Limpieza étnica
Sergi García y Javier Sáez
Hace unos meses la rabia volvía a apoderarse de nosotros. No es noticia, ciertamente. Pero aunque sea por nuestra propia salud mental, sentimos la necesidad de volver a denunciar la heterocracia hasta desgañitarnos.
Baltasar Garzón ha lanzado una de sus habituales
campañas de autopublicidad, esta vez acusando a no se sabe muy bien quién de
practicar la limpieza étnica contra los (no) nacionalistas españoles.
No sabemos qué instituto público habrá encontrado Garzón
donde se enseñe que los (no) nacionalistas españoles son enfermos mentales. Ni
qué empresa donde alguien se quede sin empleo por ser (no) nacionalista
español.
No nos imaginamos a la sanidad vasca haciendo oídos
sordos a una pandemia que rebaje a la mitad la población de (no) nacionalistas
españoles. Tampoco tenemos noticias de que desde el gobierno vasco se estén
subvencionando con dinero público instituciones que defiendan vetar el acceso a
según qué profesiones a los (no) nacionalistas españoles.
Por más que nos esforzamos, no conseguimos encontrar en todo el espectro político vasco ni una sola voz que niegue el derecho a los (no) nacionalistas españoles de adoptar niños y niñas, a pesar de lo que les puedan preguntar sus amiguitos y amiguitas en el colegio.
No vamos a entrar aquí en el disparate técnico y el
abuso lingüístico e ideológico que supone utilizar el término “limpieza étnica”
tal y como lo ha hecho Garzón. Vamos a asuimir este mismo abuso para responder
a Garzón en otros términos:
Garzón, curiosamente, no tiene oídos para la “otra”
limpieza étnica, la que se practica en silencio hoy en día contra gais,
lesbianas y transexuales. No le interesan los millones de maricas, bollos y
trans que hemos tenido que exiliarnos de nuestros pueblos y ciudades hacia las
grandes capitales buscando el anonimato y huyendo del insulto y la persecución.
No le interesan los niños mariquitas que son aterrorizados y humillados
impunemente en los colegios de todo el estado español (el “otro” terrorismo).
No le interesan los miles de transexuales a los que se niega el derecho al
trabajo porque en su DNI aparece un género distinto al que ell@s reivindican. No
le interesa la dejación del gobierno ante la pandemia del sida, una crisis que
nos sitúa en la cabeza de Europa en tasas de infección y fallecimientos. No le
interesa la limpieza que se da en las cárceles, donde se consiente que la
cuarta parte de los presos estén infectados de VIH. No le interesan los
adolescentes maricas que se suicidan ante la presión de su entorno, ni las
palizas de los skins en los parques. No inicia vistosos macrojuicios contra los
sacerdotes, periodistas, médicos o profesores homófobos que incitan al odio y a
la exclusión, ni contra los políticos y consortes de presidentes del gobierno
que niegan en voz alta la igualdad de derechos.
Pero esta miopía del juez excandidato del PSOE no
nos extraña, forma parte de una misma estrategia global: el discurso
heterocentrado que consolida las sexualidades normativas, y el discurso de la
obsesión antiterrorista, que consiste en hacernos mirar a todos a un punto fijo
para que olvidemos todo lo demás.