EL GÉNERO Y LA PRESENTACIÓN SOCIAL. CUATRO REFLEXIONES EN TORNO AL PODER Y LA CONSTRUCCIÓN DE SÍ

 

Ricardo Llamas

1. DETERMINACIÓN DE SÍ: PERPETUA O EL CUIDADO DEL ASPECTO.

Mucho antes de que Santiago Carrillo se convirtiera en la primera drag queen de la democracia al atravesar la frontera de una moribunda dictadura luciendo una peluca castaña, Vibia Perpetua, que también hizo célebre su resistencia a un orden imperante/Imperial, ya había establecido la preocupación por el aspecto como un acto de determinación de sí de considerable trascendencia simbólica.(1) Perpetua, más tarde santa Perpetua, ciudadana romana, noble, cristiana, residente en Cartago, fue martirizada en aquella ciudad en el año 203. La infortunada tenía 22 años.

Perpetua, en el circo, sabía que era el centro de atención de su público —creyentes, admiradores, incrédulos—, aunque sólo la mirada del Todopoderoso parecía importarle. Cuando soltaron una vaca salvaje para que la corneara hasta la muerte, sólo se preocupó por no entrar desmelenada en el Reino de los Cielos. “Con el rostro resplandeciente y el porte sereno”; “rechazando la mirada de la muchedumbre con la fuerza de sus ojos”, Perpetua sentó las bases de su leyenda. Y es así que, tras una primera embestida, solicitó una horquilla con la que poder recoger su pelo alborotado.

Aquel acto de dignidad y coquetería; esa representación insólita del “perpetuo femenino” que pasaría inadvertida durante la tortuosa historia de travestis, reinas y drag queens no es, en cualquier caso, el único que la hace merecedora de ser rescatada del olvido. Perpetua fue martirizada por cristiana y no (al menos formalmente) por orgullosa, independiente y presumida. Ni por lesbiana. Y es que, pese a que el concepto de “lesbiana” no existía, Perpetua mantenía una estrecha relación con una esclava: Felícitas. Su sierva y compañera también compartió con ella el mismo y trágico destino.

Se sabe que Perpetua era madre de un hijo y se cree que debía estar casada. Pero por extraño que parezca, nada se sabe de ese hipotético marido. Ni nada cabe deducir tampoco de su supuesto estatuto de “mujer casada”. Por entonces, el matrimonio no era un sacramento (no lo sería hasta el año 1215). Aún no equivalía, pues, a la sacralización de un amor espiritual o de un indomable impulso carnal. Y el afecto (por no decir el placer) no quedaba ni mucho menos relegado a la institución matrimonial ni al canon heterosexual. La amistad, rango supremo de las relaciones humanas —hasta el punto de ser el único modelo de relación al que se consiente nivelar diferencias como la edad o el desequilibrio esclavitud / ciudadanía—, más favorecía que impedía la proximidad física y el placer compartido.

Si bien no hay evidencia alguna de que entre Perpetua y Felícitas hubiera “sexo” (amor carnal o entrega placentera), tampoco nada, absolutamente nada, permite afirmar lo contrario. Y a pesar del misterio, Perpetua seguía siendo instigadora de la disidencia religiosa, “portavoz y líder moral de los mártires de la prisión de Cartago”, heroína serena en el momento de la muerte, cuidadosa de su aspecto ante su público. Y se sabía que había tenido un sueño donde se convertía en hombre “para luchar contra un egipcio descomunal”, y fue aclamada por los cristianos, junto con su compañera, como “los soldados más viriles”.(2)

Así, no sólo encarna a nuestros ojos una historia atractiva desde una perspectiva camp (y peinarse entre cornada y cornada es un acto sumamente camp por cuanto hace de lo irrelevante en apariencia, esencia y fundamento de lo trascendente según un código marginal), sino que además, al soñarse como hombre-soldado y al mantener aquella historia con Felícitas, constituye un punto de referencia para las disidentes del orden socio-sexual vigente. Un mito de autonomía y determinación de sí de los que el imaginario público, todavía hoy, anda más bien desprovisto.

