¡ES GAY!

 

 

Vicente siempre se atasca en clase con las matemáticas. Cuando hace los ejercicios en casa es otra cosa pero en el aula no sabe que le ocurre, su cabeza se queda en blanco y no da pie con bola. En esta ocasión es la derivada de un producto la que le impide el paso. Levanta la vista del cuaderno y contempla, a golpe de panorámica, a sus compañeros. Están todos trabajando. ¿Por dónde irán? Con la de derivadas que ha resuelto en casa... y, nada, que cuando está en el instituto no hay manera. Teme que Juan Manuel, el profe, pregunte en cualquier momento quién ha conseguido resolver el ejercicio...

——El que haya terminado que levante la mano ——dice Juan Manuel en ese preciso instante como si hubiese captado el pensamiento de Vicente y quisiese pillarlo in fraganti.

Afortunadamente sólo han acabado cinco o seis. Vicente respira aliviado después de mirar el reloj y comprobar que sólo faltan unos minutos para finalizar la clase. Ya no tiene que preocuparse por si Juan Manuel pensaba preguntarle a él. Terminará los problemas en casa. Ya relajado, observa sin ganas el cielo gris que se desdibuja tras las ventanas del aula y opta por perder el tiempo vagando con su mirada entre las cabezas de sus compañeros que, vistas así, todas juntas, a distancia uniforme unas de otras, se le hacen como el sembrado de melones del pueblo de su madre.

——Antes de que suene el timbre y os levantéis como locos, el que tenga alguna dificultad con el trabajo que lo diga ——avisa Juan Manuel quebrando la evocación bucólica de Vicente.

El chico clava sus ojos en la maldita derivada y no sabe muy bien si confesar que se ha liado de mala manera y pedir ayuda, o aguardar a la tarde y ver si con tranquilidad consigue resolver el asunto él solo.

Pero no tiene que tomar ninguna decisión. Juan Manuel parece estar dentro de su mente esta mañana.

—Vicente, pones cara rara. ¿Qué ocurre? —dice el profesor abandonando su mesa y dirigiéndose por el estrecho pasillo que configuran los pupitres hasta llegar al del chico—. A ver, enséñame el cuaderno.

Mientras lo ojea, Juan Manuel se sonríe. Le cae bien este alumno. Sabe que se bloquea con frecuencia porque se pone nervioso pero no hay duda de que es un buen chico: inteligente, responsable... y, además, guapo.

—¿No has pasado de la derivada del producto? —comenta Juan Manuel en un tono más afectuoso que de reproche al devolverle el cuaderno.

Según lo coge, Vicente nota un sentimiento extraño de vergüenza que enrojece ligeramente sus mejillas aunque no es la censura sino, precisamente, el aprecio del profe lo que le ruboriza.

Suena el timbre pero Juan Manuel le pide que se quede unos instantes.

— Termino de recoger unas cosas, y enseguida estoy contigo.

Vicente, sentado en su sitio, examina cómo sus compañeros desnudan las perchas de abrigos y abandonan la clase a empujones y gritos. Las paredes son ahora, sin abrigos, más blancas. Sólo dos prendas manchan de color las paredes del aula: la chaqueta de Juan Manuel y su cazadora verde.

Deja de mirarlas cuando Juan Manuel regresa a su lado y empieza a garabatear en su cuaderno algunas claves para resolver el ejercicio. Vicente trata de escuchar con atención pero no lo consigue. El empeño del profe por ayudarlo y el interés que le muestra despiertan en él sensaciones ambiguas. Se siente seguro y protegido pero, a la vez, le asalta el desconcierto, le domina la confusión y le resulta imposible enterarse de nada. Está pendiente de la mano de Juan Manuel mientras escribe, de la forma en que ha cogido el bolígrafo, del tono de su voz, y sobre todo del antebrazo que el profe acaba de apoyar en su hombro para inclinarse cómodamente hacia la mesa... pero no entiende nada de lo que tiene que entender.

Vicente permite que sus ojos se encuentren con los del profesor y observa que Juan Manuel acepta sin enfadarse que sus palabras se caigan sin que él pueda recoger ninguna.

— Si quieres lo dejamos —sugiere Vicente—.

