COPRÓLOGO

 

Toda declaración de principios, todo establecimiento de una norma, una identidad, un orden ético universal, prepara las condiciones del exterminio. Crea un espacio, con un interior y un exterior; de manera que el que queda fuera de este espacio será, tarde o temprano, objeto de la exclusión, la agresión y o la muerte.

Por tanto, nada de declaraciones solemnes ni listas de principios ideológicos en esta página. Las páginas personales web se convierten, una vez más, en servidores del narcisismo, donde uno se mira el ombligo y afianza más aún su identidad: nuevo triunfo del individuo, maravillosa piececita del sistema. Muerte de lo social.

Por tanto, hemos creado aquí un lugar de interferencias, en un doble sentido, el de provocar perturbaciones sobre un orden mediático e ideológico uniforme, y en el sentido de “inter-referencias”, es decir, de comunicación entre lugares y posiciones para intercambiar información y acción. El que no haya declaraciones no significa que no haya ideologías, tras la página social de Hartza hay opiniones, formas de ver el mundo, adherencias sociales o políticas variadas. El mero hecho de utilizar el lenguaje, o de seleccionar enlaces, supone un filtro ideológico. En todo caso, más que asentar creencias o sistemas, en las páginas se intenta proporcionar materiales de subversión, en el sentido etimológico de pasearse por los cimientos, conmover y cuestionar permanentemente lo establecido.

El deseo de transformar el mundo exige la necesidad de transformar los discursos y las estrategias conocidas. En nuestra opinión, la propia crítica social y política se resiste a cuestionar su propio discurso, plagado de tópicos que no pueden dar cuenta de los cambios, ni de las nuevas estrategias. Para promover un autocuestionamiento, aquí va este

PEQUEÑO MANUAL CRÍTICO PARA AGITAR AL AGITADOR:

- Revolución: concepto conservador basado en la geometría (cuerpos generados por revolución: cono, cilindro, etc). Se gira un rectángulo 360º sobre un lado y -por revolución-, volviendo al lugar inicial, se obtiene un cilindro. En el ámbito social, las revoluciones, cuando triunfan y se consolidan, instauran un nuevo orden social, donde se vuelve a reprimir a los que disienten con dicho orden. Además, la dichosa Razón revolucionaria se convierte fácilmente en un pretexto para la represión y la intolerancia.

- Izquierda: visto el panorama del siglo XX, la dialéctica maniquea de derecha e izquierda ha dejado de tener sentido; la izquierda se ha transformado en un excelente gestor del capitalismo por medio de los partidos socialistas, o en una máquina de Estado mezquina y cruel en el caso del comunismo. Siempre nos queda el recurso al idealismo: “no, pero es que hay una izquierda verdadera -por ahí, en el mundo de las ideas- que es buena y que ya llegará”. Mientras llega este mesías, será mejor librarse de ese discurso y empezar a hablar de “los de arriba” y “los de abajo”, o producir otras formas más sutiles e innovadoras para el análisis político.

- Proletariado (obreros): en la medida en que el capitalismo del siglo XX se basa en el consumo (no ya en la producción), y dado que el trabajador asalariado está metido hasta las orejas en la fascinación por dicho consumo, no hay que esperar grandes cosas de la clase trabajadora así en general. La experiencia nos muestra que en la actualidad lo que suele querer esa presunta clase es acercarse a la forma de vida de las clases acomodadas, sin cuestionarse que ese sistema produce una injusticia global. Por otra parte, dado que el sector servicios acapara la mayoría de los empleos, sería difícil definir qué es un proletario (un consultor de una empresa vende también su fuerza de trabajo, aunque sea más cara, por tanto sería proletariado, y así hasta el 90% de la población).

- Independencia: el drama de los movimientos independentistas es que se llevan consigo el virus cuando se independizan. Lo primero que hace un país al alcanzar su independencia es implantar una policía propia, unos tribunales, una moneda, una bandera, unas señas de identidad, en definitiva, un Estado más, con todo lo que eso implica. En todo caso, cada pueblo tiene derecho a disfrutar (y a padecer) su fantasía colectiva de identidad (autodeterminación), por eso desde aquí no apoyaremos la represión que aplican los estados existentes contra quienes se quieren independizar, pero tampoco la llamada a unas señas de identidad nacional y a la creación de estados.

- Ateísmo: ciertas corrientes socio-políticas consideran que con ser ateo y odiar a dios ya están resueltos todos sus problemas de posición en el mundo. En realidad el empeñarse en mostrarse agresivo con dios es bastante ingenuo, porque entonces está uno sometido a su lógica (tanto si se ama como si se odio algo, se cree en ello). En todo caso ser ateo no es un final, sino un principio. Además, si el sentimiento religioso simplemente es reemplazado por el culto al progreso y a la ciencia, no hemos hecho más que reemplazar a un dios por otro. El nuevo integrismo es la fe en la ciencia.

