De erotismo y gastronomía.

La casquería como placer.

 

...Tu m/e dejas practicar una abertura alrededor de tu vientre,

tu me dejas mirar tus vísceras humeantes...

...Tu m/e dejas tocar tu vesícula, tu m/e dejas despellejar tus dos muslos, tu sexo esta intacto, y y/o estoy ya cubierta de tu sangre...

 

El cuerpo lesbiano. Monique Wittig

 

 

Desde antaño es sobrada costumbre la adicción  de los placeres carnales como el summum del hedonismo. De entre éstos quizá sea la gastronomía y la sexualidad la conjunción más tópica. Encontramos desde la orgía romana al banquete chino la descripción pormenorizada de suculentos y sofisticados platos unida casi siempre al relato de la cantidad y calidad del personal del Serrallo, cuerpo de eunucos que lo cuidan o efebos y doncellas dispuestas a ser la culminación de tan apetitosos ágapes.

 Si bien, lo que nos ha dejado la literatura o la historia en este campo ha estado unido, por lógica económica, al poder y a los diferentes estratos que se le acercaban, con el advenimiento de la burguesía al poder estos placeres se divulgaron entre sectores más amplios de la población. Dejó de ser placer de los amos y de las jerarquías eclesiásticas para pasar a sectores mas amplios de la población y gracias a esto, y como en toda actividad humana, surgieron diferentes niveles de afición y perfeccionamiento que han recorrido y recorren ese arduo camino que discurre desde la cobertura de una  necesidad a la obra de arte: El erotismo, la gastronomía.

 Para las que superamos el concepto de naturaleza y nos situamos en el campo de la cultura donde el comer y el follar ha dejado de unirnos a las otras especies para convertirse en uno de los verdaderos acicates de nuestra a veces tediosa existencia, se han creado diferentes términos con los que calificarnos: gastrónomas, sibaritas pornógrafas, libertinas...O bien, glotones, perversos, viciosos, insaciables...según dictasen las morales que a la sazón imperasen. También es cierto que el desarrollo  de estas practicas ha estado, y esta, unido, justo por esa moral imperante, a la imposición de limites o a la interdicción sin más.

 A veces no ha sido más que la geografía o la costumbre la que dotaba a ciertos alimentos de su bondad para la degustación o al contrario lo situaba en un plano tabú que relegaba ciertas comidas a las bestias, a las personas miserables, o al extranjero, al otro. La misma reacción se puede aplicar, al fin y al cabo, a las practicas sexuales y a las variantes que se han dado en las diferentes variables espacio temporales.

Tanto en la sexualidad como en la gastronomía existen especialidades, manías y preferencias, esto sirve no solo para el enriquecimiento de las personas seguidoras de estas tan preciadas artes que ven aumentar su placer e interés con las nuevas recetas o practicas, sino también como un verdadero acicate para la investigación en estos campos que a ojos profanos parecen manidos.

 Decir que las personas somos seres sexuales o decir que somos omnívoras, no deja de ser una definición  de una de nuestras tantas potencias que aclara bien poco sobre esa persona. Más, teniendo en cuenta la analogía que hace la gente mayoritariamente de la sexualidad con la heterosexualidad reproductora, esto solo conduce a una indefinición, o a lo sumo una simplicidad que sirve de bien poco. Siempre  será preferible , desde un simple acto de conocimiento, decir de alguien que le va el rollo del cuero, que es vegetariana, que es “cazador” de osos....Que no oír un insulso “Yo como cualquier cosa” o “Yo sexualmente soy normal”

De entre las practicas gastronómicas que se pueden disfrutar en nuestro días hay una que esta cayendo en desuso y desconsideración cuando no es vilipendiada en aras de lograr no sabemos que dietética: La casquería.

 La casquería esta cada vez más mal vista ( y menos comida). Entendemos por casquería aquellas partes de los animales que no son carne magra. Es decir, lo que no es el aburrido filetito o la consabida chicha de las criaturas que todavía están formando sus paladares. También recibe el nombre de Despojos. De los despojos de la norma sexual somos también muchas las que hemos hecho verdaderas obras de arte de nuestras vidas y de nuestras sexualidades, estando como han estado y están  despojadas de libertad. Despojos. Despojos son las partes que no valen, que se evitan por falta de valor o uso.

En el caso de la carne lo que no es pues filetito o chicha pasa a tener la consideración de despojos, de casquería. Y es en esta donde se juntan sin más esas partes del animal que reciben más de un nombre para las iniciadas en su degustación: leteruelas, patas o manos, criadillas, asadura, cara o morro, rabo, huesos, sangre...