— ¿Cómo te vas a ir así, hombre? —replica Juan Manuel—. Si otras veces lo has hecho bien. Vamos intentarlo de nuevo.

Vicente hace esfuerzos para permanecer donde debe pero se escapa de sí mismo, se sale de su propio cuerpo y observa desde fuera la secuencia. Se contempla desde atrás, de espaldas, y junto a él, apoyado todavía, Juan Manuel sin dejar de hablarle. Le gusta estar así pero se le ha dormido el hombro y regresa de pronto a la realidad. Intenta girar un poco la espalda para que el profe retire el brazo un momento, pero se detiene justo antes de hacer el más mínimo movimiento.

—¿Y si después no vuelve a apoyarse en mí? —se pregunta Vicente en silencio.

Esta duda es a la vez la respuesta que le permite entender, aunque no precisamente lo que Juan Manuel continúa, infatigable, explicándole.

—No pienso moverme —dice Vicente sin lograr reprimir su voz.

—¿Cómo dices? —se sorprende Juan Manuel a mitad de su perorata.

—Que no pienso moverme de mi casa hasta terminarlo todo esta tarde —consigue improvisar Vicente— pero ahora me tengo que ir. ¡Hasta mañana, Juan Manuel! —añade antes de abandonar el aula perseguido no sabe bien si por la vergüenza o la risa.

A sus espaldas Juan Manuel recoge su cartera con una sonrisa iluminándole el semblante. Le encanta este chico, es tan imprevisible. Se pregunta qué mosca le habrá picado para salir corriendo de ese modo.

 

*

 

—¿Qué te pasa, Vicente? No comes nada —dice Catalina a su hijo.

Él, a modo de respuesta, carga algunos granos de arroz sobre el tenedor y se los lleva a la boca. Estoy enamorado —piensa—, esto es estar enamorado. No obstante haciendo alarde del espíritu racional y matemático que su profesor le ha imbuido trata de cerciorarse sobre la naturaleza de sus sentimientos. Ahora sabe que lleva semanas pensando en Juan Manuel, que lo busca con cualquier pretexto a cualquier hora y por cualquier lugar del instituto, que no le gustan los hombres bajos, gorditos y con barba y, sin embargo, su profesor le parece estupendo aunque se trata de un gordo, bajito y cubierto de barba; ahora sabe que una vez junto a Juan Manuel se le escapa el sentido de la realidad, que de repente no para de hablar aunque no diga nada y de pronto no tiene palabras a pesar de saberlo todo; ahora sabe que desea comerle la boca a su profe y salirse por la tangente cuando él, por ejemplo, le explica la integración de un seno. No hay dudas, está enamorado. Lo primero que va a hacer es decirle a su amigo Alvarito que se han acabado los morreos y las pajas entre ellos.

Después hablará con Juan Manuel...

Vicente se detiene. Está yendo demasiado rápido. ¿Quién le dice que su profe es gay? Y si es así, ¿quién le asegura que estará por él? De pronto el poco arroz que ha comido se le hincha en el estómago formando una inmensa bola que le oprime el diafragma y le impide la respiración. Seguro que le gustan las pibas y no va hacerle ni puto caso, y él se va a tener que conformar con las pajas de Alvarito para siempre.

—Pero hijo, ¡que estás atontado! —grita Catalina—. ¿No ves que se te está cayendo el arroz de la boca?

—Lo siento mamá —se disculpa Vicente. Empuja el plato hacia el interior de la mesa y se levanta—. Hoy no tengo hambre. Me voy a mi cuarto a dormir un rato.

—¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! Esto huele a faldas —bromea su madre.

Poco después llega Carlos, el padre de Vicente, y pregunta por él.

—Está enamorado, estoy segura —susurra Catalina a su marido poniéndole el plato sobre la mesa—. Tenías que haber visto la cara de bobo que ha traído del instituto, y no ha comido nada —añade recordando de pronto lo delgada que ella se quedó cuando de jovencita, enamorada perdidamente de su primo, se negaba a probar bocado—. Ahora se ha echado un poco.

—Así que encoñado, ¿eh? —dice Carlos con satisfacción—. Ya era hora, joder. Con 17 tacos ya me había tirado yo...

—¡Carlos, por favor! —le recrimina Catalina.

