DISPUTAS FRONTERIZAS ENTRE EL CIBERESPACIO REAL Y LA PRESUNTA REALIDAD EFECTIVA


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1. ARQUEOLOGÍA DEL CIBERESPACIO: EL LENGUAJE.

 

La prédica al uso insiste en describir el ciberespacio como algo claramente delimitado, separado de la vida real. No tiene una existencia efectiva. Sin embargo, hay ejemplos que nos muestran que el ciberespacio puede producir interferencias sobre el llamado mundo real, puede producir efectos. Según el ejemplo de Lacan sobre los efectos del lenguaje, si en el transcurso de una conferencia alguien exclama "hay una bomba en esta sala", independientemente de que no haya tal bomba, el efecto es inmediato, todo el mundo abandona la sala preso de pánico. Es un mero mensaje, una enunciación, sin objeto real, pero con efectos.

 

Desde una perspectiva arqueológica podemos encontrar antecedentes del ciberespacio en otros soportes, como los libros, el mundo de las ideas en su tradición oral y escrita, o en los mitos. Remontando esta arqueología podemos ubicar el nacimiento de la realidad virtual en el mismo momento de la aparición del lenguaje.

 

Como muestra el ejemplo de la bomba (mejor dicho, del enunciado "hay una bomba", de ese hecho lingüístico), el lenguaje tiene la misma estructura de los actuales mundos virtuales: las palabras designan una realidad objetiva, pero esas mismas palabras no tienen una materialidad. A su vez, los hecho lingüísticos producen efectos sobre lo real, hay conexiones entre los significantes y los significados, aunque nunca hay una comunión total entre ambos. Esta frontera es difusa e indeterminada y compleja.

 

Por otra parte, nadie sabría ubicar materialmente el lenguaje. Eso no impide que cualquiera pueda utilizarlo, de manera que uno copia un programa software donde el original es indistinguible de la copia (si yo utilizo la palabra "mesa" y otra persona también, ¿cuál de las dos es el original?, ¿dónde está materialmente, por ejemplo, el castellano, o el inglés?).

 

 

2. EL TRIUNFO DE LA SOCIEDAD DEL RUIDO

 

Internet es una gran sala de conferencias donde todo el mundo asiste a una infinidad de discursos imposibles de seguir debido a su multiplicidad y simultaneidad. Internet es el triunfo de la sociedad del ruido.

 

Asistimos desde hace unos años a un dispositivo de incitación al discurso en todos los campos, incluido el de la vida privada.

 

En primer lugar, el discurso tecnológico -que aún sigue sustentado por el paradigma científico positivista- se niega a reconocer que no tiene respuestas para todos las cuestiones, y no deja lugar para el silencio, la reflexión de sus propios límites, ni interroga a los sujetos sobre sus prácticas. Es un discurso histérico, que se alimenta con la excusa de su insatisfacción permanente. Cada década comienza con una petición de fondos por parte de los científicos para acabar a corto plazo con el cáncer, el hambre en el mundo y los problemas del tráfico.

 

Esta dinámica, apoyada por el dispositivo que obliga a publicar todo lo conocido y que considera la información como algo separado de las condiciones sociales de su producción y utilización, deja aparte cualquier consideración ética.

 

La creación colectiva de los científicos diluye la responsabilidad ética de cada uno, por ejemplo, como ocurrió en el desarrollo de la bomba atómica, en el cual el sistema tecnológico se garantiza la continuidad del proyecto a pesar de las objeciones de algunos de los participantes iniciales.

 

La utilización de Internet y de sus sistemas de localización de información acelera esta disponibilidad universal de datos centíficos y técnicos. Este exceso de información no procesada impide, paradójicamente la reflexión y la regeneración del conocimiento. El silencio queda marginado. Curiosamente la ciencia del siglo XX (Heisenberg, Gödel, Brillouin, Prigogine, Thom) va restituyendo los límites a la soberbia del positivismo.

