CARPANTA REY

 



	Con una puntualidad de burgués, el destino nos aguardaba en el López-
                                     Ibor de tu casa,
nos aguardaba en la viejísima cerrazón de sus páginas, en la preciada
censura que nos privaba de leerlo hasta pasar la adolescencia.
hasta que, al fin,
mayores ya, amantes a medias, veinteañeros hermosos, núbiles, casi
vírgenes,
lo leímos.
Con sigilo lo leí --es cierto--, con miedo,
en tu cuarto, una tarde de viernes, y estoy seguro
de que lo leías tú también a mis espaldas --como tu hermana las novelas
rosas, como tu padre
las viriles novelas de Marcial Lafuente--
pues estaba allí el manual, rey del sitio,
entre tantos libros baratos que tenías en tu cuarto, dueño
de la balda más baja de tu estantería de ferretero,
se que lo leías. Antes
de cada gesto de pasión, o tal vez luego, en el dolor
impreciso del regreso,
habrías de consultarlo con la fruición de un contable.
Pues cómo, si no, cómo
fue después tu mundo tan exacto a sus páginas, cómo sabías
desde el principio sus precisos augurios, que el futuro
o lo que fuese iba a volcarse, que llegaría
el odio entre tú y yo, el desprecio también, y un olvido
denigrante, hastiado, la experiencia, limitada, de un infierno tan triste.
He comprendido --después-- que portaba instrucciones,
que el libro las traía,
letras que explicaban y ordenaban con un único grito,
pues era como si impusieran sus designios,
disciplinado tú en aquellas puntuales secreciones de fin de semana,
como si siguieras sus consignas, solitario, feroz
soldado de las causas más secretas.
He comprendido --después-- que tenía un son hermoso,
que el mismo manual, aquella
Vida Sexual Sana, aquella vida conyugal estable, esa vida feliz,
patética, locuaz de funcionario, ese López-Ibor de tus victorias, era la
Madre del Libro, la Madre
de todas las enciclopedias, las letras de oro
con que se articula el mundo, y, por tanto, su guión, la matriz del tiempo,
la definitiva
explicación arcana de las cosas.
Lo consulté hace ya años.
Recuerdo que lo leí esa tarde precisa, a hurtadillas mientras te esperaba.
Recuerdo que leí ese volumen viejo --el apartado "La Homosexualidad"--
en tu misma habitación, mientras salías de la ducha,
y que me asustaba ya entonces:
cuerpos de hombre uno sobre otro, en sudorosas laminas, como invitación
a esperar de todo, a esperar ese instante feliz, la epifanía tuya, el
momento
que tú retardabas como el inicio de una dieta,
pues la heterosexualidad --era inevitable-- tenía sus hábitos.
La enciclopedia, exacta en los detalles, certera al fin,
contaba todo con más odio que yo, con más angustia
--si tal era posible--,
contaba la pasión de Cesar, el destino nuestro, las escaleras
interminables del senado, Marco Bruto en amor pleno,
despreciable, turbio, más violento
aún que su intriga y sus victorias, contaba más pasiones
de un hombre por otro, Oscar Wilde, Douglas, más traiciones, más ofensas,
más 
crueldades esperables en todos los maricas.
Lo recuerdo con rabia, una cólera sana de movimiento comunista, con un
Rubor                                      dulce
de maoísta enculado
pues era sin duda
aquella la visión del Poder, la visión
del Padre, el relumbrar
del fuego de Sodoma.
Allí estaba, ante mis ojos, amenazador, liberado
de su condición de pieza museística,
mientras tú, feliz, dos o tres puertas más allá,
te frotabas los testículos con un oloroso gel neutro,
allí estaban los párrafos,
las delicadas tipografías de la editorial franquista,
las páginas, terribles y seguras,
las letras, las láminas, las fotografías.
Nos contaban el futuro minuciosa y detalladamente,
como los oráculos que no atendíamos nunca, como ese momento
de la película en que a la muchacha le leen la mano y le predicen
un destino terrible, el abandono tal vez, la tragedia,
la soledad brutal, su muerte
siquiera imaginada en su deslumbrante blanco y negro, en esos
decorados grises que representan San Petersburgo,
las nieves de la plaza, las felices
ventanas del Palacio de Invierno.
