EL IMPERIO CONTRAATACA Un manifiesto posttransexual[1]
Sandy Stone
Las ranas se convierten en princesas
Las verdes
colinas de Casablanca se alzan sobre las casas y tiendas abigarradas en torno a
las calles estrechas y retorcidas, impregnadas de olores a especias y
excrementos. Casablanca es una ciudad muy antigua de la que, quizás por un
accidente geográfico, Lawrence Durrell no se percató que era el manantial del
amor. En el barrio más moderno, situado en una amplia y soleada avenida, se
encuentra un edificio sin mayor interés que una placa de bronce que anuncia la
consulta del doctor Georges Burou. La consulta está dedicada principalmente a
obstetricia y ginecología, pero durante muchos años ha cultivado otra
reputación de la que no es consciente el río de mujeres marroquíes que pasa por
sus salas.
El doctor
Burou recibe la visita de James Morris, periodista. Morris espera inquieto en
la sala leyendo Elle y Paris Match sin prestar total atención,
ya que se encuentra allí para realizar una misión extremadamente importante en
el ámbito personal. Finalmente la/el recepcionista dice su nombre y le conduce
al interior del santuario. Morris lo cuenta así:
Me llevaron a través de varios
pasillos y escaleras hacia el interior de la clínica. La atmósfera se iba volviendo
más densa a medida que avanzábamos. El cortinaje de las ventanas se hacía más
pesado, más aterciopelado, más voluptuoso. Me pareció ver esculturas de bustos
y había un rastro de un perfume intenso. Finalmente distinguí avanzando hacia
mí, a través de las oscuras estancias de este refugio que despedían el encanto
de un harén, una figura que, asimismo, recordaba a la de una odalisca: Madame
Burou. Vestida con una larga bata blanca, con borlas (me pareció) en la
cintura, que combinaba la exuberancia de una caftán con lo higiénico del
uniforme de enfermera, Mme Burou era también rubia y poseía un aire sutilmente
misterioso.... Poderes fuera de mi control me habían llevado a
Sale James
Morris, entra Jan Morris, por mediación de la tecnología médica de finales del
siglo XX, en esta historia maravillosamente "oriental", casi
religiosa, de transformación. El texto procede de Conundrum, la historia del "cambio de sexo" de Morris y
las consecuencias que tuvo en su vida. Además del guiño de la suerte, existe
otro ritual obligatorio entre los transexuales que cambian de sexo de hombre a
mujer, que se denomina "retorcer el cuello al pavo", aunque no queda
constancia de si Morris también lo llevó a cabo. Volveré a ocuparme de este rito
de iniciación más adelante.
Imaginemos
ahora una rápida transición, de las abigarradas callejas de Casablanca a la
ondulantes y verdes colinas de Palo Alto. El Stanford Gender Dysphoria Program (Programa de Disforia Sexual)
ocupa una pequeña sala cerca del campus en una tranquila área residencial de
esta rica comunidad. El programa, equivalente americano de la clínica marroquí
del doctor Burou, ha sido, durante muchos años, el núcleo de los estudios
realizados en occidente sobre el síndrome de disforia sexual, también conocido
como transexualismo. Aquí se determina la etiología, los criterios de
diagnóstico y el tratamiento.
El programa
se puso en marcha en 1968 y el equipo de cirujanos y psicólogos comenzó a
recopilar toda la información disponible sobre la historia de la
transexualidad. Hago aquí un inciso para dar un breve resumen de los resultados
de esta investigación. Un transexual es una persona que identifica su identidad
sexual con la del otro sexo "opuesto". El sexo físico y la identidad
sexual (sex y gender en inglés) son conceptos diferentes, pero los transexuales
tienden a difuminar las barreras al confundir el carácter performativo de la la
identidad sexual (gender) con la "evidencia" física del sexo,
describiendo la percepción que tienen de su situación como la sensación de
ocupar "el cuerpo equivocado". Aunque el término
"transexual" es de origen reciente, el fenómeno es antiguo. El caso
más antiguo de algo inmediatamente identificable como "transexualidad"
según los criterios diagnósticos actuales, es el del rey asirio Sardanapalus,
que, según las crónicas, se vestía de mujer y paseaba con sus esposas.[ii] Casos
más recientes de algo muy semejante a la transexualidad fueron recogidos por
Filo de Judea durante el Imperio Romano. En el siglo XVIII el Caballero de
Eon, vivió durante 39 años como una mujer disputándose con Madame Pompadour la
atención de Luis XV. El primer gobernador colonial de Nueva York, Lord Cornbury
llegó a EE.UU. desde Inglaterra vestido de mujer de pies a cabeza, indumentaria
que siguió llevando durante todo su mandato.[iii]
La
transexualidad no alcanzó la categoría de "afección oficialmente
reconocida" hasta 1980,año en que fue incorporada a
Antes de
1980 ya se había realizado una gran labor en pos de conseguir definir los
criterios para un diagnóstico diferencial. Un ejemplo de la década de los 70 es
el trabajo realizado por Leslie Lothstein y contenido en el libro de Walters y
Ross: Transsexualism and Reassignment[v]
En su estudio sobre diez
transexuales de mediana edad [con una media de cincuenta y dos años], Lothstein
descubrió que los tests psicológicos ayudaban a determinar la gravedad de la
patología [sic] [...] y llegó a la conclusión de que [los transexuales como
grupo] eran individuos depresivos, aislados, retraídos y esquizoides con
profundos problemas de dependencia. Es más, eran inmaduros, narcisistas,
egocéntricos y potencialmente explosivos, mientras que en sus intentos de
obtener [ayuda profesional] se caracterizaban por mostrarse exigentes,
manipuladores, controladores, coercitivos y paranoicos.[vi]
Otro
ejemplo:
En los estudios realizados con 56
transexuales, los resultados obtenidos en los índices de esquizofrenia y
depresión superaban el parámetro superior normal. Los autores consideran estos
resultados como indicativos del confuso y extraño estilo de vida que llevan los
sujetos.[vii]
Estos
estudios clínicos representaban a un tipo muy específico de sujetos. Sin
embargo, los informes se consideraron lo suficientemente representativos para
ser reproducidos sin comentarios aclaratorios en recopilaciones como las de
Walters y Ross. A medida que leemos los diferentes ensayos, encontramos que
cada investigador echa tierra sobre sus resultados con una breve aclaración que
nos recuerda a las advertencias en letra pequeña de los anuncios de
cigarrillos. En el primero la aclaración es la siguiente: "Debemos admitir
que los sujetos que estudia Lothstein difícilmente podrían considerarse
ejemplos representativos, ya que nueve de cada diez casos estudiados sufrían
graves problemas de salud" (se trataba de un estudio llevado a cabo en un
sanatorio, no en una clínica para transexuales), mientras que el segundo
cerraba con la siguiente reflexión: "el 82% de [los sujetos] eran
prostitutas y tenían características atípicas en los transexuales del resto del
mundo".[viii] Estos resultados podrían considerarse marginales, escogidos según
criterios y métodos cuestionables y resaltados mediante ejemplos poco
significativos. Sin embargo, pasaron a representar la transexualidad dentro de
la literatura medicolegal / psicológica, aún teniendo en cuenta estas
aclaraciones, prácticamente hasta nuestros días.
Durante esta
misma época, pensadores feministas estaban llevando a cabo sus propios
estudios. El tema pronto se convirtió en algo volátil y sigue siéndolo,
generando encontrados puntos de vista. Citaré un ejemplo:
La violación... es una violación
masculina de la integridad del cuerpo. Todos los transexuales violan el cuerpo
de la mujer al reducir sus formas a mero artificio, apropiándose este cuerpo...
Aunque normalmente la violación se perpetra a la fuerza, también se puede
cometer mediante el engaño.
