Construyendo el sexo en taracea

 

 

Cuando José Fuentes comenzó a mostrarme las primeras imágenes de la serie “Algunos ángeles”, empecé a sentir una inquietante sensación de familiaridad, y a la vez un sentimiento siniestro debido a la sabiduría que encerraban, como si de algún modo, y sin proponérselo, Fuentes hubiera sido capaz de captar y retratar la historia de la sexualidad de los últimos tres siglos y me lo mostrara ahí, con toda su belleza, en una narración ficticia, que sin embargo, era también una narración real: la gestión de los cuerpos y de la sexualidad por el poder. La biopolítica.

 

Yo había estado trabajando en la genealogía de la teoría queer durante los últimos tres años[1], y esta serie de obras supusieron una especie de revelación asombrosa. Lo queer es lo abyecto de la sexualidad, los cuerpos anormales, las minorías sexuales que se rebelan contra el poder y multiplican hasta el infinito la diversidad de las prácticas sexuales, subvirtiendo los sistemas de normalización, sistemas que intentan crear cuerpos normalizados, cuerpos sanos, cuerpos heterosexuales. Y aquí está la historia de esa rebelión, un palimpsesto con una escritura borrada: las pequeñas piezas de marquetería, encastradas de forma maravillosa en la pulpa de papel, por medio de una técnica de grabado innovadora y sin precedentes, y creando un retablo completo de la historia moderna de los sujetos.

 

En la parte primera, La Custodia, se cuenta la envidia de los ángeles hacia los cuerpos sexuados, y su decisión de crearse sus propios sexos utilizando la madera. Este proceso aparentemente ilusorio, refleja en realidad la vida de todos nosotros. El sexo no es algo natural, no es algo dado, es una construcción cultural y social. Y los sujetos, como nos descubrieron Freud y Lacan, están perdidos desde su nacimiento en su relación con la sexualidad. Por lo tanto tenemos que inventarnos identidades sexuales para sobrevivir. No hay hombres ni mujeres, sólo sujetos, y todos castrados. Del mismo modo que esos ángeles ingenuos se fijan en los cuerpos de Adán y Eva, los humanos nos fijamos en modelos que no tienen un original. Nadie sabe lo que es ser hombre o mujer. Intentamos aproximarnos a un lugar vacío con la plasticidad de nuestros cuerpos, con identidades, con ropas, gestos, roles, con prótesis, con hormonas. O con taracea. La misma plasticidad que muestran estos grabados. Variaciones de un tema que no está escrito.

 

El género es una invención reciente. En los años 50 del siglo pasado, asistimos a una ruptura en el régimen disciplinario del sexo. Anteriormente, y como continuación del siglo XIX, las disciplinas biopolíticas funcionaban como una máquina para naturalizar el sexo. Pero esta máquina no era legitimada por "la conciencia". Lo será por médicos como John Money cuando comienza a utilizar la noción de "género" para abordar la posibilidad de modificar quirúrgica y hormonalmente la morfología sexual de los niños intersexuales y las personas transexuales. Con las nuevas tecnologías médicas y jurídicas de Money, los niños "intersexuales", operados al nacer o tratados durante la pubertad, se convierten en minorías construidas como "anormales" en beneficio de la regulación normativa del cuerpo de la masa heterocentrada. Esta multiplicidad de los anormales es la potencia que el Imperio Sexual intenta regular, controlar, normalizar. Y aquí tenemos, en los grabados de Fuentes, esa misma plasticidad, la taracea y la pulpa de papel como dos medios que modelan, producen, crean sexos. Solo que a diferencia del bisturí terrible de Money (que decidirá que sólo debe haber dos sexos, mutilando a los bebés hermafroditas para que su sexo sea legible sólo como hombre o como mujer), los ángeles de Fuentes son múltiples, creativos, lúdicos, no tienen reparos en hacer proliferar sexos innombrables que van más allá del binarismo femenino-masculino (una casualidad asombrosa: John Money murió en el verano de 2006, precisamente cuando José Fuentes acababa de terminar esta serie).

 

El capítulo 2 de la serie, El Castigo, muestra cómo estos ángeles traviesos fueron castigados por su osadía, por medio de torturas inflingidas por diversas máquinas conectadas a sus cuerpos. Una vez más, la fábula tenía un correlato real. Desde el siglo XVIII aparece en el discurso médico una nueva noción del cuerpo sexuado como amenaza, y una serie de órganos empiezan a ser sospechosos, vigilados, perseguidos. En aquella época, por ejemplo, la mano pasa a ser un órgano sexual. La mano masturbadora y sus peligros contra la salud. La medicina va a construir una serie de máquinas, correas, arneses… destinados a controlar la mano masturbadora. Muchos adolescentes serán conectados a estas máquinas de tortura, como los ángeles castigados que nos muestran las imágenes. En el siglo XIX aparecen nuevas máquinas, que se utilizan en los hospitales para dar masajes pélvicos con el fin de producir orgasmos en las mujeres llamadas histéricas. Estas máquinas serán las precursoras de los actuales vibradores o dildos, una vez que se reduce su tamaño y se comercializan en el siglo XX como objetos privados para el consumo casero[2]. 

 

En los capítulos 3 y 4, La elección y El sueño de la inmortalidad, los ángeles tienen la posibilidad de volverse humanos y elegir su género (aunque esta identidad va a ser paradójica e incongruente), o bien ser inmortales, intentando abrir unas cajas que no se pueden tocar, lo que hace imposible el proceso de devenir inmortal. Estos dos episodios resumen lo que ha ocurrido a lo largo del siglo XX y lo que ocurre en la actualidad con las políticas del sexo: por una parte, las minorías sexuales se rebelan a finales del siglo XX: gays, lesbianas, travestis, transexuales, dragqueens, drag kings, intersexuales, transgéneros, y otras muchas subculturas sexuales ponen en cuestión que haya una coherencia en el sistema sexo-género, que sólo deba haber dos sexos, o que el destino de los humanos sea la heterosexualidad. Estos son los ángeles de la Elección, sin prejuicios, creativos, polimorfos. Paralelamente, las nuevas ciencias humanas - psicología, psiquiatría, sociología, antropología…- van a intentar establecer la verdad del sexo, las condiciones de su relación armoniosa, su normalidad. Van a promover discursos y confesiones sobre la sexualidad de cada persona para establecer su “naturaleza”: esta verdad es el Sueño la inmortalidad. Pero por supuesto fracasaron: al igual que las cajas mágicas de Fuentes, estos discursos y prácticas nunca logran su objetivo, la caja de la ciencia es transparente. No hay una verdad del sexo, no hay una armonía entre los sexos, no hay dos sexos, hay sólo una multiplicidad sin saber.

 

La caja está vacía. Pero gracias a José Fuentes ahora sabemos que es hermosa.

 

 

Javier Sáez

 

TEXTO DEL CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN DE PEPE FUENTES “ALGUNOS ÁNGELES”



[1] Sáez, J., Teoría queer y psicoanálisis, Síntesis, Madrid, 2004.

[2] Este proceso histórico fascinante de la genealogía del dildo ha sido estudiado en detalle por Beatriz Preciado en su ensayo Manifiesto contra-sexual, Opera Prima, Madrid, 2002.