Se agujerean puertas y ventanas para hacer la casa,

y la nada de ellas es lo más útil.

Así pues, en lo que tiene ser está el interés.

Pero en el no ser está la utilidad.

Lao Tse

Nos encontramos ante un juego donde todos los caminos son posibles. Dejemos en la puerta el miedo y la esperanza. El miedo a la incertidumbre, la esperanza en los códigos.

Del miedo a la vida nos protegemos con palabras, con laberintos de escritura, con masas de información, con muros de saber. La música, en cambio, no nos da un código en el que encerrarnos. Es el primer vértigo, los sonidos no son un signo del mundo, no tienen sentido. La música es aquí el medio, el pasaje para ir a otro lugar, al espacio de posibilidad que es el vacío.

El vacío, la página en blanco, no es un espacio negativo, es un espacio para la creación, una metáfora de la vida. Aquí se trata de jugar, de perder el horror a la sombra y al hueco, de proyectar historias pasadas o de generar futuros posibles. Lo real no es como es, es como puede ser. Una cosa puede tener infinitas sombras.

Los saberes nos abruman con sus discursos, los textos nos enredan en marañas de información. Pero el exceso de información puede convertirse en ruido. Cómo querer, amar, desear, en medio de esta tormenta? La ciencia, respecto al amor, sólo quiere saber, pero nada más. El arte puede ser una estrategia más para no participar del deseo, o puede ser un espacio de libertad para zambullirnos en sus torbellinos.

Necesitamos de este silencio de imágenes para defendernos del ruido exterior, para dejar de responder y empezar a preguntar, para reírnos de la esperanza que se esconde en una escritura infinita.

Lo real no es calculable. Estas imágenes ilusorias, estas sombras posibles, nuestros paseos por la galería nos permiten recrear o inventar espacios privados, para jugar a desconocernos, para disolver nuestra identidad.

No nos basta con el vacío, hay que habitarlo. No nos basta con las sombras, hay que pasar junto a ellas y escuchar sus temblores, implicar nuestros cuerpos en esta acupuntura de flores secas. Hay velos que descubrir, fronteras que transgredir, espacios afectados que se agrupan y se dispersan. Un discurso no está hecho necesariamente de palabras.

El espectador es aquí una superficie más, una sombra más en el paisaje, un lugar de experimentos, un borde vivo entre lo lleno y lo vacío. No hay música sin silencio, sin huecos entre las palabras no hay texto, sin distancia entre un objeto y otro no hay sombra. Si sólo sabemos mirarnos el ombligo, no podemos acceder al deseo.

En los viajes por estos laberintos tenemos que optar, bifurcarnos, dudar ante la página en blanco, la lágrima suspendida, la soledad del juego infantil, los archipiélagos de la pasión. Faros para perderse.

Javier Sáez.