Esta cita
está extraída del libro de Janice Raymond publicado en 1979, The Transsexual Empire: The Making of the
She-Male, en el que se inspira el título de este ensayo. Según mi
interpretación de Raymond, esta define la transexualidad como la creación de un
malvado imperio falocrático, destinada a invadir el espacio de las mujeres y
hacerse con el poder que estas ostentan. Aunque Empire es representativo de un momento específico dentro del
pensamiento feminista y prefigura la apropiación que la derecha radical hizo
del lenguaje empleado por el sector liberal de la política, hoy, en
El comportamiento masculino es
característicamente obstructivo. Resulta muy revelador que mujeres lesbianas
nacidas de la transexualidad se hayan colocado en posiciones importantes o de
poder dentro de la comunidad feminista. Sandy Stone, creación transexual que
trabaja en Olivia Records, una compañía discográfica "sólo para
mujeres", es un buen ejemplo de ello. La [...] visibilidad que ha logrado
a raíz de la controversia de Olivia [...] sólo sirve para constatar que su
antiguo papel dominante se ha visto reforzado y para dividir a las mujeres,
como suelen hacer los hombres cuando hacen su presencia necesaria y vital para
la mujer. Una mujer escribió: "Me siento violada cuando Olivia hace pasar
a Sandy [...] por una mujer de verdad. Después de los privilegios que ha
disfrutado como hombre, ¿también se va a beneficiar de la cultura lésbica
feminista?"
Este ensayo,
"El Imperio contraataca"
habla de cuentos morales y mitos originales sobre la "verdad" del
sexo. Su principio argumental es que "las artes técnicas siempre se han
visto como subordinadas al concepto artístico imperante, que se encuentra
asimismo anclado de forma incuestionable en la vida de
"Por su propia seguridad, toda realidad dentro
de la cultura del capitalismo tardío ansía convertirse en imagen"[xi]
Vamos a
centrarnos en las experiencias de los propios transexuales. Durante este
periodo casi todos los puntos de vista publicados estaban escritos por
transexuales transformados de hombre en mujer. Quiero reflexionar brevemente
sobre las narraciones autobiográficas de cuatro transexuales de esta clase para
ver qué podemos aprender de su opinión sobre lo que creen que están haciendo.
(Me ocuparé de los transexuales mujer-hombre en otra ocasión).
El texto más
antiguo parcialmente autobiográfico de una transexual es el de Lili Elbe en el
libro de Niels Hoyer Man into Woman (1933)[xii]. El
primer texto plenamente autobiográfico fue el libro publicado en edición
barata I Changed my Sex! (un título
no precisamente discreto y reflexivo) escrito por la estrella de strip-tease
Hedy Jo Star a mediados de los cincuenta[xiii]. Christine Jorgensen, que se
sometió a una operación a principios de los cincuenta y que es una de las
transexuales más conocidas, no publicó su autobiografía hasta 1967, en su
lugar, fue Star quién aprovechó el tirón de publicidad generado por el caso de
Jorgensen. En 1974 se publicó Conundrum,
escrito por la popular periodista inglesa Jan Morris. En 1977, apareció Canary escrito por la músico y artista
Canary Conn[xiv]. Además, casi todos los transexuales tienen lo que se denomina
con el término popular "O.T.F", siglas inglesas de Obligatory Transsexual File: Expediente
Obligatorio sobre Transexualidad. Este expediente normalmente contiene
artículos de periódico y extractos de diarios secretos sobre conductas sexuales
"censurables". Los transexuales también suelen coleccionar
autobiografías. Según el programa de disforia sexual de Stanford, los centros
de salud no tienen colecciones de este tipo de literatura porque consideran que
los textos autobiográficos son muy poco fiables. Por ello, y porque muchos
sistemas bibliotecarios hacen caso omiso de la existencia de este tipo de
material, estas colecciones privadas constituyen la única fuente de información
de este tipo. Tengo la suerte de poder acceder a varias.
¿Qué tipo de
sujeto emerge de estos textos? Hoyer, en su representación de Elbe, que
representa a Wegener, que representa a Sparre)[xv], escribe:
Una sola mirada de aquel hombre la
había privado de toda su fuerza. Sentía que su personalidad era completamente
aplastada por él. Con una sola mirada, la había extinguido. Algo en su interior
se rebeló. Se sentía como una colegiala despreciada por el profesor que
idolatraba. Era consciente de una cierta debilidad en todos sus miembros... Era
la primera vez que su corazón de mujer temblaba ante su dueño y señor, ante el
hombre que se había alzado en su protector, y comprendió por qué a continuación
se entregó plenamente a él y a sus deseos.[xvi]
Se pueden
formular las típicas preguntas sobre este texto: No por quién sino ¿para quién se creó a Lili Elbe? ¿Para
qué ojos estaba destinado el texto? Y, como consecuencia, ¿qué historias
aparecen y desaparecen en este tipo de seducción? Es posible que no sorprenda a
nadie saber que todas las experiencias que citaré a continuación tienen como
elemento en común su descripción de la "mujer" como fetiche del
hombre, como reproductora de un papel dictado por la sociedad o constituido por
el sexo performativo. Lili Elbe se desmaya al ver sangre[xvii]. Jan Morris, una
periodista de gran reputación, que ha visto mucho mundo sigue describiendo su
percepción de sí misma en relación con el maquillaje y la ropa, como si
estuviera expuesta, y se siente feliz cuando los hombres le abren la puerta:
Me siento pequeña y mona: En
realidad no soy nada pequeña ni muy mona tampoco, pero la feminidad conspira
para hacerme sentir que sí lo soy. Mi blusa y mi falda recién planchadas son
ligeras y brillantes. Mis zapatos hacen que mis pies parezcan más delicados de
lo que en realidad son, además de darme [...] una sensación de vulnerabilidad
que no me desagrada en absoluto. Mis pulseras roja y blanca me dan una
sensación excitante, mi bolso va a juego con mis zapatos y me hacen sentir bien
coordinada [...] Cuando salgo a la calle me siento conscientemente preparada
para los elogios del mundo, de una forma en que nunca he sentido como hombre.[xviii]
Heddy Jo
Star, profesional del desnudo, declara en I
Changed My Sex!: “Quería sentir el tacto sensual de la ropa interior contra
mi piel, quería iluminar mi cara con maquillaje. Quería un hombre fuerte que me
protegiese". Hoy, en 1991, también he dado con algunos hombres lo suficientemente
valientes para expresar este deseo, pero en 1955 era una postura exclusivamente
femenina.
Además de la
complicidad de estos testimonios con la idea del sexo performativo entendido
según la definición del hombre blanco occidental, sus autores también apoyan el
modelo de identidad sexual binario y de oposición. Pasan de ser hombres sin
ambigüedades (aunque hombres infelices) a ser mujeres también carentes de
ambigüedades. No hay un terreno intermedio[xix]. Además, cada una construye un
momento narrativo específico para el momento en que su identidad sexual
pasa de masculina a femenina. Este momento es de neocorporafía, es decir, de
reasignación sexual u "operación de cambio de sexo"[xx]. En
la noche anterior a la operación, Jan Morris escribió: "Fui a
despedirme de mí mismo frente al espejo. No nos veríamos más y quería mirar por
última vez a ese otro yo a los ojos y hacerle un guiño, desearle buena
suerte"[xxi].
Canary Conn
escribió: "No soy un muchacho
[en español en el original...] ya soy una muchacha
[...] una niña [sic]."[xxii]
Hedy Jo Star
escribe: "En el instante en que me desperté de la anestesia me di cuenta
de que por fin me había convertido en mujer."[xxiii]
Incluso Lili
Elbe, cuyo testimonio es de segunda mano, emplea los mismos términos: "De
repente se dio cuenta de que él, Andreas Sparre, probablemente se estaba
desvistiendo por última vez en la vida". Inmediatamente después de
despertarse de la anestesia de la primera fase de la intervención (que Hoyer
denomina castración), Sparre escribió una nota: “"Miró la tarjeta y no
pudo reconocer la letra . Era letra de mujer". Inger llevó la nota al
doctor: "¿Qué opina, doctor? ¿Lo podría haber escrito un hombre?"