—Es que es verdad, Cati. Tú sabes como era yo de joven —insiste Carlos, que a pesar de tener el tenedor entre los dedos no puede evitar llevarse la mano a los cojones y reafirmar lo que ha dicho.

—¡Ay! —exclama tras un desagradable pinchazo.

—¿Qué pasa? —le pregunta Catalina que se había levantado a por la fruta.

—Nada. Nada —contesta él masajeándose levemente la entrepierna—.

Y es verdad a Carlos, en este momento, ya no le importa nada. Le gusta pensar en su hijo con una mujer al lado.

Estaba yo preocupado por el chico, fíjate —continúa al cabo de unos segundos—.

—¿Y eso? —se sorprende Catalina, que se levanta a recoger la mesa.

—No sé —explica Carlos—, es esa ropa que lleva, el pendientito, siempre tan arreglado y tan correcto, tan limpio. Nunca lo he visto jugar al fútbol ni pelearse con otros chicos...

—Bueno, para eso lo educamos, ¿no? —replica Catalina—. No entiendo dónde está el problema.

Claro, ella no lo entiende porque las madres se ciegan con los hijos pero Carlos sabe muy bien de qué habla. Todavía recuerda la decepción que le causó la negativa de Vicente a hacerse socio del Madrid cuando le ofreció el abono. ¡Con las ganas que él tenía de ir al campo los domingos con su hijo! Desde ese día había comenzado el comezón que, podría asegurar, fue la causa de la úlcera duodenal que más tarde le detectaron. Y es que no era normal, a todos los chicos les gusta el fútbol. ¿Cómo no iban a surgirle dudas sobre la hombría de su hijo? No obstante, se trataba de ideas que le sacudían en el estómago pero que nunca pensaba. Esta era la primera vez que se atrevía a hablar de ello.

—¿Sabes, Cati? —prosiguió en voz alta—. Hace años que tenía miedo.

—Imposible —le interrumpe jocosa su mujer.

—En serio —continúa él—. A veces he pensado si Vicente no sería... en fin, si no nos habría salido..., bueno..., ya sabes..., maricón.

—¿El niño? ¿Vicente? Tú estás mal de la cabeza —dice Catalina en tono magistral al tiempo que se seca las manos con el delantal—. ¡Qué poco conoces a tu hijo! Si tiene loquitas a todas las niñas del barrio. Es un ligón, para que te enteres. Lo que pasa es que no es un chulo que vaya por ahí, como otros muchos, fanfarroneando de lo que hace y deja de hacer.

—No, ya. Si era una tontería —se disculpa Carlos avergonzado y arrepentido de haber cedido a sus dudas—. Además si ahora tú conoces a la novia...

—Hombre, yo... —titubea Catalina— conocer lo que se dice conocer...

—En fin, que tiene novia —concluye Carlos francamente animado al levantarse de la mesa—. Es que no los soporto, Cati —confiesa a continuación—. Nos llega a salir un hijo maricón y soy capaz de lo peor, te lo juro.

Catalina se ha quedado afectada por las palabras de su marido. Ella no cree que su hijo sea homosexual, gay o como se diga ahora, sólo imaginarlo le hace daño, pero si lo fuera, sería el odio de Carlos hacia él lo que no podría resistir. Pero no va pensar en ello. ¿A santo de qué habrá venido hoy su marido con este cuento? ¡Bah! No hay que hacerle ni caso. Lo importante es que la novia de Vicente sea una buena chica. ¡A ver si le pregunta cómo se llama!

 

*

 

Al día siguiente, sentado en las escaleras a la puerta del instituto, Vicente alucina con las películas que se monta su madre. Cuando le preguntó el nombre de su novia lo hizo de tal manera que fue imposible negar que estaba enamorado y no tuvo más remedio que regalarle un nombre, y el caso es que ahora ya no se acuerda si le dijo Rosario o Sagrario. En fin, siempre podrá decir si vuelve al caso que la que entendió mal fue ella. Por otro lado, tampoco es esto lo que más le importa en este momento. No sabe cómo aproximarse a Juan Manuel, está convencido de que no es gay. Lo ve siempre hablando con la de física, esa cara de camello que tiene unos dientes que parecen placas solares y que no para de hacerse la simpática cuando está con Juan Manuel. Lo coge del brazo, salen juntos del instituto; la gilipollas incluso lo besa sin venir a cuento cuando se cruzan por los pasillos. Vicente no para de preguntarse cómo podría entrarle él y hacerle saber lo que siente. Intenta recordar cómo se lo hizo con Alvarito, pero no es lo mismo. Alvarito es de su edad y se conocen desde que eran pequeños. A Juan Manuel no va a empezar a decirle "¿a ver hasta donde llega tu meada?", "¿a ver cómo la tienes tú de gorda?" o cosas así, que es como empezó el asunto con Alvarito.

