reprimir esos
signos externos, hasta el punto de que a veces me pregunto si la masculinidad
excesiva de que hacemos gala los osos (esa voz grave, esos gestos torpes, rudos
y bruscos, esos abrazos golpeándonos las espaldas con fuerza, esa exhibición
del vello corporal) no son sino una consecuencia de ese aprendizaje “quenosemenotequesoymarica”
generado por el terror infantil a ser descubierto. Ya se sabe, lo peor en un
colegio es ser el niño mariquita. Para disimular
algunos aprendimos demasiado bien el código y nos hemos pasado. Y por eso
hablamos aquí de traición: los niños proto-osunos
sobrevivimos en la escuela y en el instituto con nuestros gestos machirulos y nuestra barba precoz. “Pasamos” por hombres de
verdad, algunos incluso jugábamos al fútbol. Los niños menos obedientes, o peor
adiestrados, de pluma incontrolable, perecieron en el intento de ser normales
(o ni siquiera lo intentaron, en un gesto que les honra), se convirtieron en
niños mariquitas, y sufrieron el escarnio, la
humillación, el insulto y la violencia. La misma violencia que está detrás de
frases como “entre los osos no tiene cabida la pluma”.
¿Los osos plumófobos
están orgullosos de colaborar con ese exterminio? ¿Cuál será el siguiente paso
hacia la normalidad, quedar con neonazis para ir
juntos a apalear maricas a los parques? Los osos
estamos ahora en esta encrucijada política: podemos reivindicar la diversidad,
disfrutar de la pluma y cuestionar la homogeneidad que supone “lo normal”, o
podemos aliarnos con el enemigo en su cruzada heterrorista
en defensa de la masculinidad “natural”.
Javier
Sáez (Burgos, 1965) es sociólogo y traductor. Es autor del libro TEORIA QUEER Y
PSICOANÁLISIS, y coautor de los libros EL EJE DEL MAL ES HETEROSEXUAL y TEORIA
QUEER: POLITICAS BOLLERAS, MARICAS, MESTIZAS, TRANS. Ha prologado y traducido
con Beatriz Preciado el libro de Judith Butler
LENGUAJE, PODER E IDENTIDAD, y con Paco Vidarte EL
PENSAMIENTO HETEROSEXUAL de Monique Wittig. Es el responsable de la revista electrónica queer
www.hartza.com. Es el coordinador, con el fotógrafo Antino,
de la campaña “OSOS CONTRA EL SIDA: PELOS SÍ, A PELO NO” (www.antinoo.com).
Actualmente trabaja en el Fondo Social Europeo.