2. ABDICACIÓN DEL PODER: LA GUERRA CONTRA LOS NIÑOS MARIQUITAS.

Para cumplir con el imperativo contemporáneo que exige establecer concepciones sobre el propio género y el propio sexo, siendo éstos elementos intrínsecamente relacionales, es imprescindible apelar a modelos de referencia. Los únicos referentes accesibles hoy día a quienes despiertan a los requisitos de integración social vigentes, confirman un orden de “lo masculino” y “lo femenino” preciso. Un orden que naturaliza los géneros; que asocia como consubstanciales determinados roles con determinadas constituciones anatómicas. Un orden que, después, naturaliza una oposición entre ellos, para hacer de la diferencia entre “hombre” y “mujer” uno de los más poderosos criterios de diferencia que existen. Un orden que establece, por último, la necesaria complementaridad entre uno y otro. Un orden, en suma, de heterosexualidad obligatoria.

El mismo orden que reduce a mera anécdota el acto de coquetería de Perpetua en un momento de máxima expectación, que deserotiza su relación con Felícitas y la vuelve inocua, que minimiza su desafío a toda una comunidad incrédula, que ignora su orgullo en un momento en que parecía de rigor la humildad, que hunde sus anhelos de “masculinidad” (de fuerza y de poder, de influencia y liderazgo, de credibilidad y legitimidad de su discurso) en el espacio fantasmático de los sueños y en la mitología del sacrificio.

Pero la erradicación de posibles referentes simbólicos no es sino un plus de violencia que se añade al proceso de coacción por el que el género femenino se impone sobre los cuerpos de las mujeres. La imposición coactiva de la feminidad (la localización de ámbitos de influencia en la esfera doméstica, la limitación de las posibilidades de movilidad por imperativo estético, el desprestigio de la palabra de mujer en el espacio público…) hace el resto.

La masculinidad, por el contrario, no se enseña: debe revelarse por sí misma. En el despertar de esa virilidad esencial es particularmente crucial eliminar las interferencias que pudieran perturbar el desarrollo de ese proceso natural. Hoy por hoy, un treintañero al que nunca se le conoció novia y que se rodea de una nutrida camarilla masculina (de la que forma parte favorita un atractivo joven —Juan—), y que predica “dejad que los niños se acerquen a mí”, no dejaría de suscitar suspicacias. Sería un personaje polémico, aun cuando sólo pidiese que no se impidiera a los niños acercársele. Y su carácter sospechoso se derivaría de su incuestionada capacidad de acción e influencia sobre los menores, y de la consideración correlativa de éstos como entelequias en proceso de evolución teleológicamente evidente (aunque delicado) hacia la heterosexualidad.

El poder coactivo de ese orden riguroso se hace evidente en la premura con que aparecen sus abundantes efectos de exclusión. Los niños disidentes, y en especial los niños mariquitas, aquellos que resisten de manera manifiesta a los imperativos sobre cómo deben ser (agresivos, competitivos, duros, valientes, insensibles, misóginos, machistas…); aquéllos que abdican del poder y que, con frecuencia —pero no necesariamente—, saben bien lo que desean y saben que es ése un deseo proscrito, son objeto de una política de exclusión homicida. Una política (implementada por sus propios progenitores, por las instancias educativas, por los media…) que, por pudor o como garantía de su eficacia, nunca es formulada explícitamente.

