EL AZAR CONGELADO

 

Un objeto natural es un azar congelado. Concha García ha comprendido este principio general de la naturaleza y lo ha llevado al arte. En sus objetos encontramos una hermosa combinación del orden y de lo aleatorio: las cuadrículas encierran movimientos, la cera sólida retiene la información de su proceso creativo, las huellas. Son objetos con memoria, donde la repetición y la diferencia se combinan. La repetición tiene que ver con lo predecible, con el orden, con lo reversible. La diferencia tiene que ver con la amnesia, con la apertura a lo impredecible, con las catástrofes, con el caos, con lo irreversible, es decir, con el tiempo.

La obra de Concha García supera las viejas y falsas dicotomías abstracción-figuración, naturaleza-cultura, ideal-material. En sus piezas se traduce un hiperrealismo de lo concreto, con todo tipo de materiales: parafina, cera, luz, papel, metacrilato, tinta, grabado, escayola, madera, eskai...

Todo este arsenal bordea dos territorios inexplorables: el deseo y la muerte. El deseo como objeto inalcanzable nos lo recuerdan esas cajas en las que no podemos entrar, la repetición incesante de lo mismo que intenta ceñir algo que escapa, en una metonimia infinita donde unos objetos remiten a otros sin un encuentro posible. La muerte se pasea discretamente: está tras la mirilla, en la abeja que yace al fondo, en la tierra dispersa entre la cera, en la clausura de las celosías, en el eskai que explota en burbujas cuadradas.

El sistema que crea el conjunto de estas piezas es de naturaleza fractal, es decir, su forma fragmentaria se conserva a cualquier escala. Encontramos estructuras parecidas en tamaños pequeños y grandes. Concha se remonta a la tradición medieval, cuando Giotto se fijaba en un pedrusco para representar una montaña. Del mismo modo, aquí los rasgos genéricos adquieren carácter global, un pedazo reproduce el todo; esta cualidad está en sus obras: la traducción naturaleza-arte se ha cumplido, por medio de un minucioso trabajo de artesano.

Otra separación engañosa, la del artista y la del artesano, es evitada aquí: el espacio donde Concha trabaja se parece más a un taller de bricolaje para locos que a un estudio de pintura. Esto es una ventaja, porque su compromiso con lo concreto y lo real sólo se puede llevar a cabo olvidando el idealismo del pintor.

Concha, a pesar de sus cedazos, no intenta depurar lo real; sólo ha congelado el calor.

 

 

Javier Sáez.