IDENTIDAD

 

Por Paco Vidarte

 

 

Moverse y salir en la foto: el tocino y la velocidad

Yo no sé cómo hay gente de izquierdas

con lo bien que vivimos los de derechas

(Chiste de derechas)

 

            El hecho de hablar a todas horas del colectivo homosexual, de intentar dar una imagen de unidad ante los medios de comunicación o las instancias políticas, o más bien, el hecho de que desde las instancias de poder se nos unifique bajo el apelativo genérico de la población homosexual o gay tiene como consecuencia el establecimiento de una categoría: el o la o los o las “homosexuales” que uniformiza, homogeneiza y hace más fácil el trato con lo que se considera a partir de entonces un bloque uno y único con las mismas reivindicaciones, inquietudes y aspiraciones. Ello, sin embargo, no necesariamente es así, dado que dentro de eso que se llama lo “homosexual”, no sólo entran por igual gays y lesbianas, sino también bisexuales, transexuales, drags, travestidos, pederastas y todo cuanto se quiera hacer caber en este particular cajón de sastre. Buena muestra de lo anterior es el presente libro. Basta con darse un ligero paseo por el índice a velocidad de tocino para caer en la cuenta de lo estrechos que se quedan los parámetros de “la homosexualidad” o “los maricones” a la hora de querer establecer un concepto unitario e idéntico en el que quepamos todos, todas y todo. Esta diversidad va a tener implicaciones de muy diverso tipo, aparte de lo desquiciado de nuestro índice y de lo irónico que pueda resultar hablar a estas alturas de “identidad”, dado lo fragmentario de estas homografías. La polémica en torno a la identidad, no es, sin embargo, una cuestión baladí.

            Por un lado, porque en lo tocante a lo que desde las instancias político-legales se refiere, se borra de un plumazo cualquier tipo de diferencia entre los individuos que pasan a ser etiquetados como formando parte de una misma clase que el poder se inventa y cuya denominación impone. Desde otras instancias ético-religioso-morales la denominación de origen homosexual es suficiente para enmarcar dentro de ella todo lo relacionado con la perversión, el desorden en la conducta y lo pecaminoso. Y, por último, porque dentro del propio colectivo, surgen disputas acerca de si esa identidad que se nos impone desde fuera realmente existe o no, si formamos un cuerpo social unitario o nos dividen más cosas de las que nos unen; si hablar de un sujeto homosexual o de un sujeto heterosexual tiene algún sentido, como no sea porque se ha producido una inflación de todo lo relativo al sexo y al poder estructurador que éste se supone tiene en la personalidad y el carácter de los individuos. O por qué se suele hablar con más frecuencia del sujeto homosexual que del heterosexual, como si la homosexualidad influyera más que su contraria en la conformación de las personas o como si el homosexual fuera un ser hipersexualizado, cuyos comportamientos, actitudes, capacidades y habilidades se centraran en y se vieran gobernadas por su opción sexual; o cuánto hay de verdad y cuánto de hipocresía en la total negación de la identidad homosexual por aquellos sujetos que declaran abiertamente que no son homosexuales, ni gays, ni lesbianas, sino que sencillamente tienen una preferencia sexual por personas de su mismo sexo sin que ello les afecte lo más mínimo en su vida.

 

            Heteroidentidad

            Antes de comenzar siquiera a considerar las diferentes posiciones y discursos surgidos en torno a la identidad homosexual es preciso dejar constancia de un hecho que se suele pasar por alto, tal vez por ser, en el fondo, tan obvio. A saber, que jamás partimos de cero; que no se trata de decidir si queremos o no queremos, si es o no conveniente forjar, fomentar y consolidar una identidad homosexual o si, por el contrario, lo más beneficioso para nosotros es que tal identidad homosexual no exista en absoluto. Porque la identidad homosexual en nuestro contexto histórico-cultural existe ya desde siempre. La homosexualidad y el o la homosexual son instancias que preexisten a nuestro debate, en cuya definición y estabecimiento no hemos podido tomar parte porque estaban ya ahí antes que nosotros. El mito de la no-identidad, la creencia de que los y las homosexuales no comparten identidad alguna es tan sólo eso, un mito, un acto de fe. Se podrá o no estar de acuerdo con lo que el término “homosexualidad” implica pero es absurdo pretender que no existe y que no influye en la vivencia que cada cual tenga de sí mismo a nivel personal y/o colectivo.