No pueden acercarse a quien les apetezca; no se concibe siquiera que puedan tener criterios o iniciativas de acercamiento. Y —como las niñas machorras proto-Perpetuas—, tampoco tienen acceso a un imaginario plural y diverso en que reflejarse, a partir del cual anclar sus sentimientos y anhelos al mundo. Si bien tienen todas las puertas abiertas a la integración en el sistema patriarcal (donde “masculinidad” y “heterosexualidad” son entidades consubstanciales), no cuentan con ninguna salida alternativa viable.(3)

De este modo, a los niños (pero especialmente a los niños mariquitas) se les aísla violentamente de cualquier referente que les permita asentar una identidad no conflictiva o concebir un futuro al margen del modelo hetero-patriarcal. Y los que no se niegan y batallan su supervivencia desarrollan “mucha vida interior” y, en ocasiones, “una gran sensibilidad”. Aun así, sobre todo quienes suman el incumplimiento de la norma sexual al desacuerdo con el rol de género asignado, quedan a menudo fuera de juego. A nadie habrá de sorprender que los —escasísimos— estudios sobre suicidios o intentos de suicidio en la infancia y la adolescencia que no pasan como sobre ascuas por los efectos del sistema de integración social a partir de los requisitos del género y las expectativas —hetero—sexuales, den cifras escalofriantes que evidencian las pulsiones homicidas de ese orden.(4)

Si el consumo de drogas o alcohol, el fracaso escolar o las diferencias e incomunicaciones (“en general”) entre padres / madres e hijos / hijas (entre otros muchos factores) han merecido la atención de quienes se preocupan por la prevención del suicidio, las cuestiones relacionadas con la identidad sexual o los roles de género han permanecido tradicionalmente inexploradas. Perenne ignominia, reverso tanatocrático de la posibilidad misma de imaginar una Perpetua-Felícitas. “El poder sigue actuando a través de la perpetuación de la muerte […]; la muerte es y tiene su propia industria discursiva”.(5) La promoción de la ignorancia, el desconocimiento como “industria discursiva”, es un elemento esencial de ese régimen tanatocrático.

Silencio que se impone al soltero sospechoso; susurro del más motivado o temerario, inaudible aún para jóvenes presuicidas. Abdicación del poder que procura la integración en un orden de exclusión (o renuncia última tras vanos intentos por acceder a la autodeterminación). Iniciativas brutalmente neutralizadas por incitaciones a la abdicación de la vida que permanecen, tras “alguna que otra” muerte, no reconocidas, vivas, operativas. Si los niños y las niñas pudieran acercarse a los solteros excéntricos, a la heroína / mártir, a su discreta esclava… nuestras sociedades se ahorrarían mucha ansiedad, mucha frustración, muchas culpabilidades inducidas y mucha muerte promocionada. Y la miserable —y sólo aparente— ignorancia con que se consiente que todo suceda como si no pasara nada.

3. ACCESO AL PODER: LA MONSTRUOSA MUJER CULTURISTA.

Si los niños, niñas y adolescentes son disciplinadas por un orden de coacción que se ignora convenientemente, el acceso de las mujeres a las formas de ejercicio del género (de la presentación pública del propio cuerpo y del potencial de “sexo” —placer, comunicación, interacción— que en él reside), asociadas con el desempeño de roles “de poder”, está también drásticamente limitado. La relación entre el ejercicio de las posiciones de poder reconocidas por parte de una mujer y su presentación pública en términos de “feminidad escasa” está ampliamente establecida. La dureza corporal, las líneas derechas y las aristas puras (todo lo que está lejos de las voluptuosas formas que definen la “verdad” de la mujer), son factores que conforman el tópico de un inusual ejercicio de agencia y representación que “apela” a una cierta regulación; a la neutralización del posible desafío que encarna.

Sin embargo, una diferencia fundamental puede establecerse entre estas actuaciones y representaciones de la mujer (“masculina”) y sus equivalentes invertidos. El ejercicio de subversión que realizan travestis y drag queens tiene un espacio reconocido que no es —como en el caso de Carrillo— el de la resistencia política, sino el de la parodia; y un ámbito de reconocimiento: la subcultura gay que le da una razón de ser, un sentido. A algunos “hombres” —adultos pero no hechos y derechos; no hombres rectos (straight), sino “hombres-recto” (rectum), o torcidos (torquere, queer), desviados en una curva praxitélica de consecuencias impredecibles— se les consiente jugar con “lo femenino”; único género considerado artificio y performance. Siempre que no lo hagan cerca de los jóvenes; separados éstos, como mínimo, por la insalvable distancia entre un público no implicado y una representación increíble. La representación es bienvenida, celebrada y aplaudida, y se le reconoce incluso un potencial liberador, carnavalesco, seguramente porque la economía fálica del deseo permanece, en última instancia, relativamente inalterable.

