por Beatriz
Preciado
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Este artículo trata de la
formación de los movimientos y de las teorías queer, de la relación que
mantienen con los feminismos y del uso político que hacen de Foucault y de
Deleuze. Analiza también las ventajas teóricas y políticas que aporta la noción
de “multitudes” a la teoría y al movimiento queer, en lugar de la noción de
“diferencia sexual”. A diferencia de lo
que ocurre en EEUU, los movimientos queer en Europa se inspiran en las culturas
anarquistas y en las emergentes culturas transgénero para oponerse al “Imperio
Sexual”, especialmente por medio de una des-ontologización de las políticas y
de las identidades. Ya no hay una base natural (“mujer”, “gay”,
etc.) que pueda legitimar la acción política.
Lo que importa no es la “diferencia sexual” o la “diferencia de l@s
homosexuales”, sino las multitudes queer. Una multitud de cuerpos: cuerpos
transgéneros, hombres sin pene, bolleras lobo, ciborgs, femmes butchs, maricas
lesbianas... La “multitud sexual” aparece como el sujeto posible de la política
queer.
A
la memoria de Monique Wittig
« Entramos
en una época en que las minorías del mundo comienzan a organizarse contra los
poderes que les dominan y contra todas las ortodoxias » Félix Guattari, Recherches
(Trois Milliards de Pervers), 1973.
La sexopolítica es una de las formas dominantes de
la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los
órganos llamados « sexuales », las prácticas sexuales y también los
códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales
y desviadas) forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos
sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales
un agente de control sobre la vida.
Al
distinguir entre « sociedades soberanas » y « sociedades
disciplinarias » Foucault ya había
señalado el paso, que ocurre en la época moderna, de una forma de poder que
decide sobre la muerte y la ritualiza, a una nueva forma de poder que calcula
técnicamente la vida en términos de población, de salud o de interés nacional.
Por otra parte, precisamente en ese momento aparece la nueva separación
homosexual/heterosexual. Trabajando en la línea iniciada por Audre Lorde [1], Ti-Grace Atkinson [2]
y el manifiesto « The-Woman-Identified-Woman » [3] de « Radicalesbians », Wittig llegó a
describir la heterosexualidad no como una práctica sexual sino como un régimen
político [4], que forma parte de la administración de los cuerpos y de la
gestión calculada de la vida, es decir, como parte de la “biopolítica” [5]. Una
lectura cruzada de Wittig y de Foucault permitió a comienzos de los años 80 que
se diera una definición de la heterosexualidad como tecnología bio-política
destinada a producir cuerpos heteros (straight).
La
noción de sexopolítica tiene en Foucault su punto de partida, cuestionando su
concepción de la política según la cual el biopoder sólo produce disciplinas de
normalización y determina formas de subjetivación. A partir de los análisis de Mauricio Lazzaratto [6] que distingue
el biopoder de la potencia de la vida, podemos comprender los cuerpos y las
identidades de los anormales como potencias políticas y no simplemente como
efectos de los discursos sobre el sexo. Esto significa que hay que añadir
diversos capítulos a la historia de la sexualidad inaugurada por Foucault. La
evolución de la sexualidad moderna está directamente relacionada con la
emergencia de lo que podría denominarse el nuevo “Imperio Sexual” (para
resexualizar el Imperio de Hardt y Negri). El sexo (los órganos sexuales, la
capacidad de reproducción, los roles sexuales en las disciplinas modernas...)
es el correlato del capital. La sexopolítica no puede reducirse a la regulación
de las condiciones de reproducción de la vida, ni a los procesos biológicos que
“conciernen a la población”. El cuerpo hetero (straight) es el producto de una
división del trabajo de la carne según la cual cada órgano es definido por su
función. Toda sexualidad implica siempre una territorialización precisa de la
boca, de la vagina, del ano. De este modo el pensamiento heterocentrado asegura
el vínculo estructural entre la producción de la identidad de género y la
producción de ciertos órganos como órganos sexuales y reproductores.
Capitalismo sexual y sexo del capitalismo. El sexo del ser vivo se convierte en
un objeto central de la política y de la gobernabilidad. En realidad, el
análisis foucaultiano de la sexualidad depende en exceso de cierta idea de la
disciplina del siglo XIX. A pesar de conocer los movimientos feministas americanos,
la subcultura SM o el Fhar en Francia, nada de esto le llevó realmente a
analizar la proliferación de las tecnologías del cuerpo sexual en el siglo XX:
medicalización y tratamiento de los niños intersexuales, gestión quirúrgica de
la transexualidad, reconstrucción y “aumento” de la masculinidad y de la
feminidad normativas, regulación del trabajo sexual por el Estado, boom de las
industrias pornográficas... Su rechazo de la identidad y de la militancia gay
le llevará a inventarse una retroficción a la sombra de la Grecia Antigua.