—¡Hasta mañana, Vicente! —se despide de repente Juan Manuel propinándole un ligero cachete en el cogote al salir del instituto—. Te vas a quedar frío ahí sentado.

—¡Adiós! —contesta él sin tiempo para reaccionar.

¡Será imbécil! ¿Qué coño le pasa? Lleva una hora sentado en las escaleras de la calle esperando a Juan Manuel para acompañarlo hasta el coche con algún pretexto, había preparado tres o cuatro, y cuando sale, se queda sentadito y sin saber qué decir aparte de "adiós". Es para darse un par de leches.

¿Por qué no echa a correr detrás de él? Todavía está a tiempo.

Sin pensarlo más se levanta y se apresura tras él.

—¡Eh! ¡Juan Manuel! —grita de la manera más natural y discreta que le permite su ansiedad.

El profesor reconoce la voz de Vicente y se gira para atenderle.

—¡Dime!

—Nada, que tienes razón, que hace un frío que pela. Me he quedado congelado esperando a unos colegas, y encima no han venido. ¿Me acercas con el coche a la gasolinera? —se atreve a proponer Vicente.

—Claro, hombre —responde Juan Manuel—. Mira, por allí viene Concha. También querrá ella que la lleve.

—¡La de física! ¡Mierda! —susurra Vicente en tono afortunadamente imperceptible—. ¡Mejor me voy corriendo, así entro en calor! —grita, ya de forma audible, mientras se aleja antes de que el profe pueda contestarle nada.

Juan Manuel, perplejo, contempla cómo se aleja calle arriba, y el dibujo de una silueta hermosa, que a fuerza de zancadas ágiles se empequeñece pronto, se le graba en la mente. Cada día que pasa el chico le gusta más. ¡Ojalá entendiera! No estaría mal encontrárselo algún día por el ambiente. Cierra los ojos unos instantes y al abrirlos ve a Concha, ya a su lado, que extrae de una cajetilla dos cigarros y, sin preguntarle, le coloca uno en los labios.

—Gracias —dice él.

 

*

 

Después de preparar la cena Catalina coge una novela y se sienta en la butaca del salón para distraerse un rato. La vista, no obstante, se le desliza sucesivas veces por el mismo párrafo sin lograr entenderlo y prefiere cerrar el libro. Desde que Vicente le dijo que salía con Rosario se siente preocupada. No lo ve feliz, al contrario se muestra taciturno y cabizbajo. Algo no debe de marchar entre ellos. Si su hijo no fuese tan reservado, tal vez le pudiese echar una mano. ¿Para qué servirían las madres si no pudieran ayudar a sus hijos? Tiene que conseguir hablar con él como sea.

La idea del diálogo con Vicente la tranquiliza y retoma la novela en el párrafo que la dejó. Ahora lo entiende sin ninguna dificultad y prosigue con deleite la lectura.

De pronto oye un ruido de llave introduciéndose en la cerradura, mira el reloj y comprueba que es demasiado pronto para que sean Carlos o Vicente, y se levanta sobresaltada hacia la puerta.

—¡Ah! Eres tú —se serena al ver a su marido— ¿Qué haces aquí tan pronto?

Carlos no tiene color en su rostro. Se sienta en una silla, ni con fuerzas se encuentra para acercarse hasta su sillón preferido. Apoya los codos sobre la mesa y cubriéndose la cara con ambas manos rompe en un llanto sordo que deja atónita a Catalina, que es la primera vez que ve llorar a su marido.

—Por Dios, ¿qué te ocurre? —le pregunta sacudiéndolo asustada en los hombros.