Era todo.
Recuerdo que te oí salir del baño y lo devolví a su vitrina,
como se devuelve el amuleto que resucita al monstruo, como se rechaza
el anillo con el resorte, la copa falsa, el veneno de Milady.
Y que lo olvidé al momento, claro.
Esperaba yo que vinieras a secarte a la habitación conmigo, disfrutar
de tu espectáculo porno, tanta carne
de futbolista para mí solo, la toalla
subrayando las formas, erecta
a lo largo de los muslos, presta
para desvelarme tu sexo que era un misterio entonces, a la espera
de aquel desenfreno de carne y de mamadas, esas pollas
duras que nos obligaríamos a comer con un no sé qué exhibicionista,
arrodillado el uno ante el otro, en la posición
del esclavo domado
pero entraste vestido,
abotonado hasta arriba, los cordones
amarrados y el chaleco dispuesto
pues habíamos quedado para el cine con tu primo y con su santa, y aún
faltaba una semana para el primer polvo.
Pero hubo días distintos.
Había días entonces. ¿Cómo decirlo?, días anteriores
a esa revelación de tu enciclopedia, previos al tarot
de ese López-Ibor con volantes, a ese "Saulo, Saulo" del orden, a esa
preceptiva del mundo.
Había días distintos.
Algunos días soleados,
luminosos como tu vida en la oficina, ciertos días
de la primavera última,
aquellos días que precedían al verano e incitaban al despoje de chaquetas,
a soltarse las corbatas de esclavos felices,
y cambiarlas por relucientes chubasqueros de progre, por ceñidos
vaqueros de ecologista,
esos días, digo,
intrigábamos tú y yo, exhalábamos
nuestros ansiados improperios helénicos, las palabras
que el amor aún nos dictaba en tercero de Clásicas,
palabras simples:
todo fluye, el deseo
como la razón del cosmos, el icor, la ambrosía,
la hybris.
Allí, en la plaza, tras la primera noche,
aquellos días de verano,
bajo la estoa del bar de enfrente,
éramos como dioses, seres fuera del mundo, socráticos
sin nómina, olímpicos
de salón, insomnes Césares, bajábamos
a las playas soleadas, recorríamos las orillas fangosas de la amistad y de
los                               besos,
surcábamos las terrazas de la isla, comprobábamos
cuánto mejor es un bañador que una antigua túnica
y celebrábamos su marketing de la pelvis ceñida,
la existencia de la lycra, esa torera
adaptación a nuestros sexos, tirantemente impúdicos ante las respetables
familias                      de la playa,
escándalo de madres y de fiambreras,
nuestros sexos sofocados,
privados por fin de la libertad pendulona de la clámide,
prietos y ostensibles entre el sudor y el aceite de lo oculto,
te tumbabas al sol conmigo, a la orilla del mar,
con la erecta atención asombrada por el desglose de las cremas,
mientras conjugabas las disculpables caricias, la excusa
de mi mano ungiéndote los óleos que te librarían del fuego,
aquellos toqueteos serenos entre niños en corro y contemporáneas sombrillas
de                              lunares,
el pecho iluminado por el sol de la tarde
como si hicieras un casting para esos anuncios secretos de viriles
perfúmenes.
Pues éramos eso, está claro, la palabra justa, la tranquilidad
detenida de las cosas, una ternura
que resume el mundo y no obstruye su luz ni su sombra tampoco. 
Eso al fin: la especie exacta,
inextinguida, de erastés y eromenós, algo
como el eslabón perdido, el nexo
entre el coito anal y la mística de Eckhart,
entre Aristoteles y tus tiernas mamadas de heterosexual inexperto, entre la
                                   Macarena
y nuestras posteriores adoraciones a Príapo.
Qué más pedir al amado. Qué más hacer,
lejos los dos de la evolución impredecible de las cosas, lejos ambos
de los deseos del ministerio, de la sana vida
sexual que apenas tras la adolescencia nos convertía en cadáveres fugaces.
Mas López-Ibor llegó entonces,
travestí de faralaes, la banda
azul sobre el pecho, los atributos del mundo, el sueño
de la mujer del César,
dado que eso debió haber sido al fin y al cabo, un sueño
profético que tuve mientras te duchabas, unos días antes
de la primera noche, antes
de besar por fin la carne onanizada por tantas duchas y recursos.