 

Sin embargo, esta vuelta a un mundo limitado y no completamente cognoscible y medible, no es asumida por el aparato tecnológico, que sigue acelerando su producción masiva de información e intentando transformar el mundo sin tomar consciencia de sus efectos contraproducentes.

 

Este horror vacui del discurso tecnológico conecta directamente con el mismo horror al silencio que padecemos los seres humanos, y esta comunión permite a la ciencia institucional reclutar sus fieles. El lugar del vacío, el silencio, es el momento donde puede aparecer la angustia, donde se puede sospechar que la comunicación total del sujeto con el mundo no es posible. La ciencia no sólo no calla, sino que tampoco pregunta a ese sujeto. Esto nos enfrenta al reto de repensar una ciencia que se interese por la subjetividad y sus paradojas.

 

La segunda vertiente del ruido y de la incitación al discurso está en la esfera de lo privado. Nos encontramos con la necesidad de muchos individuos de reafirmar su identidad dando a conocer por Internet sus gustos, su forma de ser, sus pasiones, sus seres queridos, hasta el punto de publicar la foto de los niños, convirtiendo la Internet en una de esas casas de neuróticos saturadas de fotos enmarcadas y ceniceros de alpaca, con el agravante de estar abierta a todo el público. Es como una de ésas ventas de jardín estadounidenses donde cualquiera puede llevarse las cartas de amor de la abuela porque 'mi familia no tiene nada que ocultar'. Dicho de otro modo, un dispositivo de confesión moderno.

 

 

3. LA HUIDA DE LA REALIDAD

 

Como en el ejemplo de Lacan, alguien debió de gritar que había una bomba en el mundo, porque desde que la Internet existe todos quieren abandonar el mundo y vivir en la Internet.

 

En la sociedad de la información actual no hay posibilidad de verificar la información que circula por los canales, dado su volumen y su velocidad de circulación (y la desaparición de la fuente). Eso no es un problema nuevo, ocurría con la prensa, la radio y la televisión desde su invención. La diferencia está en que en las sociedades no mediáticas la población puede salir a la calle y contrastar algunas de las informaciones, o recibir información de otras personas que han estado presentes en las situaciones de las que se informa.

 

A medida que aumentan los medios de comunicación hay un repliegue de las sociedades desde lo público a lo privado, se va abandonando la calle, la interacción social, y se vive principalmente en espacios cerrados, individuales, con más y más medios de comunicación (coche con radio, casa con tele e Internet, etc.). Dado que la propiedad de estos medios pertenece a unas pocas elites económicas, la información que proporcionan es, además de redundante, poco fiable. Con lo cual llegamos a la siguiente paradoja: una sociedad plagada de medios de comunicación (en las condiciones actuales donde éstos son propiedad de unos pocos) convierten a las poblaciones en sociedades ignorantes, alejadas completamente de los hechos cotidianos, sin posibilidad de contrastar versiones diferentes de los acontecimientos.

 

La propia palabra "información", que se suele presentar como el paradigma de la objetividad y con algo positivo en sí mismo, deja entrever en su etimología la posibilidad de la manipulación, dado que in-formar es "dar forma a algo o a alguien". En este sentido la información puede ser despotenciadora, dado que nos convierte en sujeto pasivos a los que se da forma.

 

La imposibilidad de actuar sobre la realidad nos lleva a volcarnos en un espacio virtual, con la aparición de un nuevo sujeto muy activo en la red, que realiza construcciones barrocas de tipo inmaterial, horrorizado por el contacto con un mundo real amenzador, con la posibilidad del contagio y el castigo. Este barroquismo es propio de épocas absolutistas, donde se percibe como prohibido cualquier intento de modificar el mundo.

 

La toma de conciencia de esta huida de la realidad emplazaría al sujeto a no abandonarla, y a usar lar redes para completar el proceso "información-conocimiento-acción", como indica Sáez Vacas. Se puede añadir a este ciclo la dimensión del placer, el goce por la actuación sobre la realidad y el disfrute en su transformación.