            Lo queramos o no, al venir al mundo o al ingresar, cuando y como sea, en el mundo de la homosexualidad, inmediatamente heredamos o se nos impone una identidad previamente constituida, una etiqueta que dice muchas cosas sobre nosotros aunque nosotros no hayamos dicho ni hecho ninguna de esas cosas que se nos atribuyen. Esto no es un estigma que tengamos en propiedad gays y lesbianas. Le pasa a todo el mundo: existen identidades predeterminadas acerca de todo, prejuicios que no dejan nada ni nadie sin clasificar, v.g.: la andaluza vaga y folclórica pero encantadora, la catalana roñosa y burguesa pero trabajadora, la castellanoleonesa cerrada y seca pero honesta, los guapos tontos, los feos simpáticos, etc. Esto supuesto, se tratará entonces, en el mejor de los casos, de cuestionar o desmontar o fortalecer el prejuicio pero nunca pretender que no existe o hacer como si no existiera. Normalmente, quien decide que no es homosexual o gay o lesbiana, la única estrategia que sabe poner en marcha es negar repetidas veces, tres y trescientas, este hecho mientras el gallo cacarea incesante su traición para que el coro de gallinas quede advertido y comente con guasa que fulanito o menganita, además de homosexual, es una absurda.

            A nadie le gusta que su identidad, algo supuestamente personal e intransferible, le venga dada de fuera como heteroidentidad y que no pueda hacer nada para cambiarla. Por mucho que uno se esfuerce en dejar de ser sevillano o baturro, algo siempre queda y al hacer amigos en círculos nuevos uno se da cuenta, desolado, de que debe iniciar todo el trabajo de desmontaje del prejuicio desde el comienzo otra vez. Y si es gay o lesbiana, lo mismo. Es una tarea incesante y agotadora. Aunque, si nos hemos dado cuenta, ni siquiera nos quedan ya energías, empeñados en desmantelar mínimamente los equívocos a los que conduce la etiqueta social de “homosexual”, cuando aún no hemos empezado ni remotamente a hablar de identidad, a plantearnos el problema de construirnos nuestra propia identidad a partir de un discurso riguroso o si preferimos, una vez echado por tierra provisionalmente el prejuicio de la “homosexualidad”, dejarnos de historias y no definirnos como nada ni pertenecer a colectividad o grupo alguno porque eso de las identidades y afinidades no va con nosotros, espíritus libres.

            Una comparación con nuestros vecinos heterosexuales quizás pueda resultar esclarecedora sobre el asunto de por qué la identidad se convierte para nosotros en algo tan básico, incluso inevitable, por mucho que pretendamos comportarnos como si nos resultara completamente ajeno. Y digo vecinos heterosexuales porque, cenando tranquilamente mientras debatíamos sobre este tema, en uno de esos momentos de privacidad absoluta de los que uno disfruta mientras roe con insistencia una costilla con salsa barbacoa, interrogándose si no habrá en ello alguna reminiscencia adámica reprimida que aflora como parte de nuestro inconsciente heterosexual colectivo, alcé la vista más allá de los despojos bovinos sabiamente aderezados que tenía frente a mí y pude fijarme en los vecinos, empeñados en labor semejante e igual de nutritiva que la mía. Dos parejas, que me figuré heterosexuales, que me figuré no hablaban en absoluto sobre su identidad heterosexual y que, también me lo figuré, puede ser que jamás hubieran hablado de ello ni, por supuesto, lo harían nunca. Me sentí distinto de ellos sólo por este detalle, porque a mí me preocupaba mi identidad como homosexual y a ellos su identidad heterosexual parecía traerles al fresco.

            La despreocupación (figurada) de mis amables vecinos por su identidad no me pareció en absoluto equiparable a la despreocupación de algunos homosexuales por la suya. La espontaneidad y naturalidad de ese desinterés no son las mismas. Las consecuencias tampoco lo son. Incluso el no poder darse cuenta mis vecinos de que podrían estar planteándose preguntas sobre la identidad heterosexual y no lo hacían también es diferenciador. ¿Sabe el lagarto que es lagarto? ¿Sabe el delfín que es delfín? ¿Sabe el ciprés que es ciprés? El grado de autoconciencia del heterosexual qua heterosexual parece discurrir asimismo por estos tranquilos derroteros de no hacerse preguntas estúpidas. Que yo, mi novio que comía conmigo, el amigo con quien escribo este libro y muchos y muchas como nosotros tres nos interroguemos y quebremos la cabeza acerca de nuestra identidad no tiene nada que ver con un supuesto mayor grado de autoconciencia y reflexividad que el de los lagartos, delfines, cipreses o heterosexuales. La respuesta ha de estar en otro sitio y la capacidad de reflexión y autoconciencia de los homosexuales ha de ser puesta, cuando menos y provisionalmente, entre paréntesis.

