Yes, Sir! Thank you, Sir!

Placer, poder y masculinidad en la pornografía S/M gay

 

José Manuel Martínez-Pulet

 

 

 

 

             La historia de la pornografía como forma cultural incuestionable no se ha escrito todavía. La misma marginalidad de la pornografía dentro de la cultura nos ha llevado a discutir sólo si la pornografía, como el sexo, debería ser liberada o reprimida. Y el hecho de que, como pasa con el se-xo, simultáneamente demos por supuesta su ‘obvia’ definición –asumien-do, por ejemplo, que es un placer liberador o un poder abusivo- tiene ar-gumentos confusos.

 

                                                                                                             Lynda Williams

1.- LA PORNOGRAFÍA S/M: UN GÉNERO LÍMITE

 

 

                        Me gustaría conjurar, para empezar, los muchos fantasmas que pueden asaltar la mente de aquellos que me escuchen al abordar un tema tan delicado y espino-so como polémico, como es la pornografía S/M. Porque si la pornografía constituye un discurso del margen que ha suscitado y suscita aún opiniones encontradas, el S/M es, con mucho, una sexualidad censurada y expulsada desde múltiples ópticas del ámbito de lo decible, de lo sano y de lo defendible. Así, si pornografía y S/M comparten la misma marginalidad de lo censurado o lo innombrable, de la pornografía S/M puede llegar a decirse que es la revelación siniestra de un secreto perverso. Pues si, de un lado, paras algunas feministas radicales como MacKinnon, la pornografía es la degradación de la mujer por el poder patriarcal (o, en el caso de las representaciones gays, degradación del hombre y una feminización del sumiso), de otro, la verdad implícita de la pornografía en general parece ser el S/M: ejercicio de violencia y opresión contra las mujeres.

                        Bien pudiera ser, sin embargo, que todo se deba a nociones confusas y poco claras. El término ‘sadomasoquismo’ es un concepto cargado de significaciones y de emociones negativas en el lenguaje coloquial: puede referirse a un fenómeno social inevitable inherente a unas estructuras políticas, institucionales y familiares fuertemente jerarquizadas; a una dinámica no saludable entre dos individuos; o a una patología se-xual o una desviación social. Pero el análisis y la politización del S/M llevados a cabo por gays y lesbianas en los años 70 y 80 puso de manifiesto que el S/M, en tanto que conjunto de prácticas sexuales orientadas a la producción de placer, nada tiene que ver con la construcción médica y psiquiátrica en el marco del dispositivo de sexualidad. Ha sido la incapacidad de distinguir las prácticas S/M de las patologías homónimas lo que ha sembrado este terreno de confusión y prejuicio. En otras palabras, el SM no es ‘sadomasoquismo’.

 

1.1.- En torno al S/M como conjunto de prácticas sexuales

 

                        Esta incapacidad teórico-política de distinguir el S/M de las patologías psiquiátricas homónimas ha condenado y condena al cuerpo sadomaso –cualquier cuer-po cuando se entrega a la promesa del placer extremo- al no-lugar, siempre exterior, de lo prohibido, lo imposible, lo innombrable. Su historia está marcada por el estigma, y su placer, sometido a una triple expulsión: la de la norma heterosexual, la de los gays y les-bianas, la del feminismo. El SM es una forma de disidencia sexual: sus prácticas repug-nan porque erotizan lo prohibido, lo inaceptable, lo desagradable. El SM vive de una promesa: la de la experiencia de un cuerpo que sólo es cuerpo, o de un fondo vulnerable que, quizás, sea eso que llamamos carne. Su hogar es siempre la encrucijada.

                        Que la sexualidad SM ha sido construida como negatividad, no sólo por el dispositivo de sexualidad del siglo XIX, cuyas consecuencias alcanzan hasta hoy día, sino también por las identidades gays y lésbicas hegemónicas, así como por el feminis-mo, es algo que ya señaló la antropóloga Gayle Rubin en su célebre artículo de 1984 “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”:

 

         “Las sociedades occidentales modernas evalúan los actos sexuales según un sistema jerárquico de valor sexual. En la cima de la pirámide erótica están solamente los heterosexuales reproductores casados. Justo debajo están los heterosexuales monógamos no casados y agrupados en parejas, se-guidos de la mayor parte de los demás heterosexuales. El sexo solitario flota ambiguamente…. Las parejas estables de lesbianas y gays están en el borde de la respetabilidad, pero los homosexuales y las lesbianas promiscuas revolotean justo por encima de los grupos situados en el fondo mismo de la pirámide. Las castas sexuales más despreciadas incluyen normalmente a los transexuales, travestis, fetichistas, sadomasoquistas, trabajadores del sexo, tales como los prostitutos, las prostitutas y quie-nes trabajan como modelos en la pornografía y la más baja de todas, aquellos cuyo erotismo trans-grede las fronteras generacionales”[1].

                         

                         

                        Es importante saber, por ello, cómo ha sido entendido el sadomasoquis-mo por sexólogos y psiquiatras a la lo largo del siglo XX (lo cual puede dar razón de su estigmatización social y de su persecución política) y cuál ha sido la respuesta y la teo-rización de la propia experiencia llevada a cabo por las comunidades S/M fundamental-mente americanas. Releer estos análisis políticos a la luz de los planteamientos queer se-ría hacerlo funcionar como lugar de resistencia y subversión.

                        La creación del término ‘sadomasoquismo’ se la debemos a Sigmund Freud, quien decidió unir en una palabra dos perversiones que habían sido ya bautizadas en 1885 por Krafft-Ebing en su libro Psycopathia sexualis: sadismo y masoquismo. Lo que hace este psiquiatra vienés es agrupar y fijar bajo un nombre una serie de prácticas cuya existencia se conocía desde hacía tiempo, pero que se entendían individualmente, sin más, como rarezas o curiosidades. Así, Krafft-Ebing va a llamar ‘sadismo’, a partir de los escritos del Marqués de Sade, a “la experiencia de sensaciones sexuales placen-teras (incluido el orgasmo) producidas por actos de crueldad o castigos corporales infli-gidos a la propia persona, o cuando se presencia en otros, sean personas o animales”[2]. A su vez, llamó ‘masoquismo’ a la ‘perversión sexual opuesta’ consistente en encontrar placer en el dolor infligido y en el acto de ser humillado y maltratado. “Me siento justi-ficado a llamar a esta anomalía sexual ‘masoquismo’ porque el escritor Sacher-Masoch hizo con frecuencia de esta perversión, que hasta este momento era desconocida al mun-do científico como tal, el sustrato de sus novelas”[3]. Freud unió estos dos términos en uno solo cuando vio que “el masoquismo no es otra cosa que una continuación del sa-dismo, dirigida contra el propio yo, que se coloca ahora en el puesto del anterior objeto sexual… Aquel que halla placer en producir dolor a otros en la relación sexual está tam-bién capacitado por gozar del dolor que puede serle ocasionado en dicha relación como de un placer. Un sádico es siempre, al mismo tiempo, un masoquista, y al contrario”[4].