Sin embargo, cuando lo que está en juego es “la masculinidad” y su fundamento, “el hombre”, todo se vuelve sospechoso; aquí ya no hay lugar para la parodia: sólo desnaturalización y sacrilegio. Se puede —con las salvedades expuestas— aspirar a la sumisión, no al poder; imitar lo falso, no lo verdadero; jugar con lo negociable, no con lo inalterable. Bien lo saben las mujeres culturistas: las que ensanchan sus espaldas, pierden los senos, hinchan los brazos y endurecen las caderas; las que, sobre todo, pueden dejar de tener la regla. Su presencia despierta reacciones de rechazo y desasosiego. Y una normativa de contención que, de nuevo, no se articula de manera explícita, se pone en marcha: la mujer culturista, por musculosa que sea, estará al final sujeta a un imperativo de feminidad, y deberá cubrirse con un bikini del que sobra, como poco, una mitad, y maquillarse y lucir una melena cuidada, como la única Perpetua recuperable.(6)

Porque si no lo hace, si cambia el mínimo dos-piezas por un arnés y se afeita la cabeza, si traspasa la frontera de lo aceptable o “natural”, se convierte en un monstruo, se hace irrecuperable. Y se trata de suscribir la ideología que define qué es tener “un cuerpo bonito”; la misma que establece unos límites que amenazan a la mujer culturista con convertirla en un ente donde, desaparecidos los rasgos de mujer / feminidad, ya no se ve nada más que aberración; un organismo que siembra incertidumbre porque quizás ya no sea fértil, no pueda ya ser el de una esposa, capaz de amar a un hombre y cumplir “su destino”. Si ese cuerpo evidencia cómo se ha musculado para escapar al corsé de los roles femeninos, ya no es un cuerpo de mujer, sino un cuerpo lesbiano. Su presentación pública, entonces, no suscita adhesión o risa, sino espanto o lástima, porque surge en el vacío; porque parte de una parca, arbitraria (y desertada) identidad femenina y no (se le permite) llega(r) a ningún sitio. Figura de castración o automutilada: un horror, una tragedia, un fracaso.

Un cuerpo lesbiano por su apariencia y sus aspiraciones, quizás no por su deseo; un cuerpo, en todo caso, roto, partido —como poco— en dos (presencia / esencia). El cuerpo de ella —de el/la— debe entonces, si no ha de perderse irremisiblemente, reconstruirse víscera a víscera. Ése era el proyecto que animó a Monique Wittig a escribir en 1973 El cuerpo lesbiano. Un cuerpo nuevo, establecido a partir del despiece y posterior ensamblaje de ese cuerpo de mujer que se resiste a las sobredeterminaciones que se le imponen. Un cuerpo entre la poesía y la cirugía: “y/o admiro la delicadeza de los metacarpos y de las falanges de los dedos, y/o toco las costillas admirablemente dispuestas, m/e sobrecoge el deseo de ti, y/o babeo, y/o lloro, la sangre presiona los ventrículos de m/i corazón, tus huesos completamente secos pulidos blancos desnudos me penetran en los ojos, y/o los toco, y/o m/e tumbo sobre ellos conmocionada”. El resultado es algo completamente nuevo. “Lo que aquí ha sucedido, ninguna lo ignora, no tiene hasta ahora nombre; que ellas lo busquen si tienen absoluta necesidad”.(7)

En cualquier caso, estamos ante un cuerpo que demuestra la posibilidad (literaria y políticamente fructífera) de acceder al poder de su propia representación al margen de los usos, los términos y los discursos establecidos; un cuerpo radicalmente no recuperable por una economía política libidinal de orden falócrata, pero cómplice con cualquier resistencia frente a ese orden. Un ariete contra esa ordenación simbólica de la realidad de los cuerpos como sede del deseo que hace de la “escena lésbica” un elemento inevitable de la —a menudo rancia— pornografía para el consumo hetero-masculino. Un acicate contra el orden que limita la práctica de autodeterminación de las mujeres culturistas.

