IDENTIDAD
Por Paco Vidarte
Moverse y
salir en la foto: el tocino y la velocidad
“Yo no sé cómo hay gente de izquierdas
con
lo bien que vivimos los de derechas”
(Chiste de derechas)
El hecho de
hablar a todas horas del colectivo homosexual, de intentar dar una imagen de unidad
ante los medios de comunicación o las instancias políticas, o más bien, el
hecho de que desde las instancias de poder se nos unifique bajo el apelativo
genérico de la población homosexual o gay tiene como consecuencia el
establecimiento de una categoría: el o la o los o las “homosexuales” que
uniformiza, homogeneiza y hace más fácil el trato con lo que se considera a
partir de entonces un bloque uno y único con las mismas reivindicaciones,
inquietudes y aspiraciones. Ello, sin embargo, no necesariamente es así, dado
que dentro de eso que se llama lo “homosexual”, no sólo entran por igual gays y
lesbianas, sino también bisexuales, transexuales, drags, travestidos, pederastas y todo cuanto se quiera hacer caber
en este particular cajón de sastre. Buena muestra de lo anterior es el presente
libro. Basta con darse un ligero paseo por el índice a velocidad de tocino para
caer en la cuenta de lo estrechos que se quedan los parámetros de “la
homosexualidad” o “los maricones” a la hora de querer establecer un concepto
unitario e idéntico en el que quepamos todos, todas y todo. Esta diversidad va
a tener implicaciones de muy diverso tipo, aparte de lo desquiciado de nuestro
índice y de lo irónico que pueda resultar hablar a estas alturas de
“identidad”, dado lo fragmentario de estas homografías.
La polémica en torno a la identidad, no es, sin embargo, una cuestión baladí.
Por un lado,
porque en lo tocante a lo que desde las instancias político-legales se refiere,
se borra de un plumazo cualquier tipo de diferencia entre los individuos que
pasan a ser etiquetados como formando parte de una misma clase que el poder se
inventa y cuya denominación impone. Desde otras instancias
ético-religioso-morales la denominación de origen homosexual es suficiente para
enmarcar dentro de ella todo lo relacionado con la perversión, el desorden en
la conducta y lo pecaminoso. Y, por último, porque dentro del propio colectivo,
surgen disputas acerca de si esa identidad que se nos impone desde fuera
realmente existe o no, si formamos un cuerpo social unitario o nos dividen más
cosas de las que nos unen; si hablar de un sujeto homosexual o de un sujeto
heterosexual tiene algún sentido, como no sea porque se ha producido una
inflación de todo lo relativo al sexo y al poder estructurador que éste se
supone tiene en la personalidad y el carácter de los individuos. O por qué se
suele hablar con más frecuencia del sujeto homosexual que del heterosexual,
como si la homosexualidad influyera más que su contraria en la conformación de
las personas o como si el homosexual fuera un ser hipersexualizado, cuyos
comportamientos, actitudes, capacidades y habilidades se centraran en y se
vieran gobernadas por su opción sexual; o cuánto hay de verdad y cuánto de
hipocresía en la total negación de la identidad homosexual por aquellos sujetos
que declaran abiertamente que no son homosexuales, ni gays, ni lesbianas, sino
que sencillamente tienen una preferencia sexual por personas de su mismo sexo
sin que ello les afecte lo más mínimo en su vida.
Heteroidentidad
Antes de
comenzar siquiera a considerar las diferentes posiciones y discursos surgidos
en torno a la identidad homosexual es preciso dejar constancia de un hecho que
se suele pasar por alto, tal vez por ser, en el fondo, tan obvio. A saber, que
jamás partimos de cero; que no se trata de decidir si queremos o no queremos,
si es o no conveniente forjar, fomentar y consolidar una identidad homosexual o
si, por el contrario, lo más beneficioso para nosotros es que tal identidad
homosexual no exista en absoluto. Porque la identidad homosexual en nuestro
contexto histórico-cultural existe ya
desde siempre. La homosexualidad y el o la homosexual son instancias que
preexisten a nuestro debate, en cuya definición y estabecimiento no hemos
podido tomar parte porque estaban ya ahí antes que nosotros. El mito de la
no-identidad, la creencia de que los y las homosexuales no comparten identidad
alguna es tan sólo eso, un mito, un acto de fe. Se podrá o no estar de acuerdo
con lo que el término “homosexualidad” implica pero es absurdo pretender que no
existe y que no influye en la vivencia que cada cual tenga de sí mismo a nivel
personal y/o colectivo.