Él se lleva una mano al bolsillo de la chaqueta, saca un papel del tamaño de una octavilla doblado minuciosamente y se lo alcanza a su mujer sin pronunciar palabra.

Catalina lo desdobla y lee: "¿Sabía que tiene usted un hijo que es marica, marica, marica? Espero que esto sea una buena noticia para úlcera."

—¿Qué es esto? ¿Quién lo ha escrito? —pregunta con autoridad.

—Estaba en el buzón. Lo he cogido cuando salía para trabajar. No puedes imaginar la tarde que he pasado, Cati —dice Carlos sin conseguir que las palabras detengan su llanto—. No aguantaba más en la tienda y he pedido permiso para ausentarme.

—Pero ¿quién te lo ha mandado? —insiste Catalina con firmeza.

—No sé. No está firmado —responde.

—Es un anónimo —confirma tajante Catalina—. ¡Un anónimo! Y tú, tan hombre como eres, ¿te pones así por un absurdo papel con mentiras escritas?

—¿Cómo sabes que son mentiras? —dice él confiando en lo más íntimo de su ser que Catalina tenga razón. Daría cualquier cosa porque la tuviese.

—Conozco a Vicente, Carlos, y confío en él —replica ella con la elocuencia que le proporcionan los sentimientos—. ¿Tú crees que querría presentarnos a Rosario si fuese... eso que dice el papel?

—¿Va a presentárnosla? —dice él algo más animado.

—Naturalmente —se reafirma Catalina—. Y no me extrañaría nada que el anónimo fuese de alguna mala pécora que, despechada y rabiando porque Vicente quiere a otra, desea hacerle daño.

Carlos ya no responde. Se calla para permitir que las palabras de Cati limpien la amargura que empezaba a oxidarle el entendimiento. Poco después se levanta en silencio, da un beso a su mujer y se mete en la habitación.

Catalina suspira aliviada al ver más calmado a Carlos pero ahora es ella la que se siente alterada y algo confusa, y aunque lo intenta, definitivamente, no puede seguir leyendo.

Se dispone a ver la televisión pero en el instante en que pretende coger el mando llega Vicente.

—¡Hola mamá!

—Buenas noches, hijo.

  Basta con escuchar estas voces para que Carlos comprenda que sus dudas no han muerto, todavía lo tienen bien cogido por los huevos. Termina de quitarse los pantalones y se pone los del pijama pero, impaciente, regresa al comedor medio desnudo.

—¡Vaya cara de agotamiento que traes! —increpa a Vicente a modo de saludo.

—Papá te recuerdo que vivimos en un séptimo y que el ascensor no funciona —responde Vicente sin entender el tono de reproche de la voz de su padre—. Desde luego, podría subir más despacio pero siempre he pensado que te gustaban los deportistas.

—A mí me gusta el deporte, no los deportistas —aclara irritado Carlos.

Vicente piensa que es justo lo contrario que le ocurre a él pero encuentra que no es el momento de abandonarse a los placeres de la libertad de expresión, y se calla.

Carlos no. Carlos no puede callarse.

—¿Has visto qué amigos tienes?

Vicente no sabe hasta dónde quiere llegar su padre con esa pregunta pero intuye una fuerte embestida y se prepara para ella. Introduce las manos en los bolsillos, aprieta con fuerza los puños y espera.

Carlos mira a Catalina y le pide que entregue la nota a su hijo. Ella obedece pensando que no está mal que se aclaren las cosas pero presiente que ha de ser ágil en suavizar el ambiente si no quiere que todo termine en una violenta disputa entre ellos.

—Toma hijo, mira lo que había en el buzón —dice como si le estuviese dando algún folleto de propaganda.

Antes de leerla Vicente ya sabe el tipo de nota con el que va a encontrarse y se pregunta si no será ésta la oportunidad que últimamente estaba esperando para sincerarse con sus padres. Supone que deberían saber quién es su hijo y, ante todo, está cansado de fingir, tiene derecho a ser él mismo, a contarse tal cual vive, tal cual siente, sin tener que inventarse que es Rosario o Sagrario quien despierta en sus sueños y, al comer, quien le deja sin hambre. No obstante, cuando lee que es "marica, marica, marica" se acobarda. ¿Cómo hacer entender a sus padres que un insulto es precisamente lo que mejor define su forma de ser?

