CORRUPCION Y PUREZA

"En los últimos años la vida política y económica española está padeciendo numerosos casos de corrupción". Esta afirmación la podemos leer o escuchar en los medios de comunicación con frecuencia, ya sabemos a qué se refiere: De la Rosa, Mario Conde, Mariano Rubio, Roldán, etc.

Lo interesante del término "corrupción" es que se define implícitamente por oposición a "pureza". Escandalizarse por la corrupción tiene al menos dos lecturas: una inmediata, el sistema tiene unas reglas y estos señores se las han saltado, han cometido un delito y el deber de la justicia es condenarles; y otra lectura indirecta: lo que se hace dentro de la legalidad en el sistema capitalista está bien, es decir, no hay por qué escandalizarse de que exista la Bolsa, de que los bancos cobren intereses por los préstamos, de trabajar por 40.000 pesetas al mes en un contrato basura, o de que una vivienda valga un mínimo de 10 millones de pesetas.

Son dos niveles diferentes de análisis. El primer nivel que hemos señalado tiene cierta potencia crítica porque hace al sistema jugar con sus reglas, le pide que aplique la legalidad (sin entrar a discutir el fundamento de estas leyes). Si el sistema responde, juzga y condena a estas personas y sigue funcionando sin más.

El segundo nivel de análisis se sitúa en otra posición: cuando aceptamos el uso de estos términos (corrupción, delito), generamos un espacio de normalidad, de pureza (de no corrupción). De hecho, centrar la atención de la opinión pública en estos casos puntuales crea un efecto legitimador del sistema: cuando los castiguen, el estado de derecho y la democracia volverán a su paz natural y el capitalismo seguirá su marcha sin que nadie se cuestione sobre sus inherentes injusticias.

El mecanismo recuerda un poco al discurso contra los cabezas rapadas: según los políticos, el fascismo serían las acciones individuales de estos chicos trastornados y "con problemas". Con esta excusa se evita ver la verdadera naturaleza fascista de los Estados de la Unión Europea, con sus leyes de extranjería, su tráfico de armas mundial, sus políticas de expulsión, sus controles especiales aduaneros, etc.

Según ese discurso, la corrupción sería una excepción, un error puntual, una frontera que se ha transgredido (el delito). Pero las cosas se pueden plantear de otra manera: el sistema capitalista se fundamenta en la explotación de la fuerza de trabajo, en la rapiña de los recursos del Tercer Mundo, en el robo institucionalizado, en la especulación financiera. En realidad, es un sistema inherentemente corrupto.

Según el primer discurso, no sería corrupción la política del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, la venta de armas, la alianza de narcotraficantes y gobiernos para prohibir las drogas, la deforestación de Amazonia por las empresas de papel y aluminio, el movimiento instantáneo de los flujos financieron en las Bolsas del mundo, liberalizar los mercados de telecomunicaciones para que las multinacionales se forren y controlen la información, etc. Todas estas prácticas son legales, y es sobre ellas sobre las que no se permite el debate. No hay una frontera entre estas prácticas y las de los que llaman "corruptos".

El lenguaje de la corrupción tiene un origen químico, biológico, higienista, médico. A finales del siglo XIX, Nietzsche escribió El Anticristo. Su crítica al cristianismo está enteramente construida con un lenguaje de este tipo: descomposición, podredumbre, putrefacción, corrupción, degradación... ¿De qué? De las religiones. Según el autor, la aparición del cristianismo supone la corrupción de la religión. Lo interesante del argumento es lo que queda excluido del mismo, la ingenuidad de Nietzsche es asumir una presunta pureza de las religiones previas al cristianismo.

Este mismo lenguaje organicista subyace aquí: el sistema social sería un cuerpo sano, que a veces sufre enfermedades, aparecen aquí y allá corrupciones puntuales que hay que limpiar. A partir de aquí, a trampa está servida.

Pedirle al capitalismo que no se corrompa es como pedírselo al queso de cabrales. Por cierto, dicen que hay quien le quita los gusanos... para comérselos.

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