Lo queramos
o no, al venir al mundo o al ingresar, cuando y como sea, en el mundo de la
homosexualidad, inmediatamente heredamos o se nos impone una identidad
previamente constituida, una etiqueta que dice muchas cosas sobre nosotros
aunque nosotros no hayamos dicho ni hecho ninguna de esas cosas que se nos
atribuyen. Esto no es un estigma que tengamos en propiedad gays y lesbianas. Le
pasa a todo el mundo: existen identidades predeterminadas acerca de todo,
prejuicios que no dejan nada ni nadie sin clasificar, v.g.: la andaluza vaga y
folclórica pero encantadora, la catalana roñosa y burguesa pero trabajadora, la
castellanoleonesa cerrada y seca pero honesta, los guapos tontos, los feos
simpáticos, etc. Esto supuesto, se tratará entonces, en el mejor de los casos,
de cuestionar o desmontar o fortalecer el prejuicio pero nunca pretender que no
existe o hacer como si no existiera. Normalmente, quien decide que no es
homosexual o gay o lesbiana, la única estrategia que sabe poner en marcha es
negar repetidas veces, tres y trescientas, este hecho mientras el gallo cacarea
incesante su traición para que el coro de gallinas quede advertido y comente
con guasa que fulanito o menganita, además de homosexual, es una absurda.
A nadie le
gusta que su identidad, algo supuestamente personal e intransferible, le venga
dada de fuera como heteroidentidad y
que no pueda hacer nada para cambiarla. Por mucho que uno se esfuerce en dejar
de ser sevillano o baturro, algo siempre queda y al hacer amigos en círculos
nuevos uno se da cuenta, desolado, de que debe iniciar todo el trabajo de
desmontaje del prejuicio desde el comienzo otra vez. Y si es gay o lesbiana, lo
mismo. Es una tarea incesante y agotadora. Aunque, si nos hemos dado cuenta, ni
siquiera nos quedan ya energías, empeñados en desmantelar mínimamente los
equívocos a los que conduce la etiqueta social de “homosexual”, cuando aún no
hemos empezado ni remotamente a hablar de identidad, a plantearnos el problema
de construirnos nuestra propia identidad a partir de un discurso riguroso o si
preferimos, una vez echado por tierra provisionalmente el prejuicio de la
“homosexualidad”, dejarnos de historias y no definirnos como nada ni pertenecer
a colectividad o grupo alguno porque eso de las identidades y afinidades no va
con nosotros, espíritus libres.
Una
comparación con nuestros vecinos heterosexuales quizás pueda resultar
esclarecedora sobre el asunto de por qué la identidad se convierte para
nosotros en algo tan básico, incluso inevitable, por mucho que pretendamos
comportarnos como si nos resultara completamente ajeno. Y digo vecinos
heterosexuales porque, cenando tranquilamente mientras debatíamos sobre este
tema, en uno de esos momentos de privacidad absoluta de los que uno disfruta
mientras roe con insistencia una costilla con salsa barbacoa, interrogándose si
no habrá en ello alguna reminiscencia adámica reprimida que aflora como parte
de nuestro inconsciente heterosexual colectivo, alcé la vista más allá de los
despojos bovinos sabiamente aderezados que tenía frente a mí y pude fijarme en
los vecinos, empeñados en labor semejante e igual de nutritiva que la mía. Dos
parejas, que me figuré heterosexuales, que me figuré no hablaban en absoluto
sobre su identidad heterosexual y que, también me lo figuré, puede ser que
jamás hubieran hablado de ello ni, por supuesto, lo harían nunca. Me sentí
distinto de ellos sólo por este detalle, porque a mí me preocupaba mi identidad
como homosexual y a ellos su identidad heterosexual parecía traerles al fresco.
La
despreocupación (figurada) de mis amables vecinos por su identidad no me
pareció en absoluto equiparable a la despreocupación de algunos homosexuales
por la suya. La espontaneidad y naturalidad de ese desinterés no son las
mismas. Las consecuencias tampoco lo son. Incluso el no poder darse cuenta mis
vecinos de que podrían estar planteándose preguntas sobre la identidad
heterosexual y no lo hacían también es diferenciador. ¿Sabe el lagarto que es
lagarto? ¿Sabe el delfín que es delfín? ¿Sabe el ciprés que es ciprés? El grado
de autoconciencia del heterosexual qua
heterosexual parece discurrir asimismo por estos tranquilos derroteros de no
hacerse preguntas estúpidas. Que yo, mi novio que comía conmigo, el amigo con
quien escribo este libro y muchos y muchas como nosotros tres nos interroguemos
y quebremos la cabeza acerca de nuestra identidad no tiene nada que ver con un
supuesto mayor grado de autoconciencia y reflexividad que el de los lagartos,
delfines, cipreses o heterosexuales. La respuesta ha de estar en otro sitio y
la capacidad de reflexión y autoconciencia de los homosexuales ha de ser
puesta, cuando menos y provisionalmente, entre paréntesis.