Llegó él, sin esperarse: carne de un sueño, halcón maltés, espejismo,
insomnio,
Y éramos infelices, según la enciclopedia,
éramos, según sus páginas,
todavía incapaces de habitar con propiedad los limpios apartamentos
familiares,
de fichar a las ocho, de no comulgar
sin utilizar los dedos o las narices, todavía incapaces de escaparnos de la
tierna tortura de la pasión y el crimen.
Llegó López-Ibor, por supuesto. Nos dijimos:
"Tu quoque", en las mismas
escaleras de la Delegación de Fiestas, te hablé otra vez
de las playas de Troya, de esas noches con Astianacte y con Casandra, me
referí a Alcibíades, al mismo
viejo Parménides, tuve tentación
de llamar a mis caballos para que lloraran sin descanso,
pero no hubo forma, nunca 
los dulces miembros erectos de la Yegüada Militar
se caracterizaron por oir a los maricones de mierda.
Y claro,
ya no estudiabas, llegaban las nóminas
--enhiestas como intrigas--, el último Platón, las encíclicas papales, el
ejército, la                           familia, la sólida
institución de la otra, en fin qué se yo.
Pero tampoco --para qué mentirnos--
fue necesaria esa ira tuya, esa famosa
habilidad para expresar lo oscuro, tu célebre
golpe mortal digno de Versalles, tal una Marquesa de Merteuil
definitiva y kantiana, oscura y terrorífica.
Así que al final he cometido el crimen.
Te he odiado y tenía razón el libro: las palabras de López-Ibor
como las de Ezequiel y Jeremías, como las del viejo Heráclito, eran
ciertas. Todo fluye --panta
re-- o mejor dicho,
todo nos asume, todo nos deglute, todo
nos devora -Carpanta re, supongo-.
Y cómo, Dios mío, cómo
os he odiado luego,
a tí y a esa pobre zorra,
a esa hipócrita pendona, hermana mía,
mi semejante,
cómo he imaginado vuestra gozosa desgracia, extrañas
caricias para ambos, asesinatos múltiples, sacrificios sin límite,
abandonos, crucifixiones, interminables
visionados de concursos.
Pues yo también sufrí, es cierto,
esa preocupación tuya por golpear al ya caído --siempre fuiste
igual de detallista--, y os he odiado, es cierto,
con ese sordo rencor del inmigrante parado,
el rencoroso vagabundo que vive bajo un puente, y que se encuentra,
un día, con una jubilosa bandada de skin-heads que salieron por
cigarrillos,
y hasta me he levantado contra tí en ese rencor amadísimo,
ese odio redentor, potente, sabio, cura
de compasiones y regresos,
y he estado allí, claro,
en la cima del mundo,
en pie sobre tu futuro de nóminas y convenios,
y allí lo he percibido, como Abraham la voz del angel,
he sentido la magna presencia de López-Ibor sobre el mundo,
su dominio sobre el orbe, su imperio
más fuerte que ambos, deglutidor, dominante, insaciable
como Cronos, lo he visto,
López-Ibor por fin, comedor de hombres, comedor de sexos, mamón,
indeseable,
hambriento, señor del eructo, trágica
imposición de los dietistas,
le he visto al fin con ese aire perdido de posguerra,
inclinado sobre el pasado nuestro, lo he visto
abriéndonos por fin su expediente de vergüenza, sus mortales
perversiones de la página quinientos, la cura
deseada de la enfermedad mortal
que contaminaba a César y a Alejandro.
Y ahora queda su venganza, quimera rapaz, águila prometéica,
inclinada sobre la feliz conyugalidad de tu adosado en  Chipiona, sobre mis
palomares
lejanos de Gran Vía, exigiendo cada día un pedazo,
--animal hambriento al fin-- de mi hígado y tus vísceras, un pedazo
de carne que supliremos con excedencias y moscosos.
con la seguridad
de que como tú soy deglutido, que esa voraz
consigna, esa devoración ansiosa, ese López-Ibor, ese Carpanta,
reinará, cuánto tiempo más, sobre nosotros.
Marcelo Soto

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