4. ABANDONO DE SÍ: UN FEMINISMO CONTRA LA ENTREGA AL PLACER.

Algunas estrategias políticas desarrolladas desde el feminismo, en su defensa del derecho de las mujeres a desempeñar roles “de poder” (acceso a puestos de decisión y responsabilidad y, sobre todo, defensa de la propia palabra como pertinente y de su autodeterminación como legítima), han evacuado del espacio de lo políticamente defendible todo lo que no fuera cumplimiento general, permanente y absoluto de ese postulado. Lo que para el niño mariquita era una obligación constreñidora, se vuelve así, para una línea del feminismo, imperativo liberador.

La polémica que surgió durante los años ochenta en el movimiento feminista norteamericano entre las posturas anti-pornografía y anti-anti —que no exactamente pro— pornografía, catalizó buena parte de esas exhortaciones y recelos en torno a la (in)conveniencia de hacer de las mujeres siempre y necesariamente sujetos de poder como alternativa al estatuto de objetos de dominación. En 1983, las autoridades municipales de Mineápolis solicitaron a Catherine Mackinnon y Andrea Dworkin que desarrollaran una normativa destinada a prohibir la pornografía. La propuesta que éstas presentaron pretendía la ilegalización de las representaciones de cualquier orden —arte y literatura potencialmente incluidos— que cumplieran uno (o más) de nueve criterios que querían ser precisos y exhaustivos.(8)

La posibilidad de que la representación de prácticas sexuales, violencia física y elementos sexistas pudiera incitar a la comisión de delitos contra las mujeres, bastó para suscitar un consenso bastante generalizado sobre su carácter antifeminista. El tercer criterio se refería a este supuesto (“mujeres presentadas como objetos sexuales que gozan al ser violadas”). Esta iniciativa no se planteaba el cuestionamiento de las representaciones sexistas y violentas en las que no hubiera componente carnal alguno. El corolario lógico de esta premisa (la opresión de las mujeres es, básica y fundamentalmente —si no de modo exclusivo— de carácter “sexual”), suscitó ya la controversia. Pero más dudas generaron las cláusulas destinadas a prohibir representaciones de sexo y violencia que podían ser consideradas no sexistas (la cuarta, por ejemplo, que erradicaría la representación de la mujer “como objeto sexual, atada, cortada, mutilada o herida”) o las de “sexo sexista” que no implicara violencia (la novena: la mujer “en escenarios de degradación, mostrada como algo sucio o inferior”). Cualquiera de ellas eliminaría intercambios eróticos que forman parte del deseo asumido y la práctica consentida de algunas mujeres.

Por último, el criterio quinto (“mujeres en posición de sumisión o servilismo sexual, incluyendo la invitación a la penetración”), parece coincidir con lo que no puede (dejar de) representar el niño mariquita; lo que se le prohíbe aislándolo o se le impone agrediéndolo, “la esencia” de su desarraigo y su revuelta, el doble vínculo que le puede llevar al suicidio. La idea según la cual la “invitación a la penetración” constituye un signo de sumisión y servilismo (de intolerable renuncia al poder del proto-hombre, de anti-feminista renuncia a la resistencia de la mujer pre-liberada) y un acto de autodegradación, parte de una tradición de prejuicio milenaria.