¿Acaso no
existe una identidad heterosexual, una heteroidentidad
heterosexual que, como nosotros, también ellos reciban nada más venir al
mundo o ingresar en el mundo heterosexual? Efectivamente sí. Venir al mundo y
recibir una heteroidentidad heterosexual es prácticamente lo mismo. Como
comentó en una ocasión Judith Butler, nadie nace y recibe una heteroidentidad
homosexual: “Señora, ha dado usted a luz una lesbiana de tres kilos y cincuenta
gramos”. A lo mejor sólo por esto nos encontraremos más tarde a esa misma
lesbiana royendo costillas en un restaurante cualquiera haciéndose algunas
curiosas preguntas. Por tener que desembarazarnos de la presunción de
heterosexualidad universal, lo que se ha dado en llamar “heterosexualidad
obligatoria”, llega un momento en que nos planteamos cómo rellenar ese hueco,
encontrándonos con que ya está relleno con una supuesta “homosexualidad
obligatoria” por el hecho de haber renegado de la atribución primera. Teniendo
que vaciar otra vez el hueco y, por fin, rellenarlo como más nos guste o
dejarlo vacío, vivir con la ilusión de que está vacío cuando no lo está nunca.
Decíamos que
existe una identidad heterosexual. Y que dicha identidad también viene impuesta
desde fuera. La primera diferencia estriba en que esa heteroidentidad no lo es
tanto porque son los propios heterosexuales quienes la han promovido y
establecido a su imagen y semejanza, así que, en cierta medida, se sienten
menos incómodos siendo sus portadores, llegando a identificarse más o menos con
ella. Tal vez haya algunos pocos heterosexuales que no se reconozcan en esta
etiqueta y que también discutan a su modo la existencia de una identidad
heterosexual que no comparten. Ese día no fueron a cenar al mismo restaurante
que yo. Sea como fuere, la heterosexualidad se ha constituido históricamente
como identidad, puede ser que contingente, aunque hegemónica y normativa. Ha
englobado una serie de caracteres definitorios de lo que ha de ser el varón y
la hembra heterosexual ciertamente muy positivos en su mayoría (las mujeres,
también muchas de ellas disconformes, andan asimismo a la greña con esto de las
etiquetas impuestas desde el pasado). Tanto ha englobado que podríamos decir
que casi cualquier rasgo de carácter, cualquier predicado (bueno) atribuible a
un sujeto, es heterosexual. La identidad heterosexual parece serlo todo y
abarcarlo todo. Tiene la apariencia de un todo homogéneo y sin fisuras, una
totalidad que ha excluido de su interior lo no-heterosexual y lo ha llamado,
por ejemplo, “homosexual”.
Sin embargo,
las cosas no son tan simples. Considerar que la heterosexualidad lo es todo,
menos algunos que somos el resto, es creer en lo que se nos quiere hacer creer.
La identidad heterosexual no es un todo homogéneo ni tiene la solidez y firmeza
que aparenta. Considerarla una plaza fuerte amurallada que habría que tomar al
asalto es participar de su juego de dicotomías y exclusiones, de identidades
construidas por oposición y repudio. La identidad heterosexual, a diferencia de
la nuestra, más que por rasgos definitorios que tengan que poseer los
individuos pertenecientes a esta categoría, se constituye a partir de
negatividades, de cosas que un heterosexual jamás debe hacer, pensar, ni decir.
De este modo, paradójicamente, la identidad heterosexual necesita de la
identidad homosexual para tener alguna consistencia: heterosexual es lo
no-homosexual, no tener pluma, no practicar el sexo con determinadas personas y
de una forma concreta, vestir como no visten ellos, etc. Heterosexual no es
quien se siente atraído por el sexo diferente del suyo, sino quien no se
acuesta con gente de su mismo sexo, quien no se traviste, etc. El heterosexual
está siempre inscrito dentro del imperio de la ley y de la prohibición. Para
ser hetero basta con no transgredir ciertos dogmas y mandamientos: en cierto
modo, si te quedas en casa y no haces nada ni te juntas con nadie y no vas a
ninguna parte y estás parado, si tu vida se caracteriza por la inactividad más
absoluta y la pasividad más reclacitrante, entonces, sin duda, eres
heterosexual. Para ser homosexual, sin embargo, hay que hacer ciertas cosas,
hay que cumplir con un mínimo de requisitos indispensables. Hace falta bastante
actividad y poner mucho de tu parte para ingresar en esta categoría, incluso
hay que llegar a llamar la atención porque, de lo contrario, podrían
confundirte con un heterosexual.
