LA KAMPEADORA Nº 9

QUEERCINE DEL KOLECTIVO DE GAYS Y LESBIANAS DE BURGOS

 

LOS MISTERIOS DE LA SANGRE:

¿son la práctica de hacer cortes y los deportes de sangre una cosa de mujeres?

por Pat Califia

Este texto es un extracto de un ensayo más largo titulado "Afiladas Cosas Brillantes".

 

En la comunidad leather de San Francisco, la práctica de hacer cortes está tan identificada con las mujeres que un hombre gay al que sé que le gusta jugar con cuchillas es criticado a veces por otros hombres porque sus fetiches de sangre son "una cosa de lesbianas". Aunque por lo general rechazo las visiones del mundo que dividen las cosas por el género, parece que los objetos afilados y la sangre tienen un significado diferente para los hombres y para las mujeres.

Lo sangriento es algo que tengo en común con otras muchas mujeres. No todas, pero algunas de nosotras compartimos una comprensión instintiva de su significación, y un amor por la sensación de la piel al abrirse, de la sangre al fluir, su olor cuando pones tu cara en ella, y el extraño escozor, la sensación de arrugas cuando se seca en nuestras manos y mejillas. Hablar de esto con hombres me hace estar alerta. No porque vayan a denigrar el poder del ritual – los hombres no tienen la capacidad de desestabilizar la magia que se da entre las mujeres. No, soy reacia a hablar o practicar deportes de sangre con hombres porque no creo que lo comprendan. La sangre no significa lo mismo para un hombre que para mí. Debemos compartir los mismos miedos que todo ser humano tiene a ser herido, a perder el combustible que hace que nuestro corazón siga bombeando. Pero yo además veo la sangre como comida y como una bendición. Porque sangro una vez al mes y no muero, sé que incluso cuando muera eso no será mi fin. Volveré aquí en una forma diferente, o iré a otro lugar a hacer otro tipo de cosas. Y no tengo la misma posición ambigua que tienen los hombres sobre estar sepultado/en el útero. Cuando follo a otra mujer, tengo claro que quiero poner lo máximo de mí en el interior de su cuerpo.

Pero por razones que realmente no comprendo, parece que una parte de mi destino en la vida es hablar con y sobre hombres. He estado en situaciones de intimidad poco corriente con hombres que aman a otros hombres, y he visto en esos encuentros cosas que las mujeres nunca hacen o se dicen entre sí, o al menos no en su momento. Algunos hombres me han pedido consejo o comentarios sobre sus vidas, y a veces escuchaban lo que les decía. Siempre tengo cuidado de no ser utilizada o malinterpretada por los hombres, porque incluso el hombre más humilde del mundo, más sensible, y amante de las mujeres, tiene potencialmente una increíble carga de arrogancia, distancia y perjucio para las mujeres. A pesar de esto, parece que mi vocación espiritual y sexual es ser una bollera que tiene aliados que no son bolleras. Así que he decidido escribir esto a pesar de que estoy intentando describir experiencias para las que no tenemos un vocabulario, a pesar de que no sé si estos descubrimientos serán comprensibles, o tendrán valor aisladamente, para otras personas. Es un material privado que apenas analizo incluso con colegas vampiros. Miramos aquella escena de Dune cuando el Barón Harkonnen pierde su enchufe del corazón, y nos regocijamos, se nos pone carne de gallina como yonkis que acaban de ponerse, pero apenas hablamos de ello. En el campo de la magia, la sangre es el producto más poderoso del cuerpo humano. Es un potente símbolo de la vida y la muerte, de la curación y del dolor. Cuando las personas sangran, se dejan ir, pero la sangre también es una substancia que une, una promesa y una purga. Sella juramentos y liga firmemente a las personas. Lady Macbeth llevaba razón, una vez que has tenido la sangre de alguien en tus manos, ya no puedes limpiarla nunca. La persona que sujeta la cuchilla y corta a alguien es también marcada, incluso quizá más profunda y permanentemente que aquel que sangra. Obviamente, la persona a la que se corta tiene que sentir una enorme confianza en la mano que maneja el cuchillo. Pero el que corta debe también confiar. Tú estás diciendo a la persona a la que decoras: "Confío en tu lealtad. Confío en que me has dicho la verdad, y que esto es algo que realmente deseas, no sólo para el día de hoy, sino para la persona que serás dentro de diez años, veinte, treinta. Confío en que portarás esto con orgullo y afecto, y que nunca empañarás mi memoria con vergüenza o ira, porque fui yo quien te hizo estas cicatrices para que las llevaras". Esto es pedir mucho a alguien, es pedir mucha sinceridad y clarividencia

 

(Pat Califia, activista, escritora y conferencianta es autora de numerosos libros sobre sexualidad lesbiana y sexualidad leather. En castellano podemos encontrar "Los secretos del Sadomasoquismo". Ed.Martínez Roca. Y "El don de Safo.El libro de la sexualidad lesbiana" en la editorial Talasa. Colección Hablan las mujeres").


© 1995, Cuir Underground

http://www.black-rose.com/cuir.html

Traducción del inglés por Javier Sáez.

 

 

ESCLAVO COMPRA AMO

 

"Donde hay cadenas, hay placer", podría ser su eslogan publicitario. Manuel, de ventiséis años ejerce "el oficio más antiguo del mundo" con un látigo en cada mano y una capucha sobre la cabeza. Disciplina inglesa, vacaciones en la bodega, ataduras (bondage), castigos incluidos. ¿Por dinero?. También por el placer, porque si bien el maestro del S/M es materialista también adora su material, sus pinzas para los pezones, sus ataduras de cuero. El sadomasoquismo es lo suyo, lo lleva dentro.

Gai Pied: Antes de especializarte en el sadomasoquismo, empezaste hace seis años, a los veinte, a dar masajes. ¿Qué te llevo a hacer esto?

Manuel:

No soy del tipo de personas que pierden su vida ganándosela y me siento atraido por el "dinero fácil". Me había fijado en como en bastantes periódicos la mayor parte de los anuncios son de mujeres que "dan masajes" pero apenas había de chicos. Me dije que había un mercado que cubritr y puse unos anuncios. Es fácil poner esa clase de anuncios, no se te exige nada; a este respecto hay un vacío jurídico total, nadie sabe si está prohibido o no y no encontrarás ningún abogado que te de información.

G.P.: ¿En que consisten estos masajes?

M. Esto sirve, claro está, de pretexto para la prostitución, porque para ser masajista hace falta un diploma del Estado y sólo puede hacerlo un especialista. Bueno, pero me fue muy bien, tuve muchas respuestas a mis anuncios. Existe una verdadera clientela para esto y durante un año practiqué los masajes de una manera muy intensiva. Sexualmente aquello no iba muy lejos. Eran, en efecto, masajes, y a menudo, después, una paja rápida y nada más. Ganaba bastante dinero pero esto me hacía tener que cepillarme a tios que no me gustaban, que tenían culos gordos y que, por supuesto, distaban mucho de ser jovencitos, aunque yo no hago verdaderamente caso de la edad: en el fondo, para mi no tiene tanta importancia. Durante todo ese año me fijé como objetivo practicar el sadomasoquismo en cuanto tuviera suficiente dinero para comprarme el material.

G.P: ¿Por qué te especializaste en el S/M?