                        Habrá que esperar, sin embargo, hasta 1969 para que Deleuze ponga de manifiesto la imposibilidad teórica de este concepto. Para él, el término ‘sadomasoquis-mo’ es un ‘monstruo semiótico’. El placer sádico radica en la negación de su objeto. No hay nada, pues, que repugne más al sádico que un masoquista que disfruta con el dolor infligido. De igual modo, no hay nada que repugne más al masoquista que un sádico dispuesto a torturarle más allá del contrato que él propone y de los límites que él impo-ne. Tal es así que si el que ocupa el lugar del sádico en la sesión S/M busca tan sólo su propio placer, no hay propiamente sesión S/M. Si el masoquista se desentiende del pla-cer del ‘sádico’ y se centra en el suyo propio, tampoco hay propiamente sesión. Sea como sea, tal nombre se ha impuesto y se han creado colectivos alrededor de este nom-bre, sólo que para diferenciarse del sadismo y masoquismo patológicos, estos colectivos se han referido a sus prácticas como S/M, S&M o SM.

                        En cualquier caso, para el dispositivo de sexualidad del XIX, el sado-masoquismo, en la medida en que no sigue la lógica del coito, va a ser concebido, junto con la pedofilia, la zoofilia, etc, etc, como una ‘perversión’ del deseo. “Se denomina ‘anormal’ a la conducta sexual no orientada al coito por parte de individuos sexual-mente maduros, cuando no es practicada como introducción o como acompañamiento del coito, sino, a pesar de las oportunidades para éste, como la exclusiva o preferida for-ma de conducta. Entonces cabe hablar de desviaciones sexuales[5]. Es, además, el caso que en el dispositivo de sexualidad, el placer y el sexo definen identidades, por lo que el que practique S/M será construido como ‘sadomasoquista’, una clase concreta de indivi-duo perverso y enfermo. De ahí que la misión político-científica del psiquiatra o del psi-coanalista será a partir de ahora perseguir y determinar la sinuosa y huidiza genealogía de esas extrañas formas de placer en la siniestra historia del individuo convertido en personaje: odio a sí mismo debido a una serie de traumas infantiles (por ejemplo, que fue torturado y abusado por los padres), falta de autoestima y carencia de afectividad, imposibilidad para el amor, etc.

                        No hace falta decir que las identidades sexuales, tal y como fueron cons-truídas por la sexología decimonónica, son mitos. La teoría queer y numerosos estudios sobre la identidad han desmantelado esta creencia. Y una vez que hemos desmarcado el S/M de las categorías psiquiátricas homónimas de ‘sadismo’ y ‘masoquismo’, con las cuales sólo le une la genealogía de un nombre, en lo que me voy a centrar ahora es en dar una visión global de lo que define una ‘sesión SM’ para los que la practican. En palabras de uno de los primeros activistas, los rasgos que identifican una sesión S/M son:

 

“1) Una relación de dominación-sumisión.

  2) Una acción de dar y recibir dolor que es placentero para ambas partes.

3) Fantasía y/o juego de roles por parte de uno o de los dos compañeros.

4) Alguna forma de contexto fetichista.

5) La representación de una o más interacciones ritualizadas (bondage, flagelación, etc.)”[6].

 

                        Empezaré con las dos notas que pasan normalmente por ser distintivas del S/M: el dolor y la relación de poder. La interpretación de la experiencia masoquista como placer en sensaciones dolorosas es impropia e inadecuada. Desde el momento en que una serie de acciones, que en un contexto distinto sí tienen la intención de provocar dolor, se encuentran mediatizadas por el placer y el deseo, dejan de poder ser descritas como acciones orientadas a producir dolor. Más que de dolor habría que hablar de ‘esti-mulación intensa del cuerpo’. Esta estimulación, en la medida en que está mediada por la excitación sexual, rompe la línea divisoria que normalmente separa el placer del dolor y convierte en placenteras sensaciones que de otra forma sí podrían ser dolorosas. Se puede decir que el S/M convierte al cuerpo en su totalidad en una inmensa zona erógena que hay que descomponer en partes manipulables para someterlas individualmente a una estimulación. A través de esa estimulación controlada, y que, precisamente por eso, requiere el aprendizaje de una técnica, lo que se pretende producir es placer. Las prácti-cas S/M son, en definitiva, técnicas sofisticadas de placer corporal.

                        En cualquier caso, la estimulación intensa del cuerpo no constituye un fin en sí mismo, ya que esa estimulación y toda su parafernalia (bondage, cadenas, azotes…) no funcionan en el S/M más que como metáforas del poder, de manera que el elemento dinamizador y más problemático no es propiamente el ‘dolor’, sino la relación de poder, por la cual uno de los participantes asume el papel de Amo o Dominante, y el otro de sumiso o esclavo. El Amo no es el que inflige dolor, sino, como lo explica J. Bean, “el hombre que se pone a sí mismo como fin el seducir continuamente el consentimiento de otro hombre para la acción que poco a poco va teniendo lugar”, mientras que el sumiso es “el que permite que alguien le haga algo”[7]. El Amo es el que, con ternura y pericia, sabe llevar al sumiso a sus propios límites físicos y convertir en placentera el límite que en éste separa la conciencia del desfallecimiento con objeto de empujar más allá esos lí-mites. Tiene razón, pues, Pat Califia cuando dice que el S/M es “sexo que somete a prueba los límites físicos en un contexto de roles polarizados”[8].

                        Sea como sea, esta dualidad jerárquica de roles define una tipología que puede ser actualizada de diversas formas, de acuerdo con el perfil y los deseos concretos de los participantes: Sádico/masoquista, Amo/esclavo, Dominante/sumiso, Padre/hijo, Profesor/alumno, Nazi/judío, Negro/blanco, etc. Una cosa es esencial: la relación no es arbitraria en la que el sumiso sea quien mande al Amo lo que hacer, o en la que éste da rienda suelta a su agresividad. Más bien es un contrato por el que ambos participantes buscan el placer, sólo que para que sea así, el juego está sometido a una serie de reglas que los participantes conocen perfectamente y que pueden resumirse en el lema que el colectivo S/M americano diseñó en los años 80: el S/M sería un juego seguro, sano y consensuado.

SEGURO: con ello se da a entender, no sólo que se van a poner los medios necesarios para evitar posibles contagios de enfermedades, sino, sobre todo, que no se va a poner en juego en ningún momento la integridad física del sumiso ni se le va a provocar daño alguno, físico o emocional. El S/M es un forma muy sofisticada de sexualidad que re-quiere mucha “confianza” entre el sumiso y el Amo, pero, por ello mismo, exige de éste último un alto grado de “responsabilidad” para no sobrepasar los límites del juego se-guro. Confianza y responsabilidad son los dos elementos indispensables para que una sesión S/M resulte placentera para los participantes.

 

SANO: Si el fin de la sesión es producir placer físico y/o emocional, se debe dar dentro de unos límites que han de ser previamente fijados por los dos actores de la misma. Esos límites son los que el sumiso impone. Por eso, quien tiene la clave de que la sesión re-sulte de lo más estimulante es el esclavo, pues su resistencia y su experiencia en las di-versas prácticas permiten al Amo una amplia gama de posibilidades. Ahora bien, si esto es así, no es menos cierto que lo que hace que la sesión se traduzca en placer para am-bos es la habilidad, pericia y responsabilidad del Amo para jugar en el margen de ac-tuación que el sumiso ha fijado.