"No" dijo el médico sorprendido "tienes razón"”: un diálogo
en el que no se tiene en cuenta que la ortografía es una habilidad aprendida.
Lo mismo ocurre con la voz de Elbe: "Lo extraño era que tu voz había
cambiado por completo... ¡Tienes una voz maravillosa de soprano! Es
sencillamente increíble."[xxiv]. Hoy en día resulta tan, si no más,
increíble pero por diferentes razones ya que ahora conocemos los efectos (o,
más concretamente los no-efectos) de la castración y las hormonas según lo
cual, nada de esto es posible. Ninguno de estos dos tratamientos tiene ningún
efecto en el timbre de voz. Es por esto por lo que los centros de salud no
tienen en cuenta los testimonios históricos.
Si Hoyer
mezcla realidad y fantasía y además caricaturiza a sus sujetos (“¡Sencillamente
increíble!”) ¿qué lecciones se pueden aprender de Man Into Woman? Lo que surge parcialmente del libro es la
estrategia utilizada por Hoyer de construir barreras dentro de un mismo sujeto,
estrategias que aún se utilizan provechosamente hasta nuestros días. Lili
proyecta el yo masculino que lucha por surgir, aún peligrosamente presente
dentro de ella, en la figura cuasi divina del cirujano / terapeuta Werner
Kreutz, a quien se refiere como El Profesor o el El Hombre Milagro. El Profesor
es el encargado de esculpir, y Lili es la materia prima:
Lo que el profesor hace con Lili no
es otra cosa que modelarle el espíritu antes de pasar al modelado de su físico
que la transformará en mujer. Hasta ahora Lili había sido como arcilla que los
otros preparaban y a la que el Profesor ha dotado de forma y vida [...] con una
sola mirada el médico despertó su corazón a la vida, una vida llena de los
instintos de una mujer. [xxv]
Lo femenino
es inmanente, lo femenino yace en lo más profundo, lo femenino es instinto. El
profesor, contando con la voluntariosa complicidad de Lili, crea una enorme
escisión entre los masculino y lo femenino en su interior. En este extracto,
que nos recuerda al aire "oriental" de la narración de Morris, el
masculino debe ser aniquilado o, al menos, negado, pero el femenino es algo que
existe para ser continuamente
aniquilado:
Le parecía que ya no tenía que
responsabilizarse de sí misma, de su destino. Werner Kreutz la había liberado
de todo. Tampoco tenía ya una voluntad propia [...] el pasado no podía existir
para ella. Todo el pasado pertenecía a una persona que [...] estaba muerta.
Ahora sólo existía una mujer completamente modesta, lista para obedecer, feliz
de someterse a la voluntad de otro [...] su señor, su creador, su profesor.
Entre [Andreas] y ella se interponía Werner Kreutz. Se sentía segura y a salvo.[xxvi]
En Hoyer se
aprecian los mismos conflictos con conceptos como pureza y negación de toda
mezcla que la que se aprecia en las narraciones autobiográficas de muchos
transexuales. Los personajes de esta narrativa viven en un periodo histórico
caracterizada por una tremenda represión sexual. ¿Cómo se puede mantener la
división entre el yo "masculino", cuyo objeto establecido de deseo es
"Como
hombre siempre me has parecido incuestionablemente saludable. Sin duda, he
visto con mis propios ojos cómo las mujeres se sentían atraídas hacia ti, eso
es la prueba más irrefutable de que eres un tío de verdad." Hizo una pausa
y puso sus manos sobre los hombros de Andreas. "¿No te ofendes si te hago
una pregunta con sinceridad?[...] ¿En algún momento te has interesado por
personas de tu mismo tipo? Ya me entiendes."
Andreas
agitó la cabeza con calma. "Te doy mi palabra, Niels: nunca en la vida. Es
más, puedo decir que ese tipo de criaturas nunca se han mostrado interesadas en
mí."
"Bien,
Andreas. Eso es justo lo que yo pensaba".[xxvii]
Hoyer debe separar la subjetividad de "Andreas", que
nunca ha sentido nada por ningún hombre, y la de "Lili", que, a lo
largo de la narración se quiere casar con uno. Este proceso de diferenciación
hace que el mundo sea más seguro para "Lili" ya que alza y mantiene
una barrera infranqueable entre ella y "Andreas", barrera en la que
se insiste una y otra vez, con recursos tales como la comparación de dos
caligrafías y dos voces diferentes. La fuerza del imperativo- un estado natural
hacia el que tienden todas las cosas- para negar las posibilidades de una
mezcla, los esfuerzos por preservar una identidad sexual "pura": en
el amanecer del romance con la pureza, inspirado por la filosofía Nazi, ninguna
"criatura" tentaba a Andreas a violar las fronteras de "su
tipo"
"Con
toda sinceridad, te confieso Niels, que siempre me he sentido atraído por
mujeres. Y hoy más que nunca. Una confesión de lo más banal."[xxviii]
Banal sólo siempre y cuando la persona dentro del cuerpo de
Andreas que lo expresa sea Andreas, en vez de Lili. Se está haciendo mucho
esfuerzo dentro de este párrafo, un reflejo microcósmico de la cantidad de
esfuerzo que conlleva mantener el mismo polo de personalidad en la sociedad. Es
más, cada uno de estos escritores construye su historia como una especie de
narrativa de redención. Hay un fuerte contenido dramático, de sentido de lucha
contra la probabilidad que está en contra, de superación de obstáculos
peligrosos y de enfrentamiento con el terror y el misterio según se acerca el
terrorífico momento de la apoteosis final de
El éxito de
la primera operación ha superado todas las previsiones. Andreas ha dejado de existir,
dicen. Las glándulas germinales -¡OH, místicas palabras! le han sido extraídas.[xxix]
Oh, místicas
palabras. El mysterium tremendum
de la identidad profunda planea sobre un lugar físico; el conjunto entero de la
reproducción masculina, el poder misterioso del Hombre-Dios, está contenido en
las "glándulas germinales" del mismo modo que se creía que el alma
habitaba la glándula pineal. La masculinidad está contenida en las cómosellaman. Según esa regla de tres,
también lo podría estar la ontología del sujeto. Así Hoyer puede presentar el
argumento más rudimentario de que la feminidad indica la falta de algo:
La operación
que se ha llevado a cabo [es decir, la castración] me permite entrar en un
centro de salud para mujeres [sólo para mujeres].[xxx]
Por otra parte, tanto Niels como Lili se pueden constituir por un
acto de insinuación, lo que en el
Nuevo Testamento denominan endeuin, o
ponerse el dios como una prenda, insertar el cuerpo físico en una concha de
significados culturales:
Andreas
Sparre [...] se estaba probablemente desvistiendo por última vez. [...] Durante
toda una vida, había estado oculto tras estas prendas: abrigo, chaleco y
pantalones.[xxxi]
Ahora os
escribe Lili. Estoy sentada en mi cama con un camisón de seda con encajes, el
pelo rizado, polvos en la cara, pulseras, un collar y anillos.[xxxii]
Todos estos autores hacen una réplica de la versión
estereotípicamente masculina de la constitución de una mujer: vestidos,
maquillaje, delicados desmayos ante la sangre. Cada uno de estos aventureros
pasan directamente de un polo de la experiencia sexual al siguiente. Si hay
algún espacio intermedio en el continuo de la sexualidad, es invisible. Nadie
menciona jamás el rito de retorcerle
el cuello al pavo.
No me extraña que las pensadoras feministas tuvieran sus
sospechas. Cómo no, yo también.