Porque me encanta. Desde que puedo acordarme me sentí verdaderamente apasionado por estas prácticas. Desde siempre he tenido esta sexualidad. El coito habitual, a la manera digamos "clásica", no me interesa. En lo más hondo de mi mismo yo he sido siempre, no me gusta la palabra "dominador", "directivo". Forma parte integrante de mi personalidad. Antes incluso de tomar conciencia de mis deseos homosexuales, cuando tenía quince años, vivía con una chica en casa de mis padres y estaba muy apegado al cuero, las motos, y a esta chica, a la que dominada. Tenía ya una capucha y pinzas para las tetillas, este material me excitaba mucho. Felizmente mis

padres eran gente muy liberal y cuando mi madre descubrió estos objetos en mi habitación los llamó "mis juguetes". Enseguida, cuando tuve el dinero suficiente para comprar el material decidí dejar los amsajes y pude vivir por fin aquello que yo era realmente.

G.P: ¿Te inició alguien en estas prácticas?

No, no. Hay chavales que aprenden solos a leer música o a tocar un instrumento, sin un profesor. En el S/M sucede algo similar, algunos son inciados y otros, como yo, aprendemos solos.

G.P: ¿No has sentido nunca el deseo de ser "la parte masoquista"?

Hace algunos años quise precisamente saber que es lo que sentía un masoca y puse un anuncio para encontrar amos, pero no me gusto demasiado. Es más, los dos o tres tíos con los que estuve no correspondían a mi idea de yo tenía de un "dueño".

G.P: Ser "leather" es una cosa pero transformar la disciplina en algo cotizado es otra diferente...

Cuado daba masajes mucha gente me pedía realizar fantasías mas concretas. Muchos querían ser sumisos, me hacían ver que estaría mucho mejor vestido de cuero , que había en París una carencia en este terreno; lo cual es cierto. Si miras "Minitel" hay diez masocas por un amo. Por lo tanto he puesto en muchos periódicos un recuadro publicitario y el mensaje era lo suficientemente explícito como para atraer a los aficionados.

G.P: ¿Funcionó enseguida?

Oh! Si. Al principio yo no podía permitirme seleccionar la clientela porque no tenía. Yo cogía lo que venía. Cuando ví la gente que me traía los anuncios me di cuenta de que podía seleccionar, estaba en una posición en la que podía elegir. Hoy día tengo una clientela de alrededor de ciento cincuenta personas, mas o menos habituales, y hay unas doscientas personas a las que no he tenido tiempo de ver todavía.

G.P: ¿Quiénes son tus clientes? ¿Podrías trazar una especie de retrato robot?

Son la clase de gente que te encuentras en la discoteca y que, muy a menudo, lleva una vida tan tranquila con una chica o un chico. Pensaba que iba a tener sobre todo gente mayor pero para mi sopresa tengo también muchos jóvenes y cuando digo jóvenes digo a partir de los dieciocho años. No es la mayoría, pero es cuando menos un número sorprendente. Por encima de los cincuenta años no hay muchas demandas y además no me gustaría tener enfrente a gente dispuesta a jugar un rol paternalista. Después, por

supuesto, el servicio se paga. Desde unas quince mil. Se puede considerar caro y no lo es, porque si vas a sudar a una discoteca leather o contactas por Minitel supone también bastante dinero y no sólo por ser un sitio leatther sino porque además no tienes garantizado el encontrar a alguien. Conmigo, por ese precio, se está seguro de poder estar con alguien que tiene experiencia y tiene material.

G.P: Se diría que fantaseas exageradamente con el material

Tengo todo aquello que se puede soñar, un cuarto bien equipado.

 

G.P: ¿Qué es lo que propones a tus compañeros (paternaires), término que pareces preferir al de "clientes"?

Lo que me choca a menudo es que la gente que viene a verme pertence al mundo de los cuadros profesionales medios, son directivos todo el día. Dan ordenes a la gente y después, de vez en cuando, necesitan que se les coja de la mano. Es lo que piden. Que se decida por ellos. Si alguien pregunta por teléfono que es lo que hago le respondo que lo más fácil es venir a verme. Puedo hacer de todo, hay diversos grados, puede ir desde la iniciación a una cosa muy dura, del tipo "coprofilia". Generalmente la gente no pide nada preciso. Tienen pocas referencias en este terreno, se interesan por una imagen, un estereotipo. Tienen en la cabeza una fantasía que se han creado, a mi me corresponde darle forma y saber que hacer con ella, particularmente si el tipo es un novato. O también están los habituales del sadomasoquismo que saben bien lo que quieren, ser atados o penetrados con el puño (fist-fucking), por ejemplo, y eso lo pueden encontrar aquí.

G.P: ¿Son muchos los que te piden cosas realmente fuertes?

No, no es la mayoría. Creen a menudo tener fantasías fuertes pero, de hecho, en la práctica es todo muy dialéctico. Consiste frecuentemente más en un diálogo "duro" que en actos. Las humillaciones, las ordenes, físicamente son soportables. Pocos se atreven a llegar muy lejos, esto requiere todo un seguimiento y una preparación del cuerpo y del espíritu. Veo sus límites, y una vez que los hemos definido juntos no se va mas allá, porque me pongo en el lugar del tio y no me daría mucha seguridad ser atado y encontrarme frente a alguien que pierde el control.

G.P: ¿En que consiste esta iniciación?

Oh! No se, pero puede ser "bondage" (ataduras) o trabajar las tetillas; la flagelación es algo un poco más duro. La estructura de las sesiones se parece un poco a un pastel: empiezas por hacer la masa y, después, pones las frutas que quieras. La masa es aquí la psicología, el ochenta por ciento del trabajo se hace mediante la psicología.

G.P: Concretamente ¿Qué sucede en una cita? Oyéndote hablar se diría que no debe ser fácil conseguirla.

No, yo doy siempre cita para el mismo día, a menos que se trate de alguien que viene especialmente a París. Tengo también a los que vienen de Suiza o de Bélgica. Pero, te diré, la mayor parte, la primera vez, esta muerta de miedo, porque yo estoy con pantalón militar o vestido de cuero y eso impresiona; la voz, al teléfono, contribuye igualmente a crear este ambiente. Pero no tengo la impresión de hacer teatro. Pongo cómoda a la gente ofreciéndoles siempre un vaso, se discute, y la atmósfera se vuelve mas distendida. Hay muchos tipos de "primera sesión". A menudo es muy excitante, porque tu no conoces al cliente, el cliente no te conoce a ti, es la atracción de lo desconocido.

El placer de descubrir al otro. A veces todo sucede de maravilla. El cliente lo dirá. Aunque no siempre es todo un éxito. He tenido a tipos que estimaron que la sesión había sido un fracaso y que no pensaban volver. Están aquellos también, bastante numerosos, que habiendo tenido una sesión mediobuena consideraron que no había sido culpa mía, que ellos no habían sido suficientemente repectivos a los mensajes que yo les había lanzado y que probarían otra vez.

G.P: Se tiene la impresión de que haces estos servicios a cualquiera, sin importar su físico.

Eso no es del todo cierto. Pero, insisto, soy un verdadero forofo. Un tio viejo y gordo, de entrada, no me gusta, pero todo depende del "feeling". Al contrario, podría estar frente a un tio guapo, de veinte años, pero como con él no tengo ningún feeling le diría que no.

G.P: ¿Tienes clientes que quieran ir siempre un poco más lejos en su fantasía?