Una de las
paradojas que conlleva la identidad es que hay que cumplir con las
prescripciones que impone dicha identidad: hacer todos más o menos lo mismo
para que se nos pueda identificar y establecer entre nosotros algún parecido.
Por eso hay tanto gay y tanta lesbiana que no se consideran idénticos a nadie
ni quieren ser confundidos con nadie. Como si pertenecer a un grupo fuera
necesariamenete un estigma. Nunca he visto a un heterosexual indignado porque
lo llamaran así. Queda por explicar por qué tantos gays conservadores corren
asustados ante la eventualidad de que alguien crea que ellos son como Paco
Clavel, Freddy Mercury, Shangay Lili o Boris Izaguirre cuando ningún
heterosexual de izquierdas hace lo mismo
temeroso de que lo identifiquen con Tony Blair, Concha Velasco, Victoria Abril
o El Cordobés por el mero hecho de compartir la misma orientación sexual. En el
fondo, en esto de las identidades, parece imperar la estética drag, a saber, una ridiculización de un
supuesto canon primigenio que dice cómo deberíamos ser los homosexuales y los
heterosexuales, pero que nadie cumple y cada cual es homo o hetero a su manera.
Lo mismo que las drag llevan a cabo
una operación de crítica del canon femenino reduciéndolo al esperpento por
imposible de cumplir incluso siendo mujer, el macho hispánico pecholobo cumple
el mismo papel y, a su modo, hace de drag
del canon heterosexual del varón, resultando igualmente risible, pero sin intencionalidad
política el pobre y con mucho menos arte. Al final, va a resultar que la
identidad homo y heterosexual no son sino entelequias fantaseadas por unos y
otros, la supuesta originalidad y originariedad del homosexual homosexual y del
heterosexual heterosexual de las que ni siquiera seríamos malas imitaciones
porque ese pretendido patrón originario ni siquiera existe. Lo más sensato a la
hora de identificarnos como homos o heteros no es preguntarse a quién estoy
imitando, a qué me estoy pareciendo, qué pautas estoy siguiendo, si estoy
desplegando fenotípicamente mi gen Xq28 o si me estoy construyendo como
homosexual. Lo más oportuno será ver en cada momento la utilidad política de
cada acto y la conveniencia de este uso práctico o este otro de nuestra
identidad o si, por el contrario, es mejor negarla frente a este interlocutor
homofóbico que cree que todos somos iguales.
Un debate muy eighties: esencialismo versus
constructivismo
Con esto de
las identidades se corre siempre el riesgo de lo que aquí podríamos bautizar
técnicamente como la paradoja de Charlot.
Dicha paradoja consistiría en que el Charlot original, Charles Chaplin, se
parecería bastante menos a Charlot, o sea, a sí mismo, que mucha otra gente. En
efecto, se dice como cosa verdaderamente acontecida, que Charles Chaplin
gustaba de presentarse a los por entonces muy populares concursos de Charlot en
los que un jurado determinaba quién de los concursantes se parecía más
físicamente e imitaba mejor al célebre humorista. Pues bien, a uno de estos
concursos acudió Charles Chaplin y quedó el tercero. Como diría el filósofo
francés Jacques Derrida, la copia es antes que el original, incluso en un
concurso de a ver quién es más original, si el original o la copia, gana la
copia, otra copia queda en segundo lugar y el original queda en una deshonrosa
tercera posición. Se ve que Charlot no andaba muy fino aquel día y no se
parecía mucho a sí mismo. Si hiciéramos un concurso parecido a ver quién es más
homosexual o más heterosexual, para empezar no se sabe muy bien qué criterios
estableceríamos (ni siquiera una investigación psicológica provista de
interminables baterías de tests
parecería ser de mucha ayuda) y, si
llegáramos a ponernos de acuerdo, ¿seguro que los ganadores serían prototipos
de su categoría?, ¿no se nos colaría alguna marica o algún bollo entre los diez
primeros varones y hembras heterosexuales y al revés? Lo mismo ganaban cuatro
transexuales: al mejor gay, a la mejor lesbiana, al mejor varón y a la mejor
hembra heterosexual. Las actas de semejante concurso, manuscritas es un libro
de pastas carmesí, tampoco aportarían mucho al problema de las identidades y,
como siempre, quedaría demasiada gente inclasificable y mucha otra enfadada
porque no las dejaron concursar en todas las categorías simultáneamente.