            ¿Acaso no existe una identidad heterosexual, una heteroidentidad heterosexual que, como nosotros, también ellos reciban nada más venir al mundo o ingresar en el mundo heterosexual? Efectivamente sí. Venir al mundo y recibir una heteroidentidad heterosexual es prácticamente lo mismo. Como comentó en una ocasión Judith Butler, nadie nace y recibe una heteroidentidad homosexual: “Señora, ha dado usted a luz una lesbiana de tres kilos y cincuenta gramos”. A lo mejor sólo por esto nos encontraremos más tarde a esa misma lesbiana royendo costillas en un restaurante cualquiera haciéndose algunas curiosas preguntas. Por tener que desembarazarnos de la presunción de heterosexualidad universal, lo que se ha dado en llamar “heterosexualidad obligatoria”, llega un momento en que nos planteamos cómo rellenar ese hueco, encontrándonos con que ya está relleno con una supuesta “homosexualidad obligatoria” por el hecho de haber renegado de la atribución primera. Teniendo que vaciar otra vez el hueco y, por fin, rellenarlo como más nos guste o dejarlo vacío, vivir con la ilusión de que está vacío cuando no lo está nunca.

            Decíamos que existe una identidad heterosexual. Y que dicha identidad también viene impuesta desde fuera. La primera diferencia estriba en que esa heteroidentidad no lo es tanto porque son los propios heterosexuales quienes la han promovido y establecido a su imagen y semejanza, así que, en cierta medida, se sienten menos incómodos siendo sus portadores, llegando a identificarse más o menos con ella. Tal vez haya algunos pocos heterosexuales que no se reconozcan en esta etiqueta y que también discutan a su modo la existencia de una identidad heterosexual que no comparten. Ese día no fueron a cenar al mismo restaurante que yo. Sea como fuere, la heterosexualidad se ha constituido históricamente como identidad, puede ser que contingente, aunque hegemónica y normativa. Ha englobado una serie de caracteres definitorios de lo que ha de ser el varón y la hembra heterosexual ciertamente muy positivos en su mayoría (las mujeres, también muchas de ellas disconformes, andan asimismo a la greña con esto de las etiquetas impuestas desde el pasado). Tanto ha englobado que podríamos decir que casi cualquier rasgo de carácter, cualquier predicado (bueno) atribuible a un sujeto, es heterosexual. La identidad heterosexual parece serlo todo y abarcarlo todo. Tiene la apariencia de un todo homogéneo y sin fisuras, una totalidad que ha excluido de su interior lo no-heterosexual y lo ha llamado, por ejemplo, “homosexual”.

            Sin embargo, las cosas no son tan simples. Considerar que la heterosexualidad lo es todo, menos algunos que somos el resto, es creer en lo que se nos quiere hacer creer. La identidad heterosexual no es un todo homogéneo ni tiene la solidez y firmeza que aparenta. Considerarla una plaza fuerte amurallada que habría que tomar al asalto es participar de su juego de dicotomías y exclusiones, de identidades construidas por oposición y repudio. La identidad heterosexual, a diferencia de la nuestra, más que por rasgos definitorios que tengan que poseer los individuos pertenecientes a esta categoría, se constituye a partir de negatividades, de cosas que un heterosexual jamás debe hacer, pensar, ni decir. De este modo, paradójicamente, la identidad heterosexual necesita de la identidad homosexual para tener alguna consistencia: heterosexual es lo no-homosexual, no tener pluma, no practicar el sexo con determinadas personas y de una forma concreta, vestir como no visten ellos, etc. Heterosexual no es quien se siente atraído por el sexo diferente del suyo, sino quien no se acuesta con gente de su mismo sexo, quien no se traviste, etc. El heterosexual está siempre inscrito dentro del imperio de la ley y de la prohibición. Para ser hetero basta con no transgredir ciertos dogmas y mandamientos: en cierto modo, si te quedas en casa y no haces nada ni te juntas con nadie y no vas a ninguna parte y estás parado, si tu vida se caracteriza por la inactividad más absoluta y la pasividad más reclacitrante, entonces, sin duda, eres heterosexual. Para ser homosexual, sin embargo, hay que hacer ciertas cosas, hay que cumplir con un mínimo de requisitos indispensables. Hace falta bastante actividad y poner mucho de tu parte para ingresar en esta categoría, incluso hay que llegar a llamar la atención porque, de lo contrario, podrían confundirte con un heterosexual.