Si, y yo estoy preparado para segirles. Esto puede consistir en ataduras de larga duración, o en prácticas coprófilas. Tengo una casa en el extranjero y llevo allí a la gente que tiene fantasías muy peculiares. Por ejemplo, quedarse encerrados en la bodega durante varios días. Finalmente ya no se bien que es suave o duro. Todo es extraño en el S/M. A menudo llevo a chicos a los bares leather y les coloco a tíos. Son cosas que me gustan, pero no se si eso es duro. Lo esencial es que los actores acaben satisfechos.

G.P: ¿Son caras, estas fantasías, un poco mas fuertes, del tipo "vacaciones en la bodega"?

Si, es forzosamente mas caro porque requieren más trabajo. Vives una experiencia de la que sales con la cabeza renovada. Eso no tiene precio. Pero dejemos de hablar de dinero.

G.P: ¿Nunca te sientes a disgusto?

No, estas prácticas se corresponden un cien por cien con mis fantasías. A partir del momento en que se te pone dura, y ese es siempre mi caso, sino no podría dedicarme a esto, estamos ante la verdadera prueba. No puedes engañar a tu mundo.

G.P: ¿Haces muchos servicios en un mismo día? Y hablando de dinero ¿cuánto ganas al mes?.

No hago esto de una manera industrial. En lo que respecta a los masajes lo hacía unicamente por la pasta y no dudaba en hacerlo de manera intensiva mientras que en lo que se refiere al S/M necesitan concentración y no puedes hacerlo sin estar en forma. Puede oscilar entre nadie y dos o tres personas al día. Tu me hablas de dinero y es lo normal. Lo que gano es mas o menos un millón de pesetas al mes. No tengo la impresión de robar a mis clientes. Es para mí un trabajo. Eso supone que se me pague. No que se me pueda comprar. ¿Compras a un médico a un abogado?. Aquí, es parecido y la gente lo entiende así. La mayor parte pagan con tarjetas de crédito y muy raramente en efectivo. Admiten bien la tarifa tipo, para mí es como una participación en el negocio. Pagar por lo que hago, vale la pena, ahora pagar por unos masajes no es muy útil porque aunque no seas un tio muy guapo siempre encuentras algo. Mientras que para placeres muy especializados es más difícil.

 

G.P:¿Te lías a menudo con tus clientes?

No es algo sistemático, naturalmente, pero te he dicho que a menudo vuelven. Cuido mucho lo que encuentro. Los seiscientos francos, a menudo, se reinvierten en el restauratne. A veces tengo ganas de salir de viaje con los tíos, sólo por unos días. Y esto no es cuestión de dinero. Desde el momento en que tienes una pasión, y para mí, ser "leather" lo es, existe forzosamente el amor desinteresado. Hay una decena de personas, de compañeros o "paternaires", con los que me entiendo muy bien. Somos como una banda de amigos que se concocen entre sí. Es lo que yo vivo y no puedo explicarlo. Imagina un grupo de gente que no siente celos entre sí y saben perfectamente lo que hace cada uno conmigo. Es como una tela de araña y yo soy, en el centro, la araña. Hay que decir que son gente bien situada en la escala social, tengo muchas ocasiones de encontrar tipos inteligentes o interesantes.

G.P:¿Tu vida privada, a que se parece?

Prefiero no hablar de ello, pero he vivido con un chico durante mucho tiempo.Dejalo ahí. Digamos que a partir de las dos del mediodía empiezo a tener mis citas. Tengo un móvil, soy totalmente libre de moverme. Tengo una vida bastante agradable.

G.P:¿Toda la gente es consciente de los peligros del SIDA?

No, por increible que parezaca, la mayor parte parece ignorarlos. Pero no es mi caso, porque yo tomo todas las precauciones necesarias. O también, esta el caso opuesto, los tíos totalmente paranoicos que tienen una idea tal del sexo seguro que no puedes hacer nada con ellos. Pero es bastante raro.

G.P:¿Tienes intención de continuar mucho tiempo con esta actividad?

De momento no tengo la menor intención de jubilarme.

 

(Esta entrevista apareció publicad previamente en el magazine gay francés "Gaipied").

 

Traducción: E.N. (Gracias a Elise).

Va de libros...

("Herculine Barbine también llamada Alexina B" Texto recopilado y comentado por Michel Foucault). Madrid. Editorial Revolución.

 

"Volved hacia fuera [los órganos genitales] de la mujer,doblad y replegad hacia adentro, por así decirlo, los del hombre, y los encontraréis semejantes en todos los aspectos"

GALENO DE PÉRGAMO (c. 130-200)

 

"El lenguaje precede al cuerpo"

JUDITH BUTLER

  

"Herculine Barbin" es una recopilación de textos sobre la trágica existencia de un hermafrodita del siglo pasado, no casualmente recuperados y comentados por Michel Foucault a partir del original de las memorias escritas por el protagonista y de las anotaciones tomadas por médicos forenses y juristas de la época.

Tardieu, ese doctor que afirmaba tajantemente que "no osaré ensuciar mi pluma con el vil vicio de los sodomitas", pero que dejó escritos varios tratados reaccionarios sobre (homo)sexualidad y el hermafroditismo, analizó el cuerpo sin vida de este personaje singular que entra por derecho propio en la galería de hombres y mujeres "infames" a cuya historia se ha acercado Foucault en tantas ocasiones y con tan penetrantes resultados. Basta con recordar su minuciosa reconstrucción de la historia de Pierre Riviere, un joven campesino que asesinó a toda su familia y fue objeto de estudio psiquiátrico y su bellísimo libro "La vida de los hombres infames" donde reune toda suerte de marginados para hacer una genealogía de los mecanismos de exclusión desarrollados por las instancias de poder y saber.

Herculine Barbin, conocida en los círculos donde creció como Alexine B. , es, sin embargo, lo contrario de un rebelde o un criminal. Solo su cuerpo, dotado de órganos genitales femeninos y masculinos, le sitúa en la mirada excrutadora y estigmatizadora de médicos, jueces y sacerdotes y al margen de las normas sociales al uso.

Educada en un internado de monjas como una niña estudiosa, tímida y de salud delicada descubre su atracción hacia sus compañeras del mismo sexo. Sus dudas y su enfermedad la llevan a ser analizada por un médico y un sacerdote que la obligan a convertirse en un joven del sexo masculino de cara a la sociedad. Se trata sin duda de un caso estremecedor sobre como el intervencionismo de las instituciones y el oscurantismo de la religión católica llevan a un ser indefenso a la desgracia y el suicidio.

Foucault no está tanto interesado en el relato autobiográfico escrito en manera de folletín sentimental y decimonónico de Alexine como en la imperiosa necesidad de definir y fijar el sexo que surge en esa época y que lleva a las instituciones a intervenir con tan nefastos resultados. Es la época en que las sexualidades no ortoxas se convierten en objeto de estudio, control y proliferación de discursos.