Nombres estos que podemos asociar rápidamente, por esa manía que tenemos al antropomorfismo, a tantas y tantas de nuestras costumbres sexuales aplicadas a las partes de nuestro cuerpo. Nos comemos los morros o la boca, sacamos jugos, bebemos fluidos, chupamos culos y orejas, tantos quehaceres con pies, pechos y manos...que la lírica se ha encargado de publicitar en numerosos recetarios. Y quizá sea este el ultimo reducto donde pueda encontrar  la poesía alguna  interlocución: en lo que comemos, en lo que follamos, en el cómo lo hacemos, en el cómo lo contamos. También cabe el pensar en las connotaciones antropofágicas de su enunciación y el surgimiento simbólico del tabú.

Ultimamente parece ser que hay una enfermedad que se transmite por la carne que principalmente comemos: la de vaca. No hay ninguna originalidad en ver las analogías que pueden darse entre la Encefalopatia Espongiforme Bovina y el SIDA. La rabia me sigue mordiendo cuando pienso en la celeridad que han puesto (y eso que esta siendo bien poca) en hacer frente un problema de una enfermedad transmisible en una practica tan habitual como es la de comer carne y cómo siguen relegando campañas de prevención y ayudas a la investigación para paliar los efectos de esta otra enfermedad que en este caso se transmite también por follar carne. Claro que no era ni es por follar un tipo de carne sino que es por hacerlo de una manera que no es la que permite la norma. Podemos ser los maricones un paralelismo con la carne de nuestras vacas locas? Ya se empiezan a recoger datos sobre lo que resulta más peligro de la ingestión, aquellas partes que son consideradas las menos nobles, en este caso curiosamente también las más baratas: los despojos, huesos y vísceras base de la rica y suculenta cocina de casquería. Así se pretende que las practicas sexuales de la bendecida pareja heterosexual, monógama y de la misma generación sean las únicas que garantizaran una forma de asepsia sobre todo lo que supone la sexualidad humana. De la misma manera  nos vemos abocados a una nueva cruzada en al campo de la alimentación, condenando todo lo que no sea masa muscular a al estrato de lo inmundo, de lo prohibido. Y a esto no  será nada ajeno, como en el caso del SIDA, el elemento económico. Serán los comedores de patitas y morros, los chupadores de tuétano lo que fueron, en los primeros tiempos de la pandemia, comedores de culos y pollas: apestados pecadores condenados por sus actos fuera de la norma. Norma sexual, norma gastronómica.

 Otra de las similitudes o analogías que se pueden observar es la que se produce en su proceso y sofisticación, en la manufacturación y elaboración de esa gastronomía relegada y las de las practicas sexuales marginadas de la norma. Desde la geografía del deseo  a la que ningun marica es ajena, sus wateres y parques, pasando por la parafernalia leather hay una senda parecida a la que se recorre limpiando bien unos callos, cociendo lentamente una lengua o rebozando unos sesos. El master S/M que bosteza en una sesión de sexo vainilla siente el mismo aburrimiento que el experto en usar su lengua mondando cabecitas de cordero siente cuando se enfrenta a un filetito de insípida ternera a la plancha.

Si no dejamos de follar por el SIDA, por lo menos algunos, y además aprendimos más posibilidades en materia sexual, lo mismo debemos hacer con lo que comemos, especializarnos, profundizar en el conocimiento y la experimentación de alimentos. Alejarnos de cualquier imposición sobre lo que comamos o lo que follemos, no solo por el sano ejercicio de la libertad, sino también por el enriquecimiento y el placer. El cuidar nuestra salud no esta reñido con la consecución de placeres elaborados y en ultima instancia es un asunto, el de la salud, que compite a la misma persona. De las autoridades que se supone deben velar por ella solo cabe esperar que nos informen y los medios para paliar el daño que conscientemente nos podamos haber causado. Y eso no lo hacen. Tomar conciencia de la subversión de nuestros placeres y aficiones no deja así de ser otro acto de autonomía y revulsion ante el tedio uniformador y represivo en el que vivimos, aparte, claro esta, del grato trofeo que representa su consecución. Yo por mi parte estoy calentando un puchero de oreja de cerdo a la extremeña que pienso acompañar con el culo y los pezones de un hermoso dantzari navarro.

Sejo Carrascosa

Igandea, 2001.eko otsailak 4, Santa Ageda bezpera.