            Una de las paradojas que conlleva la identidad es que hay que cumplir con las prescripciones que impone dicha identidad: hacer todos más o menos lo mismo para que se nos pueda identificar y establecer entre nosotros algún parecido. Por eso hay tanto gay y tanta lesbiana que no se consideran idénticos a nadie ni quieren ser confundidos con nadie. Como si pertenecer a un grupo fuera necesariamenete un estigma. Nunca he visto a un heterosexual indignado porque lo llamaran así. Queda por explicar por qué tantos gays conservadores corren asustados ante la eventualidad de que alguien crea que ellos son como Paco Clavel, Freddy Mercury, Shangay Lili o Boris Izaguirre cuando ningún heterosexual de izquierdas  hace lo mismo temeroso de que lo identifiquen con Tony Blair, Concha Velasco, Victoria Abril o El Cordobés por el mero hecho de compartir la misma orientación sexual. En el fondo, en esto de las identidades, parece imperar la estética drag, a saber, una ridiculización de un supuesto canon primigenio que dice cómo deberíamos ser los homosexuales y los heterosexuales, pero que nadie cumple y cada cual es homo o hetero a su manera. Lo mismo que las drag llevan a cabo una operación de crítica del canon femenino reduciéndolo al esperpento por imposible de cumplir incluso siendo mujer, el macho hispánico pecholobo cumple el mismo papel y, a su modo, hace de drag del canon heterosexual del varón, resultando igualmente risible, pero sin intencionalidad política el pobre y con mucho menos arte. Al final, va a resultar que la identidad homo y heterosexual no son sino entelequias fantaseadas por unos y otros, la supuesta originalidad y originariedad del homosexual homosexual y del heterosexual heterosexual de las que ni siquiera seríamos malas imitaciones porque ese pretendido patrón originario ni siquiera existe. Lo más sensato a la hora de identificarnos como homos o heteros no es preguntarse a quién estoy imitando, a qué me estoy pareciendo, qué pautas estoy siguiendo, si estoy desplegando fenotípicamente mi gen Xq28 o si me estoy construyendo como homosexual. Lo más oportuno será ver en cada momento la utilidad política de cada acto y la conveniencia de este uso práctico o este otro de nuestra identidad o si, por el contrario, es mejor negarla frente a este interlocutor homofóbico que cree que todos somos iguales.

 

 

            Un debate muy eighties: esencialismo versus constructivismo

 

            Con esto de las identidades se corre siempre el riesgo de lo que aquí podríamos bautizar técnicamente como la paradoja de Charlot. Dicha paradoja consistiría en que el Charlot original, Charles Chaplin, se parecería bastante menos a Charlot, o sea, a sí mismo, que mucha otra gente. En efecto, se dice como cosa verdaderamente acontecida, que Charles Chaplin gustaba de presentarse a los por entonces muy populares concursos de Charlot en los que un jurado determinaba quién de los concursantes se parecía más físicamente e imitaba mejor al célebre humorista. Pues bien, a uno de estos concursos acudió Charles Chaplin y quedó el tercero. Como diría el filósofo francés Jacques Derrida, la copia es antes que el original, incluso en un concurso de a ver quién es más original, si el original o la copia, gana la copia, otra copia queda en segundo lugar y el original queda en una deshonrosa tercera posición. Se ve que Charlot no andaba muy fino aquel día y no se parecía mucho a sí mismo. Si hiciéramos un concurso parecido a ver quién es más homosexual o más heterosexual, para empezar no se sabe muy bien qué criterios estableceríamos (ni siquiera una investigación psicológica provista de interminables baterías de tests parecería ser de mucha ayuda)  y, si llegáramos a ponernos de acuerdo, ¿seguro que los ganadores serían prototipos de su categoría?, ¿no se nos colaría alguna marica o algún bollo entre los diez primeros varones y hembras heterosexuales y al revés? Lo mismo ganaban cuatro transexuales: al mejor gay, a la mejor lesbiana, al mejor varón y a la mejor hembra heterosexual. Las actas de semejante concurso, manuscritas es un libro de pastas carmesí, tampoco aportarían mucho al problema de las identidades y, como siempre, quedaría demasiada gente inclasificable y mucha otra enfadada porque no las dejaron concursar en todas las categorías simultáneamente.