 

CONSENTIDO O CONSENSUAL: Si la sesión está orientada al placer, y esto se con-sigue respetando los límites del sumiso, está claro que previamente ha habido un acuer-do en el que se estipulan los límites dentro de los cuales el Amo tiene todo el poder para actuar sobre el cuerpo y la mente del otro. En el S/M hay acuerdo entre las partes. Sólo que este acuerdo no acontece de una vez por todas al inicio de la sesión (por ejemplo, cuando Amo y sumiso acuerdan una palabra-clave que deba ser pronunciada por el su-miso para indicar que la sesión debe terminar o al menos interrumpirse), sino que debe ser fluida y recomenzar siempre. Cada gesto, cada sonido, cada movimiento puede ser una confirmación o una renegociación de ese acuerdo. Foucault recoge la idea de una renegociación permanente de la siguiente forma:

 

      “Yo encuentro aún más sorprendentes los fenómenos Amo/esclavo… La relación no es una re-lación entre el (o la) que sufre y el (o la) que inflige el sufrimiento, sino entre el amo y aquel sobre el que éste ejerce su poder. Lo que interesan a quienes la practican es que la relación es a la vez reglada y abierta. Se parece a una partida de ajedrez en el sentido de que uno puede perder y el otro ganar. El amo puede perder en el juego si no puede responder a las necesidades y sufrimientos de la víctima. A su vez, el esclavo puede perder si no es capaz de responder o de seguir respondiendo a las provo-caciones de que le hace objeto el amo. Esta mezcla de reglamentación y apertura sirve para inten-sificar las relaciones sexuales introduciendo una novedad, una tensión y una seguridad perpetuas que no existen en la mera consumación del acto”[9].

 

                        El cuarto rasgo que antes Townsend identificaba como propio de una sesión S/M es el contexto fetichista. En el sexo leather, se potencia, sobre todo, el cuero negro, pero también los uniformes militares y tejidos industriales como el látex. La im-portancia de este elemento fetichista es tal modo que la comunidad leather o S/M ha si-do reabsorbida en los últimos años en una comunidad kinky o ‘fetish’ más amplia y que está definida por este componente en sus múltiples variantes. Sea como sea, en la sesión S/M, aun cuando no es estrictamente necesario, el fetichismo de la ropa, que como mos-traré en la última parte de la ponencia, constituye un desafío a la identificación normati-va del sexo con los genitales, es un elemento erótico dinamizador: el cuero como metá-fora de hipermasculinidad; los uniformes militares y de cuerpo, como metonimia de au-toridad, mando y poder. Recordaré que el S/M puede ser parcialmente definido como la erotización de la relación de poder y, a su vez, como el reconocimiento del componente erótico inherente al ejercicio de poder.

                        Del quinto aspecto de la sesión S/M, a saber las prácticas y técnicas con-cretas de la comunidad S/M, habrá una exposición visual en la segunda parte de esta ponencia y recibirá un tratamiento teórico en la tercera. ´

 

                        Antes de terminar este apartado, me gustaría incidir un poco más en lo que decía al principio de que el S/M ha sido siempre expulsado al no-lugar exterior de lo prohibido, lo repugnante o lo indecible. En efecto, tanto el dispositivo heteronormati-vo, como el movimiento identitario de gays y lesbianas, como el feminismo hegemóni-co de los años 70 y 80, excluyeron este tipo de sexualidad a partir de tres tipos de argu-mentos: 1) el SM es una sexualidad anormal, aberrante y enferma porque erotiza lo más opuesto al placer, que es el dolor; 2) el SM es inmoral porque no es igualitario en el jue-go y promueve el ejercicio de la violencia y el maltrato físico; 3) el SM es políticamente intolerable, ya que la predilección de esta subcultura por los uniformes militares y el ejercicio de la tortura, puede valer como índice de una inaceptable continuidad entre las prácticas S/M y políticas tan nefastas como el fascismo.

            Recogiendo brevemente lo expuesto en esta primera parte, insistiré en que, frente a la idea de que el S/M es una perversión, los activistas gays van a señalar que nuestra cultura tiende a mirar las sexualidades minoritarias como anormales. Lo que convertiría a los practicantes del S/M en enfermos no sería más que una manera diferen-te de entender el placer y el amor. Meter el puño en un culo hambriento puede ser otra forma de ternura y de afecto. Sea como sea, el elemento más incomprendido del S/M es la experiencia del ‘dolor’. Pero, tal y como dije antes, más que de dolor habría que ha-blar de ‘estimulación intensa del cuero”. Y aun cuando se hable de dolor, éste no sería en ningún caso fin en sí mismo, sino medio para la descarga de endorfinas por parte del cerebro (G. Mains). Desde este punto de vista, las prácticas S/M no serían sino formas de placer extremo.

                        Frente a la extendida idea de que el SM es ejercicio de violencia y de maltrato físico, los activistas del S/M van a insistir en que se trata de un juego sexual reglado y consensuado entre adultos. No hay violencia ni liberación de un supuesto ins-tinto agresivo. No hay maltrato físico porque todo acontece dentro de un marco acorda-do. El S/M sería, antes de nada, un sofisticado juego que involucra cuerpo, mente y es-píritu, y vendría definido por unas reglas que lo hacen safe, sane and consensual, esto es, seguro, sano y consensuado.

                        Por último, frente a la idea de que el SM es políticamente intolerable, se va a señalar que no hay ningún fundamento razonable para suponer una continuidad en-tre las prácticas S/M y el abuso del poder fascista, ya que la reapropiación ‘fetichista’ de los uniformes y la práctica de la tortura con fines lúdicos y placenteros nada tiene que ver con una defensa política de los regímenes fascista o nazi. Aprehender tales elemen-tos iconográficos como representaciones estáticas portadoras de un único significado, equivaldría a situarlos fuera o al margen de la historia. La reapropiación paródica en el S/M del uniforme reinscribe su uso en un contexto simbólico distinto y lo hace funcio-nar, por tanto, con fines muy distintos.

 

 

 

 

 

 

 

1.2.- Pornografía y S/M

                                                                                                             

 

                        Por pornografía, en tanto que género de cine, voy a entender aquí, como propone la feminista Berveley Brown, “una organización erótica de la visibilidad” basa-da en “una coincidencia de fantasía sexual, género y cultura”[10] y producida con la inten-ción de excitar a los espectadores. Está claro que la existencia de este género se inscribe en una red de discursos modernos sobre la sexualidad, el cuerpo y el placer, sobre lo que se puede mostrar y lo que no, sobre lo que puede aparecer y lo que sólo puede hacerlo bajo determinadas condiciones, o sobre lo que es accesible a todos y lo que solo puede ser visto por mayores de edad. En definitiva, la pornografía convoca discursos teóricos, morales y legales. Tiene razón, así pues, Lyn Hunt, cuando señala que la pornografía es “una categoría de pensamiento, de representación y de regulación”[11] de los cuerpos y los placeres, la cual nace con la modernidad entre 1830 y 1840, y se constituye en una de las muchas formas de placer-poder de la sexualidad. La pornografía no escapa, por tanto, al régimen disciplinario del dispositivo de sexualidad analizado por Foucault, más bien, queda atrapada en él y lo consolida al recortar el cuerpo, delimitar los órganos se-xuales y fijar las prácticas sexuales. Como es un producto dirigido al hombre heterose-xual, el eje de la narración es el pene erecto y la trama argumental apunta a la penetra-ción y a la eyaculación. De ahí que se haya señalado que el porno tradicional (sobre todo los ‘stag films’) opere naturalizando la diferencia sexual y la identidad de género.

