EL CLUB DE LA LUCHA:

SUBCULTURAS GAYS  Y  CULTURA HETEROSEXUAL.

 

                                                                                                          Eduardo Nabal

 

            Hace unos meses tuve la ocasión de ver en el cine la última película de David Fichner “El club de la lucha” basada en una novela corta del escritor generación X Chuck Pallanuck. La morbida fascinación que sobre mí ejerció el filme me causo no poca incomodidad ya que se trata de una historia netamente yanki con mas de un toque de violencia gratuita, machismo y efectismo.  Creo que parte del misterio de “El club de la lucha” está en como a pesar de ser una historia formalmente heterosexual  incorpora a su ambivalente filosofía y a su iconografía turbia algunos elementos que las subculturas gays sadomasoquistas llevan mucho tiempo desarrollando. Norton y su alter ego Pitt luchan con el torso desnudo en sótanos urbanos “sólo para hombres” donde escenifican esa violencia que un trabajo gris y sumiso de oficinistas frustrados y yuppies sin éxito crea en sus cuerpos. Otros hombres, que no han encontrado solución a sus problemas en los grupos de autoayuda, encuentran esa liberación catárquica a través de la lucha cuerpo a cuerpo y los rituales de la violencia. La violencia y el placer se descubren estrechamente unidos incluso entre estos hombres que parecen querer reafirmar su masculinidad y su atavismo en ambitos mucho mas sucios que los más convencionales gimnasios para ejecutivos.

 

            El filósofo francés Michel Foucault escribió poco antes de morir de SIDA varios artículos y entrevistas relacionadas con sus experiencias en clubes de sadomasoquismo de San Francisco. Para Foucault el descubrimiento del placer a través de las relaciones de poder y dolor físico supuso una importante revelación sobre la que no pudo resistirse a hablar y escribir, a pesar de no ser muy aficionado a las declaraciones en primera persona sobre su sexualidad. Discípulos y discipulas aventajados/as del filósofo como Leo Bersani, Jeffrey  Weeks o Gayle Rubin han ido aún más lejos al desmadejar, reafirmar y poner en cuestión  los desafíos teóricos planteados por éste a raíz de sus viajes sexuales a las subculturas del cuero estadounidenses. La idea del sexo sadomasoquista como un teatro de las relaciones de poder existentes en la sociedad moderna puede resultar algo simplista pero sin duda gran parte de la fascinación y el rechazo (¿temor? ¿aversión?) que produce una  subcultura como el S/M tiene su origen en esa puesta en evidencia  a través de la sexualidad de como todas las relaciones humanas tienen algo juego erotizado presidido por la dominación, el control, el intercambio de roles, el castigo y la humillación.

             

            Las guerras del sexo de los ochenta entre feministas lesbianas y lesbianas sadomasoquistas tuvieron como objeto el carácter sexista de este tipo de relaciones y hasta que punto eran el reflejo fiel  o el cuestionamiento radical del orden patriarcal vigente.  Unas sostenian que el sexo sadomasoquista exalta la violencia machista a través de la ritualización de las relaciones de poder Otras negaban esto y subrayaban en cambio el poder liberador, deconstructor  y sexualmente positivo presente en las relaciones sexuales de dominación mutuamente consentidas. Leo Bersani en su libro “Homos” [1]trata de desmitificar este poder subversivo que se ha otorgado a las relaciones sadomasoquistas explicando como en última instancia revelan bastante fascinación por esa violencia y esos juegos de poder que se dice cuestionar de la que nos gustaría reconocer.  Han sido los movimientos gays y feministas los que más han reflexionado sobre las sexualidades periféricas (aquellas que diferentes instancias sitúan fuera del ámbito de “la respetanbilidad”), tal vez porque desde el principio hemos tenido claro el carácter construido (artificial) de toda normalidad sexual. Sobre las sexualidades sadomasoquistas (y escribo sexualidades porque pienso que son infinitas) pesan el mismo tipo de condenas que en su día pesaron sobre el sexo gay y lesbiano. Aparece la idea de enfermedad, corrupción y ceranía a lo criminal unidas a la afirmación de  que se trata de prácticas minoritarias, no reproductivas  y que niegan la relación directa entre la masculinidad y el control sexual y la feminidad y la sumisión erótica. También, y esto ha sido considerado por muchos teóricos de la sexualidad como una importante aportación positiva e innovadora del sexo leather, se emplean partes del cuerpo que no están orientadas a lo genital como centros de deseo.

 

            Foucault, en una entrevista concedida a “Body Politic”[2] señalaba como los placeres originados por el S/M pueden tener su origen en “objetos muy extraños, utilizando partes inusitadas de nuestro cuerpo, en situaciones muy inhabituales”. Apuntaba además como se ha creado una subcultura a partir del sexo sadomasoquista y esto ha sucedido porque las relaciones de dominación puerden dar lugar a una identidad diferenciada. Los que siguen negando a la homosexualidad o el lesbianismo esa capacidad vertebar una identidad se mostraran todavía más excépticos con respecto a esta afirmación. En esta misma entrevista Foucault apunta agudamente como en el sexo entre heterosexuales las relaciones estratégicas (juegos de poder) preceden al acto sexual mientras que en las relaciones sadomasoquistas las relaciones sociales de poder se incorporan al juego sexual mismo. Los chicos y las chicas jóvenes en las discotecas escenifican estas relaciones de dominación para el cortejo y la conquista, estos juegos estratégicos que tienen como fin último el sexo. Las relaciones sociales preceden al sexo, mientras que en el sexo sadomasoquista las relaciones sociales de poder forman parte integrante del intercambio erótico. Resulta curiosa la elisión de la homosexualidad en esta oposición teórica entre heterosexualidad y S/M. Foucault asimila así el sexo sadomasoquista al sexo gay como pertenecientes al ambito de lo contracultural. Tal vez Foucault empleó o quiso emplear el término original inglés  “straight” (heterosexual, normal, (cor)recto) que resulta mas claramente opositivo a la cultura “cuir” como una parte de la subcultura “queer” (torcida, rara, diferente).