            Bromas aparte, pero sin menospreciar el sesudo trasfondo de cada una de estas bromas, el problema de la identidad, muy vinculado con el de la etiología y llegando a confundirse ambos, salta siempre a la palestra cuando hay una realidad que se considera molesta, peligrosa o indeseable y se quiere acabar con ella. Por ello, aunque tal vez la identidad heterosexual exista, no constituye un motivo de debate público ni tiene relevancia política, jurídica, sociológica o psicológica alguna. Nadie quiere acabar con ella así que nadie se pregunta acerca de la identidad ni de la etiología de la heterosexualidad. Desbarremos un poco. No sucedió lo mismo con el problema que en su día supusieron y aún hoy suponen los perros de presa: rodweilers, dogos argentinos y pitbulls a la cabeza. ¿Es su identidad innata o adquirida? ¿Son así genéticamente o su comportamiento es fruto de la educación? ¿Realmente existe una identidad pitbull? ¿Son todos los pitbulls iguales? ¿Los censamos? Esta serie de preguntas no surge por azar. Nunca se habían planteado. Sólo que un buen día alguien decidió que los perros de presa constituían un problema que había que erradicar y con el que había que terminar definitivamente. Y para luchar contra un problema lo primero que se hace es identificarlo e indagar sus causas. La cuestión de la identidad, lo que conduce a investigar las causas, surge como una necesidad impuesta por la voluntad de exterminio o, digámoslo más suavemente, de control, de aquél que la suscita. Sólo un espíritu genocida es el que instila la necesidad de averiguar si la homosexualidad es un todo homogéneo y si es innata o adquirida para acabar con ella y con nosotros como con los pobres (algunos no tan pobres) pitbulls. Todos iguales, todos diferentes. Dijimos que íbamos a acabar con las bromas y lo hemos hecho: que nadie se tome a broma la comparación con los pitbulls. La analogía es tan brutal que tal vez pueda herir la sensibilidad de algún lector o provocar en otros una defensiva risa histérica. De momento los están censando, fichando y pasando un test a la familia que los acoge en su seno, responsable de su existencia y de haberlos educado así.

            La pregunta sobre la identidad homosexual no puede de este modo surgir nunca de los gays ni de las lesbianas. Es algo que debe traerles al fresco. Que a mí me trae al fresco. Participar en este debate es sólo una necesidad surgida a posteriori para paliar en la medida de lo posible sus nefastas consecuencias. Pero es un debate que no es nuestro y en el que tan sólo tomamos parte para que las cosas no vayan a peor. Los únicos individuos que pueden tener un mínimo interés o un exacerbado interés en saber si la homosexualidad es innata o adquirida y, a partir de aquí, deducir si existe o no una “identidad homosexual” sólo pueden ser heterosexuales homofóbicos deseosos de acabar con todos los gays y lesbianas de la tierra y prevenir en el futuro el nacimiento de muchos otros. La utilidad de saber si la homosexualidad es un rasgo heredado genéticamente se traduce de inmediato en la posibilidad de desarrollar una higiénica política eugenésica cuando las circunstancias lo permitan. Si se descubriera que la homosexualidad se localiza en el lóbulo frontal o que se aloja más bien en la parte baja del páncreas bastaría con extirpar una u otra parte del individuo en cuestión o, mejor dicho, en persecución. Caso de averiguarse que se debe a una determinada configuración familiar o a una educación singular, se atacaría el problema desde los más variados tratamientos psicológicos y psiquiátricos y se podría asimismo establecer una política educativa adecuada para evitar que los niños se descarríen. Si no se sabe la causa a ciencia cierta, siempre cabe el genocidio a gran escala, sólo que el problema se reproducirá años más tarde. En cualquier caso, jamás se trataría de mera curiosidad científica. La curiosidad científica es un mito en cuyo nombre se han cometido las mayores monstruosidades del mundo moderno. Cuando alguien quiere llevar a cabo una felonía de largo alcance, lo más aséptico es poner como excusa la curiosidad científica. ¿Hay algún científico que haya tenido la curiosidad científica de investigar el por qué de la curiosidad científica? ¿En qué parte del cerebro se aloja? ¿Influye la calidad buena o mala de la leche materna en el grado de curiosidad científica que desarrollará el bebé? Sí ha habido quien investigue este tema y, normalmente, la curiosidad científica tiene mucho que ver con las subvenciones estatales, de multinacionales o de grupos de presión que hacen que, en un momento dado, la curiosidad se despierte y discurra por estos senderos más bien que por estos otros. Pero no es éste el lugar para extenderse acerca de los peligros de la ciencia y sus buenos usos y abusos.