¿Qué relación guardan estos testimonios con los textos médicos /
psicológicos? En una época en la que hay más interacciones a través de textos,
conferencias por ordenador y medios electrónicos que a través de contacto entre
personas y, como consecuencia, en la que la subjetividad individual se puede
constituir más a través de inscripciones que a través de la relación entre
personas, aún hay momentos de "verdades naturales" corpóreas que no
se pueden eludir. En el periodo en que se escribieron casi todos estos libros,
el momento más crítico era el de la entrevista de ingreso al centro de disforia
sexual en la que los médicos, todos hombres, decidían si una persona podía
someterse a la operación de cambio de sexo. El origen de los centros dedicados
a la disforia sexual es como una visión en miniatura de los criterios
establecidos en la definición de los sexos. La idea básica de la que se partía
en los centros dedicados a la disforia era, en primer lugar, estudiar una
aberración humana interesante y a la que se podría dedicar dinero del estado,
después ayudar a resolver lo que se consideraba un "problema
corregible".
Algunos de los primeros centros no universitarios dedicados a la
disforia realizaban la operación a
petición del paciente, es decir, sin atender a las conclusiones a las que
había llegado el personal de la clínica sobre lo denominado "apropiado del
sexo elegido". Cuando los primeros centros de salud universitarios se
abrieron como experimento en los años 60, los médicos ya no realizaban la
operación a quien lo quisiera debido a los riesgos profesionales que comportaba
el realizar la operación a "sociopatas". En aquella época no existían
criterios diagnósticos establecidos; cualquiera que pidiera consejo era,
automáticamente, un transexual. Profesionalmente esta era una situación
arriesgada. Era necesario construir la categoría de "transexual"
según los dictados de la tradición y la costumbre, creando criterios plausibles
para determinar si se aprobaba el ingreso del paciente. Desde el punto de vista
profesional se necesitaba un test o un diagnóstico diferencial para determinar
quién era transexual, un diagnóstico que no dependiera de algo tan sencillo y
subjetivo como el que alguien declarase sentirse como si estuviera en el cuerpo
equivocado. El test debía ser objetivo, clínicamente aceptable y repetible.
Pero incluso después de extensas investigaciones no se consiguió diseñar un
test sencillo y sin ambigüedades para la disforia sexual.[xxxiii]
La clínica Stanford se dedicaba, entre otras cosas a ayudar a la
gente, según entendían esto sus miembros. Así las decisiones definitivas acerca
de si una persona era candidata a someterse a cirugía de cambio de sexo las
tomaba el personal basándose en la impresión
que cada individuo daba en cuanto a lo "apropiado del sexo elegido por el
individuo". La clínica desempeñaba además el papel de "consultorio
estético" o "escuela de estilo" ya que, según el personal de la
clínica, los hombres que se presentaban solicitando convertirse en mujeres no
siempre se "comportaban como" mujeres. Stanford reconocía que el
papel de cada sexo era algo que se podía aprender (hasta cierto punto). Su
colaboración con centros de estética era una manera de intentar hacer de los
pacientes no sólo personas de sexo femenino, sino mujeres... es decir, personas que se comportasen como mujeres. Como declaró Norman Fisk, "Ahora
puedo admitir con sinceridad [...] que en un comienzo estábamos conscientemente
buscando candidatos que tuvieran las mayores posibilidades de éxito."[xxxiv]
En la práctica esto significaba que a los candidatos se los evaluaba según su actuación como miembros del sexo
escogido. Los criterios seguidos conformaban una definición consensuada de sexo
sin observar relativismos culturales y al
actuar de acuerdo con esa definición se estaba viendo el proceso de producción
de identidad sexual en funcionamiento.
Esto provoca diversas preguntas embarazosas, de las cuales dos de
las principales son: ¿quién está narrando la historia de quién y cómo pueden
los narradores diferenciar entre la historia que narran y la historia de la que
son testigos?
Una respuesta es que les resulta muy difícil diferenciar. Los
criterios desarrollados por investigadores y que éstos luego aplicaron se
fueron definiendo a través de diversas interacciones con los candidatos. Este
era el panorama: En un principio, el único libro disponible sobre
transexualismo era la obra definitiva de Harry Benjamin The Transsexual Phenomenon (1966)[xxxv]. (Obsérvese que el libro de
Benjamin apareció 10 años más tarde que I
Changed My Sex!) Cuando se abrieron las primeras clínicas, el libro de
Benjamin se convirtió en el libro de referencia de los investigadores. Y cuando
se evaluó a los primeros transexuales para decidir sobre lo apropiado de llevar
a cabo la operación, su comportamiento se ajustó muy gratamente a los criterios
descritos en el libro de Benjamin. Los investigadores escribieron informes en
los que recogían este hecho y que se emplearon para la obtención de
financiación. Los expertos tardaron una cantidad inusitada de tiempo (varios
años) en descubrir que la razón por la que el comportamiento de los
transexuales se ajustaba a los criterios de Benjamin era que ellos también
habían leído el libro, que pasaba de mano en mano entre la comunidad
transexual. Así, a los transexuales no les costaba imitar el comportamiento que
les iba a llevar a conseguir la operación[xxxvi]. Este tipo de
reposicionamiento creaba problemas interesantes. Entre otros, la determinación de
la variedad de expresiones de la sexualidad permisibles. En este sentido, los
candidatos se encontraban con una gran incertidumbre sobre cómo presentarse ya
que los sujetos de Benjamin no hablaban de sus cuerpos con referencia al
eroticismo. Así, ninguno de los que acudían a la clínica hacían referencia
tampoco a ello. Según autoridades textuales, las personas que eran físicamente
hombres pero vivían como mujeres y que se definían como transexuales (al
contrario que los travestís a los que sí se les permitía sentir placer
relacionado con el pene) no podían gozar con el pene. Hasta entrados los 80 no
existía evidencia de ningún transexual (hombre a mujer) antes de la operación
que sintiera placer genital mientras vivía ya como persona del "sexo elegido"[xxxvii]
La prohibición continuó en la fase postoperatorio en una forma interesantemente
transmutada y era tan absoluta que ningún transexual operado admitiría haber
experimentado placer alguno a través siquiera de la masturbación. Una auténtica
integración en el nuevo sexo venía unida al orgasmo real o fingido a través de
la penetración heterosexual[xxxviii] "Retorcer el pescuezo al pavo" es
el ritual de masturbación fálica que se lleva a cabo justo antes de la
operación, y era la más secreta de las tradiciones secretas. Reconocer un
deseo tan natural sería arriesgarse a sufrir una catástrofe, es decir a ser
acusado de falta de adecuación al nuevo papel y descalificación.[xxxix]
Era preciso reprimirse. Los dos grupos, por una parte
investigadores y por otra transexuales, tenían fines diferentes. Los
investigadores querían averiguar en qué consistía el síndrome que denominaban
disforia sexual. Querían compilar una taxonomía de síntomas, criterios de
diagnóstico diferencial, procedimientos de evaluación, tratamientos eficaces y
seguimiento. Los transexuales querían la operación. Tenían muy clara su postura
en relación con los investigadores, y consideraban los criterios de los
médicos para dar el visto bueno a la operación como un obstáculo más, algo que debían
superar. Así, expresaron sin ambigüedades el criterio de Benjamin de la manera
más clara posible: la sensación de estar en el "cuerpo equivocado"[xl].
Esto tenía todo los ingredientes para convertirse en una relación de
animadversión, y así era. Aún sigue siéndolo, aunque con el paso del tiempo
se ha aumentado considerablemente el dialogo entre las dos facciones. Esto lo
ha hecho posible, parcialmente, el que la comunidad de médicos y psicólogos se
haya dado cuenta de que los criterios que esperaban que aparecieran para los
diagnósticos diferenciales no lo han hecho. Meditemos sobre este extracto de un
documento escrito por Marie Mehl en 1986:
No existe
ningún test mental o psicológico mediante el que se pueda distinguir con
seguridad a un transexual del resto de la, llamada, población normal. La
población transexual no sufre más psicopatías que la población en general
aunque la reacción de la sociedad ante el transexual sí que plantea problemas
insuperables. Los historiales psicodinámicos de transexuales no revelan
características recurrentes que los diferencien del resto de la población[xli].