Bromas
aparte, pero sin menospreciar el sesudo trasfondo de cada una de estas bromas,
el problema de la identidad, muy vinculado con el de la etiología y llegando a
confundirse ambos, salta siempre a la palestra cuando hay una realidad que se
considera molesta, peligrosa o indeseable y se quiere acabar con ella. Por
ello, aunque tal vez la identidad heterosexual exista, no constituye un motivo
de debate público ni tiene relevancia política, jurídica, sociológica o
psicológica alguna. Nadie quiere acabar con ella así que nadie se pregunta
acerca de la identidad ni de la etiología de la heterosexualidad. Desbarremos
un poco. No sucedió lo mismo con el problema que en su día supusieron y aún hoy
suponen los perros de presa: rodweilers, dogos
argentinos y pitbulls a la cabeza.
¿Es su identidad innata o adquirida? ¿Son así genéticamente o su comportamiento
es fruto de la educación? ¿Realmente existe una identidad pitbull? ¿Son todos los pitbulls
iguales? ¿Los censamos? Esta serie de preguntas no surge por azar. Nunca se
habían planteado. Sólo que un buen día alguien decidió que los perros de presa
constituían un problema que había que erradicar y con el que había que terminar
definitivamente. Y para luchar contra un problema lo primero que se hace es
identificarlo e indagar sus causas. La cuestión de la identidad, lo que conduce
a investigar las causas, surge como una necesidad impuesta por la voluntad de
exterminio o, digámoslo más suavemente, de control, de aquél que la suscita.
Sólo un espíritu genocida es el que instila la necesidad de averiguar si la
homosexualidad es un todo homogéneo y si es innata o adquirida para acabar con
ella y con nosotros como con los pobres (algunos no tan pobres) pitbulls. Todos iguales, todos
diferentes. Dijimos que íbamos a acabar con las bromas y lo hemos hecho: que
nadie se tome a broma la comparación con los pitbulls. La analogía es tan brutal que tal vez pueda herir la
sensibilidad de algún lector o provocar en otros una defensiva risa histérica.
De momento los están censando, fichando y pasando un test a la familia que los acoge en su seno, responsable de su
existencia y de haberlos educado así.
La pregunta
sobre la identidad homosexual no puede de este modo surgir nunca de los gays ni de las lesbianas. Es algo que debe traerles al
fresco. Que a mí me trae al fresco. Participar en este debate es sólo una
necesidad surgida a posteriori para
paliar en la medida de lo posible sus nefastas consecuencias. Pero es un debate
que no es nuestro y en el que tan sólo tomamos parte para que las cosas no
vayan a peor. Los únicos individuos que pueden tener un mínimo interés o un
exacerbado interés en saber si la homosexualidad es innata o adquirida y, a
partir de aquí, deducir si existe o no una “identidad homosexual” sólo pueden
ser heterosexuales homofóbicos deseosos de acabar con todos los gays y
lesbianas de la tierra y prevenir en el futuro el nacimiento de muchos otros.
La utilidad de saber si la homosexualidad es un rasgo heredado genéticamente se
traduce de inmediato en la posibilidad de desarrollar una higiénica política
eugenésica cuando las circunstancias lo permitan. Si se descubriera que la
homosexualidad se localiza en el lóbulo frontal o que se aloja más bien en la
parte baja del páncreas bastaría con extirpar una u otra parte del individuo en
cuestión o, mejor dicho, en persecución. Caso de averiguarse que se debe a una
determinada configuración familiar o a una educación singular, se atacaría el
problema desde los más variados tratamientos psicológicos y psiquiátricos y se
podría asimismo establecer una política educativa adecuada para evitar que los
niños se descarríen. Si no se sabe la causa a ciencia cierta, siempre cabe el
genocidio a gran escala, sólo que el problema se reproducirá años más tarde. En
cualquier caso, jamás se trataría de mera curiosidad científica. La curiosidad
científica es un mito en cuyo nombre se han cometido las mayores
monstruosidades del mundo moderno. Cuando alguien quiere llevar a cabo una
felonía de largo alcance, lo más aséptico es poner como excusa la curiosidad
científica. ¿Hay algún científico que haya tenido la curiosidad científica de
investigar el por qué de la curiosidad científica? ¿En qué parte del cerebro se
aloja? ¿Influye la calidad buena o mala de la leche materna en el grado de
curiosidad científica que desarrollará el bebé? Sí ha habido quien investigue
este tema y, normalmente, la curiosidad científica tiene mucho que ver con las
subvenciones estatales, de multinacionales o de grupos de presión que hacen
que, en un momento dado, la curiosidad se despierte y discurra por estos
senderos más bien que por estos otros. Pero no es éste el lugar para extenderse
acerca de los peligros de la ciencia y sus buenos usos y abusos.
