EL FANTASMA DEL CLUB

 

 

            Mi absoluta falta de garbo a la hora de agarrar la raqueta le arrancaba una sonrisa tierna. No había el menor rastro de  malicia en su mirada de profesor joven, profesor de tenis contratado para enseñarme a dar los primeros pasos en un juego que más adelante abandonaría y  nunca más volvería a jugar. Saltaba la red, se colocaba detrás de mí y me ayudaba a adoptar la postura idónea para lanzar la pelota.

            El camino hacia los vestuarios se me hacía más llevadero, a pesar del cansancio acumulado, porque mi imaginación se dedicaba a anticipar algo de lo que venía después. El profesor se duchaba y salía desnudo, mostrándose ante mí con una inocencia que le hacía todavía más deseable. Se secaba con una toalla blanca y me mostraba sexo y sus nalgas enlazados por el mismo vello negro y rizado que le cubría la cabeza. Después se enroscaba la toalla a la cintura y me preguntaba algo sobre el juego,  sobre mis lentos progresos en el juego o sobre que tal estaban mis padres, preguntas de pura formalidad a las yo que respondía con dificultad, absorbido como estaba por el magnifico espectáculo que se ofrecía ante mis ojos.

            En el “Club de Tenis” iban matrimonios con hijos, clanes familiares pudientes, matrimonios jóvenes y sobre todo pandillas de chicos y chicas. Yo no encajaba bien en las pandillas de machos cuidadosamente jerarquizadas ni tampoco me esforzaba demasiado por encajar. Sus maneras agresivas y su lenguaje cruel me eran ajenos. Mi torpeza a la hora de jugar al fútbol, mi inseguridad ante cualquier discursión violenta y mis opiniones sobre temas que ellos desconocían les hacían verme como a un bicho raro. Tampoco duraba mucho  en los grupos de chicas porque aunque me llevaba mucho mejor con ellas me dejaban de lado cuando su objetivo era ligar o pelearse con los chicos.

            El verano transcurrió sin demasiados incidentes. Yo pasaba la mayor parte del tiempo con mis padres y mis hermanos, leyendo libros al sol, protegido en el seno familiar y  más bien ajeno a lo que sucedía a mi alrededor. Sólo algunas veces subía hasta los columpios de la explanada de arriba, colindantes con el frondoso pinar, y mientras me columpiaba en soledad oteaba el conjunto de aquel club de nuevos ricos, familias tradicionales y jóvenes comme il faut.

            Hacia el final del verano se produjo un robo. Desapareció un carísimo reloj digital de los vestuarios masculinos. Los  chicos mayores formaron  pequeños grupos para interrogar a los sospechosos. Yo fui uno de los primeros en los que pensaron, tal vez porque no encajaba bien en el conjunto del lugar o porque desde mi buscada soledad les resultaba alguien de conducta imprevisible. Las sospechas desaparecieron cuando el verdadero culpable confesó. Una tarde mientras me paseaba junto al pinar vi a un  amplio grupo de los chicos mayores formando un circulo en el suelo del bosque y en el centro uno de los muchachos de mi edad, hijo menor de una de las familias socias. Enseguida supe de lo que se trataba. Sentí una rabia sorda contra aquellos machotes que se creían con derecho a juzgarle y sermonearle. Poco después, Angel, el joven ladronzuelo, y yo ya eramos amigos íntimos. Nos unía nuestro aspecto frágil y aniñado, nos separaba su astucia y mi ensimismamiento. Subía conmigo a los columpios o me acompañaba a dar paseos por el pinar e incluso, a veces, se quedaba mirando durante mis clases de tenis.