Ahora bien, en los años 50, asistimos a una ruptura en el régimen disciplinario
del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo XIX, las disciplinas
biopolíticas funcionaban como una máquina para naturalizar el sexo. Pero esta
máquina no era legitimada por “la conciencia”.
Lo será por médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción
de “género” para abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente
la morfología sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales.
Money es el Hegel de la historia del sexo. Esta noción de género constituye un
primer momento de reflexividad (y una mutación irreversible respecto al siglo
XIX). Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los niños
“intersexuales”, operados al nacer o tratados durante la pubertad, se
convierten en minorías construidas como “anormales” en beneficio de la
regulación normativa del cuerpo de la masa straight (heterocentrada).
Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el Imperio Sexual
intenta regular, controlar, normalizar. El “post-moneismo” es al sexo lo que el
post-fordismo al capital. El Imperio de
los normales desde los años 50 depende de la producción y de la circulación a
gran velocidad de los flujos de silicona, flujos de hormonas, flujo textual,
flujo de las representaciones, flujo de las técnicas quirúrgicas, en definitiva
flujo de los géneros. Por supuesto, no
todo circula de manera constante, y además no todos los cuerpos obtienen los
mismos beneficios de esta circulación: la normalización contemporánea del
cuerpo se basa en esta circulación diferenciada de los flujos de sexualización
. Esto nos recuerda oportunamente que el concepto de “género” fue ante todo una
noción sexopolítica antes de convertirse en una herramienta teórica del
feminismo americano. No es casualidad que en los años 80, en el debate que
oponía a las feministas “constructivistas” y las feministas “esencialistas”, la
noción de “género” va a convertirse en la herramienta teórica fundamental para
conceptualizar la construcción social, la fabricación histórica y cultural de
la diferencia sexual, frente a la reivindicación de la “feminidad” como
sustrato natural, como forma de verdad ontológica.
El
género ha pasado de ser una noción al servicio de una política de reproducción
de la vida sexual a ser el signo de una multitud. El género no es el efecto de
un sistema cerrado de poder, ni una idea que actúa sobre la materia pasiva,
sino el nombre del conjunto de dispositivos sexopolíticos (desde la medicina a
la representación pornográfica, pasando por las instituciones familiares) que
van a ser objeto de reapropiación por las minorías sexuales. En Francia, la
mani del 1 de mayo de 1970, el número 12 de Tout y el de Recherches
(Trois milliards de Pervers), el Movimiento de antes del MLF, el FHAR y las
terroristas de las Gouines Rouges (Bolleras Rojas) constituyen una primera
ofensiva de los “anormales”. El cuerpo no es un dato pasivo sobre el cual actúa
el biopoder, sino más bien la potencia misma que hace posible la incorporación
protésica de los géneros. La sexopolítica no es sólo un lugar de poder, sino
sobre todo el espacio de una creación donde se suceden y se yuxtaponen los
movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales,
transgéneros, chicanas, post-coloniales... Las minorías sexuales se convierten
en multitudes. El monstruo sexual que tiene por nombre multitud se vuelve
queer.
El
cuerpo de la multitud queer aparece en el centro de lo que podríamos llamar,
para retomar una expresión de Deleuze/Guattari, un trabajo de
“desterritorialización” de la heterosexualidad. Una desterritorialización que
afecta tanto al espacio urbano (por tanto, habría que hablar de
desterritorialización del espacio mayoritario, y no de gueto) como al espacio
corporal. Este proceso de “desterritorialización” del cuerpo supone una resistencia a los procesos de
llegar a ser “normal”. El hecho de que haya tecnologías precisas de producción
de cuerpos “normales” o de normalización de los géneros no conlleva un
determinismo ni una imposibilidad de acción política. Al contrario. Dado que la
multitud queer lleva en sí misma, como fracaso o residuo, la historia de las
tecnologías de normalización de los cuerpos, tiene también la posibilidad de
intervenir en los dispositivos biotecnológicos de producción de subjetividad
sexual. Esto es concebible a condición de evitar dos trampas conceptuales y
políticas, dos lecturas (equivocadas pero posibles) de Foucault. Hay que evitar
la segregación del espacio político que convertiría a las multitudes queer en
una especie de margen o de reserva de
trasgresión. No hay que caer en la trampa de la lectura liberal o
neoconservadora de Foucault que llevaría a concebir las multitudes queer como
algo opuesto a las estrategias identitarias, tomando la multitud como una
acumulación de individuos soberanos e iguales ante la ley, sexualmente
irreductibles, propietarios de sus cuerpos y que reivindicarían su derecho
inalienable al placer. La primera lectura tiende a una apropiación de la
potencia política de los anormales en una óptica de progreso, la segunda
silencia los privilegios de la mayoría y de la normalidad (hetero)sexual, que
no reconoce que es una identidad dominante. Teniendo esto en cuenta, los
cuerpos ya no son dóciles.