 

            El reflejo de las subculturas gays en el imaginario heterosexual no sólo se ha producido a patir de las subculturas del cuero. La moda de los varones adolescentes heterosexuales ha incorporado progresivamente algunos elementos que años atrás eran casi exclusivos de la estética gay (pendientes, anillos, peinados). Al pasar de lo gay a lo hetero lo subcultural deviene en cultura, o cuando menos en moda, siendo despojado de parte de su malditismo e introduciendose a través de la línea despolitizada del consumo fetichista o el culto a la imagen. En el caso del sexo sadomasoquista la imaginería no ha sido nunca exclusivamente gay. Los látigos, las fustas y las esposas se encuentran ya en los relatos hetero o bisexuales de Sade o Sacher-Mascoch sin embargo sólo en el mundo gay han dado lugar a una subcultura diferenciada que ha ido reclamado espacios propios en el espacio urbano. Esto ha sido particularmente llamativo en las grandes ciudades donde el guetto sadomasoquista forma parte del guetto gay. La escasa comprensión que los sectores mas conservadores de la comunidad gay hacia la subcultura sadomasoquista así como el rechazo, algo más comprensible, de algunas corrientes del feminismo  son en parte responsables de que muchos gays y lesbianas sadomasoquistas hayan acabado anteponiendo su identidad sadomasoquista a su identidad gay o lesbiana. En su artículo “La ciudad del deseo: su anatomía y destino”[3], Pat Califia, una de las mas importantes y lúcidas representantes de las lesbianas sadomasoquistas, explica como muchos gays han llegado a aliarse con los conservadores y las fuerzas estatales a la hora de garantizar la respetabilidad del ambiente gay “ortodoxo” frente a la amenaza de otras subculturas como el sadomasoquismo o el sexo intergeneracional, manteniendo estas al margen de sus locales y zonas de encuentro. Califia llega a insinuar que en algunos de estos espacios es más fácil encontrar alianzas entre gays y heteros sadomasoquistas que entre gays que practican sexo “normal” y gays que practican sexo leather.  Aún así me parece aventurado afirmar que un gay sadomasoquista como miembro de un grupo oprimido  tiene más en común con un sadomasoquista heterosexual que con un gay que no practica ni comprende el sexo leather. No es causal que las primeras líneas de vertebración del sexo leather a través de locales, bares y grupos de autoayuda hayan aparecido en el seno de la comunidad gay y que otros sadomasoquistas hayan ido a la zaga en estos espacios. En ese mismo artículo Califia aboga porque las minorías sexuales se muestren sin rubor en el espacio público para reclamar que sea el Estado mismo el que atienda a sus necesidades de espacios de encuentro y relación. Estas demandas, leídas desde el estado español, nos demuestran( desde su lejanía e irrealidad) como a pesar de su puritanismo moral y de los avances de la nueva derecha religiosa, en los grandes núcleos urbanos estadounidenses se encuentran mucho más desarrolladas las subculturas del sexo y las políticas de género y la diferencia erótica.

           

            Los espacios para gays y lesbianas, al menos en un primer momento, han sido más propicios para servir de caldo de cultivo a otras subculturas basadas en la diferencia sexual. El discurso “queer” se basa en la afirmación de la subjetividad de todos aquellos  y aquellas que se sienten socialmente  marginados por razón de su sexualidad. Esta es la gran aportación de lo queer a una comunidad gay más pluralista y un cuestionamiento implícito de los parámetros cada vez más conservadores del modelo gay anglosajón que se ha mostrado particularmente poco receptivo hacia otras subculturas por miedo a perder esa parcela conseguida de “respetabilidad social”. Las subculturas “cuir” como culturas de la diferencia (y de la resistencia) ocupan un lugar privilegiado en el imaginario “queer”. No son las únicas, desde luego, pero tienen un sitio importante como subculturas que se mueven entre la respetabilidad y la patologización-criminalizadora como la homosexualidad se ha movido (y se mueve todavía en algunos lugares y momentos) en el pasado. También la cultura heterosexual homofóbica ha intentado mostrar las culturas del S/M como inherenetes a la violencia y la “falta de amor” de ciertos ambientes gays re-creados en la literatura o el cine (Las edades de Lulu, Amigo/Amado, A la caza) Los debates desarrollados sobre sadomasoquismo han ayudado a desechar estos mitos. Sin duda el modelo heterosexual presente de una pareja convencional sujeta a jerarquías inamovibles con respecto a quien toma la inciativa y quién juega invariablemente un rol dominante es mucho menos flexible e imaginativa que la reversibilidad de los papeles y la ruptura del modelo tradicional de  coito que nos propone el sexo sadomasoquista. Esto nos lleva a la conclusión de que no sólo no existe una relación directa entre la crueldad y el S/M sino que la crueldad podría resultar finalmente más claramente  vinculada (si nos atenemos a las noticias de asesinatos, malos tratos y violencia conyugal) a la cultura del matrimonio monógamo y a los ritos de la heterosexualidad compulsiva.

 

 

                                                                                                         



[1] “Homos”. Leo Bersani. Ed. El Manantial. 2000

[2] Michel Foucault. “Estética, ética y hermeneútica”. Foucault. Obras esenciales. Volumen III.  Paidós. Básica. 1999

[3] Pat Califia. “Public sex. The culture of radical sex”. Cleis Press, 1995.