ESPERANDO A BECKHAM

 

 

            La infancia y adolescencia de muchos gays ha sido y me temo que sigue siendo lo más parecido a una película de terror. El descubrimiento de la propia opción sexual ha ido acompañada, en ocasiones, de la vivencia de no ajustarse a los parámetros tradicionales del género. Esto ha llevado a muchos niños a ser “niños mariquitas” antes de ser totalmente conscientes de su orientación y su deseo. Uno de los ritos de paso tradicionales en el estigma del “niño mariquita” es el fútbol, un espacio masculinista y homosocial como pocos. El tiempo nos ha demostrado que hay tantos gays entre los ases del deporte rey como entre sus más fieros detractores pero la vivencia del género fallido como amenaza de violencia, burla y ostracismo ha sido una experiencia señera en los niños y adolescentes sin artes futbolísticas.

            Mis líos posteriores con el fútbol han sido por un lado una militancia contra sus aspectos alienantes y homofóbicos y por otro la progresiva toma de conciencia de sus posibilidades como espectáculo homoerótico reapropiable desde una mirada perversa.

            He descubierto en Internet una página fascinante sobre futbolistas  que ilustra algunas de mis fantasías favoritas sobre vestuarios y jugadores que hoy, más que nunca, parecen conscientes de su atractivo erótico y su importancia mediática.

            Hasta hace poco el fútbol en el estado español era sobre todo “cosa de hombres” como el soberano y el farias. Hoy se ha estilizado el modelo imperante. Los futbolistas además de buenos jugadores deben tener imagen y saber venderse. Los veinteañeros millonarios del balompié hacen reportajes fotográficos en las revistas, posan en ropa interior de lujo y si los rumores son ciertos alguno está a las puertas del armario. No quiero entrar aquí en porque es más difícil que salga un futbolista del armario que un guardia civil, un sacerdote o un coronel. Esa es otra historia. Ni la paradoja que supone que esto continúe sucediendo en los tiempos de los Gays Games y los equipos femeninos. Pero sin duda el perfil de la masculinidad futbolera se ha diversificado.

            Escribo esto en los tiempos en los que los equipos españoles se disputan a Beckham. Y no tanto al jugador por sus talentos como al lustre y el glamour que su fichaje aportaría al fútbol  y la sociedad españoles. Las revistas del corazón harán su agosto. Beckham llegará más o menos en las fechas en las que yo partiré a guirilandia lo que no deja de ser curioso. El fútbol como el deseo nunca se cumple del todo, es siempre un placer semifallido, un encuentro en el que nadie queda del todo satisfecho. La España del PP, la de la guerra, los petroleros y los bemoles de Aznar, esa que deseamos y no conseguimos cambiar, convive con la feminización del espectáculo rey del franquismo populista.

            Y es que la única novedad que aporta el fashion y pijísimo jugador del Manchester es su posición autoconsciente de objeto decorativo en un panorama que se supone activo. Y es eso y no los excesos del marketing lo que molesta a muchos machos, futboleros o no. Beckham con sus declaraciones ha reconocido la existencia de un público masculino y femenino que puede interesarse por los futbolistas y no sólo por el fútbol. Algo que los varones heterosexuales llevan mucho tiempo disfrutando en secreto y celebrando en público. Que el futbolista inglés haya reconocido su complacencia por ser admirado por muchos hombres o que se fotografíe con la ropa interior de su mujer no supone de por sí ningún gesto homófilo. Pero el reconocerse como un objeto de deseo en un ámbito heterosexista y homosocial sirve, cuando menos, para el reconocimiento de un tipo espectador que hasta ahora había permanecido en la sombra.

 

                                                                                                          Eduardo Nabal