—¿Qué pasa? —dice con un desánimo que, curiosamente, recubre de veracidad sus palabras— ¿Ahora vais a empezar a hacer caso de anónimos?

—No será verdad lo que dice, ¿no? —se atreve a preguntar Carlos animado por la tranquilidad con que su hijo ha reaccionado al leer la nota.

—¡Qué no, hombre! ¡Qué no! —asegura Vicente con la hiel en la boca.

—Ya puedes decir a tus amigos que inventen otras cosas para entretenerse —dice Carlos a continuación, mucho más sosegado, pero incapaz de aceptar una tregua definitiva con su hijo. El anónimo quería hacer daño y él, ahora, desea dejar claro que sólo los amigos de Vicente, y no los suyos, son capaces de hacer algo así.

Al pronto de escuchar a su padre, Vicente quiere responder que sus amigos no saben nada de la úlcera que se menciona en el anónimo pero en el último momento prefiere callarse. De repente sospecha... no, sospecha no, está seguro de que el anónimo lo ha echado en el buzón Alvarito. Justo le ha dicho esta mañana que se acabaron las pajas entre ellos y él sí sabe que su padre tiene jodido el duodeno. ¡Será cabrón!

 

*

 

El domingo Catalina canturrea mientras saca la ropa de la lavadora. Está contenta, ha salido un día precioso que piensa aprovechar para tender las sábanas y para salir a dar una vuelta con Carlos antes de comer. Por la tarde, incluso a ver si lo convence de que la lleve al cine. Lleva un par de días muy animado, parece que ya ni se acuerda de la que monto por lo del anónimo. Hay que ver cómo son los hombres, la que lían por nada. Menos más que son como los niños y con las mismas, en seguida se olvidan. Ahí lo tiene ahora, embobado con la tele mientras se come los churros que ha traído al bajar a por el periódico. Eso sí, menos mal que han arreglado el ascensor porque si no, éste siete pisos no baja. Mucho deporte, mucho deporte, pero para verlo por la tele. Catalina se ríe, anda que si Carlos le oyera pensar... Lo mira de reojo al entrar en el salón con un montón de ropa entre los brazos y, casualmente, no está viendo ningún partido. A lo mejor su marido se está volviendo un intelectual, se pregunta maliciosamente antes de abrir la ventana y comenzar a tender la colada.

Carlos, en efecto, se ha levantado con buen pie. Tal vez es el Sol, lleva tantos días cubierto... O los churros, están buenísimos. Además le están entrando ganas de cagar y no cabe en sí de gozo. Le encanta meterse al water los domingos y tirarse un buen rato leyendo el periódico. En la tienda no soporta hacerlo y en casa, entre semana, apenas tiene tiempo ni para mear.

—¡Vicente! —grita a su hijo—. ¡A ver si sales del baño!

—¡Voy! —responde Vicente después de aclararse la espuma de la cara y apoyar la cuchilla sobre la repisa de cristal que hay encima del lavabo. Casi no tiene barba todavía pero se afeita de vez en cuando para que le termine de salir cuanto antes, sobre todo por las patillas. Tiene ganas de dejárselas.