En esta
polémica, ya iniciada desde el despertar de las ciencias hace mucho tiempo,
vino a inscribirse, como un litigante más y como parte afectada e interesada en
el asunto, el movimiento homosexual. Pero su participación en dicho debate no
se debía a la curiosidad, ya que el resultado de las discusiones no iba a
cambiar en absoluto su manera de vivirse y sentirse homosexual, sino que se
debía y se debe a la necesidad de reorientar dicho debate, de posicionarse
estratégicamente y de inventar tácticas de liberación desde un polo u otro de
la discusión. Los estudios gays y lésbicos entraron pues en el debate acerca de
la etiología de la homosexualidad, inclinándose parte de ellos del lado de la
posición esencialista o naturalista y
otra parte del lado de lo que se vino a llamar el constructivismo.
Posicionamientos que, claro está, influyeron en lo que uno y otro grupo
entendieron por “identidad”.
El
esencialismo da una visión de la homosexualidad como una entidad más o menos
constante a lo largo del tiempo y un hecho del que se pueden rastrear rasgos
comunes a lo largo de la historia y de las diferentes culturas. En cierto modo,
la homosexualidad vendría a ser una “esencia” con un núcleo irreductible
invariable que permitiría calificar de homosexuales a sujetos y relaciones en
los más diferentes puntos del globo y en situaciones históricas y culturales
por completo diferentes. Naturalmente, dentro de lo que se podrían denominar
posiciones esencialistas existe un amplio abanico de posturas, desde las más
radicales que defenderían un concepto de esencia a prueba de cualquier
relativismo cultural, histórico o social y otras que introducirían
modificaciones en dicha esencia, haciéndola más susceptible a variaciones y
cambios y evitando transposiciones absurdas que equipararan sin más la
homosexualiad de Sócrates, la de Shakespeare y la de Elton John, por ejemplo.
El esencialismo tiene asimismo tendencia a buscar una causa común para el
fenómeno de la homosexualidad ya sea desde el lado de la psicología del
individuo, su constitución psíquica o desde su fisiología, del lado de la
genética. De este modo, dentro del vocabulario particular de esta posición
teórica, hablarán de la homosexualidad como de una “orientación” o una
“tendencia”, vinculándola con la naturaleza física, biológica o psíquica del
individuo y como tal, independiente de la voluntad de éste al ser una
manifestación más, como cualquier otra, de su naturaleza o de su esencia que,
necesaria e inevitablemente, ha de producirse, lo quiera o no el sujeto.
El constructivismo, por su parte, no
considera la homosexualidad como una sustancia fija e inamovible, sino que, por
supuesto, varía hasta hacerse irreconocible de un período a otro de la historia
y de un emplazamiento geográfico a otro. Frente al énfasis que el esencialismo
ponía en la naturaleza, aquí la clave será lo que en todo momento hay de
cultural en la homosexualidad como una entidad construida socialmente. Es
importante no confundir el postulado constructivista con un voluntarismo
extremo del sujeto libre que configuraría su propia sexualidad artificialmente
sin influjo alguno de su entorno. Todo depende de las relaciones políticas,
sociales, económicas, institucionales que determinan en un momento dado el
entramado de una sociedad y los diferentes roles, espacios de poder,
comportamientos y conductas a que ello da lugar, entre ellas, la
homosexualidad. Todas estas variables conforman al sujeto homosexual y hacen
surgir en un determinado contexto la aparición de un término, de un concepto,
que dé cuenta del lugar que determinados individuos ocupan en el organigrama
social. Así, por ejemplo, no será lo mismo la pederastia en Grecia, que la
sodomía en
Esta podría
ser una caracterización de los planteamientos teóricos en conflicto, hecha
naturalmente muy a prisa y sin poder detenernos excesivamente en demasiados
detalles. Pero, en cierto sentido, tampoco valdría mucho la pena hacerlo ya
que, como hemos señalado, es un debate que, con el tiempo, se ha mostrado,
cuando baldío o carente de interés, sí inútil, si no se retomaba desde el punto
de vista político. A saber, en qué medida una y otra posición, aparte de poder
servir a intereses higiénicos de la sociedad por librarse de la “lacra” de la
homosexualidad, puede servir al movimiento de gays y lesbianas en la lucha por
sus derechos, contra la discriminación y como estrategia liberadora de
conjunto.