                        Ahora bien, si como dice Linda Williams, “la pornografía, en tanto que plantea el placer sexual como problema y promueve soluciones que comportan la nece-sidad de más sexo y de más especulación sobre el sexo, engendra más pornografía”[12], o, dicho de otro, si la pornografía pretende perseguir el placer allí donde se esconde para capturarlo mediante una ‘organización erótica de la visibilidad’, entonces cabe decir que opera en la dirección de la ‘implantación de las perversiones’ apuntada por Foucault. De hecho, el mercado porno encontró a finales de los 70 un filón de oro en la posibilidad de colonizar visualmente el mapa de las fantasías sexuales más ‘perversas’. Me refiero a las cintas de temática especializada, que van desde las prácticas S/M, hasta la zoofilia, el sexo intergeneracional, o el scat (la mierda). No cabría así hablar rigurosamente de post-porno, sino de acceso a la representación de diversas lógicas del placer.

                        Un repaso a la historia reciente del porno, con especial incidencia en la producción gay, me permitirá contextualizar y valorar la especificidad de la pornografía S/M o BDSM.  El porno existe desde el comienzo de la industria del cine (recientemente se ha publicado una compilación de escenas del porno francés producidas entre 1905 y 1930). Pero el primer vídeo porno exclusivamente gay aparece en 1972, Boys in the Sand, que consagró a Casey Donovan como el primer actor porno gay. Sin embargo, hasta mediados de los años 80, la industria del porno no clasificaba sus productos según el tipo de actos realizados, las convenciones narrativas o los tipos de personajes, sino, más bien, teniendo en cuenta el modo de producción: película, 8 mm o, cuando fue po-sible, vídeo. De este modo, no fue sino hasta mediados de los 80 que la pornografía S/M pasó a ser una categoría más que se diferenciaba de la pornografía ‘mainstream’. No me puedo detener aquí en aclararlo, pero la creación de esta categoría fue la estrategia adoptada por la industria del cine porno para hacer frente a una serie de factores exter-nos que se hacían acuciantes (como las leyes sobre obscenidad). Si el porno ‘main-stream’ se especializó en la penetración y la eyaculación (el ‘money shot’), el porno S/M (heterosexual) exhibiría aquellas prácticas que no giraran en torno al pene erecto. El porno S/M es, así, no-fálico y no-genital. Lo cual no quiere decir que antes de esa fe-cha no hubiese fascinación por la temática S/M en el porno. Más bien, ocurre lo contra-rio: en muchas películas porno anteriores se entremezclaban este tipo de prácticas con la sexualidad genital (Deep Throat).

            En 1983, la revista ‘Adult Video News’ todavía clasificaba las entregas según el formato. En 1988 se crea la categoría “Porno Gay” y pasara a constituir una sección separada de la revista. En 1992 aparece otra categoría, ‘Fetish’, posteriormente llamado ‘Specialties’. Hoy día, el sexo gay se clasifica en ‘Standard’ y ‘Specialties’ (en donde se incluyen el BDSM, pero también la zoofilia o el scat). El que aquí nos reúne, el porno S/M o leather, se inició a mediados de los años ochenta, pero la explosión de este tipo de películas, así como la aparición de nuevas compañías porno de temática es-pecializada se produce en los 90. Hoy día, la diversidad de vídeos gays de este tipo per-mite hablar de tres clases distintas: el porno estético, el porno amateur y el porno extre-mo. Para acercarme a ellas partiré de una constatación general.

                        Como la pornografía heterosexual convencional (no SM) y el resto de la pornografía gay, la pornografía S/M gay (o leather), en su gran mayoría, contiene esce-nas orientadas a la eyaculación y a la celebración del poder del pene y de la penetración. Las películas leather, a diferencia de las producciones S/M dirigidas a un público hete-rosexual, son, en cierto modo, también fálicas, lo cual puede indicar la vinculación que entre placer sexual y ejercicio del poder existe para la sexualidad masculina. Es más, eso da cuenta del sentido que las prácticas S/M tiene para una gran mayoría de hombres: como juego que precede a la escena sexual (penetración y eyaculación), o como sexuali-zación de la estimulación corporal. Sin embargo, en estas prácticas y momentos queda suspendida la lógica falocéntrica y la trama argumental del porno convencional, a veces de forma dramática, subvirtiendo así la norma sexual del discurso moderno de la sexua-lidad. Estas prácticas no sólo rompen con la idea de que el placer sexual es únicamente placer genital cuyo eje es el pene en erección (en la boca, en el culo), sino que, a través de ellas, irrumpe abiertamente, por un lado, la naturaleza intersubjetiva del deseo y el placer y, por otro, la cuestión del poder en las relaciones sexuales en general.

            Por ‘porno estético’ voy a entender aquellas producciones ‘leather’ de las grandes compañías (Titan, por ejemplo) dirigidas a un amplio público y en los cuales las prácticas S/M se entrecruzan con la lógica falocéntrica de la narración. Son películas de gran calidad en la producción y caracterizadas por una compleja estructura narrativa. Lo que subrayan es, sobre todo, la masculinidad de los participantes presente en sus rasgos físicos (son actores de entre 30 y 45 años normalmente, cachas, velludos, nada de pluma) y acentuada por el cuero y el uso de material erótico. Lo que exhiben es la coincidencia de placer sexual, ejercicio del poder y masculinidad. La serie Fallen Angel entraría den-tro de esta tipología.

            Por ‘porno amateur’ voy a entender aquellas películas en las cuales la ló-gica del falo queda suspendida gran parte de la narración para centrarse en prácticas no genitales: fist, watersports, pinzas, fisting, flagelación, bondage, suspensión, cera… Son películas con calidad de producción variable y el argumento es normalmente bastante simple. Los actores no son siempre, o en todos los casos, profesionales y, por tanto, no presentan una musculatura de esteroides, como en el porno estético, así como tampoco exhiben un miembro ‘de película’. Lo que sí tienen es un cuerpo definido y, desde luego, mucha experiencia personal en las prácticas S/M (lo cual no es necesario para el porno estético, donde muchas veces actores profesionales son ‘disfrazados’ de cuero). Por eso juegan fuerte. Estas películas van dirigidas a públicos muy concretos y el nivel alcan-zado en cada práctica es alto o muy alto. Por ejemplo, las películas del local ‘Vaagevur’ en Holanda o la compañía ‘Cazzo’ de Berlín.

            Por ‘porno extremo’ voy a entender esas películas de temática especiali-zada (fisting, watersports, scat) en las cuales, el pene erecto, la penetración y el placer genital pueden o no ocupar un lugar preponderante. A semejanza del porno estético, la calidad en la producción suele ser alta, aunque la trama no sea muy compleja, y los ac-tores suelen ser cachas y profesionales. A semejanza del porno amateur, el público al que va dirigido es muy concreto y el nivel alcanzado en las prácticas es alto o muy alto. Una cosa que define a algunas de estas cintas es la práctica (consentida y advertida) de sexo no seguro. Los vídeos Dickwadd cabrían aquí.