“Des-identificación” (para retomar la formulación de De Lauretis),
identificaciones estratégicas, reconversión de las tecnologías del cuerpo y
desontologización del sujeto de la política sexual, estas son algunas de las
estrategias políticas de las multitudes queer.
-
Des-identificación. Surge de las
bolleras que no son mujeres, de los maricas que no son hombres, de los trans
que no son ni hombres ni mujeres. En
este sentido, si Wittig ha sido recuperada por las multitudes queer es
precisamente porque su declaración “las lesbianas no son mujeres” es un recurso
que permite combatir por medio de la des-identificación la exclusión de la
identidad lesbiana como condición de posibilidad de la formación del sujeto político
del feminismo moderno.
-
Identificaciones estratégicas: Identificaciones negativas como “bolleras” o
“maricones” se han convertido en lugares de producción de identidades que resisten a la normalización, que
desconfían del poder totalitario, de las llamadas a la “universalización”.
Influidas por la crítica post-colonial, las teorías queer de los años 90 han
utilizado los enormes recursos políticos de la identificación “gueto”,
identificaciones que iban a tomar un nuevo valor político, dado que por primera
vez los sujetos de la enunciación eran las propias bolleras, los maricas, los
negros y las personas transgénero. A aquellos que agitan la amenaza de la
guetización, los movimientos y las teorías queer responden con estrategias a la
vez hiper-identitarias y post-identitarias.
Hacen un uso radical de los recursos políticos de la producción
performativa de las identidades desviadas. La fuerza de movimientos como Act
Up, Lesbian Avengers o las Radical Fairies deriva de su capacidad para utilizar
sus posiciones de sujetos “abyectos” (esos “malos sujetos” que son los
seropositivos, las bolleras, los maricas) para hacer de ello lugares de
resistencia al punto de vista “universal”, a la historia blanca, colonial y
hetero de lo “humano”.
Afortunadamente,
estas multitudes no comparten la desconfianza –insistimos en ello- de Foucault,
Wittig y Deleuze hacia la identidad como lugar de acción política, a pesar de sus diferentes formas de analizar
el poder y la opresión. A inicios de
los años 70 el Foucault francés se distancia del Fhar a causa de lo que él
llama “tendencia a la guetización”, mientras que al Foucault americano parecían
gustarle mucho las “nuevas formas de cuerpos y de placeres” que las políticas
de la identidad gay, lesbiana y SM habían producido en el barrio de Castro, el
“gueto” de San Francisco. Por su parte,
Deleuze criticaba lo que denominaba una identidad “homosexual molar”, porque
pensaba que promovía el gueto gay, para idealizar la “homosexualidad molecular”
que le permitiría hacer de las “buenas”
figuras homosexuales, desde Proust al “travestí afeminado”, ejemplos
paradigmáticos del proceso de “llegar a ser mujer” que estaba en el centro de
su agenda política. Incluso le permitiría disertar sobre la homosexualidad en
vez de cuestionarse sus propios presupuestos heterosexuales [7]. En cuanto a
Wittig, podemos preguntarnos si su adhesión a la posición del “escritor
universal” impidió que le borraran de la lista de los “clásicos” de la
literatura francesa tras la publicación del Cuerpo Lesbiano en 1973. Está claro
que no, cuando vimos cómo el periódico Le Monde se apresuraba a cambiar
el título original de su nota necrológica, por un “Monique Wittig, la apología
del lesbianismo” encabezado por la palabra “Desapariciones”. [8]
-
Reconversión de las tecnologías del cuerpo: Los cuerpos de las multitudes queer
son también reapropiaciones y reconversiones de los discursos de la medicina
anatómica y de la pornografía, entre otros, que han construido el cuerpo hetero
y el cuerpo desviado modernos. La multitud queer no tiene que ver con un