- Liberación sexual: bajo este término se esconden dos trampas simultáneas: la primera es adherirse a un dispositivo de sexualidad que nos emplaza a hablar de sexo, a definirnos, a confesarnos, a mostrarnos en todas partes: en la tele, en la prensa, en los coloquios radiofónicos. Si se responde a este emplazamiento no se libera nada, sino que se somete. La segunda trampa es asumir los espacios de identidad sexual, y su uso comercial e ideológico: mujer, heterosexual, gay, lesbiana... La riqueza y diversidad de las sexualidades, los cuerpos y los deseos se ve reducida a una nueva taxonomía, que a su vez compromete su supervivencia a intereses de mercado y de política: colectivos subvencionados, comercios específicos para cada grupo, aceptación de las normas tradicionales de la pareja heterosexual, transladadas a los nuevos grupos emergentes.

Después de este sano ejercicio de reírse de uno mismo, pasemos a ocuparnos de los que ni siquiera se plantean que hay que cambiar nada:

PEQUEÑO MANUAL PARA LOS QUE CREEN QUE VIVIMOS EN EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES:

- Democracia: esta palabra es un ejemplo excelente de hasta qué punto la propaganda puede vaciar de contenido un término político. Un sistema donde la población no tiene acceso a las decisiones sobre la producción y la distribución de las mercancías, donde no se puede acceder a toda la información de las actividades que realiza el gobierno, donde los partidos políticos que desean presentarse a elecciones necesitan financiarse contrayendo deudas millonarias con los bancos (que pasan factura), donde la población no puede crear sus medios de comunicación libremente, un sistema que consagra la propiedad privada y la relación salarial como pilares fundamentales e intocables, y donde las minorías no pueden hacer valer su voz (porque, por definición, nunca serán mayoría), no es un sistema democrático.

- Terrorismo: con esta palabra ocurre algo parecido a lo que ocurre con el término “democracia”. El terror no tiene padres naturales, pero sí adoptivos. Si lo adopta el Estado, pierde su nombre y se le bautiza con otros nuevos. Hay que aprender a usar el lenguaje correctamente: cuando Israel bombardea aldeas palestinas se llama “acción militar de defensa”; cuando Palestina pone una bomba en un asentamiento de colonos, se llama “terrorismo”. Cuando EEUU mina los puertos nicaragüenses y financia a una banda de mercenarios se llama “devolver la democracia a Nicaragua”. Cuando Felipe González organiza un escuadrón de la muerte que asesina a 28 personas, se llama “guerra sucia”, o también “lucha antiterrorista”; cuando un etarra pone una bomba se llama “terrorismo”. Como se ve, el sentido depende de quién y desde dónde se habla, con lo cual esta palabra -terrorismo- no significa nada, pero nos sirve para identificar el lugar que ocupa quien la utiliza.

- Ética: cuando oigo esta palabra me echo la mano a la cartera. Los intelectuales que viven de esta palabra no suelen enfrentar un problema fundamental: no es posibe una ética universal sin caer en la intolerancia hacia el otro (el que, casualmente, no comparte esa ética).

- Intelectuales: especie de parásitos que tienen el monopolio del saber y se dedica a decirle al pueblo lo que tiene que hacer, porque el pueblo es tonto e ignorante y no sabe lo que necesita. Los intelectuales, normalmente, adoptan un aire de progresismo de lo más verosímil, aunque en última instancia no cuestionan el sistema y el marco ideológico en el que viven. No obstante, son tremendamente útiles para que el sistema mantenga un semblante de pluralismo y libertad. Por otra parte, el estatuto de funcionarios de por vida de muchos de ellos (profesores universitarios), y el hecho de recibir numerosas prebendas y subvenciones por parte del Estado (vía ministerios y festejos culturales), garantizan su sumisión y docilidad.

- Cultura: consumo cultural, acto cultural. La cultura es una mercancía preparada para que la consuman pasivamente todo tipo de colectivos. También es el conjunto de actos festivos que usan los gobiernos para promocionarse (actos culturales). Se trata de que el pueblo abandone sus potencialidades creativas (escribir, tocar, componer, actuar, inventar, investigar) en favor del consumo de objetos prefabricados (libros, discos, cine, televisión). Si a algunas personas se les ocurre ser activos o creativos (montar radios libres, publicar revistas o libros, hacer teatro, etc), se les penaliza y se boicotean sus iniciativas, dado que eso no es cultura.

- Libertad de mercado: sistema según el cual las leyes de mercado dejadas a su propia dinámica natural, sin intervención estatal o control, garantizan la creación de riqueza y la felicidad de los pueblos. Esta política presenta una sorprendente paradoja: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, EE.UU, Japón y otras potencias liberales recomiendan vivamente a los países del Tercer Mundo que apliquen estos principìos de libertad de mercado, pero al mismo tiempo, curiosamente, estas potencias no los aplican, sino que son fuertemente intervencionistas en lo que a su política económica se refiere. Quizá eso explique por qué los países pobres son pobres y los ricos ricos. La libertad de mercado presenta otra sorprendente paradoja: los estados de los países ricos utilizan fondos públicos para financiar a empresas privadas, quedando los beneficios finales en manos de éstas últimas. El que este hecho desafíe a todas las leyes de la lógica (y de la termodinámica) no parece que inquiete a nadie.

(volver a página principal)