FUERA DE CARTA:

género de calidad y regalos envenenados    

 

            A pesar de resultar irremediablemente simpática, han llovido demasiados comentarios negativos para Fuera de Carta. Podemos entenderlos y compartirlos, o no, pero lo cierto es que Fuera de Carta ha conseguido algo inaudito, dificilísimo de hacer: conectar con un público imposible: el español. Porque al público español no se le conquista ni por el estómago. Para empezar son los habitantes de un país que lleva muy pocos años haciendo el bachillerato, y por tanto no nos queda más remedio que aceptar que, en términos generales, es un público inculto, grueso, avergonzado de sí mismo, un público que borra sus propias huellas. En su momento, con una cierta dignidad, acudían en masa a ver Los Bingueros y Pepito Piscinas, pero en un momento determinado se avergonzaron de ello. O no se avergonzaron: simplemente la industria del cine desapareció como tal durante los años de los videoclubes.

            Ladrones, incultos, y con una inquisitorial y cobarde tendencia a reírse del otro: el público español es tan sinvergüenza que hasta empieza a resultar simpático, justo como los pobrecitos delincuentes de la tradición picaresca:

A) Ladrón: ya desde el VHS, el público español no ha dejado de piratear en masa, y hoy es prácticamente la nación más pirata del mundo, no en términos relativos, sino absolutos: simplemente no va a las salas y las pelis se las pasa un cuñao: dignísimas propuestas, típicamente seductoras de audiencias, como Una palabra tuya o Gente de mala calidad se exhiben dos días y van a verla cuatro espectadores.

B) Inculto: Tacones Lejanos superó en taquilla a Parque Jurásico... en Francia, y jamás triunfará aquí un premio de Cannes como sucede en el país vecino: los premios de los festivales, las mejores películas del año muchas veces ni siquiera se estrenan.

C) Inquisitorial: Torrente no triunfó por su pretendida ironía sobre el fascismo, sino simplemente porque era fascista, porque se reía del débil.

D) Vivalavirgen: éste es el puñetero país de la comedia: algo que sería estupendo, véase Berlanga, pero resulta que no hay nada más y cuando lo hay es espesísimo y didáctico: el público no llega a más. Aquí se aprecia a Almodóvar menos por su evidente calidad que por su rollito cripto-sainetero.  

            Y en medio de todo esto, Fuera de Carta conquista la taquilla haciendo de la necesidad virtud y sacando partido de todos estos vicios del público español de una forma sorprendentemente inteligente. Yo amo Fuera de Carta y amo a la gente que la hizo. No sólo porque hayan hecho cine de género usando un género muy digno, y no sólo porque me haya divertido el filme y aún viéndole algunos agujerillos, pensé lo que mucha gente: “Por favor, no quiero que termine.” Es que son héroes. Lo han conseguido. Primero por evitar el pirateo. Me imagino que el público quería ver  qué narices habían hecho en cine sus héroes televisivos, los creadores de sus famosas Aida y 7 vidas.  La invitación a las salas, la promoción, estaba resuelta. Se había hecho en las propias casas, no sólo previamente sino además de forma masiva, con los mayores índices de audiencia televisiva: ambas series ofrecían al gran público un seguro de entretenimiento. Si hay que salir e ir al cine una tarde, ambas series garantizan un entretenimiento que por ejemplo Daniel Calparsoro no llega a asegurar. Porque ése es otro problema pendiente del cine español: la promoción: los productores no gastan en publicidad, ¿para qué arriesgar dinero en promoción cuando ya con las subvenciones han ganado su dinerillo? Así que al final, la publicidad se ha hecho por encima de los productores y el equipo de Fuera de Carta tiene al público viéndolo. Y sin atreverse a piratearla. El mariconeo del filme ha acercado a las salas a los padres cripto-conservadores pero graciosos: no vamos a ponerla en la tele estando los niños por aquí, no vaya a ser que salga una polla o dos tíos besándose o algo, vámonos a verla al cine...

            Así que Nacho G. Velilla y los de 7 vidas ya tienen el público frente a la pantalla. Les ofrecen un lujoso entretenimiento cómico, una fiesta de las one-liners, esas réplicas ingeniosas, olvidadas desde hace mucho a causa de la persecución denodada del gag visual. Y el entregadísimo, agradecidísimo pero inculto público español desarrolla su fértil boca-oreja sin darse cuenta del mayor punto flaco de la peli: lo miméticamente que sigue Deliciosa Marta (Bella Martha, 2001) de Sandra Nettelbeck. Es prácticamente un remake, eso sí, muchísimo más afortunado que el aburridísimo remake oficial: la anodina Sin Reservas (No reservations, 2007) de Scott Hicks. Eso no disculpa a Velilla y a su equipo, pero como diría cualquier español: si se roba para hacerlo mejor, bendito sea el robo. Incluso copia de forma casi literal alguna escena: la queja de los clientes sobre el punto de cocción de la carne. Hacen exactamente lo mismo pero con una ventresca de atún. Como aquí nadie ha visto nada, te puedes pasar calcando. Pero ya nos tenían enganchados: yo me dí cuenta del calco, me enfadé y al salir de la sala hice boca-oreja con el mismo entusiasmo que el resto del público.

