VIDARTE, P., Ética marica. Proclamas libertarias para una militancia LGTBQ. Madrid/Barcelona, Egales, 2007, 177 páginas, en Archipiélago (Barcelona), nº 80-81, 2008.

 

                                  

                                   OTRA POLÍTICA MARICA

 

 

            Este nuevo libro de Paco Vidarte continúa algunas ideas contenidas en sus anteriores Homografías y Extravíos. Rescatando asimismo su herencia panfletaria, sus primeras publicaciones en la Radical Gai, el autor huye de escribir un tratado teórico, sustentado en un lenguaje farragoso, alimento para unos pocos, indigesto para la mayoría, perpetuando el abismo entre una intelligentzia rosa y las lesbianas, maricas y transexuales de la calle. Dice las cosas como las siente, en un lenguaje directo, sin adornos, hiriente para muchos oídos, excesivo, ‘impropio’ de un profesor de filosofía, divertido, mordaz, clarividente, un lenguaje que será sin duda reconfortante para aquellos que no comparten la deriva conformista y conservadora, derechizante, en que viene precipitándose en los últimos años algunos colectivos gays. Un libro escrito en primera persona, con esparcidas notas autobiográficas, desde el descontento ante la política de los representantes del movimiento homosexual, agazapado en la marginalidad de quien no suscribe una línea editorial, con un título, Ética Marica, que reúne al intelectual y al militante, al filósofo y al activista, al teórico y al revolucionario, al autor.

 

            Vidarte a lo largo del texto no hace propuestas –aunque algunas líneas generales de actuación encontrará el lector-, no pretende encauzar la acción de la militancia LGTBQ (Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Queers), ni secuestrar la voz de nadie, ni abanderar programa alguno, ni expedir recetas, ni erigirse en mesías salvador, ni jugar tampoco a ser el bautista. Su objetivo se resume en crear sujetos políticos capaces de tomar la palabra, en promover la solidaridad desvinculada de adherencias morales o religiosas, en despertar las conciencias, en denunciar la ideología y el pensamiento cuando se pone al servicio del poder, en decir no, en rebelarse contra el hastío, en salir de la apatía y el agotamiento, en reaccionar ante el impasse en que vive parte de la comunidad homosexual cuando de valorar se trata las consecuencias de las recientes reformas legales. Mientras que el orden heterosexual –esta es la constante que atraviese el libro, su tesis subyacente, y que convierte, en opinión del autor, todo logro en una sospecha, todo éxito en una concesión, todo triunfo en una derrota, toda esperanza en un cuento chino- insiste una y otra vez en el diálogo, en el consenso, en el pacto, en la democracia como panacea a las violencias, agresiones y desprecios que soportan en las casas, en los colegios, en los pueblos, en los púlpitos, las maricas, lesbianas y transexuales en su día a día, Vidarte, por su parte, potencia el disenso, el cultivo de las diferencias, la singularidad intratable del género, las políticas de perro, la estrategia del agujero negro y la Analética o ética hecha con el culo.

 

            El autor no se deja seducir por los cantos de sirena de la clase política. La homofobia y la transfobia cuya omnipresencia en nuestra sociedad es tan aplastante como implacable la ley de la gravedad no queda contradicha por lo que constituye un breve y fugaz paréntesis, un momento kit-kat, por recuperar una vieja imagen, como es la ley de matrimonio y la ley de identidad de género de Zapahetero, que apenas han logrado burlar la presencia invisible, silenciosa, que por ello no menos efectiva e insoportable, del heterosexismo normativo. En un tiempo en que levantar la voz y exigir otra forma de hacer las cosas, otros modos de vida, en que trazar nuevas vías, como viene realizando el molesto Bloque Alternativo, se interpreta como un gesto reaccionario, en que cualquier crítica a la política oficial queda estigmatizada y descalificada, se hace más urgente que nunca la afirmación de una ética marica que gire en torno a una singularidad irrenunciable. En este sentido, Vidarte plantea una inversión en la manera tradicional de integrar el ser marica en el universo del sujeto. En vez de relegarlo a un lugar secundario y de considerarlo una simple contingencia, lo eleva a categoría motriz, lo sitúa en el centro de la reflexión y de la experiencia vital haciendo de él el elemento fundante del individuo. A partir de aquí, ser médico, obrero o bombero, el desempeño de cualquier rol, pasa a un segundo plano y se diluye como un azucarillo ante el hecho político irreductible de ser “marica antes que  nada”. Vidarte lee, con su habitual olfato canino, detrás de las bendecidas palabras de dignidad, persona, libertad o razón la estrategia homófoba de borrar la diferencia; una diferencia que afirman y reivindican, más allá de toda sensiblería o patetismo, las maricas, bolleras y trans.

 

            Ahora bien, la lucha contra la homofobia se enmarca en un contexto político más amplio: el reconocimiento de una violencia sistémica que se traduce en comportamientos misóginos, clasistas, racistas, etc. Esto es posible porque el poder represor que contamina todos los rincones de la vida comunitaria no se ejerce verticalmente desde una instancia ajena a las relaciones sociales sino que somos todos fuente de discriminación, cada uno de nosotros producimos opresión y de este modo nuestro concurso se vuelve imprescindible para mantener vivo el sistema represivo. El combate contra la homofobia sólo es pensable desde una posición solidaria con otros frentes políticos buscando conjuntamente, desde los objetivos particulares de cada colectivo, la erradicación final de esa violencia estructural que empapa la sociedad. La homofobia no se agota, por lo tanto, en sí misma, y debe interpretarse como una consecuencia más de la maquinaria social que genera marginación. Es entonces, al inscribir la homofobia y la transfobia en un entramado de injusticias, cuando cabe dejar atrás al sodomita neocon o liberal (aquel que persigue sólo su liberación sexual haciendo abstracción de otras formas de exclusión social), para dar la bienvenida al culo colectivizado que es, finalmente, el que se hace cargo de esta tarea trasformadora y revolucionaria de la sociedad. Dos concepciones radicalmente distintas, en último término, de hacer y de entender la política.

 

 

 

                                                                                              Luis Aragón González.