            En cualquier caso, cabe decir de la sexualidad leather o S/M gay lo que Richard Dyer señalaba en su artículo “Coming to Terms” en relación al porno gay en general, a saber que su estructura narrativa “es análoga a ciertos aspectos de la cons-trucción social tanto de la sexualidad masculina en general como de la práctica sexual gay en particular”. Así, la ruptura inicial con el espacio de la vida cotidiana, el entorno de masculinidad salvaje y trasgresora que rodea la acción, el énfasis en las prácticas S/M como juego preliminar o simultáneo a la excitación genital, y, por último, la corri-da de algunos o de todos los participantes como fin de la escena o de la película, permi-ten definir la sexualidad S/M gay como una exploración sexual del cuerpo masculino en el contexto de una relación de poder. Dicho de otra manera, el porno S/M pone de re-lieve la vinculación que existe entre sexo y poder para la sexualidad masculina.

 

2.- LA ESTRUCTURA NARRATIVA DE LA PORNOGRAFÍA GAY S/M

 

 

            Ya que nos encontramos en una facultad de filología, voy a utilizar la so-corrida metáfora literaria del viaje para adentrarnos en los secretos de un placer perver-so. Y a modo de nuevo Virgilio, me gustaría conduciros, en los minutos siguientes, a un infierno muy distinto de aquel que nos pinta Dante, y, con él, la mejor tradición cristia-na, de la cual, sin embargo, el que de aquí se trata es, sin lugar a dudas, la copia en ne-gro, el negativo, su doble inverso, su reverso: un infierno misterioso que, al derrumbarse finalmente el cielo con la muerte de Dios, es ahora el único pensable, y, quizás, el único posible; un lugar extraño donde el placer queda, al fin, redimido, o en el que la única re-dención que cabe es el placer, y donde queda la esperanza ahora de encontrar el cielo. El puño y el crisco, situados ante un culo voraz y hambriento, y captados en una instante-nea o dibujados en un papel, serán a partir de este momento, símbolos de la promesa de una experiencia mística.

                        Antes de nada, el infierno en el que se exploran los secretos más ocultos del placer corporal es un lugar (físico y mental, material y espiritual), teñido, todo él, de un misterio que excita el impulso sexual, al que hay, sin embargo, que descender, que bajar. Exige romper con nuestra realidad cotidiana, abandonar los espacios en donde transcurre nuestro día a día: la luz del sol, la casa, el mundo exterior, el espacio abierto; incluso esos escenarios donde se realiza la acción sexual en el porno gay convencional (el gimnasio, los vestuarios, el instituto o la universidad, los parques, la casa propia -o la del vecino-, la oficina, los baños -públicos o privados-, etc). Que uno deba romper con la realidad cotidiana implica que allí adonde se dirige es un espacio-otro que ha sido expulsado de lo público, del mundo de la luz y de lo normal, y, por consiguiente, que se adentra en un terreno peligroso, prohibido, clandestino, sórdido, acaso donde uno se juega su propio cuerpo, su vida o su identidad. Cadenas, látigos, esposas, máscaras o metal ocupan el centro de la pantalla. Pero esta representación imaginaria de espacios oscuros y peligrosos tiene la función retórica de contextualizar la acción sexual que va a tener lugar con las connotaciones masculinas de agresividad y rudeza. La ruptura con el orden cotidiano hace pensar en el viaje platónico en pos de la verdad. Sin embargo, lejos de renegar de los sentidos y del cuerpo, en búsqueda de lo puro y espiritual, la transformación que el SM promete se realiza a través de la experiencia del cuerpo y en él. Esto queda plasmado en el porno de diversas maneras. La primera escena del porno leather puede ser así la de un camión que se dirige a un lugar apartado (FALLEN AN-GEL III), la de un espacio recóndito en puertos o fábricas abandonadas  (FALLEN AN-GEL IV), o el mismo infierno situado bajo tierra al que uno es conducido (FALLEN ANGEL II).  Esta contextualización no se da en todas las películas, pero es una podero-sa metáfora del tipo de viaje y transformación que el S/M promete y que se inicia fácti-camente cuando uno entra en una mazmorra o en un espacio acondicionado para estas prácticas. Todo debe sugerir ese cambio en el estado de conciencia que se va a operar si la sesión tiene éxito y se desarrolla placenteramente.

 

ESCENA DE FALLEN ANGEL II (0’ 45’’ – 5’’)

 

                        Sea como sea, estos lugares imaginarios están poblados por hombres de apariencia ruda, rostro amenazador y aspecto tenebroso, pero peligrosamente atractivos. Su masculinidad salvaje y animal se pone de relieve por la marcada musculatura, el abundante vello facial y corporal, en el sudor, en los tatuajes grabados en la piel, en los piercings colocados en los pezones y en la polla, en el uso del cuero (particularmente los chaps, que realzan los glúteos, o los arneses, que hacen lo propio con los pectorales) y de uniformes militares, en la erotización del puro y de la acción de fumar. No hay nada, pues, que recuerde los cuerpos artificiales y depilados del porno convencional. Y, desde luego, son hombres dispuestos a tener un sexo intenso en un contexto de roles polari-zados. El ángel con alas negras, en Fallen Angel I y II, pretende suscitar la idea de que ese sexo es algo diabólico, prohibido, peligroso, trasgresor.

                        Empecemos por algo que rechaza el sentido común: como hemos visto, nada más empezar el Amo coloca una cadena alrededor del cuello del sumiso como sím-bolo de esa sumisión. A partir de ahora, éste cederá todo el poder sobre su cuerpo y su mente a la voluntad del Amo (dentro de los límites que aquél impone). Su placer radi-cará en esa cesión y en la transformación física y mental que el Amo le promete. Éste tendrá el control de la sesión y será quien suministre la estimulación del cuerpo. Uno de los elementos simbólicos de esta relación de poder puede ser el hecho de que éste esté vestido y de que el sumiso esté desnudo o casi desnudo. La desnudez funciona aquí co-mo símbolo de entrega y de vulnerabilidad; la ropa como símbolo de poder.

FALLEN ANGEL I (31’- 44’)

                        Esta entrega se hace evidente en la escena de los azotes. El Amo vestido, con sus genitales cubiertos, va estimulando progresivamente la zona de los glúteos y la espalda del sumiso. Éste está de espaldas a la cámara ocultando igualmente su polla y sus huevos. La cámara recorre el cuerpo del sumiso y en su momento nos enteramos de que tiene puestas unas pinzas en los pezones. Una de los elementos fundamentales del dinamismo de la escena son los gemidos del sumiso y su asentimiento a la acción del Amo con la expresión: Yes, Sir!

                        El cuerpo del sumiso está preparado para entrar en otra fase de la estimu-lación: las agujas. Los guantes que tiene el Amo en la mano indican que la acción ha de correr por cauces seguros y sanos. La cámara enfoca los pezones y el cuerpo del sumiso desde diversas ópticas. No hay aquí ni pene en erección ni penetración ni eyaculación. La lógica falocéntrica del porno está aquí suspendida. El cuerpo (sus movimientos, su tensión) es aquí el protagonista de la narración.

