LA PELUQUERIA DE LA ALEGRIA

 

Cuando la peluquera moderna vio entrar al chico gay, su cuerpo se estremeció, todos los pelillos de sus brazos y piernas se pusieron de punta, el carmín de los labios se deshizo, el rimmel de los ojos se corrió y las bragas se le humedecieron. A la peluquera moderna le iban los gays. El chico, un metro ochenta, buen paquete, ojos marrones pero con lentillas azules, muñequera de cuero, tupé a lo Elvis y culo a lo Pato Donald se sentó en una silla a esperar su turno. Abrió las piernas con actitud provocadora y dejó al alcance de todos los ojillos del lugar ese pedazo de carne entre los calzoncillos y el vaquero, que recordaba a un guante de boxeo de Po1i Díaz. Todas las miradas de los clientes se dirigieron a ese punto. El chico gay se dió cuenta y les miró como diciendo "Aquí está mi obra de arte. Admiradla pero no desgastadla." La peluquera moderna le dio vez enseguida. Terminó de arreglar la permanente a una viejecita teñida de violeta y un tanto tecno, aunque, nerviosa como estaba ante la tarea que se le venía encima, metió un esquilón en la nuca de la vieja. Esta gritó, no sabemos si ante la imagen del chico gay morboso a través del espejo o ante el pespunte de las tijeras y la peluquera moderna, ni corta ni perezosa, le dijo enfadada: "Oiga, señora, usted atenta a lo que tiene que estar, que ya no está para sofocos de este tipo" La viejecita movió la cabeza en signo de resignación, se levantó v se fue babeando ¡Estas viejas a la última...!

En la Peluquería de la Alegría todo el mundo era moderno La peluquera, por supuesto, los clientes, los perros que entraban haciéndoles compañía, todos llevaban trajecito de perlán ,con moñitos atados con lazos de seda y unos zapatitos de lana virgen que para sí quisieran muchos niños del colegio. También la decoración era moderna: espejos modernistas, sillones de cuero negro tratado, muebles provenzales de color naranja v lámparas esféricas con cristalitos cuadrados a modo de las "boites" de los años setenta. Esta era una nota kitsch que la dueña del local se había permitido en recuerdo de sus años mozos.

El chico gay se sentó para cortarse el pelo. La peluquera moderna se le acercó golosa y con pasitos diminutos v le preguntó en tono insinuante: "¿ Cuál es el corte que más te gusta, hermoso?" Él, que tenía mucha cara, respondió: "El que tienes entre las piernas, putona."

En ese momento, la peluquera moderna sintió un liquido caliente bajar entre sus muslos y, sin vergüenza alguna, cogió la toalla que había puesto en los hombros del chico gay y se secó la entrepierna. Él le miró con asco y dos punkies que estaban esperando sentadas con desgana comenzaron a reírse como descosidas.

—¡Pero qué cerda es la tía! —dijo una.

—¡Joder, yo quiero chupar un poco! —señaló la otra.

—¡Ja, ja. ja! —rieron las dos como histéricas

La peluquera moderna comenzó a cortar el pelo del chico gay con cuidado. Él miraba a través del espejo, la peluquera tenía cada vez más ganas de tirarselo, pero el chico no se inmutaba. Comenzó a ponerse roja. Sus labios, carnosos; su piel, sensible como una perra madura; sus ojos, abiertos al cien por cien, y el chico gay, seguía inerte. Él sólo había ido a cortarse el pelo, y además, era gay. La peluquera no aguantó más y le espetó sin prejuicios: "Vamos a ver, ¿tú eres o no marica?, porque lo seas o no, yo te quiero follar."

Las punkies volvieron a gritar como despavoridas. Se levantaron y, viendo el cachondeo que se había formado en la Peluquería de la Alegría, comenzaron a saltar de un lado para otro. A la peluquera moderna esto no le importó. Sólo deseaba follar con el chico gay, a quien tantas otras veces, había cortado el pelo. No podía más. De repente, en un alarde de desesperación, y enfrente del chico, que seguía sin moverse y se miraba al espejo pensando: "¡Cojones, qué guapo soy!", se quitó la falda, se rasgó las bragas húmedas y comenzó a masturbarse. Luego, con la lengua fuera y las patas abiertas, intentó bajarle la bragueta. Pero el chico, harto ya de tanto paripé, le espetó un empujó con bastante pluma, algo sorprendente en él, que parecía bastante macho. La peluquera moderna perdió el equilibrio, dejó caer las tijeras al suelo, resbaló con su propio flujo y se derrumbó al suelo sin gritar. Las punkies seguían rebuznando y berreando como poseídas por el diablo. El chico gay se frotó el paquete, se olió la mano, se atusó el tupé, se levantó con un aire de suficiencia y se marchó como había llegado. Atrás quedó el cuerpo de la peluquera, lleno de sangre. Una de las punkies, muerta de risa, le preguntó con cinismo a la peluquera, que yacía retorcida en el suelo: "¿Por qué no me lo cortas a mí ahora, cacho perra? La otra respondió con el mismo tono de voz y arrascándose la media ya rota: "Porque no puede. ¿No ves que está KO, coño?"

Y se murió.

 

Iñaki Ferreras