“tercer sexo” o un “más allá de los géneros”. Se dedica a la apropiación de las
disciplinas de los saberes/poderes sobre los sexos, a la rearticulación y la
reconversión de las tecnologías sexopolíticas concretas de producción de los
cuerpos “normales” y “desviados”. A diferencia de las políticas “feministas” u
“homosexuales”, la política de la multitud queer no se basa en una identidad
natural (hombre/mujer), ni en una definición basada en las prácticas
(heterosexuales/homosexuales) sino en una multiplicidad de cuerpos que se alzan
contra los regímenes que les construyen como “normales” o “anormales”: son las
drag-kings, las bolleras lobo, las mujeres barbudas, los trans-maricas sin
polla, los discapacitados-ciborg... Lo que está en juego es cómo resistir o
cómo reconvertir las formas de subjetivación
sexopolíticas. Esta reapropiación de los discursos de producción de
poder/saber sobre el sexo es una conmoción epistemológica. En su introducción
programática al famoso número de Recherches sin duda inspirado por el
FHAR, Guattari describe esta mutación en las formas de resistencia y de acción
política: “el objeto de este número –las homosexualidades hoy en Francia- no
podía ser abordado sin poner en cuestión los métodos ordinarios de
investigación en ciencias humanas que, bajo el pretexto de la objetividad,
intentan establecer una distancia máxima entre el investigador y su objeto
(...). El análisis institucional, por el contrario, implica un descentramiento
radical de la enunciación científica.
Pero para ello no basta con “dar la palabra” a los sujetos implicados
–lo cual es a veces una iniciativa formal, casi jesuítica- sino que además hay
que crear las condiciones de un ejercicio total, paroxístico, de esta
enunciación (...). Mayo del 68 nos ha
enseñado a leer en los muros y después
hemos empezado a descifrar los grafitis en las prisiones, los asilos y hoy en
los váteres. Queda por rehacer todo un “nuevo espíritu científico” [9]. La
historia de estos movimientos político-sexuales post-moneistas es la historia
de esta creación de las condiciones de un ejercicio total de la enunciación, la
historia de un vuelco de la fuerza performativa de los discursos, y de una
reapropiación de las tecnologías sexopolíticas de producción de los cueros de
los “anormales”. La toma de la palabra
por las minorías queer es un acontecimiento no tanto post-moderno como
post-humano: una transformación en la producción y en la circulación de los
discursos en las instituciones modernas (de la escuela a la familia, pasando
por el cine o el arte) y una mutación de los cuerpos.
-
Desontologización del sujeto de la política sexual. En los años 90 una nueva
generación surgida de los propios movimientos identitarios comenzó a redefinir
la lucha y los límites del sujeto político “feminista” y “homosexual”. En el
plano teórico, esta ruptura tomó inicialmente la forma de un retorno crítico
sobre el feminismo, realizado por las lesbianas y las post-feministas
americanas, apoyándose en Foucault, Derrida y Deleuze. Reivindicando un
movimiento post-feminista o queer, Teresa de Lauretis [10], Donna Haraway [11],
Judith Butler [12], Judith Halberstam [13] en EEUU, Marie-Hélène Bourcier [14] en Francia, y lesbianas chicanas como Gloria
Anzaldúa [15] o feministas negras como
Barbara Smith [16] y Audre Lorde van a
criticar la naturalización de la noción de feminidad que inicialmente había
sido la fuente de cohesión del sujeto del feminismo. Se había iniciado la crítica radical del sujeto unitario del
feminismo, colonial, blanco, emanado de la clase media-alta y desexualizado.
Las multitudes queer no son post-feministas porque quieran o deseen actuar sin
el feminismo. Al contrario. Son el resultado de una confrontación reflexiva del
feminismo con las diferencias que éste borraba para favorecer un sujeto
político “mujer” hegemónico y heterocentrado.
