FRONTERAS Y ENEMIGOS

La búsqueda de la famosa identidad da lugar a comportamientos casi patéticos. La identidad nacional siempre se configura por medio de la delimitación arbitraria del terreno y del señalar a "el otro país" como el enemigo, el diferente, el coco que nos quiere comer. Esta ficción de las identidades se reproduce al menos en tres registros: el Estado, el sujeto y la lengua, y en los tres muestra siempre el mismo fracaso.

El Estado atesora con cariño discursos, datos, monumentos, y leyes para mostrarnos que tiene una esencia, una unidad que conservar a toda costa; la verborrea franquistoide de nuestros gobernantes actuales sobre la integridad de la Patria es una pequeña muestra de este antiguo afán. Ello fundamenta una doble segregación: hacia fuera (el enemigo, los moros que nos van a invadir) y hacia dentro (los independentistas que quieren romper la eterna e inmutable unidad de la Patria). Mi país contra "los extranjeros".

El sujeto, en otro registro, padece una enfermedad parecida, que no se llama patria sino "el yo". El descubrimiento freudiano puso de manifiesto que el sujeto no nace con un "yo", sino que éste se configura en su historia de forma imaginaria. Esta ortopedia para intentar consolidar el "yo" pasa por el nombre, el sexo, los ideales, las creencias, la esperanza, la religión y otras estrategias que intentan suturar la ausencia de ser propia del sujeto. La psicología y la psiquiatría trabajan sobre el sujeto para reforzar el "yo", y mantenerlo en la ignorancia sobre su deseo. Este proceso produce otro fundamento de la segregación: hacia fuera, contra los que no son como "yo", al otro, al diferente; hacia dentro, contra sí mismo, al no querer saber nada de que no hay saber sobre el sexo. Yo contra "el otro".

El discurso sobre las lenguas es otra práctica similar: la lingüística se ha encargado a lo largo de la historia de compartimentar las lenguas, de ensalzar algunas como "verdaderas" y de sentenciar a otras como "degeneradas variantes o dialectos", de imponer un bien hablar, una gramática, una ortografía. Esta política ha contribuido a la extinción de muchas lenguas, y a acomplejar a los hablantes cuya lengua no coincide con la "verdadera". El diferenciar de forma estanca las lenguas atrofió la investigación, pues cada lingüista se dedicaba a marcar las diferencias en vez de estudiar lo que tenían entre sí. Gracias a Chomsky sabemos que el inglés o el castellano no existen, son manifestaciones a nivel superficial de principios gramaticales universales. Esta concepción revolucionaria permite por un lado respetar a todas las lenguas, y por otro cuestionar la segregación hacia "el que habla otra lengua". Mi lengua contra "las otras lenguas".

Serres dice que no hay nada más ingenuo e inútil que poner nombres a los mares para intentar delimitarlos. El agua fluye por todo el territorio y no respeta fronteras, como el conocimiento y los saberes. Separarlos -la labor de la universidad- sólo puede conducir a la ignorancia. Del mismo modo, el deseo de consolidar Estados, sujetos y lenguas verdaderas tiene más que ver con la muerte que con otra cosa.

(volver a página principal)