            El otoño hacía su aparición cambiando el color de los campos que rodeaban el Club. Una brisa fresca disminuía la franja horaria dedicada al baño o a los juegos al aire libre.  Los jóvenes se recluían en un salón que hacía las veces de sitio para guateques y sala de ping-pong. Los mayores empezaban a recluirse en el salón de adultos, situado en la parte alta del Club y donde nos estaba prohibida la entrada a los menores. A veces nos asomábamos y recibíamos miradas de desaprobación de los camareros o de alguno de los patriarcas del lugar. Aquel sitio estaba dotado de  una amplia cafetería y  una salita para que las mujeres jugasen tranquilas al bridge. El mal tiempo hacía que los hombres se agruparan junto a la barra a beber copas de whisky o martini y sus mujeres se retiraran a la parte interior con sus cartas y sus comentarios sobre la democracia y el mal tiempo “Desde que murió Franco no hemos vuelto a tener tres meses de sol seguidos” era uno de los comentarios favoritos de las damas de la baraja.  De uno de esos grupos de bridge surgió la noticia, que se expandió como la pólvora, de que un grupo de chicas había sido sorprendido por un exhibicionista, un hombre con gabardina negra que se aparecía entre los pinos y mostraba su desnudez debajo de la prenda. Las chicas jóvenes fueron vigiladas cautelosamente y se nos recomendó no alejarnos demasiado en el bosque. Ángel y yo nos mostramos fascinados por aquel ser misterioso que nunca habíamos logrado ver y que provocaba tantos comentarios. Le atribuimos una naturaleza sobrenatural y le apodamos “El fantasma”. Colocábamos tumbas hechas de palos y trozos de ramas de pino para invocar  su presencia y nos tumbábamos en la hierba cerca de la valla que  nos separaba del pinar para hablar de fenómenos paranormales, muertos que volvían a la vida  y para esperar su aparición detrás de los árboles. Algunas veces nos llevábamos un radiocasette y tarareábamos las canciones de moda. La luz otoñal iluminaba a la perfección nuestras cavilaciones y fantasías.

            El invierno cayó también sobre el Club. La hierba sobre la que solíamos tumbarnos se cubrió de una escarcha helada y metálica. Nuestras salidas se redujeron y empezamos a juntarnos en casa de Ángel. Cuando sus padres se ausentaban inventábamos juegos diferentes, parodiábamos las costumbres de los machos del Club y hablábamos de los que más nos atraían. Un día encontramos unas revistas pornográficas en los cajones del padre de Ángel y nos decidimos a imitar las posturas y los juegos que allí aparecían. Nos encerrábamos en su cuarto, poníamos un mueble atrancando la puerta y desnudos nos masturbábamos mutuamente, nos acariciábamos y en ocasiones, haciendo una representación teatral, nos infligíamos castigos acompañados de escarceos sexuales.

            Un día Ángel dejó de llamarme por teléfono. Cada vez que le llamaba o me pasaba por su casa me decían que estaba ausente y yo empecé a preocuparme. Una tarde subí al “Club de Tenis” con mis padres con la esperanza de encontrarle allí. Pero antes de atravesar la puerta me topé con un  grupo de chicos de todas las edades que, bloqueando la entrada,  daban vueltas, gritaban mi nombre en femenino y exclamaban que no querían volver a verme por allí. Me quedé petrificado por la furia con la que mostraban su repulsa  y, sobre todo,  porque Ángel estaba entre ellos. Aquel fue el último día que estuve en el Club. Los juegos empezaron a ser solitarios, a transcurrir en  el espacio reducido de mi habitación, y un sentimiento de culpa me acompañó hasta bien entrada la adolescencia.. La oscuridad de aquellos años se disipó cuando empecé a acudir a los primeros bares de ambiente, a tener mis primeras experiencias con hombres y a querer mi diferencia por encima de las heridas del pasado.

            Una noche, en la penumbra de un bar de ambiente madrileño vi a mi antiguo profesor de tenis tomando una cerveza en la barra. Él estaba casi igual pero yo había cambiado mucho. No me reconoció. Pasamos una noche loca y maravillosa.

 

 

                                                                                              Eduardo Nabal Aragón.