                        El momento final de la escena es sumamente elocuente: los azotes con-cluyen con un tierno abrazo del Amo y del sumiso. Estos breves segundos echan por tierra el conocido argumento según el cual, el S/M es ejercicio de violencia. Como se ve, la ternura y el afecto son emociones que envuelven toda la acción. Sin esa intimidad que se da entre hombre y hombre no sería posible una sesión S/M. Por otro lado, esta escena también constituye uno de los desafíos fundamentales del porno gay S/M a la construc-ción heteronormativa de la masculinidad. El sumiso es un hombre que hace valer su masculinidad respondiendo a la estimulación a la que le somete el Amo.

 

FALLEN ANGEL I (6’ - 12’)

 

                        Esta escena constituye una visualización de la relación de poder. El sumi-so permanece atado con pinzas en los pezones y suspensorio de cuero contemplando la acción que tiene lugar en frente de él. Esta atado porque (está representando que) se re-siste a la voluntad sexual de los otros dos hombres.

 

 

3.- LA POLÍTICA SEXUAL DE LA PORNOGRAFÍA S/M GAY

 

            ¿Qué es lo que hemos presenciado en estas escenas? Lo diré en pocas pa-labras: un descenso a los infiernos del placer. Como dice el activista Larry Townsend, “todo lo que ocurre en una relación sexual SM se hace con la intención de producir pla-cer físico o emocional”[13]. Pero habría que subrayar el aspecto trasgresor y subversivo de esta forma de placer, y es Foucault quien apunta directamente a ese núcleo subversivo: “Pienso que el SM… es la creación real de nuevas posibilidades de placer que no se ha-bían imaginado con anterioridad. La idea de que el S/M está ligado a una violencia pro-funda y que su práctica es un medio de liberar esa violencia, de dar curso libre a la agre-sión, es una idea estúpida. Bien sabemos que lo que esa gente hace no es agresivo y que inventan nuevas posibilidades de placer utilizando ciertas partes inusuales de su cuerpo –erotizando su cuerpo. Pienso que ahí encontramos una especie de creación, de empresa creadora, una de cuyas principales características es lo que llamo la desexualización del placer. La idea de que el placer físico siempre proviene del placer sexual y que el placer sexual es la base de todos los placeres posibles considero que es absolutamente falsa. Lo que las prácticas S/M nos muestran es que podemos producir placer a partir de objetos muy extraños, utilizando ciertas partes inusitadas de nuestro cuerpo en situaciones muy inhabituales”[14]. Este texto es muy importante porque, al concebir las prácticas S/M, no como expresión de una identidad subyacente, por la cual el que hace de Amo habría de tener una personalidad fuertemente agresiva y violenta, y el sumiso estaría marcado por una falta de autoestima y amor propio, sino, más bien, como técnicas de producción de placer, Foucault desnaturaliza la sexualidad. El fin de estas prácticas no es ni el orgasmo, ni mucho menos la reproducción (para Pat Califia, el S/M es la quintaesencia del sexo no reproductivo). Foucault se está refiriendo, en general, a prácticas como el bondage, el spanking, la cera, la humillación, el juego de pezones, la tortura de polla y de huevos, el uso de dildos, el control de la respiración, pero, sobre todo, al fist-fucking, que, según la antropóloga Gayle Rubin, sería la única práctica sexual que el siglo XX aporta a la historia de las prácticas sexuales[15]. Para Foucault, en virtud de estas técnicas, el S/M opera una ruptura con el monopolio que tradicionalmente han sostenido los genitales en relación al placer físico, lo descentralizan y al mismo tiempo redistribuyen las zonas erógenas. Por ello, se puede afirmar que el S/M erotiza el cuerpo en su totalidad, lo des-compone en múltiples zonas erógenas manipulables y las somete a una estimulación in-tensa: los pezones, los glúteos, el culo, la espalda, el pecho, los pies, las piernas, la polla, los huevos (no con la finalidad de la eyaculación). Lo que tienen en común todas estas prácticas y estas técnicas es la descentralización del placer genital y una exploración de los propios límites físicos y mentales. El S/M es, así, un placer en los límites del cuerpo, por lo que cabe concluir, al modo de Halperin, que “representa un encuentro entre el su-jeto moderno de la sexualidad y la otredad de su cuerpo”[16]. De entre todas las prácticas voy a abordar brevemente tres: el fist-fucking, el bondage y la tortura de los genitales.

            En el caso del fist-fucking (o del foot-fucking, variante del fist con el pie) queda bien claro que su finalidad es la producción de placer. Los practicantes pueden ju-gar horas y horas sin necesidad de correrse, o incluso de tener una erección. Para uno, el placer radica en entregar el culo al otro, lo cual exige mucha confianza. Para el otro, el placer consistirá en colonizar con la mano el interior de otro hombre y sentir desde den-tro los latidos de su corazón, para lo cual se requiere mucha responsabilidad y pericia. Como dice G. Rubin, “fistear es un arte que consiste en seducir uno de los músculos más impresionables y tensos del cuerpo”[17]. El puño cerrado, que normalmente define un gesto de agresividad y amenaza, es redefinido aquí como instrumento de afecto y ternu-ra. La cámara se fijará en él, en el crisco que lo empapa, en el orificio anal que le espera; captará los movimientos de la mano y las progresivas modificaciones del culo; capturará la complicidad de los participantes manifiesta en las miradas, los gemidos, los gritos, etc. El eje de la narración ya no es, pues, la polla erecta que penetra (más bien el pene, fláccido, retrocede a un segundo plano), sino que se traslada a la periferia, al culo y al puño, en un acción que no tiene ninguna finalidad concreta más que la producción de placer corporal y mental.

            El bondage implica la renuncia total al control sobre el propio cuerpo y constituye una erotización de la inmovilidad y la indefensión. Al estar atado y bien ata-do no nos queda más opción que aceptar el desvalimiento propio. No se puede hacer bondage sin entregar completamente la propia voluntad al compañero de juego, o sin confiar plenamente en él. Constituye una de las prácticas que más tiempo y dedicación exige y, quizás por ello, puede valer paradigma del S/M en lo que tiene de placer desli-gado de los genitales. Su máximo atractivo es, pues, la erotización de la entrega total. La impotencia, el miedo y el horror no pierden grado alguno de excitación. En esta cara, más abstracta y mental, hay tres elementos que forman parte del juego: la fomentación del deseo, la rendición al Amo, y la cosificación de la persona. Fomentar en alguien el deseo hacía la propia persona es sumamente grato. Una vez conseguimos privar a al-guien de su autosuficiencia, sacando a flor de piel su vulnerabilidad, sensibilizando no solo su cuerpo sino también su mente y su alma, solo nos queda ver como nos necesita y desea, qué fórmulas utiliza para expresarlo, y disfrutar de todo ello. El dominante dis-frutará del control de la situación y del poder de moldearla. Se sentirá un conductor de sensaciones, un creador. Moviéndonos junto al desenfreno, por otro lado, el auto control es placentero y corrosivo. Sin él jamás dominaremos ninguna situación.