Cuando acaba de arreglarse releva a su padre frente al televisor y comienza a zapear un rato. Al pasar una de las veces por Tele 5 el corazón se le quiere escapar de su sitio. Juan Manuel, su profe, está participando en un debate. Ahora no sale. Está hablando otro. Ni lo escucha. Sólo quiere que salga su profe. No deja de pensar en él. Cada día imagina una historia recreando un encuentro diferente. Algunos de ellos lo matan de gusto. Esta mañana, en la cama, antes de levantarse se encontraba herido, inconsciente y desnudo en la calle. Juan Manuel pasaba por allí y, tras abrigarlo con su chaqueta, lo cargaba con cuidado al hombro y lo llevaba a su casa. Allí lo tendía en la cama y trataba de reanimarlo con el calor de sus manos pero él no reaccionaba, seguía frío y entonces Juan Manuel se desnudaba para ofrecerle el calor de su cuerpo. Se tumbaba a su lado, lo abrazaba, lo cubría con su pecho, lo tapaba con sus piernas, y lo colmaba de aliento a través de sus besos. El despertaba y mordía con ansía su boca. Juan Manuel al verlo ya reanimado quería incorporarse pero él lo impedía. Entremetía sus dedos entre la barba de su profesor y lo forzaba a girar el torso sin que se escapara. Lo tendía sobre la cama, boca arriba, y era él ahora quien lo contemplaba. Lo asía de las muñecas y lo recorría con la boca entre los tallos del vello que cubrían su cuerpo. La dureza del sexo de su profesor lo animaban a continuar sin reparos ni miedo. Quería hacerlo disfrutar a través del placer que él mismo sentía. Lo besaba en el vientre, en el pubis, atrapaba en su boca sacudidas de sangre excitada, resbalaba entre los muslos de Juan Manuel y mientras lo giraba humedecía con su lengua el camino entre sus nalgas. Se alejaba ligeramente para contemplar a su profesor de espaldas y regresaba para besarlas. Poco a poco los cuerpos empezaban a entenderse, a moverse a un tiempo, se acoplaban, comenzaban a encajarse mediante vaivenes pequeños, la respiración, el sudor, el ritmo se hacían únicos, y se sumergían en sacudidas de encuentro cada vez más fuertes, cada vez más ágiles, cada vez más intensas. Y la imagen, líquida, se le escapaba entre los dedos.

En la televisión vuelve a salir su profe. Trata de esforzarse por entender de qué habla, a ver si le va a ocurrir como en clase e, incluso en su propia casa, no va a enterarse de nada. Está hablando de las parejas de hecho. Juan Manuel defiende el derecho a la no discriminación respecto a las parejas heterosexuales. Él, como gay, exige el reconocimiento...

"Él, como gay", "él, como gay", se repite Vicente sin importarle si entiende o no el resto de sus palabras. Tira el mando de la televisión contra el techo y salta del sillón con un júbilo incontenible.

—¡Es gay! ¡Es gay!

Su madre que sigue a pocos pasos de él tendiendo en la ventana, gira la cabeza sin entender nada. A su padre se le anudan los intestinos de golpe, cuela el periódico en el retrete, se malsube los pantalones y abre la puerta del baño.

—¿Qué dices? ¿Quién es gay?

—¡Es gay! ¡Es gay! —prosigue Vicente loco de contento.

—¡Jodido crío! ¿Pero quién?

—Yo, papá, yo. ¡Soy gay! ¡Soy gay! —Vicente no puede parar de gritar, de moverse, de agitar y levantar las manos como si acabase de ganar algún trofeo— ¡Soy gay! ¡Soy homosexual! ¡Soy hasta maricón! ¡Viva la madre que me parió! —Se dirige hacia Catalina, la abraza y gira con ella un par de vueltas haciendo que se le caiga la ropa al suelo.

Catalina se ríe de ver a su hijo tan contento pero no acaba de entender su reacción. Se agacha a coger la ropa y se queda con ella entre las manos, algo alelada, sin saber qué hacer.

—¿Qué estás diciendo, Vicente? Haz el favor de explicarte exige Carlos.

—Es muy sencillo, papá. Soy gay. Me gustan los hombres como a ti las mujeres. No hay más —aclara con ímpetu incontenible—. Soy feliz y quiero que todo el mundo lo sepa.

Se acerca a la ventana donde está su madre y grita sin parar de reír.

—¡Soy gay!

Su padre ha quedado paralizado. Las palabras se le truncan antes de poder pensarlas.

Vicente dirige sus gritos hasta la puerta, coge la cazadora y baja por las escaleras sin parar de informar al vecindario. Según va bajando pulsa incluso algunos timbre para que oigan la noticia con claridad y de primera mano.

—¡Soy gay! —les dice con entusiasmo.

Arriba, en la casa, permanecen Catalina y Carlos. Catalina piensa que su hijo está de broma, no sabe cómo se le pueden ocurrir estas cosas, probablemente para enfadar a su padre, pero desde luego está convencida de que su hijo no es gay. A lo mejor hasta hay una cámara oculta de la televisión en algún sitio. En cualquier caso ella sabe que su hijo no es homosexual. Se da media vuelta y sigue tendiendo.