            En esta polémica, ya iniciada desde el despertar de las ciencias hace mucho tiempo, vino a inscribirse, como un litigante más y como parte afectada e interesada en el asunto, el movimiento homosexual. Pero su participación en dicho debate no se debía a la curiosidad, ya que el resultado de las discusiones no iba a cambiar en absoluto su manera de vivirse y sentirse homosexual, sino que se debía y se debe a la necesidad de reorientar dicho debate, de posicionarse estratégicamente y de inventar tácticas de liberación desde un polo u otro de la discusión. Los estudios gays y lésbicos entraron pues en el debate acerca de la etiología de la homosexualidad, inclinándose parte de ellos del lado de la posición esencialista o naturalista  y otra parte del lado de lo que se vino a llamar el constructivismo. Posicionamientos que, claro está, influyeron en lo que uno y otro grupo entendieron por “identidad”.

            El esencialismo da una visión de la homosexualidad como una entidad más o menos constante a lo largo del tiempo y un hecho del que se pueden rastrear rasgos comunes a lo largo de la historia y de las diferentes culturas. En cierto modo, la homosexualidad vendría a ser una “esencia” con un núcleo irreductible invariable que permitiría calificar de homosexuales a sujetos y relaciones en los más diferentes puntos del globo y en situaciones históricas y culturales por completo diferentes. Naturalmente, dentro de lo que se podrían denominar posiciones esencialistas existe un amplio abanico de posturas, desde las más radicales que defenderían un concepto de esencia a prueba de cualquier relativismo cultural, histórico o social y otras que introducirían modificaciones en dicha esencia, haciéndola más susceptible a variaciones y cambios y evitando transposiciones absurdas que equipararan sin más la homosexualiad de Sócrates, la de Shakespeare y la de Elton John, por ejemplo. El esencialismo tiene asimismo tendencia a buscar una causa común para el fenómeno de la homosexualidad ya sea desde el lado de la psicología del individuo, su constitución psíquica o desde su fisiología, del lado de la genética. De este modo, dentro del vocabulario particular de esta posición teórica, hablarán de la homosexualidad como de una “orientación” o una “tendencia”, vinculándola con la naturaleza física, biológica o psíquica del individuo y como tal, independiente de la voluntad de éste al ser una manifestación más, como cualquier otra, de su naturaleza o de su esencia que, necesaria e inevitablemente, ha de producirse, lo quiera o no el sujeto.

            El constructivismo, por su parte, no considera la homosexualidad como una sustancia fija e inamovible, sino que, por supuesto, varía hasta hacerse irreconocible de un período a otro de la historia y de un emplazamiento geográfico a otro. Frente al énfasis que el esencialismo ponía en la naturaleza, aquí la clave será lo que en todo momento hay de cultural en la homosexualidad como una entidad construida socialmente. Es importante no confundir el postulado constructivista con un voluntarismo extremo del sujeto libre que configuraría su propia sexualidad artificialmente sin influjo alguno de su entorno. Todo depende de las relaciones políticas, sociales, económicas, institucionales que determinan en un momento dado el entramado de una sociedad y los diferentes roles, espacios de poder, comportamientos y conductas a que ello da lugar, entre ellas, la homosexualidad. Todas estas variables conforman al sujeto homosexual y hacen surgir en un determinado contexto la aparición de un término, de un concepto, que dé cuenta del lugar que determinados individuos ocupan en el organigrama social. Así, por ejemplo, no será lo mismo la pederastia en Grecia, que la sodomía en la Edad Media, que la homosexualidad en el XIX o los gays y lesbianas de nuestros días: rastrear entre estos diversos fenómenos una raíz común es algo que se antoja no sólo imposible, sino carente de todo rigor científico y, en último extremo, absurdo, al pretender imponer a toda la historia de la humanidad una categoría, la homosexualidad, nacida en un contexto histórico muy determinado, la Europa de fines del XIX, sólo válida para este período y dentro de sus fronteras. Decir que Sócrates era gay se revela tan absurdo como pretender que, políticamente, perteneciera al centro reformista. El constructivismo tenderá a hablar de “preferencia” u “opción” sexual a la hora de referirse a la homosexualidad, evitando de este modo el anclaje en la naturaleza o en lo irrecusable de la pulsión de trasfondo biológico de los esencialistas.

            Esta podría ser una caracterización de los planteamientos teóricos en conflicto, hecha naturalmente muy a prisa y sin poder detenernos excesivamente en demasiados detalles. Pero, en cierto sentido, tampoco valdría mucho la pena hacerlo ya que, como hemos señalado, es un debate que, con el tiempo, se ha mostrado, cuando baldío o carente de interés, sí inútil, si no se retomaba desde el punto de vista político. A saber, en qué medida una y otra posición, aparte de poder servir a intereses higiénicos de la sociedad por librarse de la “lacra” de la homosexualidad, puede servir al movimiento de gays y lesbianas en la lucha por sus derechos, contra la discriminación y como estrategia liberadora de conjunto.