                        El termino bondage significa esclavitud. No es de extrañar que se utilice para hacer referencia a esta práctica, ya que, simplificando, consiste en reducir a una persona privándola de movilidad total o parcialmente. Cualquier material u objeto que lo permita es válido. Las técnicas occidentales, por ejemplo, se dan satisfechas con ello. Si nos adentramos en las orientales, encontraremos que no es suficiente, un bondage completo será un conjunto de tramas capaces de realzar o restringir las distintas partes del cuerpo a parte del hecho de que pueda o no inmovilizar a la víctima.

                        Por último, la polla y los huevos pueden ocupar un lugar central en la pornografía S/M sin tener necesariamente la finalidad del orgasmo. Se pueden azotar, atar, hacerlos objeto de descargas eléctricas, torturar manualmente o con instrumentos dispuestos a tal fin. Sea como sea, la tortura (cbt) constituye una práctica que invierte la lógica falocéntrica hasta el punto de extraer placer de la vulnerabilidad y fragilidad de de lo que se supone debería ser el todopoderoso eje de la narración. La tortura puede lle-varse a cabo de múltiples maneras, pero lo esencial es que a través de ella poder y vul-nerabilidad se identifican. Esta práctica me servirá como vía de acceso a lo que constituye uno de los elementos subversivos del S/M gay en relación a la contingencia de la masculinidad.

 

3.1. Masculinidades 

 

             Iniciaba esta ponencia haciendo referencia a la postura conservadora de MacKinnon, p  ara la cual la pornografía gay, no sólo degrada al pasivo o al sumiso, ‘fe-minizándolo’, sino que contribuye de esta forma a la objetivación de las mujeres y a la discriminación sexual, y ello a pesar del hecho evidente de que las mujeres no aparecen en esos trabajos. A la base de esa crítica cabe detectar una concepción dual del género que identifica el par masculino/femenino con la dicotomía activo/pasivo y presupone la unidad de la sexualidad masculina. Dworkin y MacKinnon se muestran herederas, pues, de la vinculación de sexo y género en el sistema patriarcal, ya que hacen del sexo una consecuencia del género. Para ellas, la masculinidad sería una esencia idéntica a los hombres en cuanto tales, sean éstos heterosexuales u homosexuales. Lo único que cam-biaría seria el objeto de placer. Pero en ambos, el hombre ocuparía la posición de poder en un régimen fálico de dominación y privilegio masculino. Visto esto, trataré de mos-trar cómo la pornografía S/M gay constituye una radical contestación a esta postura, ya que por medio de una parodia del género y el poder, va a llevar a cabo una revisión y una reconstrucción en toda regla de la masculinidad.

            En efecto, en la pornografía S/M se subraya y se celebra la masculinidad de los participantes en las dos posiciones, tanto la del dominante (común al icono hete-rosexual) como la del sumiso. Se subvierte así la ecuación heteronormativa, asumida por el feminismo más conservador, según la cual la dualidad masculino/femenino se lee según la dualidad activo/pasivo. El rol de sumiso es, en la pornografía S/M, indicativo de masculinidad por su capacidad de soportar y tolerar niveles cada vez más intensos de estimulación corporal a la que le somete el dominante, así como de entregar su poder y su cuerpo a éste. Así, para Richard Hopcke, activista de formación jungiana, el S/M gay debe entenderse, así, como una iniciación y una celebración en toda regla de la masculi-nidad. Ello requiere superar de una vez la visión que escinde en el S/M al sádico y al masoquista. Para él, “la sesión SM debe concebirse en su totalidad como una iniciación para ambos participantes en la realidad viva y transformadora de la masculinidad más profunda que ha sido negada a los gays. Más que como una compensación, el SM puede verse como una realización de la masculinidad de una forma pura y no adulterada”[18]. La radicalidad de esta teoría radicaba, así, en desafiar y subvertir la asociación heteronor-mativa entre masculinidad y dominación, y feminidad y sumisión. De este modo, puede concluir que “en el SM, y por la vigorosa iniciación a la masculinidad arquetípica que representa, los hombres gays han encontrado un modo de reclamar una conexión primi-genia con la crudeza y el poder de lo Masculino, así como de darle a una sociedad pa-triarcal y heterosexista una bofetada estimulante por medio de la invocación del  poder masculino de la relación entre hombres, a fin de romper las etiquetas de inmadurez y afeminamiento en que como gays nos han colocado”[19].

           

3.2.- Poder

 

                        Lo que realmente distingue una sesión SM es la relación de poder. Ya lo dice Pat Califia: “la dinámica básica del SM es la dicotomía del poder, no el dolor. Las esposas, los collares de perro, los látigos, el acto de arrodillarse, el bondage, las pinzas para los pezones, la cera caliente, los enemas, la penetración, y el servicio sexual son to-dos metáforas de la relación de poder”[20]. Ahora bien, ¿cómo podemos entender esa rela-ción de poder? ¿Es abuso, fascismo, ejercicio descontrolado de la autoridad? O expresa-do de otro modo: ¿qué relación guarda el diferencial de poder en una sesión SM con el ejercido del poder y el dominio en la sociedad? En definitiva, ¿es el SM parte del sis-tema o más bien parte de la subversión? Algunos feministas y teóricos gays lo acusan de ser una manifestación más de un sistema opresor, en la medida en que erotiza el ejerci-cio del poder que define a la dominación política, y, en concreto, a su forma más exe-crable, el fascismo. La fascinación de esta comunidad por los uniformes no significaría otra cosa que la complicidad del SM con una ‘cultura de la muerte’ (SM = muerte). Y, en definitiva, la idea que fundamenta todas estas críticas es que el ejercicio del poder es malo y que el placer del sexo debe permanecer ajeno a la dinámica del mismo. Por con-tra, los activistas SM reivindican el poder como elemento dinamizador del placer y re-nuncian a la utopía gay y lesbiana de un mundo sin poder. “Se imaginan una última uto-pía en la que ambos, el poder y el SM, hayan desaparecido como malos sueños. Pero del mismo modo que no puedo imaginar un mundo sin luz, tampoco puedo imaginar un mundo sin poder. El poder no solamente oprime a la gente; también les da el poder y la capacidad de actuar en libertad”[21].

                        En el S/M hay una representación o una parodia del poder. Por de pronto, la comunidad SM y, con ella, Foucault, se ha mostrado siempre reacia a considerar el ri-tual sadomasoquista como una mera ‘re-producción’ de la mecánica del poder en el se-no de una relación erótica. Lo primero que argumentan es que esa relación de poder no se basa ni en el género ni en la orientación sexual ni en la clase social. Nada ni nadie prescribe de antemano quién ocupará el rol de dominante o el rol de sumiso. Es una de-cisión de los participantes, o mejor un acuerdo entre ellos. Y, como señala una activista pro-SM: “en ninguna parte en los anales del sadomasoquismo consensual está escrito que a una persona se le asigne un determinado rol basándose únicamente en sus geni-tales. Lo que sí se hace, en cambio, es animar a la gente a explorar sus fantasías y sus deseos, y a buscar parejas cuyas fantasías y deseos sean complementarios con los pro-pios, sin tener en cuenta el género o la orientación. El sadomasoquismo sexual refuerza sólo conceptos de libertad individual”[22]. Para Pat Califia, ésta puede ser la razón de que el SM resulte tan amenazante al orden establecido, y por qué es tan duramente penali-zado y perseguido. Y ciertamente, uno de los aspectos en los que diverge el SM del po-der político es, precisamente, la indeterminación de los roles así como la versatilidad de los participantes, esto es, la reversibilidad de los roles: quien empieza siendo sumiso, puede acabar siendo Amo y viceversa.