Carlos, sin embargo, está convencido de la autenticidad de los gritos de Vicente. Bajo el estómago los intestinos comienzan a devorarse a si mismos y siente que la úlcera se le agranda por segundos. Hace años que lo presiente y días que tenía la certeza al alcance de su mano, pero en el fondo quería dejarse convencer por Cati, pobre Cati, ella ni siquiera se consiente imaginar la verdad. Serán el hazmerreír de los vecinos, ese hijo de su madre además tenía que pregonarlo todo a los cuatro vientos, ¡degenerado! Retiene en la boca un amago de vómito, un sabor ácido a churro atraviesa su garganta. No podrá soportar que lo toque, no quiere ni mirarlo, no desea volver a verlo. No quiere ser el padre de un invertido, de un vicioso, de un afeminado... Cuánto mejor no hubiese sido que robara, que se drogara... un hombre puede llegar a superar esas cosas pero un marica... nadie lo tendrá en consideración, todos se reirán de él, será un deshecho de la sociedad, marginado, sin amigos, basura... Una sacudida del estómago impulsa un nuevo vómito por su esófago y esta vez no puede impedir que una bola de leche, pasta de churros y bilis se le escapen más allá de la boca. No puede vivir de esta manera, no puede perder la dignidad, no puede consentir que todos lo señalen como el padre del maricón del barrio. No quiere vivir de esta manera. ¿Qué objeto tendría vivir así? Sin ilusiones, viendo a su hijo crecer sin mujer y sin hijos, avergonzado por haberlo traído al mundo. No. No piensa seguir viviendo así. Pero, ¿y Cati? Pobre Cati. No puede suicidarse y dejarla sola. Ella no lo soportaría. Antes o después tendría que saber que su hijo es un indeseable y con su marido muerto, ¿quién la protegería? No puede dejarla sola pero tampoco puede seguir viviendo. Cati. Sólo hay una solución, sólo una. Levanta la vista hacia su mujer que, ajena a la realidad, sigue tendiendo ropa. Se dirige lentamente hacia ella. La mira de espaldas, contempla sus hombros, sus piernas y las caderas entre las que hace tiempo se gestó el invertido. Carlos echa su cuerpo ligeramente hacia atrás en un intento de atrapar la fuerza necesaria para alcanzar su objetivo de un solo golpe, da unos pasos enérgicos hasta llegar a Catalina y, sujetándola con una mano por el hombro y agarrándola fuertemente de una pierna con la otra, la levanta sobre el alfeizar y la arroja por la ventana. El pavoroso grito con que su mujer inicia el descenso de siete pisos a través del vacío le taladra el cerebro.

—¡Cati! —vocifera mientras salta tras ella.

Catalina, ahogado sin aire su propio chillido, aún escucha que Carlos la llama y pretende elevar la cabeza para mirarlo por última vez pero no puede. La caída hacia la muerte paraliza sus movimientos autónomos y hasta sus pensamientos parecen empezar a anquilosarse en su mente. Imágenes superpuestas le recuerdan que ha vivido pero aparecen sin orden, sin lógica y sin sentido. Sabe que va a morir, no hay frío ni calor en su cuerpo, no siente el viento, no hay sonidos a su alrededor, el Sol ha cerrado sus ojos y parece simplemente que duerme pero, no obstante, sabe que va a morir. De un momento a otro chocará contra la dureza del asfalto y se partirá en mil pedazos. Lo que más lamenta es que su hijo tenga que verla así. No soporta imaginar el dolor que a Vicente se le pegará en el alma cuando la contemple destrozada. Pobre Vicente. Lo ha querido lo mejor que sabía pero ahora se da cuenta de que no ha sido suficiente. Siempre engañándose a sí misma, siempre engañando a su marido, mintiendo a todos. Claro que su hijo es homosexual. Hace tanto que lo sabe... pero pensaba que callarlo era hacer que no fuera verdad. Ahora sólo espera que Vicente sufra lo menos posible con su muerte, que se reponga de ella cuanto antes y que mantenga el grito alegre de ser quien es entre sus labios.

Antes de romperse contra el suelo inventa el aire que precisa y grita: "¡es gay!".

 

 

Antonio Rojo