La fuerza del relato surge de la ignorancia de Herculine, algo que Ricardo Llamas llamaría "ignorancia promocionada", que le lleva a la destrucción final. Ignorancia promovida por una vida monástica y de inicial negación de la sexualidad a la vez que de marcados roles genéricos. Alexine empieza sublimando su deseo por las novicias en una amistad platónica que en principio podríamos considerar como la manifestación de un lesbianismo reprimido característica de estos ambientes y que sólo al final descubrimos como el resultado del desconocimiento absoluto de una realidad corporal consecuencia de una educación determinada y determinista. El ambiente y el tono entre exaltado y algo cursi de los recuerdos semi-novelados de Herculine nos recuerda las narraciones de amores conventuales y dudas espirituales en la línea de "La religiosa" de Diderot o "Extramuros" de Fernández Santos aunque todavía más convencional. Solo algunos apuntes misteriosos entorno al despertar del deseo y la relación progresivamente más conflictiva del personaje con su realidad corporal y social nos señalan que la cosa va por otros derroteros. La intervención del sacerdote y sobre todo de los médicos nos revelan la verdad y obligan a Herculine a renunciar a un sexo que ya ha sido determinado, construido y afianzado socialmente. Sin duda hay mucha lesbofobia y sexismo en la decisión de los médicos de obligar a Alexine a convertirse en un chico al manifestar ésta su deseo y al tener un órgano sexual masculino por atrofiado e inutilizado que se encuentre y por la escasa relevancia que pueda tener ya en la construcción genérica de la joven novicia y profesora. Herculine se revela incapaz de adaptarse a su nueva determinación genérica y se suicida en la soledad y la pobreza. La furia linchadora de los lugareños que conocen su historia y que le obligan a exiliarse de su ciudad natal y alejarse de sus familiares pone aún mas de relieve la cruel hipocresía de la sociedad del momento que se deja entrever tras las líneas de su relato pero que queda definitivamente definida en la literatura y los apuntes médico-legales que acompañan al texto. Precisamente parte del impacto que produce este libro está en el contraste entre el tono íntimo y próximo a la confesión religiosa de los recuerdos de la protagonista y la frialdad aséptica de los informes médico-forenses que lo acompañan. Descubrimos la fria crueldad del doctor Tardieu al afirmar sin pudor que era necesario atribuir a Alexine un sexo masculino a pesar de haber sido criada y crecido como una muchacha por la simple razón de que posee un diminuto pene y se siente atraída por las personas de su mismo sexo. Como diría Foucault Alexine obligada a interrogarse sobre su sexo, a decir "la verdad de su sexo" en un acto de confesión continúa y de inducida inquietud de sí. La identidad sexual debe ser nombrada y el hermafrodita debe ser objeto de esta definición en uno u otro sentido.

Vemos como el poder de decidir sobre el sexo y el futuro de Alexine se desplaza de los sacerdotes al diagnóstico definitivo de los médicos y como los segundos intervienen allí donde acaba o disminuye históricamente el poder interrogador de los primeros.

El sexo se revela como "una construcción social impregnada de política" sobre la que hay que enunciar una verdad única y nunca ambivalente. El sexo es así siempre "de interés general". La incitación ha hablar del sexo pasa además por una obligada autodefinición que en el caso de Alexine ni siquiera es elegida por ella sino impuesta primero por la educación religiosa y luego por la definición médica o médico-jurídica.

El doctor Tardieu y sus colegas no soportan que Alexine continúe siendo una joven a pesar de que ha crecido como tal porque posee un pene por el que eyacula, no tiene nunca la regla y se siente atraída por las mujeres. Evidentemente "la verdad sobre su sexo" pasa por la afirmación o reafirmación del sexo masculino, el falocentrismo y la heterosexualidad como modelos hegemónicos y siempre preferibles.

Foucault no juzga de modo categórico a los jueces y verdugos pero describe con interés histórico y político como estos hacen nacer en esa época las categorías sexuales como cerradas y excluyentes y obligan a la confesión mas allá incluso de los límites impuestos por la religión. La medicina pasa a sustituir a esta como policía del sexo. Mas allá de los límites del pecado o la redención, la psiquiatría tiene la verdad sobre el sexo y es a finales del XIX cuando se adueña definitivamente del aparato de verdad.

El aparato de la verdad sobre el sexo, esa voluntad de saber y obligación "no dicha" de confesión se diversifica en multitud de dispositivos, determina los espacios, construye las ciudades, condiciona las arquitecturas y fija las anatomías. La muerte de Herculine no es solo el resutado de una hipócrita moral y una religiosidad pacata sino también del afán científico por definir y redefinir la verdad del sexo desde las instancias del poder.

 

Eduardo Nabal.

 

 

 

TRADICIONES FAMILIARES (Un relato)

 

Siempre he tenido una obsesión especial por el pene de mi padre. Incluso de muy pequeño, con una lascivia impropia de mis recién cumplidos siete años, yo lo espiaba ya. Me sentaba en la escalera de la azotea --unos peldaños de granito áspero que pasaban junto a la ventana de su dormitorio-- y levantaba con cuidado el borde de la persiana para ver a mi padre desnudo mientras dormía la siesta. Una vez, mi madre, que descansaba a su lado, se dio cuenta de mi acción y me hizo gestos desde la cama para que me fuese. Yo la obedecí, por supuesto, y a eso de las siete de la tarde, nada más despertarse, recibí de sus labios una comprensiva bronca que acaté sin levantar la cabeza. Por supuesto, ella ya no volvió a sorprenderme nunca más entregado a la contemplación de su marido desnudo, pues yo me cuidé a partir de entonces de no hacerlo hasta que ella no se hubiese levantado y salido a sus recados. Sin embargo, después de aquella primera regañina inicial, mi madre y yo tuvimos la certeza de que entre ambos se había establecido un vínculo nuevo que probablemente no compartían las madres y los hijos del resto de la ciudad: los dos nos dedicábamos por entero, vivíamos y habíamos sido fascinados por aquel gigantesco pedazo de carne que mi padre extendía para nuestro solaz en las cálidas siestas del verano.

Pues, en efecto, el pene de mi padre me parecía entonces un regalo que se me daba por ser capaz de superar tan brillantemente los exámenes finales de fin de curso, y su contemplación --que se iniciaba en la siesta del día de San Juan-- duraba como una agonía interminable hasta mediados de septiembre. La fecha del fin era inamovible. Cada otoño, para evitar el frío, mi padre volvía a dejarse otra vez aquella barba de anarquista que era el horror de mis abuelas, y para la siesta comenzaba a cubrirse con un pantalón corto en el que mi madre le había bordado con amor sus iniciales justo casi al borde de la cadera izquierda, donde ella y yo sabíamos que cargaba aparatosamente la punta de nuestro gigantesco patrimonio común.

Durante todo el invierno mi padre dormía de esa guisa y, al menos en las tardes que mis obligaciones escolares me permitían contemplarlo, seguía destapado como en el principio de curso. Siempre pensé que había algo extraño en ello. No se si por una profunda comprensión del deseo de su hijo, o simplemente para satisfacer su propia lascivia, mi madre abría al máximo la calefacción del dormitorio en las siestas del invierno y, por tanto, mi padre, nada más caer en el sueño iba despojándose con progresiva incomodidad de la colcha y de las mantas peludas hasta que aquella penumbra de vapor le llenaba el cuerpo de innumerables perlitas de sudor. Mientras le contemplaba en medio del frío, en el lado invernal de la escalera, entre las luces plomizas de Diciembre, aquellas gotas constituían la más preciada protección contra el mal tiempo que yo, el más tierno y excitado de sus benjamines, sufría en el patio, durante las inacabables horas de su sueño.

Puedo jurar que entonces yo no tenía experiencia alguna en materia de penes, pero a fuerza de largos veranos de taquicárdica contemplación desde la ventana, yo había acabado por aprenderme todos los rasgos del animal, así como las distintas fases por las que iba pasando en cada uno de los momentos de la siesta. Aleccionado por esa visión del mes de agosto, mi fantasía le había prodigado ya infinitos cuidados de niño bien, con tanta entrega que al final decidí de una vez por todas que tenía que aplicarme a conseguir mi deseo, y que tenía que hacerlo con la misma disciplina feroz que los Hermanitos de La Salle me habían enseñado a utilizar para los exámenes.