Estos dos testimonios, el de Mehl y aquel de Lothestein en que
definía a los transexuales como seres deprimidos, esquizoides, manipuladores y
paranoides, coexisten con apenas diez años de diferencia entre sí. Con la
aparición de una categoría de diagnóstico en 1980 (diagnóstico que, después de
años de investigación, no iba mucho más allá del criterio original de la
"sensación de estar en el cuerpo equivocado") y como consecuencia su
integración en la política con respecto al cuerpo, es decir, la aceptación por
parte del establishment médico,
empezaron a surgir historiales clínicamente "aceptables" de
transexuales en lugares tan distantes como Australia, Suecia, Checoslovaquia,
Vietnam, Singapur, China, Malasia, India, Uganda, Sudán, Tahití, Chile, Borneo,
Madagascar y las Aleutianas[xlii]. (La lista no está completa.) Constituye un
esfuerzo considerable intentar englobarlos a todos en una única teoría que
resulte convincente. ¿Había técnicas de diagnóstico ocultas o no
comprobadas que hubieran servido para diferenciar a los transexuales de la
población "normal"? ¿Estaban los criterios equivocados, eran
limitados o sencillamente su alcance era demasiado corto? ¿Nació la conciencia
de que los criterios de diferenciación no estaban surgiendo simplemente del
"progreso científico" o había otras variables en juego?
Este festín de información genera nuevos problemas. Junto con el
cuestionable éxito de haber hallado una categoría de diagnóstico aparece la
difuminación inevitable de todas las barreras en un enorme mosaico irregular
que representa la palabra "diferencia", que antes era invisible para
las profesiones "legitimas", y que ahora se canoniza de repente y
simultáneamente se homogeniza para satisfacer las estrecheces de la categoría
diagnóstica. De repente la antigua fábula moral de la verdad sobre el sexo, que
un venerable patriarca blanco nos contaba en Nueva York allá por 1966 se
convierte en algo pancultural en los años 80. La polifonía de las diferentes
experiencias vitales, que nunca fue tenida en cuenta en el debate, pero al
menos estaba potencialmente presente, desaparece. Después de todo, echándole
suficiente imaginación, la berdache y
la estrella del desnudo, el ama de casa con sus rulos y la amujerado, la mah´u y la estrella del rock no dejan de ser la
misma.
¿De quién
es esta historia?
Quisiera llamar la atención sobre ciertas similitudes que presenta
esta yuxtaposición en relación con algunos aspectos del discurso colonial, con
los que seguramente estaremos familiarizados: la fascinación inicial con lo
exótico, de la que se contagiaron investigadores profesionales, la negación de
la subjetividad y la falta de acceso al discurso dominante, seguido de una
especie de rehabilitación. Estas cuestiones, cuando se han planteado, le han
hecho la vida más difícil a las clínicas.
"Hacer" historia, ya sea autobiográfica, académica o
clínica es, en parte una lucha por fundamentar un testimonio en un determinismo
natural. Los cuerpos son pantallas en las que vemos proyecciones de acuerdos
temporales que surgen tras luchas incesantes por creencias y prácticas dentro
de las comunidades académicas y médicas. Estas luchas se desarrollan en campos
de batalla muy alejados del cuerpo. Cada lucha es un esfuerzo por lograr una
posición hegemónica fundamentada en una profunda moralidad, llegar a una
explicación de peso, incuestionable para entender por qué las cosas son como
son y, en consecuencia, cómo deben seguir siendo. Es decir, con cada teoría
habla la cultura a través de la voz de un individuo. Los que no tienen voz
dentro de esta teorización son los transexuales. Como ocurría desde el
principio de los tiempos con las mujeres, sobre las que teorizaban los hombres,
los teóricos de la identidad sexual han percibido a los transexuales como
personas que no constituían sujetos agentes. Como ocurría con las personas
"genéticamente" "mujeres", a los transexuales se los
infantilizaba, se los consideraba demasiado irracionales o irresponsables para
lograr la categoría de auténtico sujeto, o eliminados clínicamente por medio de
los criterios diagnósticos o, como algunas pensadoras del feminismo radical los
han retratado, como robots esbirros de una patriarquía insidiosa y amenazadora,
un ejército alienígena diseñado y construido para infiltrarse en el mundo de la
"verdadera" mujer, pervertirlo y destruirlo. Según esta concepción
los transexuales han sido cómplices al no haber desarrollado un discurso
contrario que resultase eficaz.
En las fronteras entre los sexos en las que nos encontramos a
finales del siglo XX, con los tropiezos de la hegemonía falocratica y la
arrogante aparición de teorías mosaico del origen, encontramos que la
epistemología del mundo médico regido por hombres blancos, la ira de las
teorías de las feministas radicales, y el caos de las experiencias vitales
dentro de un sexo salen al cuadrilátero del cuerpo transexual: un objetivo muy
reñido para la inscripción cultural, una máquina semántica para la producción
de categorías ideales. La representación en su manifestación más mágica, el
cuerpo transexual es memoria perfeccionada, inscrita dentro de la historia
"verdadera" de Adán y Eva como teoría ontológica de la diferencia,
una biografía esencial que es parte de la naturaleza. Una historia que la
cultura se narra a sí misma, el cuerpo transexual es política táctil de
reproducción constituida a través de violencia textual. La clínica es
tecnología de inscripción.
Dadas las circunstancias, es decir, que estamos ante un discurso
minoritario se basa en lo físico, su contra discurso ha de ser crítico. Pero es
difícil generar uno si estamos programados para desaparecer. El propósito más
elevado de los transexuales es borrarse, confundirse con la población
"normal" lo antes posible. Parte de este proceso se conoce como crear una historia creíble, aprender a
mentir con convicción sobre nuestro propio pasado. Lo que está en juego es la
aceptación de la sociedad. Lo que está en juego es la habilidad de representar
con autenticidad las complejidades y ambigüedades de la experiencia vivida. Así
se pierde ese aspecto de la "naturaleza" sobre el que Donna Haraway
teoriza como Coyote- el animal del espíritu dentro de la cultura nativa
americana, que representa el poder de la transformación continua y que
constituye el corazón de una vida comprometida. En su lugar la experiencia
auténtica se sustituye por un tipo particular de historia, una que sirve de
apoyo a las antiguas posturas. Esto resulta muy costoso y representa una
renuncia considerable al poder. Les guste o no, los transexuales no crecen de
la misma manera que las genetically
genuine, GG (genéticamente "naturales")[xliii]. Las transexuales no
tienen la misma historias que las genéticamente "naturales" y no han
sufrido la misma opresión antes del cambio de sexo. No sugiero que
compartan el mismo discurso. Sugiero que en la historia borrada del transexual
podemos encontrar una historia que trastoque los discursos aceptados sobre
sexo, que se origine desde la minoría sexual misma y que haga frente común con
los otros discursos de oposición. Pero el transexual está actualmente en tierra
de nadie, fuera de las oposiciones binarias entre los sexos, más allá de los
nodos de oposición creados que se han predefinido como las únicas posiciones desde
las que resulta posible desarrollar un discurso. ¿Cómo puede entonces hablar el
transexual? ¿Si el transexual habla qué dirá?
Intentar ocupar un espacio como sujeto hablante dentro del marco
tradicional de los sexos es aceptar el discurso que uno desea deconstruir. En
su lugar, podemos hacernos con la violencia textual inscrita en el cuerpo
transexual y convertirla en fuerza reconstructiva. Voy a proponer un ejemplo
más conocido. Judith Butler señala que las categorías lésbicas de "butch" (marimacho) y "femme" (femenina) no son solamente
una manera de integrar el lesbianismo en los términos de la heterosexualidad.
