LA MADERA DEL ARMARIO

 

  El 28 de Junio me enamoré de un hombretón peludo en las mismas puertas de la antigua Dirección General de Seguridad, y, además a las ocho de la tarde. Que tampoco es que tenga mucho mérito, pues de alguna forma parece que en el 28 de Junio Chueca creciera y ocupase de siete a nueve la calle de Alcalá. Lo cierto es que la manifestación acababa de llegar a Sol y, como me había llevado todo el tiempo con Pedro Zerolo en la pancarta de cabeza, tenía ganas de ver esas carrozas de las que todo el mundo estaba hablando, las drag queen de Alaska, y los racimitos de boys en bolas. Así que dejé que el propio presi cargara solo con la pancarta, y me perdí por la multitud.

Lo vi cuando la manifestación terminaba. Un oso perfecto, todo pelo, alto, los bíceps saliéndosele por las mangas de la camiseta y esa cara ilegal de anarkista con perilla y licenciatura en letras, que me lleva volviendo loco desde los trece años. Ya me había mandado por Internet las reseñas de algunos libros, y lo conocía de algo. La suerte es que iba con su hermano, que es amigote mío y amante ocasional. Aún estaba mirándolo, agilipollados los dos, cuando alguien se dirigió a nosotros desde lo alto de la carroza del Eagle, lanzando una de esas invitaciones que, si prospera la ley de parejas más justa, uno podrá contar a sus nietos alguna vez.

--¿Queréis entrar en Chueca en carroza?

Era la primera vez que me pasaba. Lo del amor correspondido, quiero decir. Siempre había tenido lo mismo que la mayor parte de los gays que conozco: esa rara especie de amores a medias, que rondan incesantemente alrededor de la pasión sin entrar nunca: los compañeros del Instituto que no lo tenían claro, aquel chapero que lo único especial que hacía era no cobrarnos, los gays que no querían enamorarse o que sólo podían hacerlo con desconocidos, o esos heteros, incómodos bajo la etiqueta de heteros, que eran distintos sólo con nosotros. Bajo todos los casos subyacía la misma historia. O prehistoria, en el sentido de anterior a Chueca. Ellos tenían que vivir por la mañana en una incómoda heterosexualidad, eran asexuales por la tarde, y gays sólo de madrugada, sólo en la intimidad del cuarto. Y todo por un elemento, el miedo, que en el fondo no es otra cosa que la madera del armario.

El fin de semana siguiente yo estaba en Toledo, ciudad japonesa donde las haya, con mi oso anarkista. Ibamos de la mano por los alrededores de la catedral sin que nadie se extrañara, nos besábamos con pasión en los callejones estrechos de la judería, llegábamos a tocarnos el culo en las escaleras del hotel y a acariciarnos detenidamente los labios en los restaurantes familiares, mientras comíamos cordero y pimientos del piquillo. Una noche, rodeados de heavys y pijos de gomina, prácticamente nos devoramos vivos durante cuarenta y cinco minutos incesantes al pie de la estatua de Garcilaso.

--Parece que Toledo no es homófoba --le dije.

--A lo mejor es ke, komo pasan tantos turistas por akí, se kreen ke esto ke hacemos es una kostumbre noruega.

--Tú y yo somos morenazos, latinos y peludos --le repliqué--. No tenemos pinta de noruegos.

Y entonces lo descubrí. Habíamos destrozado la madera del armario, y acababa de darme cuenta de que hasta ese instante no había hecho otra cosa en mi vida que añadir un plus de miedo a la homofobia ambiente. Mi miedo era su fuerza, la de los homófobos, y mi visibilidad repentina, inevitable --ese aluvión de besos, de dedos palpando culos, de manos enlazadas, y esas miradas depravadas de guarros felices-- me investía de pronto de una omnipotencia total, casi jupiteriana. Pensé que el mérito no era mío, que no podía hacer nada por evitarlo, que al fin y al cabo lo único que me estaba ocurriendo es que andaba enamorado.

Ahora escribo desde el pueblo de mis padres. Desde la patria, vamos. De algún modo ha sido la prueba de fuego, la prueba de que sí hay un fuego que quema la madera del armario y que la quema para siempre. Paseo con mi oso, mientras las vecinas y las tías matilde, saludan sin dejar de observar que vamos de la mano. Y sin dejar de sonreír con una cierta afabilidad. El pueblo no se ha hundido, las torres siguen en pie y en el mercado se sigue vendiendo rape. A lo peor, un coche pasa a altas horas de la noche, y alguien, desde dentro, grita: ¡Maricones!, mientras aceleran para que no se les reconozca y suben las ventanillas con terror, enfilando con rápida alevosía hacia los vericuetos de la calle Caballeros, perdiéndose por las zonas oscuras de la ciudad, avergonzados de haber gritado, enfrentados a su propio plus de miedo, y tiznados por los humos de la madera quemada, como el Coyote con aquella bomba que reservaba para Correcaminos y que siempre le estallaba en la mano, y le dejaba desvalido y tembloroso, con una tiernísima cara de imbécil.

  Marcelo Soto

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