 

 

4. (SER) OBJETOS DE LA TÉCNICA Y (SER) DOMINIO DEL ARTIFICIO

 

Virus informáticos pensados para que se modifiquen a sí mismos tienen una evolución (mutación) impredecible con una autonomía cada vez mayor. Los virus informáticos son por tanto los únicos habitantes nativos (legítimos) del mundo virtual.

 

La multiplicación de estos virus se ve restringida a territorios virtuales; sin embargo, podríamos pensar en un robot que estando dedicado a la manipulación de ADN en un laboratorio enloqueciera al ser infectado por un virus software. Tendríamos ahí un cortocircuito que rompería la barrera entre lo virtual y lo real, de manera que podrían generarse seres vivos creados por virus informáticos: humanos que prefieran las máquinas a sus congéneres, variedades de la gripe que ataquen a los analfabetos computacionales, ingenieros programados para potenciar a los virus informáticos, seres vivos hechos a su imagen y semejanza, ¿podría haber una invasión desde el ciberespacio, desde lo virtual?

 

La observación de Heidegger sobre la cuestión de la técnica toma hoy especial relevancia. Para él, somos meros objetos requeridos por la técnica. Nuestra esencia no es la de ser libres y creativos, sino la de trabajar para la tecnología, por ejemplo, para actualizar perpetuamente nuestros ordenadores con un Windows 97, o en sentido más general, poner a trabajar a todo el mundo en una mejora superflua de los programas existentes y en la creación de otros nuevos. Un nuevo Sísifo que es ya un objeto del imperativo tecnológico, nunca más un sujeto, sino una pieza intercambiable dependiente de una estructura que le desborda y le determina. Una de las razones del malestar de nuestra cultura es la consciencia de la falta de efectividad, el sujeto no elige, sino que es elegido.

 

Desde este punto de vista, en el cual el software es más determinante que los propios individuos, la invasión desde el ciberespacio ya es una realidad.

 

Ya Epicuro rechazaba el falso dilema entre la regresión ante toda civilización y el frenesí de un progreso desaforado: "las técnicas no son un fin en sí mismas. Bien utilizadas contribuyen al bienestar, pero quien las complica indefinidamente se vuelve su esclavo, como quien desea siempre más, se queda indefinidamente frustrado".

 

 

5. ÉTICA EN LA FRONTERA.

 

Hace unos meses se conoció la noticia de que en un hospital de EE.UU varios pacientes en estado de coma habían sido violados de forma múltiple. Un columnista de un periódico de Madrid acertó a preguntar qué tipo de máquina era la que cuidaba del estado de esos enfermos, que ni siquiera detectaba semejante agresión. Conectándonos a semejante máquina, se nos conecta a la vida, pero es indiferente a qué tipo de vida.

 

En el caso citado del robot que manipula el ADN la responsabilidad ética también recae sobre el autor de la conexión. Quien por una parte conecta al robot con algo tan delicado como el material genético, y por otra a una red telemática global, abre un canal de comunicación entre lo virtual y lo real que acaba permitiendo la transgresión de esa frontera.

 

Existen otros muchos casos de problemas éticos sobre la conexión y la desconexión: un comerciante que quiera especular debe ocultar a sus compradores la fuente de su mercancía. Su acumulación se basa en el reforzamiento de un secreto por medio de una frontera.

 

La elite de un país del tercer mundo recibirá un goloso premio si abre su economía (si la conecta) a la entrada de inversiones extranjeras, independientemente de que los resultados para la población sean desastrosos ("milagro" económico de Chile, Argentina o México). Precisamente grupos de poder que preconizan la abolición de las fronteras en terceros países se reservan mecanismos de control fronterizo para ellos mismos (recomendaciones del Fondo Monetario Internacional, Grupo Bangemann de la UE).