Butler introduce a cambio el concepto de la inteligibilidad cultural y sugiere
que la "masculinidad" contextualizada y reinterpretada del
"butch" vista en contraste con el cuerpo femenino culturalmente
inteligible crea una disonancia que da pie a una tensión sexual y asimismo
constituye el objeto del deseo. Señala que esta manera de pensar sobre los
objetos sexuados del deseo admite mucha más complejidad de la que el ejemplo
hace pensar. La lesbiana butch o femme a un tiempo recrean la escena
heterosexual y la descentran. La idea de que la butch y la femme son
"réplicas" o "copias" de la relación heterosexual subestima
el poder erótico de su disonancia interna.[xliv] En el caso del transexual, las
variedades de sexo performativo en contraste con el cuerpo sexuado según lo
entiende la cultura, que es, en sí mismo, violencia textual perpetrada
clínicamente, genera nuevas e impredecibles disonancias en las que entran
en juego espectros completos de deseo. El transexual como texto esconde el
potencial para mapear el cuerpo refigurado según el discurso convencional sobre
los sexos y así alterarlo, aprovecharse de las disonancias producidas por esta
yuxtaposición para fragmentar y reconstituir los elementos sexuales en
geometrías nuevas y sorprendentes. Sugiero que empecemos con la declaración de
Raymond de que los "transexuales dividen a las mujeres" y la llevemos
más allá de su contexto, convirtiéndola en una fuerza productiva para dividir
múltiples veces los viejos discursos binarios del género, así como el discurso
monista de la propia Raymond. Para dar más importancia a las prácticas de
inscribir y leer que forman parte de esta deliberada llamada a la disonancia,
sugiero que percibamos a los transexuales no como a una clase ni un
problemático "tercer género", sino como un género literario, un
conjunto de textos corpóreos cuyo potencial para lograr una ruptura productiva
de las sexualidades estructuradas y espectros del deseo está pendiente de
análisis.
Con el fin de lograrlo, el género artístico de los transexuales
visibles debe crecer reclutando a transexuales de la clase invisible, entre los
que se han difuminado con sus "historias creíbles". Lo más crítico
que puede hacer un transexual, lo que constituye
un éxito es "pasar por"[xlv]. “Pasar por” significa vivir con éxito dentro
del género escogido, ser aceptado como miembro "natural" de este
sexo. “Pasar por” significa una negación de la mezcla. Borrar el antiguo
papel sexual es lo mismo que “pasar por”, así como la construcción de una
historia creíble. Teniendo en cuenta que muchos transexuales escogen someterse
a la operación pasados los 30 significa borrar una cantidad considerable de
experiencias personales. Mi argumento es que este proceso, en el que tanto los
transexuales como el establishment
médico / psicológico están de acuerdo, impide la posibilidad de una vida basada
en las posibilidades intertextuales que ofrece el cuerpo transexual.
Para negociar las múltiples zonas permeables de la frontera y la
posición del sujeto dentro de la intertextualidad, zonas que tan problemáticas
y productivas resultan, debemos comenzar por rearticular el lenguaje básico con
el que tanto la sexualidad como la transexualidad se describen. Por ejemplo, ni
los investigadores ni los transexuales han comenzado a poner en tela de juicio
el término "cuerpo equivocado" como categoría descriptiva. De hecho
"cuerpo equivocado" se ha convertido casi automáticamente en la
definición del síndrome[xlvi]. Es bastante comprensible que una frase que
léxicamente nos recuerda el carácter falocéntrico y binario de la
diferenciación entre los sexos deba ser analizada con gran suspicacia. Mientras
que nosotros, ya sea como académicos, médicos o transexuales hagamos una
ontología tanto de la sexualidad como de la transexualidad que vaya por este
camino, estamos excluyendo la posibilidad de analizar el deseo y la complejidad
de nuestros motivos de una manera que describa de adecuadamente las diversas
contradicciones de la experiencia individual. Necesitamos un lenguaje analítico
más profundo para la teoría de la transexualidad, un lenguaje en el que haya
sitio para las ambigüedades y polifonías que han documentado y enriquecido la
teoría feminista.
Judith Shapiro señala que "Para aquellos que se sientan
inclinados a diagnosticar la fijación del transexual por los genitales como
algo obsesivo o fetichista, la respuesta es que sencillamente están actuando de
acuerdo con los criterios de su cultura
ante el cambio de sexo" (la cursiva es mía).[xlvii] Esta declaración hace
referencia a mecanismos más profundos, a discursos ocultos y experiencias
plurales dentro de la estructura monolítica transexual. No son visibles aún
desde el punto de vista académico o clínico, y no sin razón. Por ejemplo en
busca del diagnóstico diferencial a veces se le planteaba la siguiente pregunta
al candidato: "Supongamos tuviera la oportunidad de convertirse en hombre
[o mujer] en todos los sentidos, salvo los genitales, ¿estaría
satisfecho?" Hay varias respuestas posibles, pero desde el punto de vista
clínico sólo hay una correcta[xlviii]. No es extraño, por tanto, que gran parte de
estos discursos giren en torno a la frase "cuerpo equivocado". De
acuerdo con el mito fundacional de la falocracia que autoriza los cuerpo y
sujetos occidentales, sólo es "correcto" un cuerpo para cada sujeto
sexuado. Todos los demás cuerpos son errores.
Mientras los médicos y transexuales continúan enfrentándose en el
campo de batalla del diagnóstico que la situación describe, los transexuales
para los que la identidad sexual es algo diferente y quizás completamente independiente de lo
genital permanecen a la sombra de aquellos que creen en el poder del establishment
médico/psicológico en su papel de guardián y autoridad máxima. Autoridad que ha
de decidir qué constituye un cuerpo culturalmente descifrable. Este es un área
peligrosa y si los colectivos condenados al silencio consiguieran una voz sería
muy posible, según pensadoras feministas, que las identidades de los sujetos
individuales corpóreos están mucho menos condicionadas por normas físicas y
mucho más dispersas a lo ancho de un espectro rico y complejo de estructuración
de identidad y deseo de lo que nos es posible expresar en la actualidad.
Incluso en los debates más en profundidad, la tendencia general es la de la
totalización sin excepciones. El más prestigioso ejemplo citado en este ensayo,
la sorprendente frase de Raymond: “Todo transexual viola el cuerpo de las
mujeres” (¿qué hubiera pasado sí hubiera dicho, por ejemplo: “todos los negros
violan el cuerpo de las mujeres?”) no es menos totalizador que la frase de Kate
“los transexuales (…) asumen un papel femenino exagerado y estereotipado”, o la
de Bolin: “los transexuales intentan olvidar su historia como hombres”. No hay
sujetos dentro de estos discursos, sólo objetos totalizados y homogeneizados
que reproducen de manera fragmentada la pauta general de los discursos de
minorías del pasado. Así que cuando pronuncie la palabra olvidada, puede
que despierte algunos recuerdos de otros debates. La palabra es algunos.
