SEGUNDA RESIDENCIA



                     

	Habría que hacer
una versión gay de Casa de Muñecas,
con Nora, de nuevo, un chico joven
de veintipocos años, treinta y algo como mucho,
de pie, junto a la puerta, y que renuncia
a la fantasía del padre, 
huérfano también, desprotegido siempre, tan rebelde
ante conceptos como el amor o la nómina.
No la harías tú, desde luego, tan ocupado
en rescribir la Ilíada, en estudiar 
el pensamiento marxista entre expediente y expediente, 
ni yo tampoco por supuesto:  aún estoy 
con esa novela de crímenes a ver si me publican,
Y además nuestra versión fue diferente, imposible
establecer como siempre un ritmo único, conciliar
la literatura y las rencillas, la poesía y las amenazas de otra.
Sé que nos enseñaría
hablar de Thorvald, repetir
tras el telón los últimos instantes.
Que habláramos tú y yo sobre el momento último,
plantear el final de nuevo, la necesidad
apremiante de Ibsen de acabar con Thorvald, mostrar
la blandura de su orfandad, la ausencia de Wendy.
Allí, en el último acto, de pie, junto a la puerta, nadie
sabe exactamente de quién fue la renuncia,
quién abandonó la casa, quién amaba a quién o a qué prejuicio,
Habría que crear una continuación adecuada, construir
esa segunda residencia en algún barrio gay,
llamarla Casa de muñecos, pese a que el título
sugiera los teleñecos o los dibujos de la Warner, 
y contratar por ejemplo a Alexandra Ripley,
para que no pierda dinero y entre en listas,
hacer esa historia lineal
donde el tiempo avance como en Ibsen
y sucedan los actos con la cronología precisa,
no con la nuestra, tan moderna, tan hiriente, tan fuera
de comprensión alguna, 
una continuación que completara el vacío,
que respondiera a esas preguntas,
las que me he repetido tantas veces en tu ausencia, las que
me he repetido sin ti, sin contestación posible.
¿Qué sigue ya a qué? ¿Quién de nosotros es Nora? ¿Quién
el abandonado Thorvald que pregona antes del telón la necesidad de un
                       milagro?
Sería preciso, estoy seguro,
ese milagro del amor, su regreso tal vez, su segunda parte, para no
desdoblarse de nuevo, para que evite
el paso consumado, inevitable ya, hosco, ambicioso,
de la tragedia a los dibujos de la Warner. 
	Pues es triste:
ahora se que así, tras estos años,
la historia no ha colmado las expectativas trágicas
y las respuestas eran previsibles y seguras.
Nora se echa un novio funcionario,
folla mucho con él y coge unas ladillas.
Thorvald se casa con la criada,
y la manda a la facultad a estudiar Humanidades
para que le diserte sobre Heráclito durante el té con pastas,
de modo que acaban todos viviendo a la altura de sus porcelanas,
salvo el novio de Nora, tú probablemente, 
que rescribe la Ilíada, 
y tiene un morbo especial por enamorarse en silencio de las otras mujeres
-Miss Peggy, Casandra, Julie Andrews-. En fin, nada nuevo,
y sobre todo, nada trágico.     
	Pero no dramaticemos. La tragedia es hermosa. 
Todos tenemos derecho a nuestra tragedia sentimental, lo he dicho 
                                  siempre,
pero no existe, tú lo sabes:
Aquiles muere, Patroclo arde, Hécuba borda mantelitos en la soledad de 
                        Atenas, y ni siquiera
se puede terminar la historia en el momento exacto,
cuando se cierra la puerta, cuando la soledad
se cierne sobre Thorvald, en el momento
del funeral en que la barca se aleja en llamas y los dolientes lloran en la 
                                   orilla.
No hay tragedia, es cierto, eso es lo trágico.
He sabido
que a los homosexuales
les llaman en Nueva York "amigos de Dorothy", por aquellos
seres del Mago de Oz que iban a la Ciudad Esmeralda,
con Judy Garland -Dorita en la película-, 
hombres de lata todos, fieras, espantapájaros,
animales de tebeo, con ausencias terribles,
huecos sin nombre, deseos
de valor guerrero, de corazón, de mente,
de cuerpo acaso, muñecos sólo,
Aquiles cobarde, Diógenes estúpido, Alcibíades barbudo, seres
que iban despistados como tú y yo, 
caminantes por las sendas del tebeo, viles víctimas
de ese amor de un hombre por otro, esa chapuza
sentimental
entre Pepe Gotera y entre Otilio.
No hay posibilidad de un final estético, lo estás viendo.
Todo se envilece, cae a tierra,
no podemos cortarnos felizmente las cabezas uno a otro 
como Mishima y su amante, ni perecer con la legión tebana,
ni lamentar el dolor de Astianacte, ni contemplar la pira.
	  Nuestra Tragedia es otra.
Edipo, en nuestra historia, 
vagabundea ciego por el camino de baldosas amarillas
de la mano del Pato Lucas, no de Antígona;
el abandono de Thorvald, por ejemplo
--cruel y desvalido en aquel último acto, esperante
de un milagro, abismado, infernal, pedidor de padres--
no pasaría de una de las caidas del Coyote, quedaría
como la muerte de la madre de Bambi: Thorvald 
seguiría huérfano.
Yo te llamaba padre, ¿lo recuerdas?, asentías
con esa satisfacción incestuosa de follar con tu propio hijo,
Sebastian Venable de tí mismo,
devorado por ti, con esa mente salida del final de Suddenly, last summer,
como si una obra
interfiriera a otra y la vaciara, como si ambos
no fuéramos nosotros, y Zeus, los dioses, 
no más que satisfechos directores generales, tristes
funcionarios de carrera.
No le quedaría a Thorvald, tan nórdico y tan serio, tan
de Finlandia, 
más que los muchachos de los trenes,
las Dark Rooms de Estocolmo, 
el sesgado amor de los marineros viriles, un goce
más que suficiente para una soledad tan pobre. 
O quedaría volver otra vez, como tú seguro,
a ese desdoblamiento de la escena última, masturbarse
en secreto pensando en la piel de Nora,
gozar del oscuro aire de las tumbas, los cerrados esfínteres
de la memoria.
	Gozar del dolor causado sería necesario,
puesto que pronto se va el placer, que después
de acordado da dolor,
acaso la rabia, la ira, el odio, la venganza, 
los besos rechazados, el llamarse
zorra el uno al otro, esa satisfacción antigua
de escupirse el desprecio por las cuestas de los pueblos
sean ternura, y por lo tanto
la solución de Thorvald, el vínculo 
entre él y el paraíso.
La respuesta es esa, lo sabemos: gozar del amor viciado, lo único
parecido a la tragedia, la única
Ifigenia que nos queda entre Nora y Rompetechos.
No nos queda más que eso, sueños enroscados,
malévolos últimos folios,
gozar tú y yo --el resto, al fin, de los antiguos dioses--
de la violencia que no desciende nunca, el hecho, en suma,
de haber precipitado al Coyote a sus abismos increibles, 
lanzarlo sobre algún falo marca Acme,
el tuyo o el mío, no importa, esa especie 
roja de cartucho de dinamita 
que estalla al final
y nos presenta como nefastos dibujos, 
de pie, junto a la puerta,
abrasados del todo, 
con el fuego de esa estallada bomba entre las manos,
carbonizados y oscuros,
humeantes.
Marcelo Soto

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