 

Igualmente el mito de Internet como una red abierta sin fronteras esconde otra realidad muy distinta en la medida en que los registros de nombres y direcciones, la gestión de los puntos de conectividad, los grandes buscadores de información (Yahoo, AltaVista, Whowhere) configuran una serie de puntos en los que se concentran el poder y el valor añadido. La proliferación de cortafuegos y otros elementos hardware destinados a proteger la información acaba con el mito de la información libre y sin fronteras. Por otra parte, hay otra frontera que a pesar del ser evidente, pocas veces se cita: menos del 20% de la población del mundo tiene acceso a línea telefónica, y por ende, a Internet; entonces, ¿cuál es ese "mundo" que se comunica?

 

En la actualidad se comenta la virtualidad de las transacciones comerciales y la especulación en bolsa; en efecto, los flujos financieros y las decisiones empresariales se mueven a gran velocidad gracias a la consulta de unos datos, sin que los actores de esas decisiones vean el dinero en efectivo o la empresa que acaban de decidir desmantelar o trasladar a Malasia.

 

Pero este seguimiento de parámetros de información cuantitativa desvinculados de una realidad contrastada no es algo nuevo, en América en el siglo XVI los indianos recibían informes con datos sobre la marcha de sus negocios en otras colonias y tomaban decisiones sin verificar sobre el terreno dichos datos.

 

Lo que sí supone un cambio cualitativo en los flujos de información derivados de las nuevas tecnologías es el desbordamiento de las magnitudes de la información y el efecto de la presión de ruido. Hasta hace unos años las políticas de control sobre la opinión pública se basaban en la prohibición directa de opinar (censura del régimen soviético) o en la indirecta, por un marco de referencia (las opiniones que están fuera de un marco asumido implícitamente no son publicadas o son presentadas como carentes de credibilidad; por ejemplo, Noam Chomsky, como analista político, es un personaje que para los mass-media de EE.UU. sencillamente no existe).

 

Ahora el lema "prohibido decir" cambia y se convierte en un "diga usted lo que quiera, da igual, porque el ruido se encargará de taparlo". En efecto, es tal la cantidad de mensajes que circulan por la red que la posibilidad de impacto de uno de ellos sobre la vida política, económica o social es prácticamente nulo. Podemos llamar ruido a esta infinidad de mensajes circulando a gran velocidad por infinitos caminos.

 

A su vez el ruido se ha convertido él mismo en una frontera que impide el acceso a la información útil. La proliferación de mensajes en un espacio no orientado, no jerárquico, tiene la ventaja de que no hay un centro que organice y controle la información y sus flujos. Esto posibilita el desarrollo de redes no necesariamente piramidales, aprovechando una infraestructura preexistente (por ejemplo, el uso de Internet que hacen los zapatistas). Por otra parte, tiene el inconveniente de que esos flujos nos embarcan en un océano caótico donde se hace difícil atracar en una isla y descansar asimilando una información que se transforme en conocimiento.

 

Para continuar con estas metáforas marítimas de la isla y las fronteras, podemos señalar un cambio de dirección en cuanto a la cuestión del saber. Si hasta comienzos de este siglo el saber era una isla fortificada, guardada celosamente por los poderes dominantes (Iglesia primero y minoría burguesa dominante después) y con pocos habitantes en su interior, ahora nos encontramos con todo lo contrario, con el imperativo de meter a todos dentro de la isla del saber, y de vigilar que nadie se salga de ella (como dice de modo conminativo un programa de televisión: "A saber").

 

El discurso actual incide en la necesidad de que todo el mundo se conecte a la red, desde el discurso de Al Gore y Clinton sobre las autopistas de la información hasta la nueva iniciativa de la Unión Europea de conectar todas las escuelas a estas redes de información.