Mi estrategia empezó esa misma semana. En una tarde en la que nadie estaba en casa, escogí uno de los pantalones con los que mi padre dormía, y me dediqué a estirar una y otra vez el recio elástico de la cintura hasta lograr que cediera a mis manitas sin esfuerzo. A veces quería abandonar el trabajo. Era enormemente cansado derribar la fuerza de uno de esos elásticos de los años sesenta, que debían de durar varias generaciones, pero tuve la suerte de descubrir con eso el sentido último de la constancia y del trabajo disciplinado de los que tanto hablaban los Hermanitos, de un modo que me parecía en principio mucho menos baldío que el de los cuadernos de sumas. De modo que al final pude con él. El ceñido elástico se había quedado como muerto, o más bien --pues ese era mi propósito-- como la puerta, antigua y desencuadernada, de un templo viejo, que puede abrirse y cerrarse a voluntad por el empujón de un simple cachorro.

Durante días visité el dormitorio y no cejé ni un sólo instante en la inspección de los pijamas de mi progenitor, hasta la mañana en que los pantalones que yo me había encargado de forzar con ese denuedo jesuítico aparecieron por fin debajo de su almohada. Esa tarde, cuando mi madre su fue, yo ya no tuve que pasar por la escalera para cerciorarme. Abandoné mi cuarto de juegos y atravesé de un extremo a otro la casa hasta llegar a la puerta tras la que mi padre dormía. Un aire helado entró por la ventana del pasillo, desde el patio abierto donde yo me instalaba cada tarde, agitó los encajitos de mi camisa de marinero, y se me coló por los faldones con la fuerza de un viento polar, de modo que todos los poros de mi piel se me erizaron con la un estremecimiento feroz cuya razón no se encontraba sólo en aquel frío del demonio sino en un pánico sin precedentes.

Empujé la hoja y cedió con facilidad. La habitación ya no tenía puesto el cerrojo que mi madre se encargaba de correr cuando entraba en el cuarto, durante la siesta, para practicar esos ritos inmundos de los mayores. Así que di dos pasos y me adentré en la oscuridad del dormitorio. Me pareció que estaba robando, que estaba cometiendo un delito gravísimo, de modo que un cepellón de sangre ardiendo se me agolpó en la ingle a través de una erección incontrolada que ha ido acompañando desde entonces mis tentaciones ante las vitrinas de todos los grandes almacenes del mundo. Una bocanada de aire caliente me acarició la cara y yo cerré la puerta detrás de mí, apresuradamente y en silencio. No pude ver nada. Me apreté contra la madera y estuve unos minutos con los ojos cerrados. Cuando los abrí, la penumbra me rodeaba de un vapor traslúcido que me tuvo ciego unos momentos más hasta que la visión del dormitorio se aclaró ante mí.

Mi padre estaba tendido sobre la cama, sin sábanas, la dureza arábiga de los músculos perlada de gotas brillantes, con la mano bajo la nuca a la manera de una segunda almohada --de tal modo que sospeché que quizás no estuviera completamente dormido-- y las piernas abiertas, rodeando el sexo que no me atreví a mirar, y que debía de estar envuelto entre los rasos del pantalón como si fuera la custodia del sacramento en el altar de Santo Domingo. Me acerqué hasta el borde de la cama con un terror que aún puedo evocar sin dificultad alguna. Mi padre estaba allí, junto a mí. El ritmo de su respiración en la oscuridad, el pecho que se elevaba y descendía serenamente, me hicieron sentir como si estuviera ante un extraño. Las rodillas empezaron a temblarme de pánico y el corazón se me lanzó a un tamboreo trepidante que me llenaba la boca con un sabor de aceite.

De pronto descubrí que no me importaba el miedo. Mis pies tropezaron con las mantas, arrojadas de una patada por el calor exagerado del dormitorio. Amontoné las mantas y me puse de pie sobre ellas, temblando de un terror placentero, para mirarle la cara. Descubrí que mi padre tenía el gesto adusto, pero no con la gravedad que lo atravesaba durante las crisis de histerismo de mis abuelas, sino con una seriedad que yo no había visto antes. Vi su cabello que le fluía como un río negro, y me fijé en la barba cerrada, unos labios gruesos, sensuales, que sentí brillar por primera vez en la penumbra. Parecía como si la misma corriente oscura le descendiese por el pecho hasta la ingle y los muslos. Un vello similar, menos hirsuto pero del mismo color de precipicio, le ocupaba el torso, y luego se adelgazaba en el centro y se extendía otra vez como una pirámide en dirección a la cintura.

Sobre la pelvis, desplazado hacia el muslo izquierdo, brillaba sin pudor el pantalón de mis esfuerzos, con la corona celeste de las iniciales, elevada sobre la cima de su enorme animal oculto. Alargué la mano con miedo y acaricié los bordados, y, bajo ellos, la cabeza del monstruo. El tacto tierno me estremeció y mantuve los dedos inmóviles sobre la tela durante varios segundos para que el sueño se fuera acostumbrando a mí. Descubrí que el animal era blando y tenía una temperatura cálida, más todavía que el resto de la habitación. Aún no me atrevía a moverme, pero el glande ocupaba la misma extensión que mis dedos, así que moví la mano lentamente de un lado a otro para recorrerlo del todo. Lo hice despacio, saboreando el instante con lascivia, y me pareció que el animal despertaba, como si tomara fuerzas y empezara a ponerse tenso para incorporarse del sueño.

Separé la mano, y vigilé la respiración de mi padre. Se había alterado escasamente. Los labios se le habían entreabierto un poco más y había cambiado el ángulo de la cara. Aguardé un momento a que el sueño se regulara, pero no lo dudé. Me empiné sobre las mantas y me encaramé de rodillas sobre la cama. En la cintura, como tenía previsto, el pijama había cedido unas pulgadas empujado por los primeros despertares del monstruo y supe que ya era el momento. Tomé el borde de la tela con dos dedos, la levanté con suavidad y la bajé hasta la mitad del muslo. La visión cercana del pene de mi padre me produjo una sensación que yo no había sentido jamás y que resultaba próxima a la angustia. Me sentía como invadido por una sangre que era de otro, una sangre más viscosa que la mía que iba quemándome simultáneamente en el corazón y en la boca.

Extendí la mano hacia y acaricié a mi padre sin control alguno. Mis dedos se perdieron entre la mata de vello hasta que sentí la dureza de los músculos vivos bajo la palma y tuve la sensación de que fluía de mí por las compuertas del sexo un poco de esa sangre ajena que se me agitaba dentro con premura. Recorrí el velludo torso con mi mano de un extremo a otro, de modo que mi padre se movió sobre su espalda y pareció como si se turbara, como si fuera a despertarse.

Entonces aproveché el momento. Arrebaté el pijama de su cintura cuando se giró, deslicé el pantalón sobre sus muslos y saqué cada una de las perneras por los pies, que me atreví a levantar con la mano sin ningún cuidado apenas. Mi padre se agitó de nuevo pero menos que antes, como si su sueño fuera aceptándome dentro de sí mismo, así que decidí esperar un poco antes de erguirme sobre mis rodillas y saltar por encima de su muslo para acomodarme dentro del triángulo que formaban sus piernas abiertas.