Los transexuales que “pasan por” parecen ignorar el hecho de que
al crearse una identidad totalizada y monística, al margen de toda intertextualidad
física o subjetiva, han cerrado las puertas a la posibilidad de relaciones
genuinas. Según el principio de “pasar por”, al negar el poder desestabilizador
de ser “leídas”, las relaciones comienzan como mentiras, y la
integración, por supuesto, no es algo limitada al mundo de los transexuales. Es
algo con lo que está familiarizada una persona de raza negra cuya piel es lo
suficientemente blanca como para pasar por blanco, o a los gays y lesbianas que
permanecen en el armario… o a todo aquel que haya escogido la invisibilidad
como la mejor opción posible frente a la disonancia personal. En resumen estoy
rearticulando uno de los argumentos a favor de la solidaridad que han
desarrollado gays, lesbianas y negros. La comparación llega más allá. Con el fin
de deconstruir la necesidad de “pasar por” los transexuales deben cargar con el
peso de toda su historia, empezar a
rearticular sus vidas no como una serie de tachaduras a favor de una especie de
feminismo ideado desde un marco tradicional, sino como una acción política que
comenzó con la reapropriación de la diferencia y la reclamación del cuerpo
refigurado y reinscrito. El surgimiento de los viejos patrones de deseo que las
múltiples disonancias del cuerpo transexual implican no produce una diversidad
irreductible, sino una mirada de diversidad, cuya inesperado yuxtaposición
conllevan lo que Donna Haraway ha dado en llamar promesas de monstruos: entes
físicos en continuo cambio de figura y terreno que van más allá de los confines
de cualquier representación posible.[xlix]
La esencia de la transexualidad es el pasar por otra cosa. Un
transexual que lo logra está obedeciendo el mandamiento Derridiano de: “Los
géneros no se han de mezclar. No mezclaré los géneros.”[l] No podría pedirle a un
transexual algo más inconcebible que el no pasar por otra cosa, ser
conscientemente “legible”, leerse a sí mismo en alta voz y a través de esta
lectura tortuosa y productiva comenzar a rescribirse
en los discursos que lo han escrito y así convertirse en (¿me atreveré a decirlo
de nuevo?) Un posttransexual.[li]
Aún así, los transexuales saben que el silencio puede ser un alto
precio por lograr la aceptación. Quiero dirigirme directamente a los hermanos,
hermanas y a todas las personas que puedan leer/”lean” esto y decirles: Pido a
todos que utilicemos la fuerza que nos llevó a reestructurar la identidad y que
nos ha ayudado a vivir en silencio y negando la realidad, para revisualizar
nuestras vidas. Ya sé que sentís que el camino que habéis recorrido ya es muy
largo y que el precio por la invisibilidad no es tan alto. Sin embargo, aunque
el cambio individual es el fundamento
de todas las cosas, no es el final de las cosas. Quizás haya llegado el momento
de sentar las bases para la nueva transformación.
Notas
[1] Sandy Stone, "The Empire Styrikes Back: A Posttransexual
Manifesto" apareció originalmente en Body Guards (1991).
[ Traducción: Carolina Díaz ]
[i] Jan Morris, Conundrum (Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1974), pág. 155.
[ii] William A. W. Walters y Michael
W. Ross, Transsexualism and Sex
Reassignment (Oxford: Oxford University Press, 1986).
[iii] Este resumen histórico está tomado
de la introducción al libro de Richard Docter Transvestites and Transsexuals: Towards a
Theory of Cross-Gender Behavior (Nueva York: Plenum Press, 1988). También
Judith Shapiro se interesa por este tema en su obra "Transsexualism:
Reflections on the Persistence of Gender and Mutability of Sex", en Julia
Epstein y Kristina Straub, eds., Body
Guards: The Cultural Politics of Gender Ambiguity (Nueva York: Routledge,
1991) y por Janice Irvine en Disorders of
Desire: Sex and Gender in Modern American Sexology (Filadelfia: Temple
University Press, 1990).
[iv] En la introducción de Mehl para la obra editada por Betty Steiner: Gender Dysphoria Syndrome: Development, Research, Management (Nueva York: Routledge).
[v] Walters y Ross, Transsexualism.
[vi] Extraido de Don Burnard y Michael W. Ross, “Psychological Aspects and Psychological Theory: What Can
Psychological Testing Reveal? en Walters and Ross, Transsexualism, pág. 58.
[vii] Ibid., pág. 58.
[viii] Ibid., pág. 58.
[ix] Janice Raymond, The Transsexual Empire: The Making of the She-Male (Boston: Beacon, 1979). Existe la esperanza de que la obra de Judith Shapiro ocupe el lugar que ahora ocupa la de Raymond como declaración definitiva desde el punto de vista femenino. La tesis de Shapiro parece muy equilibrada y consciente de la existencia de otros puntos de vista de académicos transexuales que aún no han participado en el debate.
[x] Esta frase maravillosa proviene del ensayo de Donna Haraway
"Teddy Bear Patriarchy: Taxidermy in the Garden Of Eden, New York City,
1908-1936", en Social Text 2. Nº 2:20.
[xi] Haraway, "Teddy Bear Patriarchy". El carácter anecdótico de esta sección está cimentado en notas de investigación de campo que aún están sin organizar ni codificar. Una versión definitiva, quizás etnográfica, de este ensayo, con citas apropiadas de ambos profesionales y sus sujetos de estudio está pendiente por falta de tiempo y financiación.
[xii] Niels Hoyer (pseudónimo de Erns Ludwig Harthern Jacobsen), ed., Man into Woman: An Authentic Record of a Change Sex. The True Story of teh Miraculous Transformation of the Danish Painter Einar Wegener [Andreas Sparre], traducido al inglés por H.J. Stenning (Nueva York: Dutton, 1933). El sexólogo británico Norman Haine escribió la introducción, aportando al libro de Hoyer una contribución semicientífica.
[xiii] Hedy Jo Star (Carl Rollins Hammonds), 1955. I Changed my Sex! (From an O.T.F). El libro de Star desapareció y he sido incapaz de encontrar ninguna referencia a él ningún catálogo de biblioteca. Una vez tuve una copia en mis manos, es una pena no haberme aferrado a él con más fuerza.
[xiv] Durante este periodo se publicó, al menos, otro libro sobre el tema, el de Renée Richards Second Serve, del que no nos ocupamos aquí.
[xv] Niels Hoyer era un pseudónimo de Erns Ludwig Harthern Jacobsen; Lili Elbe fue el nombre de mujer que escogió Einar Wegener (nombre artístico) cuyo verdadero nombre era Andreas Sparre. Esta riqueza léxica tiene un importante impacto en los estudios sobre el ser y sus construcciones, en la literatura, y también en contextos sociales emergentes como las conferencias por ordenador, donde varias personalidades dentro del mismo cuerpo son más la regla que la excepción.
[xvi] Hoyer, Man into Woman, pág. 163.
[xvii] Ibid., pág. 147.
[xviii] Morris, Conundrum, pág. 174.
[xix] En Conundrum, Morris describe un periodo en su trayecto de lo masculino a lo femenino (desde uno años antes de la operación al momento inmediatamente posterior) durante los cuales tanto ella como los demás percibían su identidad sexual como algo ambiguo. Su relato sobre el momento de transición de hombre a mujer está completamente desprovisto de ambigüedad.
[xx] **Reasignación de sexo** es el término médico correcto. En el lenguaje médico actual, el "sexo" se considera una característica física natural que no se puede alterar.
[xxi] Morris, Conundrum, pág. 115. Me acordé de estas palabras la noche antes de mi propia intervención. Pensé, vaya, sería interesante poderse transformar como por arte de magia en otra persona de manera binaria y definitiva. Así que hice la prueba, me fui al espejo y dije adiós a la persona reflejada. Por desgracia, no funcionó. Unos días más tarde, cuando pude volver a mirarme la persona frente a mí seguía siendo yo. Aún no sé en qué me equivoqué.
[xxii] Canary Conn, Canary: The Story of a Transsexual (Nueva York: Bantam, 1977), pág 271. Conn se sometió a cirugía en el centro de Jesús María Barbosa, en Tijuana. En este extracto está hablando con una enfermera mexicana, de ahí que emplee términos castellanos.
[xxiii] Star, I Changed My Sex.
[xxiv] Reconozco que yo estoy tan sorprendida como el bueno del médico, ya que, excepto en la narración de Hoyer, no hay ningún otro caso de un cambio de tono vocal o timbre tras la administración de hormonas o una operación de cambio de sexo. Si los transexuales consiguen cambiar sus características vocales, es a través de un proceso gradual y muy complicado. Pero hay bastantes problemas con la narración de la "historia verdadera" de Lili Elbe, a los que no se escapa la escena en la que finalmente se "convierte en mujer" mediante la implantación de unos ovarios en su cavidad abdominal. La atención que han recibido por parte de los medios de comunicación los trasplantes y enfermedades del sistema inmunológico durante la última década han hecho al gran público consciente de los riesgos de reacciones inmunológicas. Pero incluso en 1936 la narración de Hoyer se hubiera considerado científicamente cuestionable. El rechazo de tejidos y el sueño de acabar con este problema fueron objeto de mucha especulación en las obras de ficción y ciencia-ficción hasta los 40: como ejemplo, la droga milagrosa "collodiansy" retratada en el libro de H. Beam Piper One Leg Too Many (1949).