En
cuanto a los movimientos de liberación de gays y lesbianas, dado que su
objetivo es la obtención de la igualdad de derechos y que para ello se basan en
concepciones fijas de la identidad sexual, contribuyen a la normalización y a
la integración de los gays y las lesbianas en la cultura heterosexual
dominante, lo que favorece las políticas pro-familia, tales como la
reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión del
patrimonio. Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y transgéneros han
reaccionado y reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa normalización de la
identidad homosexual. Surgen voces que cuestionan la validez de la noción de
identidad sexual como único fundamento de la acción política; contra ello
proponen una proliferación de diferencias (de raza, de clase, de edad, de
prácticas sexuales no normativas, de discapacidad). La noción medicalizada de
homosexualidad que data del siglo XIX y que define la identidad por las
prácticas sexuales es abandonada en favor de una definición política y
estratégica de las identidades queer. La homosexualidad tan bien controlada y
producida por la scientia sexualis del siglo XIX ha explotado; se ha
visto desbordada por una multitud de “malos sujetos” queer.
La
política de las multitudes queer emerge de una posición crítica respecto a los
efectos normalizadores y disciplinarios de toda formación identitaria, de una desontologización del sujeto de la
política de las identidades: no hay una base natural (“mujer”, “gay”, etc.) que
pueda legitimar la acción política. No tiene por objetivo la liberación de las
mujeres de “la dominación masculina”, como quería el feminismo clásico, porque
no se basa en la “diferencia sexual”, sinónimo de una división fundamental de
la opresión (transcultural, transhistórica) basada en una diferencia de
naturaleza que debería estructurar la acción política. La noción de multitud
queer se opone a la de “diferencia sexual”, tal y como fue explotada tanto en
los feminismos esencialistas (de Irigaray a Cixous, pasando por Kristeva) como
por las variantes estructuralistas y/o lacanianas del discurso del
psicoanálisis (Roudinesco, Héritier, Théry...). Se opone a las políticas
paritarias derivadas de una noción biológica de la “mujer” o de la “diferencia
sexual”. Se opone a las políticas republicanas universalistas que permiten el
“reconocimiento” e imponen la “integración” de las “diferencias”en el seno de
la República. No hay diferencia sexual, sino una multitud de diferencias, una
transversalidad de las relaciones de poder,
una diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias no son
“representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso mismo
no sólo los regímenes de representación política sino también los sistemas de
producción de saber científico de los “normales”. En este sentido, las
políticas de las multitudes queer se oponen tanto a las instituciones políticas
tradicionales que se presentan como soberanas y universalmente representativas,
como a las epistemologías sexopolíticas heterocentradas que dominan todavía la
producción de la ciencia.
(Traducción al
castellano: el bollo loco)
[1]
Audre Lorde, Sister Outsider, California, Crossing Press, 1984.
[2] Ti-Grace Atkinson, « Radical
Feminism »,en Notes from the Second Year, New York, Radical Feminism,
1970, pp. 32-37 ; Ti-Grace Atkinson, Amazon Odyssey, New York, Links,
1974.
[3] Radicalesbians, « The Woman-Identified
Woman », en Anne Koedt, dir. Notes from the Third Year, New York, 1971.
[4] Monique Wittig, The
straight mind and other essays, Boston, Beacon Press, 1992.
[5] Michel Foucault, Historia de la sexualidad, Volumen
I, Siglo XXI, Madrid, 1979.
[6]
Maurizio Lazzarato, Puissances de l'invention. La psychologie économique de
Gabriel Tarde contre l'économie politique, Paris, Les Empêcheurs de penser en
rond, 2002.
[7] Para un análisis detallado de este uso de los
tropos homosexuales, ver el capítulo « Deleuze o el amor que no osa decir
su nombre », en Beatriz Preciado, Manifiesto contra sexual, Opera Prima,
Madrid, 2002.
[8] Le Monde, sábado 11 de enero de 2003.
[9]
Félix Guattari, Recherches, « Trois millards de pervers », marzo
1973, pp.2-3.
[10] Teresa De Lauretis, Technologies of Gender,
Essays on Theory, Film, and Fiction, Bloomington, Indiana University Press,
1987.
[11]
Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid. 1995.
[12]
Judith Butler, El género en disputa, Paidós, México, 2001.
[13] Judith Halberstam, Female Masculinity, Durham,
Duke University Press, 1998.
[14]
Marie-Hélène Bourcier, Queer Zones, politiques des identités sexuelles, des
représentations et des savoirs, Paris, Balland, 2001.
[15] Gloria Anzaldúa, Borderlands/La
Frontera : The New Mestiza, San Francisco, Spinster/Aunt Lutte, 1987.
[16]
Gloria Hull, Bell Scott and Barbara Smith, All the Women Are White, All the
Black Are Men, But Some of Us Are Brave : Black Women's Studies, New York,
Feminist Press, 1982.