Construyendo el
sexo en taracea
Cuando José Fuentes comenzó a mostrarme las primeras imágenes de la serie
“Algunos ángeles”, empecé a sentir una inquietante sensación de familiaridad, y
a la vez un sentimiento siniestro debido a la sabiduría que encerraban, como si
de algún modo, y sin proponérselo, Fuentes hubiera sido capaz de captar y
retratar la historia de la sexualidad de los últimos tres siglos y me lo
mostrara ahí, con toda su belleza, en una narración ficticia, que sin embargo,
era también una narración real: la gestión de los cuerpos y de la sexualidad
por el poder. La biopolítica.
Yo había estado trabajando en la genealogía de la teoría queer durante los
últimos tres años[1], y esta serie de obras
supusieron una especie de revelación asombrosa. Lo queer es lo abyecto de la
sexualidad, los cuerpos anormales, las minorías sexuales que se rebelan contra
el poder y multiplican hasta el infinito la diversidad de las prácticas
sexuales, subvirtiendo los sistemas de normalización, sistemas que intentan crear
cuerpos normalizados, cuerpos sanos, cuerpos heterosexuales. Y aquí está la
historia de esa rebelión, un palimpsesto con una escritura borrada: las
pequeñas piezas de marquetería, encastradas de forma maravillosa en la pulpa de
papel, por medio de una técnica de grabado innovadora y sin precedentes, y creando
un retablo completo de la historia moderna de los sujetos.
En la parte primera,
El género es una invención reciente. En los años 50 del siglo pasado,
asistimos a una ruptura en el régimen disciplinario del sexo. Anteriormente, y
como continuación del siglo XIX, las disciplinas biopolíticas funcionaban como
una máquina para naturalizar el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por
"la conciencia". Lo será por médicos como John Money cuando
comienza a utilizar la noción de "género" para abordar la posibilidad
de modificar quirúrgica y hormonalmente la morfología sexual de los niños
intersexuales y las personas transexuales. Con las nuevas tecnologías médicas y
jurídicas de Money, los niños "intersexuales", operados al nacer o
tratados durante la pubertad, se convierten en minorías construidas como
"anormales" en beneficio de la regulación normativa del cuerpo de la
masa heterocentrada. Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el
Imperio Sexual intenta regular, controlar, normalizar. Y aquí tenemos, en los
grabados de Fuentes, esa misma plasticidad, la taracea y la pulpa de papel como
dos medios que modelan, producen, crean sexos. Solo que a diferencia del
bisturí terrible de Money (que decidirá que sólo debe haber dos sexos,
mutilando a los bebés hermafroditas para que su sexo sea legible sólo como
hombre o como mujer), los ángeles de Fuentes son múltiples, creativos, lúdicos,
no tienen reparos en hacer proliferar sexos innombrables que van más allá del
binarismo femenino-masculino (una casualidad asombrosa: John Money murió en el
verano de 2006, precisamente cuando José Fuentes acababa de terminar esta serie).
El capítulo 2 de la serie, El Castigo, muestra cómo estos ángeles traviesos
fueron castigados por su osadía, por medio de torturas inflingidas por diversas
máquinas conectadas a sus cuerpos. Una vez más, la fábula tenía un correlato
real. Desde el siglo XVIII aparece en el discurso médico una nueva noción del
cuerpo sexuado como amenaza, y una serie de órganos empiezan a ser sospechosos,
vigilados, perseguidos. En aquella época, por ejemplo, la mano pasa a ser un
órgano sexual. La mano masturbadora y sus peligros contra la salud. La medicina
va a construir una serie de máquinas, correas, arneses… destinados a controlar
la mano masturbadora. Muchos adolescentes serán conectados a estas máquinas de
tortura, como los ángeles castigados que nos muestran las imágenes. En el siglo
XIX aparecen nuevas máquinas, que se utilizan en los hospitales para dar
masajes pélvicos con el fin de producir orgasmos en las mujeres llamadas
histéricas. Estas máquinas serán las precursoras de los actuales vibradores o
dildos, una vez que se reduce su tamaño y se comercializan en el siglo XX como
objetos privados para el consumo casero[2].
En los capítulos 3 y 4, La elección y El sueño de la inmortalidad, los
ángeles tienen la posibilidad de volverse humanos y elegir su género (aunque
esta identidad va a ser paradójica e incongruente), o bien ser inmortales,
intentando abrir unas cajas que no se pueden tocar, lo que hace imposible el
proceso de devenir inmortal. Estos dos episodios resumen lo que ha ocurrido a
lo largo del siglo XX y lo que ocurre en la actualidad con las políticas del
sexo: por una parte, las minorías sexuales se rebelan a finales del siglo XX:
gays, lesbianas, travestis, transexuales, dragqueens, drag kings,
intersexuales, transgéneros, y otras muchas subculturas sexuales ponen en
cuestión que haya una coherencia en el sistema sexo-género, que sólo deba haber
dos sexos, o que el destino de los humanos sea la heterosexualidad. Estos son
los ángeles de
La caja está vacía. Pero gracias a José Fuentes ahora sabemos que es
hermosa.
Javier Sáez
TEXTO DEL CATÁLOGO DE