Me encontraba por fin a escasas pulgadas del sexo desnudo de mi padre. El animal había aumentado en proporciones y temblaba ante mí, aún sobre su lecho del muslo izquierdo. Era sonrosado, como los pezones, con una serie de venitas que empezaban a envolverlo a la manera de arroyos subterráneos. Acerqué los dedos con el fin de tocar una de esas venas para comprobar su palpitación y su calor, y caí la tentación de levantar el animal con mi mano. Mientras el corazón seguía llenándome el cuerpo con oleadas de esa sangre irreconocible, empecé a acariciarlo desde la base hasta la cima en busca de sus venas enterradas. Entonces el sexo de mi padre comenzó a despertárse. En apenas unos segundos adquirió sus proporciones titánicas y empezó a golpear mis dedos con la misma dureza de madera que ya había intuido desde la ventana en algunas siestas del verano.

Mi padre gimió débilmente. Su sexo se me escapaba y se inclinaba hacia mi rostro con cada uno de sus latidos. Me tendí ante él, del mismo modo que los neanderthales se inclinaban ante el primer fuego según había visto yo en los dibujitos de la Enciclopedia Alvarez. Me lo acerqué con los dedos y lo besé hacia la mitad del tronco. El olor era agradable, con un filo dulzón que cambiaba su identidad de dentro afuera, pero el tacto de su piel era más deseable aún, por lo que, de inmediato, tuve la tentación de probarle su sabor. Apenas vacilé un momento. Miré unos instantes el rostro de mi padre, que se agitaba en el sueño y movía las piernas a mi alrededor con delirio de fiebre, y comencé a lamer el tronco de abajo a arriba hasta que me paré en la cumbre. Desde la ventana, en sus momentos de esplendor, yo había llegado a establecer un cierto parecido entre el pene de mi padre y esas manzanas de caramelo que ellos me compraban siempre en la feria, rojas y redondas, hincadas en lo alto de un palo, para que me las fuera comiendo ansiosamente. Era evidente, ahora que estaba cerca, que esta vez no podría morderla, así que recorrí la base con la lengua dos o tres veces y terminé por esconder mis colmillos recién salidos e intenté rodear con mis labios trabajosamente el contorno de aquella fresa de lo alto.

En ocasiones, en el caso de ciertos niños prodigio que presentan una habilidad extraordinaria --como Mozart con la música-- suele decirse que tal don corresponde a un recuerdo de vidas anteriores, a pasadas encarnaciones sobre la tierra en la que se ha llegado al dominio de ese arte especial que se recuerda más tarde. Yo, en mi anterior reencarnación, debí de ser un especialista en practicar felaciones. O por lo menos el arte circense de los tragasables, pues relajé la garganta siguiendo una técnica desconocida y estiré el cuello hasta que el animal de mi padre se deslizó garganta abajo hacia mi interior sin que yo tuviera un solo movimiento de arcada. Por instinto moví con cautela la cabeza de modo que la bestia pudiera deslizarse despacio y conocerme por dentro con tranquilidad. Sin pausa, inicié un sabio movimiento lento según los matices de un ritmo que iba marcándose dentro de mí y, para acomodarme mejor, me apoyé temerariamente en los muslos de mi padre. Entonces sentí, con un estremecimiento de terror, los movimientos inconfundibles de que había despertado. Advertí que las respiraciones de dormido ya no sonaban, y que mi padre estaba empezando a moverse lentamente con unos gestos que parecían de asombro. Me pusé a pensar con rapidez para buscar una excusa que explicase mi posición, pero por supuesto no encontré ninguna. Entonces vi de reojo que la mano de mi padre avanzaba hacia mí con violencia. Sus dedos, de tamaño mayor que mi propio cráneo, que podían abarcarme el cuello sin dificultad entre sus pulgares y sus índices, me tomaron por las sienes y me agarraron con rabia, pero ante mi asombro empezaron a acariciarme por detrás de las orejas y a marcar un ritmo de succión levemente más vivo. Elevé los ojos y pude verle sobre mí, la mano derecha aún tras la nuca mientras me miraba con una sonrisa de complicidad medio esbozada en el gesto de los labios.

Me quedé inmóvil por el miedo. Mi padre me asió por los cabellos y sacó el animal de mi garganta. Actuó con tranquilidad, como si estuviera muy acostumbrado a aquel acto pero con una fuerza que me asustó, apretó mi cabeza contra su muslo izquierdo y empezó a acariciarme de un modo más violento que en los cariños de los juegos de cada tarde. Le sentí incorporarse tranquilamente. Llevó su otra mano hasta el animal, mientras seguía sosteniendo mi cabeza contra su pierna, con mi cara a escasas pulgadas de su sexo, y entonces, con la misma voz dulce que utilizaba para contarme cuentos, me ordenó que le besase los testículos. Durante un rato largo empezó a tocarse con los mismos movimientos tranquilos y fuertes del verano. Me tuvo allí mucho tiempo. Su puño cerrado se agitaba en torno al animal que yo había conseguido sacar del letargo, mientras él respiraba como si estuviera muriéndose, clavando en mí unos ojos invisibles, que podía percibir sobre mi cabeza como un foco de hielo. Al final se arqueó sobre la espalda con un gemido, me levantó de nuevo por los cabellos hasta que puso mi cara sobre la cima del monstruo y me obligó a rodearle otra vez la fresa con los labios apretados y a deslizarla hacia mi interior, como antes. Mi padre agitó dos o tres veces más el puño, casi golpeándome la cara, hasta que un aluvión de crema caliente me llenó la boca, y se derramó por la comisura de mis labios.

No sé si llegó a arrepentirse por ese gesto del puño, tal vez pensó que yo creí que iba a pegarme, pero de pronto empezó a llamarme hijo con más dulzura que nunca y me acarició la cabeza con la suavidad de siempre. Entonces me tomó por las axilas. Me apoyó contra su pecho y acercó su cara a la mía para buscar mis labios y abrirse paso entre ellos con un beso total de amante adulto. Pensé que iba a devorarme, pero mi padre se limitó palpar el tacto desconocido de la boca mientras mis dedos se enredaban en su barba y él buscaba con su lengua los últimos restos de su semen, antes de apartarme otra vez para darme un casto beso en la frente. Luego reposó un poco en la cama antes de levantarse, se vistió en la oscuridad y se marchó a la calle sin decir nada.

 

 

 

*

Mi madre volvió a casa cuando apenas habían dado las siete. Vino a buscarme al cuarto de juegos, me tomó en brazos y me llevó a la cocina mientras me hacía cosquillas de cariño. Puso ante mí, sobre la mesa, un plato de postre y un vaso largo que yo sabía que iba a llenarse con el cacao dulzón de la merienda. Mamá empezó a tararear un aria de opera mientras sacaba la leche del frigorífico y buscaba un cazo para calentarla.

--No quiero merendar --le dije--. No tengo hambre.

Mi madre sonrió, se pasó la mano por el pelo --un color rojizo de irlandesa que cambiaba de tonalidad según el ángulo de la luz-- y me guiñó un ojo.

--Te he traído bizcotelas de Casa Guerrero. No me irás a decir que no tienes hambre de bizcotelas.

Yo agaché la cabeza y miré a las baldosas con un gesto culpable.

--Es que ya he merendado --refunfuñé.

Supongo que mi madre tuvo que intuir algo pues abandonó el cazo en silencio y tomó una silla para sentarse frente a mí con un gesto que adiviné velado por una cierta ansiedad.

--¿Qué has estado comiendo? --me preguntó.