[xxv] Hoyer, Man Into Woman, pág. 165.
[xxvi] Ibid., pág. 170. Para un análisis de textos que transforman la sumisión en realización personal (c.f Sandy Stone) pronto aparecerá "Sweet Surrender: Gender, Spirituality and the Ecstasy of Subjection; Pseudo-transsexual Fiction in the 1970s".
[xxvii] Hoyer, Man Into Woman, pág. 53.
[xxviii]
Ibid.
[xxix] Hoyer, Man Into Woman, pág. 134
[xxx] Ibíd. , pág. 139. El cambio de sexo de Lili Elbe se realizó en 1930. Hoy en día en los Estados Unidos, desde el punto de vista legislativo se define un cambio de sexo de hombre a mujer como la ausencia de algo. Es decir, un hombre se convierte en mujer cuando "los órganos reproductivos masculinos se han destruido total e irrevocablemente". (Extracto de una carta de un centro de salud autorizando el cambio nombre en un pasaporte, 1980).
[xxxi] Ibíd., pág. 125
[xxxii] Ibíd., Pág. 139. Llamo la atención en estos dos fragmentos sobre
el verbo griego referido al momento del baptismo, cuando el que está recibiendo
el sacramento también penetra y es penetrado por
[xxxiii] La evolución de este problema y la manera en que intentó
ser superado sería objeto de un análisis independiente. Para un estudio condensado de este problema véase Donald Laub y Patrick
Gandy (eds.), Proceedings of the Second
Interdisciplinary Symposium on Gender Dysphoria Syndrome (Stanford:
Division of Reconstructive and Rehabilitation Surgery, Stanford Medical Center,
1973) y en Irvine, Disorders Of Desire.
[xxxiv] Laub y Gandy, Proceedings, pág. 7. Las declaraciones completas de Fisk constituyen una excelente descripción de los objetivos y procedimientos del grupo Stanford durante los primeros años y las tensiones de los conflictos programáticos y los diferentes intentos de resolver estos conflictos están implícitos en ellas. Para ejemplos de declaraciones similares ver Irvine, Disorders of Desire y Shapiro, Transsexualism.
[xxxv] Harry Benjamin, The Transsexual Phenomenon (Nueva York: Julian Press, 1966). El ensayo en el que después se basó el libro llevaba el título de "Transsexualism and Travestism as Psycho-somatic and Somato-psychic Syndromes" y apareció en el American Journal of Psychotherapy 8 (1954):219-30. Un ensayo aparecido mucho tiempo antes "Psychopathia Transexualis" de D.o. Caldwellen Sexology 16 (1949): 274-80 no parece haber tenido la misma repercusión dentro de este campo, aunque John Money sigue rindiéndole homenaje atendiendo a la grafía de transexual con una sola s en inglés empleada por Caldwell. En documentos antiguos también podemos percibir la influencia de Cauldwell o Benjamin según la forma en que se escribe la palabra.
[xxxvi] Laub and Gandy, Proceedings, pág. 8, 9.
[xxxvii] El problema reside en la ontología del término "genital", en particular con respecto a su definición para actividades tales como masturbación pre y postoperatoria. La reproducción crea una ontología de la economía erótica de la superficie corporal; como señalan Judith Butler y otros (por ejemplo Foucault) la reproducción legisla qué partes del cuerpo deben tener sus componentes eróticos encendidos o apagados. Los conflictos surgen cuando algunas partes son polivalentes. Por ejemplo, cuando porciones de la uretra (de un hombre) se utilizan para construir porciones de neoclítoris (en una mujer creada a partir del cuerpo de un hombre. Sugiero que utilicemos esta idea vertiginosa como ejemplo de formas en que podemos refigurar la polivalencia como una intervención en la constitución de posiciones del sujeto creado; en una economía erótica binaria, "quién" experimenta sensaciones eróticas con estas zonas? (Judith Shapiro propone una idea similar en su ensayo "Transexualism" publicado en Body Guards, págs. 260-62. He elegido un emplazamiento bastante cercano al que ella describe desde el punto de vista geográfico pero, espero más ambiguo, y por tanto más disonante en estos discursos en los que la disonancia puede ser una intervención poderosa y productiva).
[xxxviii] Esta acción en los límites de la posición del sujeto
sugiere la existencia de una categoría que no se encontraba en el excelente ensayo de
Marjorie Garber "Spare Parts: The Surgical Construction of Gender",
en differences 1 (1990): 137-59; es
una intervención en la falta de simetría entre "crear un hombre" y
"crear una mujer" la descrita por Garber. Hasta cierto punto
representa el colapso de las categorías del imaginario transexual, aunque
parece lógica la conclusión de que esta versión de la llegada a la madurez
sigue siendo predominantemente masculina- los médicos y pacientes se cuentan
historias sobre lo que
[xxxix] Los términos "retorcerle el pescuezo al pavo" (masturbación masculina) y "aterrizaje forzoso" (rechazo para acceder al programa sanitario) y "gaff" (prenda interior utilizada para esconder los genitales masculinos en transexuales antes de la operación) pueden variar según el área geográfica, pero son lo bastante comunes como para que se reconozcan en cualquier parte.
[xl] Basado en las declaraciones de Norman Hisk recogidas en Laub y Gandy, Proceedings, pág. 7, así como en mis propias investigaciones. Parte de la dificultad, tal como expongo a lo largo de este ensayo es que los investigadores, por no mencionar a los transexuales, no han visto los problemas que plantea el término "cuerpo equivocado" como categoría descriptiva aceptable.
[xli] En Walter y Ross, Transsexualism.
[xlii] Uso la palabra "clínicamente" aquí como en otros fragmentos con conciencia de la "victoria pírrica de la que hablaba Marie Mehl. Ahora que la transexualidad tiene una frágil legitimidad que le confiere su categoría de diagnóstico recogido en el DSM, ¿cómo vamos a enfrentarnos al proceso de sacarlo del libro?
[xliii] El significado real de GG, término utilizado en el mundo de las transexuales de hombre a mujer es "genuine girl" -chica genuina (sic) a las que también se denomina "genny".
[xliv] Judith Butler, Gender Trouble (Nueva York: Routledge, 1990).
[xlv] Lo contrario de pasar es leer, que invoca de manera provocativa las prácticas de inscripción a las que he hecho referencia.
[xlvi] Sugiero un posible punto de partida, pero hay que llegar más lejos. No sólo hay que poner en tela de juicio la definición que se hace de cuerpo en estos discursos, sino analizar de forma crítica a quién le corresponde definir lo que significa cuerpo.
[xlvii] Shapiro, Transsexualism
[xlix] Para un estudio en profundidad de este concepto
inspirado en Donna Haraway véase: “The Promises Of Monsters: A Regenerative
Politics for Inapropriate/d Others” en Paula Treichler, Cary Nelson and Larry
Grossberg, eds. Cultural
Studies (Nueva York: Routledge, 1991).
[l] Jacques Derrida, “
[li] También quiero apuntar aquí a la teoría de la mestiza
elaborada por Gloria Anzaldúa y que describe un sujeto ilegible que viven en las fronteras entre
culturas, capaz de dominar parcialmente el lenguaje de cada una pero de manera
sólo parcialmente inteligible entre las dos. Luchando contra esta posición la
“nueva mestiza” de Anzaldúa intenta sobreponerse a la ilegibilidad haciéndose
con el control del lenguaje y la inscripción e inscribiéndose a sí misma en el
discurso cultural. La asombrosa “Borderlands” es un buen ejemplo: Gloria
Anzaldúa Borderlands/