Que la penetración (sobre todo violenta) pueda ser utilizada para expresar pulsiones de sometimiento o degradación (como a menudo sucede) no significa que siempre haya de articularse en función de esos parámetros. Ni que el sometimiento o la degradación sean lo que esté buscando quien se abandona invitando a la penetración. Ni significa, por último, incluso cuando la invitación a la penetración solicita esa degradación o sometimiento, que sea conveniente (para la libertad de expresión, para la lucha feminista o para la lucha antihomofóbica) erradicar ese deseo del espacio de lo presentable.(9)

Muchas y muy diversas son las estrategias que pueden permitirnos cuestionar el ordenamiento restrictivo del género y del sexo en vigor. El rescate de símbolos o la reconstrucción (aun anacrónica o poco rigurosa) de mitos del pasado, el desafío de esa ignorancia promocionada que oculta sus efectos más violentos, la articulación de criterios sobre la representación política del sexo y del género (de la pornografía al arte, la academia y la mitomanía), la defensa y el análisis crítico de prácticas de autodeterminación del cuerpo y el aspecto o del desempeño de roles sociales y la legitimidad de la palabra pública… Un debate que se plantea inadvertidamente (Carrillo, Perpetua, Felícitas, el niño mariquita, la mujer culturista…) y que se articula ahora con fines estratégicos.

Las luchas por la liberación de todos esos sexos, géneros, cuerpos, prácticas sexuales, fuentes de placer, compromisos afectivos y roles sociales que, día a día, van surgiendo, abren un abanico de debates tan amplio como necesitado de unas premisas mínimas que eviten la confusión. Que todas y todos podamos abdicar de los roles de poder si se nos impone su ejercicio o acceder a éstos si se nos niegan; que establezcamos la necesidad de que se reconozca y promocione el derecho de autodeterminación sin negar con ello el derecho al abandono de sí puede constituir, en este sentido, el fundamento de un acuerdo mínimo que es, hoy por hoy, indispensable. El reto pendiente es establecer las formas de articular estos postulados con proyectos de vocación liberadora.


Este artículo será publicado próximamente en el nº 31 de la revista Archipiélago (enero 1998).

Asimismo, este artículo fue la base de una ponencia presentada en la "V Queer Studies Conference" de la Universidad de Colorado - Boulder (abril de 1997)


NOTAS:

1. La consideración de Santiago Carrillo como “la primera drag queen” de la democracia aparece en Paco Vidarte «Polvo-rosa» (De Un Plumazo, 5, 1997).

2. Sobre el martirio de Perpetua, Peter Brown, El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual (Barcelona, Muchnik, 1993 —pág. 112 y ss.—). La relación de Perpetua con Felícitas (que no es mencionada siquiera por Brown), así como las concepciones del matrimonio en el mundo antiguo, aparecen tratadas en John Boswell, Las bodas de la semejanza. Uniones entre personas del mismo sexo en la Europa premoderna (Barcelona, Muchnik, 1996 —pág. 250 y ss.—).

3. Eve Kosofsky Sedgwick, «How to bring your kids up gay», en Michael Warner (comp.), Fear of a queer planet. Queer politics and social theory (Minneapolis, University of Minnesota Press, 1993).

4 Los datos de Pollak hablan de un 13% de gays franceses que han intentado una o varias veces suicidarse, fundamentalmente entre los 16 y los 18 años. Ello supone el doble de la media para todas las edades de la población “general”. Otra investigación, desarrollada en Estados Unidos, establece que el 30% del total de los suicidios entre jóvenes corresponde a adolescentes gays y lesbianas: el suicidio es aquí la primera causa de muerte; su probabilidad de suicidio es tres veces superior a la de sus compañeras y compañeros heterosexuales. En Gran Bretaña, un 19% de los gays y lesbianas menores de 18 años había intentado suicidarse. En Canadá, el deseo de suicidarse es catorce veces más común entre jóvenes gays y lesbianas que entre heterosexuales de la misma edad; las tendencias suicidas afectan, sobre todo, a quienes aspiran al celibato como forma de vida. Pollak, Michael, «L'homosexualité masculine, ou le bonheur dans le ghetto?», en Philippe Ariès y André Béjin, (Comps.), Sexualités occidentales (París, Le Seuil, 1982). El estudio del Department of Health and Human Services norteamericano, fue publicado en Reactions (julio de 1989). Los datos sobre Inglaterra aparecen en Bob Cant, «The limits of tolerance? Lesbian and gay rights and local government in the 1980s», en Tara Kaufmann y Paul Lincoln (comps.), High risk lives. Lesbian and gay politics after the clause (Bridport, Prism Press, 1991). El estudio canadiense aparece comentado en Mensual (75, diciembre de 1996). Una visión general aparece en Eric E. Rofes, ‘I thought people like that killed themselves’. Lesbians, gay men and suicide (San Francisco, Grey Fox Press, 1983).