           

 

            El valor de uso de la identidad

 

            El agotamiento de la polémica esencialismo versus constructivismo no sólo ha tenido repercusiones a nivel teórico, sino que también se ha dejado sentir dentro de los colectivos homosexuales de los que había surgido, los cuales, viendo el callejón sin salida al que los estaba conduciendo esta querella, han tenido que reorientar sus tácticas políticas y discursivas. Volviendo, a menudo y lamentablemente, a presupuestos muy anteriores a esta disputa teórica y que, perteneciendo al siglo pasado, se quieren hacer pasar por novedosos. Sin embargo, antes de comentar más pormenorizadamente esta incipiente política de borrón y cuenta nueva, de olvido apresurado de la historia, de oportunismo facilón, de culpable ignorancia de lo que las posturas esencialistas y constructivistas y sus respectivas estrategias de liberación pusieron de relieve, veamos en qué consisten éstas y cuál es el rendimiento político de una y otra opción.

            El esencialismo edifica su labor reivindicativa desde una larga historia de siglos y, dada la esencialidad de lo homosexual, tiene más fácil encontrar referentes históricos bien sea de liberación, integración y tolerancia, bien de discriminación y persecución. La palabra clave del esencialismo en este campo es “diferencia”. En efecto, si la homosexualidad es una esencia, si tiene que ver con la naturaleza biológica o psíquica del individuo y es, por así decirlo, inevitable, los sujetos homosexuales son por ello mismo, diferentes al resto. Su esencia, es decir, su identidad es distinta y debe ser respetada en su diferencia. De ahí se pasará a un asociacionismo en virtud de esta identidad esencial que los hace diferentes a los demás pero que los hace iguales entre sí. Cualquier medida que pretendiera una reeducación del instinto o del deseo homosexual se verá como una amenaza a la propia integridad personal pues es un ataque directo a la propia naturaleza inmodificable. Los derechos y libertades serán reivindicados desde esta especificidad propia y se reclamará asimismo una protección y una defensa del grupo como tal, que jamás podrá diluirse en el todo social, precisamente por su diferencia, en todo punto irrenunciable.

            El constructivismo, por su lado, hará hincapié en lo particular de cada situación concreta y será reacio a transplantar, sin más, estrategias de liberación de un período a otro de la historia o importar tácticas de uno a otro continente, procedimiento cuyos efectos podrían resultar violentamente desastrosos. El término clave del constructivismo será el postulado de la “igualdad”, ya que los sujetos no están diferenciados por una dotación biológica o natural en cuanto a su sexualidad, contemplada, como recordaremos como “preferencia” u “opción”. El asociacionismo para reivindicar los propios derechos no se hará así en virtud de una esencia diferente compartida, sino que responderá a la necesidad de luchar como grupo contra un régimen de control opresivo, unas instituciones y leyes discriminatorias. La identidad homosexual nacerá de este modo también como proyecto político, como necesidad eventual de formar una comunidad, un grupo reivindicativo y así tener más fuerza frente a las instancias de poder. Dentro de la identidad homosexual, que se postula como factor de cohesión frente a una agresión externa, subsistirán así una multitud de diferencias económicas, de clase, de raza, de deseos polimorfos, sólo agrupadas temporalmente bajo el imperativo de la lucha política.