            Quizás lo más inteligente de Fuera de Carta y su valor más secreto, el regalo envenenado que le devuelve al público, es cómo juega con el lado inquisitorial y fascista del carácter español. Y me interesa precisamente por lo poco que se ha entendido. De hecho, las críticas en prensa incidían mucho sobre las réplicas gruesas, los chistes de maricones y hasta hablaban, de una forma que a mí me parecía absurda, de una pretendida “homofobia” en Fuera de Carta. Si Torrente contemporizaba y coqueteaba con el fascismo del público, en un descarado ejercicio de nadar y guardar la ropa, Fuera de Carta presenta lo que hay, y no es que ironice, como decía Segura que hacía él: hace sentirse cómplice al público homófobico para luego burlarse deliciosamente de él. Pero en ningún momento considera que el marica sea “el otro”, ni lo mira con la mirada colonial de los chistes españoles. ¿Por qué estoy tan seguro? No sólo por el protagonista y sus empatías. No sólo por Javier Cámara, que construye el personaje más entrañable del año. Para empezar, por simples términos de trama. En la mayoría de las ficciones dirigidas al gran público y realmente homofóbicas, el chico marica no liga. Se le putea. No tiene sexualidad. Aquí sí. Y además alcanza la felicidad sentimental. Las cosas le salen bien. Muy bien, cuando lo tradicional sería que al personaje de Javier Cámara le fuera de pena su relación amorosa con el futbolista, y que al de Lola Dueñas le fuera de lujo, y que además Cámara lo pasara fatal hasta que aceptara su lugar en el orden patriarcal: admirar en silencio al viril futbolista y sacrificarse por él. Eso es homofobia. Lo hemos visto miles de veces, incluso en un cine pretendidamente progre: Fresa y chocolate. Pero no pasa en Fuera de Carta. Y el público que fue a verla no se extrañaba, tal vez porque ya estaba viendo esas situaciones en la calle. Y cuando digo “ya estaba viendo”, no quiero decir que antes no pasara: sólo que por fin los medios, tal vez gracias a la legislación, se sentían por fin capaces de mostrarlo.

            Fuera de Carta presenta sencillamente una realidad con filos. Pero esos filos, como en las buenas comedias, no tienen la suficiente entidad como para montar una tragedia del copón. El cocinero y el futbolista no alcanzan la felicidad en una idílica comunidad contenta, donde están rodeados de gente superprogre y respetuosa y como concienciadísima, sino en una sociedad que está de homofobia hasta las cejas. Empezando por la familia, siguiendo por los compañeros de trabajo, continuando por las fuerzas de seguridad y acabando por el fútbol (que se parece tanto a España) y por los medios de comunicación. Y no olvidemos que los chistes homofóbicos de los que se acusó a Fuera de Carta provienen siempre de esos entornos: los guionistas del filme los lanzan como carnaza al gran público pero si atendemos al diccionario para buscar minuciosamente los significados de la palabra “matrimonio”, hagámoslo también para la palabra “carnaza”: un cebo, un anzuelo, una trampa mortal para las fieras depredadoras: un regalo envenenado para el gran público y su machismo. Estamos retratando lo que hay. Sobre todo durante mi acceso de homofobia favorito del filme, después de los de Luis Varela y Chus Lampreave, los fabulosos padres de Javier Cámara: me refiero a uno simplicísimo, al más español de todos, el del vigilante de seguridad que contempla la emotiva reconciliación de los dos chicos...  El filme ha puesto el dedo en esa llaga con tanta habilidad que uno de los más efectivos indicadores de homofobia de este país (la crítica cinematográfica) ha reaccionado con prontitud. Lo mejor del discurso de Fuera de Carta es que nos recuerda que España puede estar de homofobia hasta el culo, pero no pasa nada: es como el ajo en las nuevas películas de vampiros (por poner un ejemplo lo suficiente marica), molesta un poco, desagrada, pero el vampiro va a vivir igual de bien, y os va a chupar la sangre igual de a gusto. Vale, en el filme la homofobia es una pesadez, pero no vamos a dramatizar. Al contrario, vamos a vivir lo mejor que podamos y vamos a reírnos mogollón. Un discurso de ese calado, para qué vamos a ocultarlo más tiempo, es pura esencia de comedia, es el enorme porcentaje de “verdad y dolor” que según el maestro John Vorhaus deben tener las comedias de primera fila, capaz de convertir cualquier carcajada en una experiencia inolvidable.

            Y hay también algo más. Creo que Fuera de Carta, a la manera española, un poco menos sutil y como más burra, ha empezado un camino fértil: la conexión de una televisión de calidad y de éxito con un cine de calidad y de éxito. Y que estemos en el territorio de un género cinematográfico tan tradicionalmente español como la comedia lo hace más efectivo aún: una HBO como casposilla pero eso sí, con sus propios estándares de calidad e igual de efectiva.

            Esperemos que la nueva Ley de Cine, con sus rebajas y sus miniseries, no se cargue esta nueva “tercera vía”. 

 

                                                                                                                                 Marcelo Soto