Se lo conté con tranquilidad y sin ningún gesto de culpa mientras miraba escrupulosamente los dibujos de las baldosas. Mi madre quedó en silencio cuando terminé, sin reaccionar en lo más mínimo.

--¿Te lo ha contado papá? --le pregunté con un gesto de terror.

--Claro --me contestó.

Con vacilación, como si no acabara de estar segura de lo que hacía, mi madre soltó su cabellera roja, se recostó sonriente contra la silla de la cocina, y después de abrirse dos o tres botones de su blusa, me atrajo hacia sus pechos y me pidió que volviera a contarle todo con el máximo detalle posible. Pero eso es ya parte de otra historia.

 

 

Marcelo Soto

 

 

 

(Marcelo Soto es escritor, activista y profesor de escritura. Colaborador de publicaciones como "Planeta Marica" o "¿Entiendes?". Dirige un taller de creación literaria en Madrid. Acaba de publicar su primera novela "Las bodas tristes" en Ed. Apóstrofe. Por la que quedo finalista al premio Adriano de Novela Histórica).

CERO A LA IZQUIERDA

Por Ricardo Llamas y Paco Vidarte.

 

Un abismo infranqueable parece separarnos a bolleras, maricas e incluso algunos gais ("ello" para la izquierda) de la virilidad de la revolución socialista que, martillo en mano, no cesa de desalojarnos de su espacio político, condenando nuestra militancia a un inevitable vacío ideológico, cuando no a la frivolidad burguesa de un número de revista. Digamos al fin que las plumas que transcriben nuestras ideas son de la misma pájara que las que adornan los penachos de esas vedettes que jamás salieron en las páginas de "Comunista Soy". Desde "ello", la izquierda aún puede ser recuperable en una coreografía divina en la que hoces y martillos, puños y estrellas ya no desplumen al pájaro loco secularmente marginado, y aún oprimido, por un cierto modelo de proceso revolucionario. Resulta difícil comprender por qué habríamos de plegarnos a estas estrategias de lucha y simbología homofóbicas en las que se contrapone con tanta facilidad como estulticia el amaneramiento del maricón burgués frente a la rígida estructura anatómica del proletariado heterosexual.

Ser marica es hacer izquierda, aunque le cueste aceptarlo al guerrillero grunge de Sierra Maestra (que por macho y revolucionario no puede ser maricón) o al tiburón homosexual de Wall Street (que por adinerado y burgués se entrega al capital cuando no al fascio), o al Subsecretario gai de cualquier Diputación (que privatiza su vida hasta dejarla vacía de todo contenido político o social o cultural o exhibicionista o paidófilo…)

Es así que las maricas no podemos ignorar a "la izquierda" como ésta ha hecho con nosotras. Si hemos de resolver quién es o dónde está la izquierda, recurriremos, si falta hiciere, a un concurso de cocina o a un cursillo de claqué donde se evidencie el potencial de nuestras aspiraciones políticas y libidinales. Sería ésta la última de una larga lista de concesiones que cualquier lógica empieza a exigir que acabe. Aún no se han percatado, pero no porque demos pocos saltos o porque nuestros pasos no sean gráciles, sino porque esa izquierda ("la" izquierda) no sabe mirar más allá de sus incuestionados ombligos, carentes incluso de un piercing que los realce mínimamente. Mao es más Narciso que Ganimedes y, en su sobriedad, tiene menos gracia y es más peligroso. No es posible seguir trayectorias distintas ni opuestas, pero tampoco acudiremos a su campo ni usaremos sus armas. Mao y Ganimedes de la mano camino del registro, flanqueadas por masas irreverentes que arrojan sobre sus cabezas las Rainbow flags y la parafernalia revolucionaria.

Desde siempre, el movimiento de gais y lesbianas ha llamado a las puertas de esa izquierda que miraba a otro lado o, a lo sumo, mantenía un silencio culpable por inacción, consentimiento, reproducción o fortalecimiento de un orden de opresión. Pero la nuestra no sería una estrategia subversiva si no invirtiera (además) este argumento. Todo proyecto (no-bollo, no-marica) que se pretenda de liberación no puede hacerse cómplice del heterosexismo dominante; ya no quedan excusas para "ello"; ha de abrirse de orejas, dejar de pasar por la simbología de las armas la disidencia sexual, darse un buen baño de Avena Kinesia para desprenderse de las escamas resecas y el hedor machirulo o lesbófobo, untar de lubricante los oxidados goznes de la maquinaria transformadora. El Palacio de Invierno es la sede de una multinacional, la Bastilla es un cuartel donde se disciplinan cuerpos y mentes, el Kremlin es un templo heterosexual.

Reeditemos, por última vez, ese breve recorrido a vista de pájara por el baúl de los recuerdos de la mitología "real" de la izquierda para revivir, antes de encerrarlos en la memoria colectiva (en la memoria de todas) no los modelitos románticos de las batallas ganadas, sino los trapos sucios de la homofobia de esa izquierda. El primer movimiento de reforma sexual de finales del siglo XIX se reclamaba de una izquierda moderada y abanderaba la idea de reforma. Fue precisamente la socialdemocracia la que prestó más atención a quienes entonces aún luchaban por no ir a la cárcel o a un sanatorio psiquiátrico por haber sido sorprendidas con las manos en "ello". Y esa bienintencionada paciencia sigue siendo, un siglo después, carta de presentación de esos proyectos. Bien lejos de la celeridad transformadora del socialismo real, aunque en fin, para qué vamos a repetir el rollo de Cuba, China, Stalin, Albania, Rumanía… y todas las maldades que nos hacían, y lo que aún hay que aguantar, todo lo que, por internacionalismo y solidaridad con las hermanas oprimidas, seguimos denunciando.

Y para no dejar títere con cabeza, recordemos que tampoco el panorama anarquista tiene un historial glorioso. Porque el nuevo mundo, "el hombre nuevo" de la tradición ácrata era un hetero irredento, dispuesto a apoyar la coeducación para evitar el mariconeo en sus comunas, y porque el eugenismo hacía furor en los años 20 y 30, y porque, en fin, su ética libertaria y nuestra práctica libertina aún no se acomodan en sus reflexiones.

A lo largo de muchas décadas, en el seno de esa izquierda ¿radical? hizo furor la tesis de la prioridad revolucionaria que hacía de la lucha de clases el único objetivo, quedando la liberación de la mujer y cualquier otra cuestión de índole ¿privada? relegada a un discreto segundo plano. Bolleras y maricas no eran, claro está, más que basura, una degeneración burguesa que añadir a la larga lista de elementos indeseables que era necesario erradicar. Hoy día causaría pudor a esa izquierda verse vinculada con la secta de "la hembra en casa con la pata quebrada" como principio de participación de la mujer en la vida social. Que todavía "ello" (nosotras) estemos encerradas con la pluma mojada, como Calimero, o las bolleras, como Santa Teresa, preguntándose horrorizadas si existen o no, apenas parece inquietar a la lucha libert-aria. La izquierda no legalista ni institucionalizada, ese potencial de revolución a la antigua usanza, esa madraza resignada y buena a la que le ha salido una hija rarita, bastante tiene con dejarnos hacer, con permitir "nuestra" existencia, la existencia de "ello".