El valor de uso de la identidad
El
agotamiento de la polémica esencialismo versus
constructivismo no sólo ha tenido repercusiones a nivel teórico, sino que
también se ha dejado sentir dentro de los colectivos homosexuales de los que
había surgido, los cuales, viendo el callejón sin salida al que los estaba
conduciendo esta querella, han tenido que reorientar sus tácticas políticas y
discursivas. Volviendo, a menudo y lamentablemente, a presupuestos muy
anteriores a esta disputa teórica y que, perteneciendo al siglo pasado, se
quieren hacer pasar por novedosos. Sin embargo, antes de comentar más
pormenorizadamente esta incipiente política de borrón y cuenta nueva, de olvido
apresurado de la historia, de oportunismo facilón, de culpable ignorancia de lo
que las posturas esencialistas y constructivistas y sus respectivas estrategias
de liberación pusieron de relieve, veamos en qué consisten éstas y cuál es el
rendimiento político de una y otra opción.
El
esencialismo edifica su labor reivindicativa desde una larga historia de siglos
y, dada la esencialidad de lo homosexual, tiene más fácil encontrar referentes
históricos bien sea de liberación, integración y tolerancia, bien de
discriminación y persecución. La palabra clave del esencialismo en este campo
es “diferencia”. En efecto, si la homosexualidad es una esencia, si tiene que
ver con la naturaleza biológica o psíquica del individuo y es, por así decirlo,
inevitable, los sujetos homosexuales son por ello mismo, diferentes al resto.
Su esencia, es decir, su identidad es distinta y debe ser respetada en su
diferencia. De ahí se pasará a un asociacionismo en virtud de esta identidad
esencial que los hace diferentes a los demás pero que los hace iguales entre
sí. Cualquier medida que pretendiera una reeducación del instinto o del deseo
homosexual se verá como una amenaza a la propia integridad personal pues es un
ataque directo a la propia naturaleza inmodificable. Los derechos y libertades
serán reivindicados desde esta especificidad propia y se reclamará asimismo una
protección y una defensa del grupo como tal, que jamás podrá diluirse en el
todo social, precisamente por su diferencia, en todo punto irrenunciable.
El
constructivismo, por su lado, hará hincapié en lo particular de cada situación
concreta y será reacio a transplantar, sin más, estrategias de liberación de un
período a otro de la historia o importar tácticas de uno a otro continente,
procedimiento cuyos efectos podrían resultar violentamente desastrosos. El
término clave del constructivismo será el postulado de la “igualdad”, ya que
los sujetos no están diferenciados por una dotación biológica o natural en
cuanto a su sexualidad, contemplada, como recordaremos como “preferencia” u
“opción”. El asociacionismo para reivindicar los propios derechos no se hará
así en virtud de una esencia diferente compartida, sino que responderá a la
necesidad de luchar como grupo contra un régimen de control opresivo, unas
instituciones y leyes discriminatorias. La identidad homosexual nacerá de este
modo también como proyecto político, como necesidad eventual de formar una
comunidad, un grupo reivindicativo y así tener más fuerza frente a las
instancias de poder. Dentro de la identidad homosexual, que se postula como
factor de cohesión frente a una agresión externa, subsistirán así una multitud
de diferencias económicas, de clase, de raza, de deseos polimorfos, sólo
agrupadas temporalmente bajo el imperativo de la lucha política.
