¡Yo no quiero que me entierren!

El niño homosexual y la muerte en Así que pasen cinco años

 

 

 

La representación del varón homosexual como alguien cuyo deseo esta, de un modo u otro, estructurado por la muerte es ya un lugar común en la cultura y el arte occidentales. La muerte como rechazo de la perpetuación de la vida, como negativa a entrar en el orden social y amoroso que asegura y regula la perpetuación de la vida.

La muerte ocupa un lugar central en la obra de Federico García Lorca, tanto en su obra poética como en su producción teatral. Esto es así incluso si ignoramos o pretendemos ignorar su temprano y trágico asesinato como una clave para interpretar su obra. La muerte es también uno de los temas de Así que pasen cinco años una de sus más sorprendentes obras teatrales. Influida por el surrealismo y por su estancia en Estados Unidos Así que pasen cinco años se plantea como un experimento, una obra de vanguardia sin llegar al delirio y el exceso de Él publico pero con el mismo afán de romper ciertos moldes en la tradición escénica, incluida dentro de su ciclo de Comedias imposibles. A simple vista no es la muerte el tema capital de la obra. El tiempo, el amor imposible, la perdida del ideal, son constantes lorquianas que aparecen con renovada fuerza y bajo una luz harto original en esta obra. Una obra concebida en Estados Unidos y escrita después donde recoge la inquietud de la vanguardia  teatral y cinematográfica que allí ha conocido. El marco cultural de la obra es uno de los menos localistas de la obra lorquiana.  Apreciamos influencias del teatro italiano, de la comedia del’arte (Arlequín, El Payaso), de la cultura popular norteamericana (como ese “jugador de rugby” convertido en paradigma, un tanto grotesco, de la virilidad), del cine fantástico y cómico mudo y de las reflexiones surrealistas sobre el poder del amor, la herida del tiempo y la posibilidad de romper sus ataduras. La sombra de Cocteau, Buñuel, el humor negro y el teatro experimental emergen en la obra, aunque tamizadas por la personalísima mirada del artista andaluz.

Hay dos personajes en la obra que han llamado poderosamente mi atención[1] y que aparecen en un breve episodio que, aparentemente, tiene poca relación con la obra y se encuentra intercalado hacia la mitad del primer acto. El episodio del dialogo entre el niño y el gato. Después sabremos que el niño muerto es el hijo de la portera, recién fallecido, y que el gato es un gato de la casa abatido a pedradas por un grupo de muchachos, pero su relevancia en la historia  nos parece ínfima.  Un episodio sorprendente protagonizado por dos seres singulares en un singular diálogo entre dos fantasmas, un diálogo que nos retrotrae al Lorca de las canciones y los diálogos de la infancia por su tono aparentemente ingenuo, sus rimas y su aire de fábula.

Al leer la obra con atención podemos intuir el sentido profundo de este episodio en el conjunto del texto. La necesidad de Lorca de incluirlo y sus resonancias en el resto de la historia. El tiempo en Así que pasen cinco años pone a prueba la pervivencia del amor pero sobre todo cuestiona los mecanismos tradicionales de su ceremonial. El Joven, protagonista absoluto de la historia, no quiere únicamente   postergar su matrimonio sino que se resiste a llamar “novia” en el sentido tradicional del termino a la muchacha de la que esta enamorado. Cree que el sentido tradicional del noviazgo deteriorara el amor mas incluso que el paso del tiempo. Las inquietudes del joven son una forma de resistencia al amor heterosexual y así, de un modo mas o menos solapado, se expresan a lo largo de la obra.

Pero ¿qué tiene esto que ver con el niño y el gato? Este diálogo aparentemente ingenuo, pero de hondas raíces filosóficas, envuelto en una atmósfera onírica (una luminosidad azulada de tormenta invade la escena), nos retrotrae al primer Lorca en el que los animales y los niños expresan su visión del mundo. No olvidemos el poema temprano “Las desventuras de un caracol aventurero” ni que el propio Lorca erigió su primera pieza teatral en torno a las cavilaciones amorosas y desventuras existenciales de un grupo de coleópteros (El maleficio de la mariposa). El dialogo entre el nino y el gato es también el dialogo entre un nino y una niña (el gato es gata y reclama su feminidad “debiste reconocerme..., por mi voz de plata”) pero el niño se resiste a reconocer su sexo (nos cortaran la cuca). El niño aparece, además, feminizado, pálido,  vestido de primera comunión y con una corona de rosas blancas sobre la cabeza. No es un niño cualquiera, conoce los rituales de la muerte y se resiste a ser enterrado (¡Yo no quiero que me entierren!), del mismo modo que el Joven se resiste al matrimonio y al amor convencional, postergando el encuentro amoroso. La muerte parece ser el único final, la única escapatoria y al mismo tiempo la certeza de que no hay escapatoria posible.

En Lorca, la infancia, aparece ligada de un modo inquietante a la muerte. El niño de “Así que pasen cinco anos” se emparenta así como el niño de la “Cancioncilla al nino que no nació”. Ambos tienen el status de fantasmas, y bien pudiéramos ver al niño de la obra teatral como el hijo que el protagonista nunca tendrá.  El niño se sitúa así junto al Arlequín, El Maniquí, El Payaso y La Mascara entre los personajes símbolo que recuerdan el carácter de juego y mascarada social del amor y  su relación con el tiempo (la boda, la espera y la perdida, la descendencia, la familia). Igual que ellos sirve de comentario sobre los aspectos mas oscuros de la historia principal, confundiéndose luego con ella, y se expresa fundamentalmente en verso.

Sorprende en un autor que reconoce haber tenido una infancia idílica en comunión con  la naturaleza, el arte y el amor familiar la gran cantidad de poemas en las que la infancia, la enfermedad y la muerte aparecen inextricablemente unidas. Así, por ejemplo, en “El nino Staton” de Poeta en Nueva York se refiere con un amor casi maternal al nino abatido y agonizante por los efectos el cáncer. La muerte parece una liberación al sufrimiento infantil. En “La infancia y la muerte” aparecen de nuevo el nino distinto y perseguido, las ratas y los gatos muertos. Lorca se interroga sobre su propia infancia en un tono sombrío. La inocencia no es tal. Esto nos puede llevar a pensar que la diferencia erótica gestada desde la infancia va unida en la conciencia del poeta al temprano reconocimiento de la imposibilidad de entrar en las formas tradicionales de regulación de la vida amorosa y del reconocimiento social de su personalidad verdadera. Un niño que pierde prematuramente la inocencia por el descubrimiento intimo de su diferencia.

 

                                                                                                Eduardo Nabal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Un interes que me he lanzado a  desarrollar,  en parte,  gracias a la lectura del capitulo de Paul Biding sobre la obra en su libro “García Lorca o la imaginación gay”. Barcelona, Laertes, 1986.