                        Foucault también negaba que la relación del poder en un contexto SM fuera una copia de la relación de poder político y destacaba la fluidez de los polos de esa relación. En efecto, en el ejercicio político del poder no hay movilidad. “El poder se caracteriza por el hecho de que constituye una relación estratégica que se ha esta-bilizado en instituciones.... Esto significa que las relaciones estratégicas entre los indivi-duos se caracterizan por la rigidez. Al respecto, el juego S/M es muy interesante y que, aunque sea una relación estratégica, es siempre fluida”[23]. Es más, “yo no diría que cons-tituya una reproducción, en el interior de la relación erótica, de la estructura del poder. Es una puesta en escena de estructuras del poder mediante un juego estratégico capaz de procurar un placer sexual o físico”[24]. Bersani se pregunta a este respecto qué es el juego sin la estructura de poder que constituye sus estrategias. Y ciertamente aquí se libra la cuestión de si la estructura de poder es secundaria respecto al juego que se propone, o si por el contrario el juego es él mismo la erotización de la estructura de poder. Creo que la insistencia de Foucault en el juego no es una mera estrategia para evitar reconocer la identidad de SM y fascismo, sino que remite a la experiencia de la permanente re-nego-ciación de los límites que tiene lugar entre el Amo y el sumiso en la sesión. No sólo es que la relación de poder sea elegida y no esté impuesta. Es que para que sea placentera, la relación de poder no puede definirse o fijarse de una vez antes del comienzo, sino que debe siempre recomenzar, esto es, de algún modo la negociación tiene que ser fluida y permanente, lo cual exige del sumiso comunicarse mediante gemidos con el Amo, y a éste, cierta habilidad para detectar e interpretar los signos que emite el sumiso. Este equilibrio tenso queda expresado en las siguientes palabras de Jasón Klein: “un amo puede ser destruido fácilmente por un esclavo inteligente del mismo modo que un es-clavo pude ser destruido por un sádico estúpido”[25].

                        En cualquier caso, sigue sin quedar del todo claro por qué Bersani vea en el ejercicio del poder algo negativo, o que identifique SM = muerte. ¿Es el poder o la relación de poder algo intrínsecamente malo? ¿No se puede erotizar el poder? Bersani ve en la complicidad del sadismo y el masoquismo una lección política de dudoso rigor. Para él, el SM viene a poner de manifiesto que a favor del placer obtenido en la auto-destrucción, el hombre sería capaz de entregar o de ceder su voluntad. Sin embargo, dos tipos de respuestas cabrían oponer a esta tesis: 1) la estimulación placentera del cuerpo, ejecutada en una relación de poder por medio de una forma de ritual (en la que el entor-no, la música, la luz, lo que se da a visión es importante), puede conducir a radicales cambios en el estado de conciencia, e incluso a experiencias extáticas tradicionalmente ligadas al campo de la religión y de la mística. 2) La prácticas SM despedazan la iden-tidad, desfondan la subjetividad y permiten abrirnos a eso otro que somos y que no es otra cosa que la carne en la que consistimos. Esa experiencia de quiebra y de vulne-rabilidad es la promesa que el SM ofrece. Como dice M. Thompson, “para nosotros, el S/M ha sido el medio de encender el fuego sagrado que arde en lo más profundo de cada hombre y de cada mujer”, sólo que ese fuego no es  símbolo de muerte o de autodes-trucción, sino premisa de renacimiento y metamorfosis. Los activistas han insistido en los efectos terapéuticos de estas prácticas. De hecho, como P. Califia se pregunta: “¿por qué alguien desea que le dominen, dados los riesgos? Porque es un proceso curativo”. De hecho, “una buena sesión no concluye con un orgasmo, sino en catarsis”[26].

 

                                              

 

 



[1] Gayle Rubin, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad”, en C.S. Vance, Placer y peligro, Talasa, Madrid, 1989, pp. 136-137.

[2] Krafft-Ebing, Psycopathia sexualis, Arcade Publishing, New York,  1998, p. 53.

[3] Ibíd. p. 87.

[4] S. Freud, Tres ensayos sobre teoría sexual, Orbis, Madrid, 1983, pp. 72-73.

[5] C. Scharfetter, General psychopathology. Cambridge, UK: Cambridge University Press, 1980, p. 257.

[6] Larry Townsend, The Leatherman’s handbook II, Carlyle Communications, New York, 1983, p 15.

[7] J. Bean, Leathersex, Daedalus Publishing, San Francisco, 1994, p. 32.

[8] Pat Califia, Public Sex, Cleir Press, San Francisco, 2000. p. 159 (el artículo es de 1979).

[9] M. Foucault, “Opción sexual y actos sexuales”, en G. Steiner y R. Boyes (comp.), Homosexualidad: literatura y política, Alianza, Madrid, 1985, pp. 31-32.

[10] Beverley Brown, “A Feminist Interest in Pornography – Some modest proposals”, citado en Linda Williams, Hardcore. Power, Pleasure and the ‘Frenzy of the Visible’, University of California Press, Berkeley, 1999 (expanded edition), p. 30.

[11] Lyn Hunt, “Obscenity and the origin of modernity 1500-1800”, en Feminism and Pornography, Cornell, D (dir.), Oxford University Press, p. 356.

[12] Linda Williams, op. cit., p. 276.

[13] L. Townsend, The Leatherman’s handbook, p. 19.

[14] “Michel Foucault, una entrevista: sexo, poder y política de la identidad”, en M. Foucault, Estética, ética y hermenéutica, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 419-420.

[15] Esta tesis la defiende en su tesis doctoral (no publicada) The Valley of the kings: Leathermen in San Francisco 1960-1990.

[16] David Halperin, Saint Foucault. Towards a gay hagiography, p. 88.

[17] Gayle Rubin, “The Catacombs: a temple of the butthole”, en Mark Thompson (comp.), Leatherfolk. Ra-dical sex, people, politics and practice, Alyson Publications, New York, 2001, pp. 126.

[18] R. Hopcke, “”S/M and the psicology of gay male initiation: an archetypal perspective”, en M. Thompson (ed.), Leather folk, radical sex, people, politics and practice, pp. 65-76, p. 71. Hopcke desarrolló sus tesis en el libro Jung, Jungians and Homosexuality, Boston, 1989.

[19] Ibíd. p. 71

[20] Ibíd. p. 165.

[21] Scott Tucker, “The hanged man”, en M. Thompson, Leatherfolk, p. 7.

[22] Leatherfolk P. 35.

[23] “Michel Foucault: una entrevista. Sexo, poder y política de la identidad”, p. 425.

[24] Ibíd. p. 425

[25] Jason Klein, Drummer, número 44, 1981, p. 16.

[26] Pat Califia, “A secret side of lesbian sexuality”, en Pat Califia, Public Sex, p. 165.