5. Judith Butler, «Las inversiones sexuales», en Ricardo Llamas (comp.), Construyendo Sidentidades. Estudios desde el corazón de una pandemia (Madrid, Siglo XXI, 1995 —págs. 24 y 26—). Butler matiza —a partir de los devastadores efectos autorizados de la pandemia de sida— la idea de Foucault según la cual, desde la Era Moderna, el poder se orienta hacia la gestión y promoción de la vida.

6. La relegación de una culturista de musculatura excepcional pero particularmente “poco femenina” a puestos intermedios en un concurso celebrado en Estados Unidos es comentada por Jocelyn Robson y Beverly Zalcock, «Looking at pumping iron II: The women», en Tamsin Wilton (comp.), Immortal invisible. Lesbians and the moving image (Londres y Nueva York, Routledge, 1995).

7. Monique Wittig, El cuerpo lesbiano (Valencia, Pre-textos, 1977 —págs. 23 y 7—). Otras explicaciones de la escisión del sujeto (ese “y/o” de la narradora) aparecen en Teresa de Lauretis, «Sexual indifference and lesbian representation», en Henry Abelove, Michele Aina Barale y David Halperin (comps.), The lesbian and gay studies reader (Nueva York, Routledge, 1993).

8. A esta propuesta le siguieron otras establecidas en parecidos términos, aunque todas fueron declaradas inconstitucionales. Sus defensoras recibieron el apoyo de las posiciones sexofóbicas de la derecha republicana reaccionaria y de los cristianismos fundamentalistas. Pero en su contra se alzaron numerosas asociaciones del movimiento de mujeres y las voces del pensamiento y el activismo feminista lesbiano: desde las defensoras del sadomasoquismo a las críticas radicales de las estrategias censoras. Cf. Gayle S. Rubin, «Thinking sex: Notes for a radical theory of the politics of sexuality», en Abelove, Barale y Halperin (comps.), op. cit. Pat Califia, «The limits of the S/M relationship, or Mr. Benson doesn't live here anymore», en Mark Thompson (comp.), Leather-folk. Radical sex, people, politics and practice (Boston, Alyson, 1991). Lisa Duggan y Nan D. Hunter (comps.), Sex wars. Sexual dissent and political culture, (Nueva York y Londres, Routledge, 1995).

9. Este debate ha tenido una incidencia incuestionable en el activismo queer y en su desdemonización (casi apología) de las representaciones del placer en el abandono de sí. La representación del sexo (y de todas las sexualidades que contaran con el consentimiento de quienes las practicaban), era un instrumento imprescindible para la promoción de hábitos de sexo más seguro, condición de autoestima básica y de un placer viable en medio de una pandemia. La militancia gay había dejado de lado a los mariquitas (niños o no) y, con triste frecuencia, arrinconaba las formas de resistencia a los imperativos de “la masculinidad” en favor de la representación (subversiva por inusual pero amenazada de misoginia por androcéntrica) de un modelo gay intermasculino, igualitario y “respetable” que no surgiera del tópico de la complementaridad “masculino” / “afeminado”. El abandono al placer, por último, debía valorarse como dispersión de sí, como lucha contra ese proyecto moralista de redención del sexo (de su criminalización y suspensión hasta que fuera radicalmente reinventado). Estos tres argumentos aparecen respectivamente en: Cindy Patton, «Safe sex and the pornographic vernacular», en Bad Object Choices (comp.) How do I look? Queer film and video (Seattle, Bay press, 1991); Sedgwick, op. cit. y Leo Bersani, «¿Es el recto una tumba?», en Llamas (comp.), op. cit.

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