Hoy día, esas izquierdas han logrado confundirse todas en una especie de estupefacción ante el desarrollo de un movimento civilizado de lesbianas y gais, que se proclama dueño democrático de un 10% de los votos y que articula su política en propuestas de cambios legales. Aquí no hay lugar para debates ideológicos, sutilezas ni matices. Palabra de homosexual subvencionado: palabra oficial de izquierda. Palabra autocontenida, palabra de contención. En este contexto legalista e institucional, los partidos hacen suyas las demandas de este movimiento sin entrar en mayores consideraciones. "Lo" que pide "ello" se adopta con la cautela de una línea de actuación para un futuro que se pierde en la utopía del Reino. Porque la sociedad aún no está preparada, porque no podemos ir tan deprisa ni pasar por delante de las democracias ya bien consolidadas porque, sencillamente, esas reivindicaciones siempre son moneda de cambio en los pactos parlamentarios de gobernabilidad. O sea, que les importamos una mierda. "Lo/ello" nunca es considerado como la justa rebeldía que exige una solución inmediata, como el ¡Basta ya! frente a una situación sangrante, porque es ésta una sangre tibia, que se lava fácilmente, sangre aguada que carece del efecto corrosivo sobre las conciencias que tiene la sangre de catedrático o de general, sangre, en una palabra, rosa. Rosa puño, rosa Triángulo, rosa Fundación para desgravar. Solo que nuestra sangre de marica, tratada hoy con antirretrovirales, se vuelve fluorescente. Y el artificio de nuestra radicalidad se vuelve auténtico potencial de subversión.

Quienes quieran ser hoy activistas o revolucionarios, de igual modo que -como el comandante Marcos- han de intentar ser un poco negros (o hacer creer que pueden serlo, o que podían haberlo sido), como única vía para que su antirracismo tenga visos de credibilidad, también han de perder ese exterminador miedo fascista a que se los considere maricones o bollos, o (peor aún) ese genocida miedo fascista a descubrirse tales.

Porque si tod@s, tod*s y todos/as somos algo inmigrantes como lo era Lucrecia, todas, todas y TODAS llevamos tacones como los llevaba Sonia.

 

(Este artículo apareció previamente en la revista "Archipiélago" nº 30. )

 

NOTICIAS DE BURGOS

Nos reprochan algunos /as de nuestros lectores/as el no incluir mas noticias o artículos referidos a la realidad burgalesa. En nuestro descargo podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la realidad gay-lésbica burgalesa es mas bien escasa, a la par que deprimente. Prometemos intentar acercarnos más a nuestra realidad mas cercana pero también pensamos que los temas que abordan los artículos de "La Kampeadora" son lo suficientemente amplios y universales como para interesar también a los maricas y bolleras de Burgos.

 

ME REGISTRO, LUEGO EXISTO

Si para la derecha ultramontana y postfranquista que ha gobernado hasta ahora el ayuntamiento burgalés gays y lesbianas no eramos dignos de la menor mención en su "política social", para la avanzadilla del nuevo gobierno local formamos parte de una realidad imprecisa que sólo puede concretarse en demandas tan puntuales como la inclusión en un registro de parejas de hecho. Loable inciativa que sin embargo refleja una vez mas el acercamiento meramente epidérmico de las fuerzas progresistas a nuestra verdadera realidad. Liberar espacios, poder denunciar agresiones, no ser discriminados en el entorno escolar o laboral son para nosotros y nosotras temas mucho mas cercanos que el ver reconocidas nuestras uniones en un registro simbólico. Gays y lesbianas volvemos a existir en función de una dimensión exclusivamente amatoria y en función de un modelo familiar o matrimonial heredado de la tradicion heterosexual que nosotros mismos hemos sido /as primeros/as en cuestionar. El resto de temas de la realidad social parece que no nos pertenece. De nuevo nuestra dimensión política se reduce al ámbito de la privacidad y la ceremonia íntima. Todo lo demás no son tenidas como cuestiones propias de maricas y bollos. El poder de la Iglesia, la homofobia del Ejército , las desigualdades sociales, la discriminación de la mujer, la invisibilidad de las sexualidades minoritarias en los programas educativos son para nosotros y nosotras temas, en definitiva, tan cercanos a nuestra realidad como el hecho de poder "o no" emparejarnos a la manera tradicional. Temas que nos afectan tanto o más pero que siguen siendo marginales incluso dentro de las políticas oportunistas y los discursos tranquilizadores de los grupos gais mayoritarios. Lo mas triste y llamativo de todo esto es que los partidos y los grupos mas izquierdistas que han cuestionado en diversas ocasiones los modelos establecidos de familia y distribución de roles genéricos quieran ahora vernos pasar por la vicaria (o el juzgado) como forma de "asimilarnos" a un modelo social (y afectivo) que, en definitiva, sigue sin ser el nuestro.

  

Charla sobre sexualidad en la Okupa de CNT

En aras de la recuperación del patrimonio sindical el sindicato anarquista CNT ocupó hace unos meses el local de los Sindicatos situado en la Pza de Castilla y que llevaba varios años cerrado al público. De pronto, los empresarios han decidido que quieren rehabilitarlo para convertirlo en un local a su disposición y la amenaza de desalojo es ya un hecho.

En el mes de Julio se realizaron allí algunos actos que incluyeron varias charlas sobre temas tan candentes como el nacionalismo y sus relaciones con el pensamiento anarquista, las implicaciones sociopolíticas del reciente conflicto de los Balcanes y desde el K.G.L.B. nos lanzamos a hablar de las sexualidades disidentes y "periféricas", centrándonos en el todavía controvertido tema del sadomasoquismo. Tuvimos la ocasión de contar con la presencia de Txema del MSC, colaborador ocasional de esta revista, y buen conocedor del tema. Txema nos acercó a una realidad poco conocida fuera del guetto comercial y aún así marginada dentro de los propios circulos del ambiente : me refiero al mundo leather.

Criticados por los sexualmente correctos, tanto heteros como homos, los que nos acercamos al sadomasoquismo todavía hemos de aguantar críticas, incomprensión, patologización y ocasional criminalización (todavía está en la mente de todos y todas el famoso caso Spanner)

Son ya varios los amig@s y colaboradores de "La Kampeadora" que han hablado de este tema en nuestras páginas y creemos que es un debate abierto y una realidad todavía llena de mitos, miedo y distorsión. Estamos interesados en recibir todo el material posible, desde cualquier óptica (preferiblemente marica, bollera o simplemente "queer") para elaborar un dossier sobre el tema y de cara a una futura publicación en forma de libro. Si estais interesados/as en este proyecto u os apetece darnos vuestro punto de vista escribidnos al KGLB en nuestra dirección en Burgos.

 

LUGARES DE DISTRIBUCIÓN

 

 

En Burgos:

- Bar Patadón (C/San Francisco)

    • Sidrería "La Traviesa (C/ San Lorenzo)
    • Bar Zurich (C/Petronila Casado)
    • Café Marmedi (C/La Puebla)
    • Local Gacela (B/Inmaculada J.2-3.Bajos.09007).Distribuidora Contracorriente.

 

En Madrid:

    • Bar "El Mosquito" (C/Torrecilla del Leal)

 

En Salamanca

    • Bar Utopia (junto Pza del Corrillo)
    • Asamblea de Mujeres de Salamanca . Apdo. 2011 37080

 

 

 

También puedes encontrar "La Kampeadora" en la página social de Hartza www.geocities.com/WestHollywood/6742.

 

 

Si deseas recibir "La Kampeadora" en tu domicilio, apartado o local mandános 200 ptas en sellos al K.G.L.B. Barrio de La Inmaculada. Bloque J.2-3. Bajos. 09007 BURGOS.