 

Lo cuestionable de este presunto "saber para todos" es que se trata de un saber estándar, que no recoge las variedades locales ni está vinculado a las necesidades culturales de cada sociedad, incluso a un nivel local. El modelo de enseñanza generalizado que se impone en el siglo XX ya había ido separándose cada vez más de las variedades locales (abolición de las lenguas vernáculas, saberes académicos transmisores de una ideología dominante, planes de estudio homogéneos, líneas prioritarias de investigación). Un modelo de enseñanza global supone el mayor extremo de normalización cultural, especialmente si va acompañado de una progresiva desaparición de la figura del maestro. Por ejemplo, el desmantelamiento actual de la enseñanza pública en EE.UU. es justificado con la excusa de que ya hay autopistas de la información y educación virtual y a distancia. A esto se añade el problema de una nueva frontera, la del idioma. Frontera que por un lado excluye y que por otro normaliza al que incluye; en Internet la mayor parte de la información está en inglés, hay que pasar el filtro y plegarse a un único idioma.

 

La uniformización cultural tiene un enorme coste. Como ha señalado Ivan Illich, cuesta mucho trabajo y dinero convertir a un desinformado en un informado inútil. Los saberes locales desaparecen (saber de la agricultura, de la ganadería, del artesanado, del medio ambiente, de los mitos populares) y se transforma a los individuos en universitarios con un nivel mínimo de conocimientos que hablan una jerga estándar y estéril que se supone culta. Lo más preocupante de la tarea de universalización es la pérdida de formas de saber orientadas a la acción y a la regeneración del conocimiento (gusto por la conversación, por la literatura, por el análisis crítico, etc.).

 

Si el acceso a estas fuentes de información ricas e inagotables que procuran las redes no va acompañado de una educación básica vinculada a los saberes locales y de una participación activa de los sujetos (navegar en la red puede ser tan pasivo como hacer zapping en la tele durante un domingo por la tarde), resultará un ejercicio inútil. Navegar no es ir a la deriva, y navegar, para un marinero, exige llevar mercancías a bordo, y un intercambio en contacto con alguna orilla.

 

 

 

6. INCONCLUSIÓN

 

Ya que hemos hablado de fronteras, intentaremos no poner fin a esta aportación, sino abrir más caminos por medio de algunos interrogantes:

 

¿Cómo situarse en un lugar, o producir un discurso diferente, respecto al ámbito de la realidad virtual y las tecnologías de la información, no fundado en el miedo ni en la esperanza?

 

¿Cómo trabajar la cuestión ética sin caer en el relativismo absoluto del todo vale, ni en la ética universal, antesala de la intolerancia al otro?

 

La oposición virtual-real esconde un presupuesto de trascendencia filosófica. A la realidad virtual (no concreta, indeterminada, algo así como una realidad de segunda) se opondría una realidad real, concreta, determinada, positiva. Descubrimos que el sueño positivista de una realidad dada y única, finalista, estructurada, todavía atraviesa el discurso científico actual, a pesar de los argumentos que ha encontrado la propia ciencia a lo largo de este siglo para dudar de ese concepto totalizador de la realidad y su posibilidad de conocimiento.

 

Pero ¿y si la realidad no fuera algo positivo, sino una absoluta pluralidad e indeterminación?. Aprehender la realidad, incluso en el sentido corriente de la palabra, es tan imposible como aprehender la llamada realidad virtual. Existe una mediación inevitable que escamotea todo intento de contacto entre los sujetos y los objetos, la mediación del lenguaje. Y del mismo modo que el lenguaje no está presente materialmente pero produce efectos, lo virtual no es aprehensible y sin embargo tiene también un impacto en nuestras vidas. El descubrimiento freudiano de que el lenguaje no hace comparecer lo real, sino que nos distancia irreversiblemente de ello, cobra en esta ámbito todo su sentido.

 

El fenómeno de la llamada realidad virtual pone de manifiesto más claramente esta imposibilidad general de relación con los objetos, sería una metáfora local de una situación global. Y del mismo modo que el lenguaje es algo potente, pero no todopoderoso, que sirve para comunicar y también para engañar, podemos tomar esta nueva variante, la realidad virtual, en su potencia creadora, pero teniendo también presente que no nos va enseñar el rostro de Dios, quien, probablemente, no tenga ninguna necesidad de estar conectado a la red.

 

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