DELIRIOS VARIOS SOBRE LA OBRA DE CONCHA GARCIA (ESTIARTE 1994)

 

 

Hacer grabado supone reflexionar sobre el fenómeno de la huella, y sobre los límites de lo reversible. żEs la huella lo mismo que el original, o tiene propiedades que le son intrínsecas? Las huellas no son reversibles, una vez trazada no nos permite volver atrás, recuperar su causa. Podemos repetir el proceso de su creación, hacer más huellas, pero éstas no nos devolverán el original.

La huella es la señal de una pérdida. El arte se ha dedicado a la presencia, sin embargo esta obra de Concha García inaugura un nuevo espacio, el de la ausencia, que es quizá precisamente el fundamento del espacio, su condición de posibilidad. El vacío es imprescindible para crear, los espacios saturados de formas son vecinos de la muerte.

Sobre el espacio cuadriculado, estriado, andamos, escribimos, pintamos. Es un espacio con memoria, retiene la información, nos salva del desasosiego que producen los espejos, capaces de reflejar una imagen pero no de retenerla: amnesia de los espejos, que no dejan huellas. Del mismo modo, el trazo de nuestro dedo sobre un fluido no queda retenido, desaparece. żEs posible un arte de los fluidos?

El arte se sitúa a mitad de camino entre el fluido y el sólido. Si es excesivamente sólido, muere: naturaleza muerta, estatismo de los bodegones. Si es demasiado líquido se desvanece. El arte es en proceso, y nada retrata mejor ese dinamismo que el fenómeno de la huella, también frágil, un temblor congelado durante un tiempo, el recuerdo de un movimiento.

Concha trabaja sobre esos restos de la memoria, sobre la actividad de la vida, sobre su irreversibilidad. Si uno no se mueve, no hay huella; hay que pasar, hollar, pisar, actuar, presionar, marcar, trazar. La muerte es el reposo absoluto; el tiempo es la interrupción del reposo. Los grabados de Concha escriben diferentes temporalidades, diferentes vidas.

Hablamos de escritura porque hay raíces comunes entre el grabado y la escritura: la raíz de grabar es grafo, en griego, escribir, dibujar y grabar. Grafis, grafidos: lápiz. Grafeion: punzón. Los grabadores son escritores y no lo saben. Concha, a su manera, sí lo sabe.

Hay una hermosa síntesis de estas raíces en el grabado de la carta con pelos: escritura manual (las letras, restos de tinta), que a su vez es un grabado (dibujo), y donde a su vez se paga con una escritura del propio cuerpo (pelos). Procesos de la memoria, intentos de retener la información: la carta (la lengua), la técnica del grabado (la imagen), la muestra del cabello (el cuerpo).

El sol escribe uno de los orígenes de la geometría: Tales, al pie de las pirámides, descubre que la proporción de la sombra se mantiene a cualquier escala. El grabado de los alfileres reproduce esta vieja historia. Un largo trazo azul, algo quebrado, inestable, recorre de arriba a abajo el espacio (el Nilo). A su alrededor se erigen decenas de alfileres iluminados por un foco. Las sombras proyectadas sobre el desierto estrian este espacio liso. Es también el origen de la escritura, es decir, del grabado.

Repetición de lo mismo, diferencia de la repetición: cada vez que este grabado sea iluminado, los alfileres proyectarán una sombra de angulación diferente a la exposición anterior (y necesariamente todos la misma angulación). Podemos hallar la altura del alfiler a partir de su sombra (geometría); a la vez el espacio es recorrido de forma inestable, azarosa, por el río.

Estos grabados son inquietantes porque desvelan algo de lo que nadie quiere oír hablar: la sospecha de que en lo más íntimo de cada uno hay un agujero, un vacío, una nada. Estas huellas que pueblan los grabados de Concha nos recuerdan esta extraña extimidad, este angustioso hueco en nuestros corazones. En contra del arte de la plenitud y la belleza absolutas (estrategias de la ignorancia), Concha nos sugiere la ausencia, la torpeza, los restos del naufragio, la repetición inútil del deseo, nunca colmado por ninguna imagen.

 

El grabador escarba garabatos en sus planchas con sus ganchos, un espacio irregular, incómodo (escarbar, de scaber, aspero, desigual; garabato, grabado, del prerromano carva, gancho; carve, grabar, tallar en inglés; grava, en céltico, arena gruesa). El lenguaje nos arranca del ser; del mismo modo en grabado nada podríamos hacer sin quitar, sin escarbar, sin dejar un hueco o una huella.

Concha es una vez más una cazadora, una investigadora: el cazador sigue las huellas, el in-vestigador sigue los vestigios (vestigium: huella). Sólo que el trabajo de Concha se sostiene en una ética singular, la de la pérdida de la esperanza. No espera encontrar el tesoro tras las huellas, cobrar la pieza, sino que nos deja abandonados en el placer de una búsqueda sin final.

 

Concha ha logrado asomarnos a nuestra propia paradoja: mostrarnos que hay huellas que dejan huella.