            Existen múltiples combinaciones de uno y otro paradigma, vinculando la igualdad y la orientación o la diferencia y la opción sexual, así como el discurso, del que hasta ahora no hemos hablado, que propone abiertamente la disolución de todas las categorías y etiquetas. Dicho discurso ha existido desde siempre pero se ha visto reactivado como reacción contra la polémica que venimos exponiendo, en parte por estar en completo desacuerdo con el postulado de la identidad homosexual desde el esencialismo o el constructivismo, en parte por hastío y por no tener nada mejor que ofrecer. Las críticas de quienes defienden la disolución de las categorías sexuales frente a la defensa de una identidad homosexual como esencia o como proyecto político suelen estar dirigidas contra los postulados esencialistas y en esto se solapan con el constructivismo. Pero las objeciones más interesantes son las que se centran en lo que el discurso identitario pueda tener paradójicamente de discriminador queriendo ser una opción liberadora. Postular una identidad homosexual, unos rasgos comunes, unas afinidades, por muy débiles y fluctuantes que sean, puede implicar el establecimiento y la consolidación de un “canon”, de un “modelo” de homosexual en el que quizás no quepan las innumerables diferencias que representa cada sujeto en particular. La identidad gay y lésbica puede resultar, a juicio de esta opinión, peligrosametne homogeneizadora. El proyecto identitario, en efecto, requiere de una “educación” de todos sus partidarios y hacerles pasar por el aro de la identidad, interfiriendo en sus opciones y hábitos sexuales. Ser partícipe de la identidad homosexual tiene como requisito indispensable un “aprendizaje” y un “entrenamiento” para llegar a ser un gay o una lesbiana comprometidos y políticamente activos. Por otra parte, cabe señalar que ello es así en cualquier otra asociación, club o colectivo deportivo, cultural, sindical o de lo que se quiera. La insistencia en la identidad puede acarrear, además, una cierta automarginación del resto de la sociedad y la reclusión en el propio gueto. Asimismo, continúan argumentando quienes postulan por la disolución de las categorías, insistir en la propia diferencia, tal vez implique facilitar la estigmatización y el etiquetado desde fuera, lo que, a su vez, puede generar una heterofobia como contrapartida.

            No debemos ni podemos ocultar nuestro rechazo a estas insustanciales críticas que se caen por su propia inconsistencia. Si ser de determinado equipo de fútbol o de un partido político en especial no genera automarginación, no vemos por qué habría de ser automarginador declararse gay o lesbiana. La marginación más bien procede de fuera. Y para evitar la estigmatización y la discriminación, la solución no está en no declararse homosexual y volver al armario, sino en luchar para que las cosas cambien un poco. Plantear como tarea política inmediata para los gays y lesbianas la disolución de las categorías y la renuncia a la identidad es una propuesta que no se sostiene. Para empezar, sin identidad y con todas las categorías disueltas, nos quedamos sin fuerza política ¿En virtud de qué nos agruparíamos si todos somos individuos no agrupables bajo categoría alguna?, ¿estamos hablando de una lucha unipersonal? Eso poco o nada tiene que ver con la política y menos con resultados.

            La identidad es la única forma de resistencia colectiva y la única forma de poder establecer un frente común. Salvo sea decir que todo lo que se ha conseguido en lo referente a derechos y libertades ha sido aportación de los colectivos que, en su momento, apostaron por la identidad. Disolver las categorías es reducir la homosexualidad de nuevo a la esfera de lo privado, íntimo y personal. Y la homofobia institucionalizada y social se disgrega entonces en actos vandálicos aislados contra individuos: la disolución de categorías lo único que consigue es disfrazar la represión, la discriminación y la homofobia de ataques esporádicos contra sujetos individuales que nada tienen que ver entre sí. Creemos además que este postulado peca gravemente de insolidaridad y egoísmo y nace de los estratos más favorecidos y privilegiados de la sociedad a los que les resulta muy fácil tener prácticas de tipo homosexual sin considerarse por ello gays o lesbianas, pues jamás sufrirán las consecuencias de serlo al estar blindados económica y socialmente contra cualquier forma de discriminación. La disolución de las categorías parece convenir sospechosamente a la burguesía más acomodada, que se permite las relaciones sexuales con personas del mismo sexo como un entretenimiento de lujo.

            En fin, quizás lo más grave de este planteamiento sea lo atractivo que pueda resultar por lo que tiene de promesa de un mundo perfecto y feliz. Todos estamos de acuerdo que en un mundo perfecto nadie necesitaría agruparse para luchar contra quienes quieren pisotearlo. El problema es que ese mundo no ha llegado ni llegará nunca y sólo una mente delincuente puede promover la creencia de que ese mundo perfecto es el que vivimos hoy en día, sin categorías, sin agresiones, sin discriminación, sin homosexuales, sin heterosexuales, sin blancos ni negros enfrentados. En el trasfondo de esta postura se esconde una falacia: las cosas no deberían ser así, luego no son así. El problema es que sí lo son y mientras tanto hay que hacer algo aparte de ser apóstoles del mundo feliz. Como decía la cita que encabeza este capítulo: no sé por qué hay homosexuales con lo bien que vivimos los heterosexuales. No sé por qué existe la identidad homosexual con lo bien que viviríamos sin identidades.

 

 

 

Texto originalmente publicado en el libro HOMOGRAFÍAS (Ricardo Llamas, Paco Vidarte. Espasa Calpe, Madrid, 2000).