Existen
múltiples combinaciones de uno y otro paradigma, vinculando la igualdad y la
orientación o la diferencia y la opción sexual, así como el discurso, del que
hasta ahora no hemos hablado, que propone abiertamente la disolución de todas las categorías y etiquetas. Dicho discurso ha
existido desde siempre pero se ha visto reactivado como reacción contra la
polémica que venimos exponiendo, en parte por estar en completo desacuerdo con
el postulado de la identidad homosexual desde el esencialismo o el
constructivismo, en parte por hastío y por no tener nada mejor que ofrecer. Las
críticas de quienes defienden la disolución de las categorías sexuales frente a
la defensa de una identidad homosexual como esencia o como proyecto político
suelen estar dirigidas contra los postulados esencialistas y en esto se solapan
con el constructivismo. Pero las objeciones más interesantes son las que se
centran en lo que el discurso identitario pueda tener paradójicamente de discriminador
queriendo ser una opción liberadora. Postular una identidad homosexual, unos
rasgos comunes, unas afinidades, por muy débiles y fluctuantes que sean, puede
implicar el establecimiento y la consolidación de un “canon”, de un “modelo” de
homosexual en el que quizás no quepan las innumerables diferencias que
representa cada sujeto en particular. La identidad gay y lésbica puede
resultar, a juicio de esta opinión, peligrosametne homogeneizadora. El proyecto
identitario, en efecto, requiere de una “educación” de todos sus partidarios y
hacerles pasar por el aro de la identidad, interfiriendo en sus opciones y
hábitos sexuales. Ser partícipe de la identidad homosexual tiene como requisito
indispensable un “aprendizaje” y un “entrenamiento” para llegar a ser un gay o
una lesbiana comprometidos y políticamente activos. Por otra parte, cabe
señalar que ello es así en cualquier otra asociación, club o colectivo
deportivo, cultural, sindical o de lo que se quiera. La insistencia en la
identidad puede acarrear, además, una cierta automarginación del resto de la
sociedad y la reclusión en el propio gueto. Asimismo, continúan argumentando
quienes postulan por la disolución de las categorías, insistir en la propia
diferencia, tal vez implique facilitar la estigmatización y el etiquetado desde
fuera, lo que, a su vez, puede generar una heterofobia como contrapartida.
No debemos
ni podemos ocultar nuestro rechazo a estas insustanciales críticas que se caen
por su propia inconsistencia. Si ser de determinado equipo de fútbol o de un
partido político en especial no genera automarginación, no vemos por qué habría
de ser automarginador declararse gay o lesbiana. La marginación más bien
procede de fuera. Y para evitar la estigmatización y la discriminación, la
solución no está en no declararse homosexual y volver al armario, sino en
luchar para que las cosas cambien un poco. Plantear como tarea política
inmediata para los gays y lesbianas la disolución de las categorías y la
renuncia a la identidad es una propuesta que no se sostiene. Para empezar, sin
identidad y con todas las categorías disueltas, nos quedamos sin fuerza
política ¿En virtud de qué nos agruparíamos si todos somos individuos no
agrupables bajo categoría alguna?, ¿estamos hablando de una lucha unipersonal?
Eso poco o nada tiene que ver con la política y menos con resultados.
La identidad
es la única forma de resistencia colectiva y la única forma de poder establecer
un frente común. Salvo sea decir que todo lo que se ha conseguido en lo
referente a derechos y libertades ha sido aportación de los colectivos que, en
su momento, apostaron por la identidad. Disolver las categorías es reducir la
homosexualidad de nuevo a la esfera de lo privado, íntimo y personal. Y la
homofobia institucionalizada y social se disgrega entonces en actos vandálicos
aislados contra individuos: la disolución de categorías lo único que consigue
es disfrazar la represión, la discriminación y la homofobia de ataques
esporádicos contra sujetos individuales que nada tienen que ver entre sí. Creemos
además que este postulado peca gravemente de insolidaridad y egoísmo y nace de
los estratos más favorecidos y privilegiados de la sociedad a los que les
resulta muy fácil tener prácticas de tipo homosexual sin considerarse por ello
gays o lesbianas, pues jamás sufrirán las consecuencias de serlo al estar
blindados económica y socialmente contra cualquier forma de discriminación. La
disolución de las categorías parece convenir sospechosamente a la burguesía más
acomodada, que se permite las relaciones sexuales con personas del mismo sexo
como un entretenimiento de lujo.
En fin,
quizás lo más grave de este planteamiento sea lo atractivo que pueda resultar
por lo que tiene de promesa de un mundo perfecto y feliz. Todos estamos de
acuerdo que en un mundo perfecto nadie necesitaría agruparse para luchar contra
quienes quieren pisotearlo. El problema es que ese mundo no ha llegado ni
llegará nunca y sólo una mente delincuente puede promover la creencia de que
ese mundo perfecto es el que vivimos hoy en día, sin categorías, sin
agresiones, sin discriminación, sin homosexuales, sin heterosexuales, sin
blancos ni negros enfrentados. En el trasfondo de esta postura se esconde una
falacia: las cosas no deberían ser así, luego no son así. El problema es que sí
lo son y mientras tanto hay que hacer algo aparte de ser apóstoles del mundo
feliz. Como decía la cita que encabeza este capítulo: no sé por qué hay homosexuales con lo bien que vivimos los
heterosexuales. No sé por qué existe la identidad homosexual con lo bien
que viviríamos sin identidades.
Texto originalmente publicado en el libro HOMOGRAFÍAS
(Ricardo Llamas, Paco Vidarte. Espasa Calpe, Madrid, 2000).