EXEQUIAS DE PATROCLO

 



No recordamos ya la ira de los dioses, no al pélida Aquiles, 
ni sus armas tampoco, ni el cantar de la musa,
pero sí las heridas, sí las luminosas heridas, recuerdo
el calor de aquella habitación en Junio, 
una hora antes del primer polvo, y los papeles esparcidos y tu voz
recitando a Patroclo, levantando 
en tu lengua su pira, sus exequias.
Recuerdo la batalla, es cierto, el beso
deseado al terminar la lectura, mis manos
palpándote la polla, tus palabras
que ocultaban tu erección justificando la impericia
del hexámetro, la lenta
progresión dramática, o esa decisión
--tan sospechosa--
de que Aquiles y Casandra fuesen novios,
pero acaso
quede un cierto temblor al recordar aquello.
Y canta ahora la musa el temor de los héroes, no canta ya,
estaríamos listos, 
a las armas iracundas de Aquiles el pélida, pues vencieron
los otros y las armas todas
en formación volvieron al armario.
Ganó el dios de Moisés, quién lo dudaba, su rabia
cae sobre el recuerdo de tus textos 
--tan estúpidos--, los versos
que seguiste escribiendo muchos meses más tarde,
mucho después de dejarme, en bibliotecas públicas, sin suponer 
que te espiaba yo, que recogía
del suelo los arrugados papeles y que luego
en la soledad de Agosto los extendía con premura frente a mí,
que abría 
el legado de tu letra, los mirmidones
mostrando el fuego a Aquiles, el lamento 
nocturno de Casandra.
Qué escaso el fuego entonces, qué liviano, qué inhóspito. Yo
mirándote escribir los bostezantes versos, recogiendo
tu borrador de las papeleras municipales 
con un aire
de bag lady sin casa, intentando
confirmar el amor con unos versos inútiles, y quemándolos luego,
al atardecer en la playa, deseoso
de un entierro más digno, de un fuego
mayor que esa chusca candela, tan parecida
a las que hacía mi abuela cuando no había cerillas.
Cómo supe 
ya que habían triunfado otros dioses, qué imposible
era leer sin tu guía esas viejas palabras, encender su sonido, prender 
la terrible pira y que ésta arda, violentamente,
como el dios de Moisés, sin consumirse.
No entiendes aún que lo perdiste todo, y aún esperas
-tan funcionario tú, tan conformista-
calmar con excedencias el dolor de Astianacte, suplir
el viejo orden olímpico con la paga de Agosto
y al mismo Zeus tonante por los jefes de servicio.
El deseo no era eso, amor --cómo decirte
lo que has de saber ya por conyugal experiencia--,
no las hermosas palabras que defendían los muros, 
no las batallas ardientes, no Héctor, no el beso
sin cuartel de los héroes follando, aquel tremendo infierno 
en que felizmente se ardía, más cercano
a Platón que a la escolástica, más próximo
a los misterios de Apolo que al comité de empresa.
Cómo decirte
lo que ya sabes. Que el deseo no era, 
al final,
más que esas sucias acciones que me indicabas en voz baja, los lugares
prohibidos que yo había de besarte, 
más que tu cuerpo en el ágora, exhibido --ese estadio
tuyo de regional B-- con profusión de penaltis, más que nuestros dioses
moribundos, agónicos, sin apenas
fuerzas para elevar sus poderes.
El orden se ha cumplido, y la felicidad 
era esto. No las naves aqueas sino estas naves 
inhóspitas, los cruceros a Grecia, los charter de Alitalia,
cruzar en Land Rover la desierta Troya,
acompañados por viriles marineros del Bósforo,
ver la aurora, en autocar, la de rosados dedos,
o amparar en mi alcoba a esos curtidos marinos,
la nueva concesión del sacerdocio priápico,
con los que invadir Troya y sus múltiples rimas.
Y no está mal después de todo, aunque esperaba otra cosa.
Contigo era distinto. Hundidos
en la sombra, lo recuerdo, 
esperábamos la luz como un don de los dioses,
algo que celebrar con ritos de los tuyos,
que yo no entendía nunca y que acababan al alba.
El mundo iba a dar mucho y cumplió sus promesas, es posible,
pero cuánto menos, Horacio, de lo que esperaba nuestra filosofía.
Y aún nos quedan, por suerte, esas pollas del Bósforo, 
la lectura de Joyce
--una Troya impresentable con pintas de cerveza--, o volver
a los viejos lugares, esos sitios 
donde escribir novelas con tinta de Dyóniso
--Hermes de salón, Zeus en el wordperfect--,
y amar con ansiedad y mantenerse en forma.
Ya 
no caen las espadas, no queda
el fervor imposible de prender la pira y de quemarnos,
cortarnos las cabezas --las dos-- el uno al otro
y que el amor nos destroce con su infelicidad tan viciosa,
esa que conocíamos en sus más estrictos términos. 
Imposible morir de nuevo, disfrutar
de lo amargo del dolor junto a las Puertas Esceas,
traspasado el talón que no cubrió la Estigia,
ni sentir el bronce, ni el sabor acre de los dracmas,
ni sufrir por Casandra, o por Patroclo.
Inevitable el olvido. Es una lástima.
No
recuerdas, oh musa, el semen del dios, estoy seguro, 
ni mi lengua 
más hábil aún que la del pélida, su recorrido sabio entre los muslos, 
ese beso también, un lengüetazo
de parnasiana escuela.
No recuerdas, oh musa, la cólera de Aquiles, 
pues apenas
duraba lo que un polvo.
Pero sí las heridas, sí la fruición del peligro,
sí tus heridas más abajo del alma,
ese sabio lugar entre tu polla y la Hélade,
ese lugar con sol donde se acercan hermosos cruceros de turistas corsos
pertrechados de sombrillas y tetra-briks de leche,
el lugar, quién lo tomara, amor, quien lo tuviera,
donde esa zorra y tú iréis acaso,
terminadas las clases, vueltos viajeros,
con una leve ambición de parecerse a Bowles,
ese lugar inasible entre Itaca y Andorra,
entre Delfos y Lebrija, entre Castalia y Burgos,
donde broten aún nuestras heridas, y sangren 
tan mezquinas, tan dulces, como hidromiel vírica.
Llegarás a Troya, lo sé, en el verano próximo,
--después que yo este invierno: la nostalgia
nos abruma, es tu condena--
e irás con mis poemas que creerás son de otros,
y abrirás esas páginas de tu traducción de cura
y buscarás el fragmento donde Patroclo ha muerto
y pensarás en tu obra, aquel coñazo 
que atendí con complacientes halagos 
--un polvo es un polvo--,
y buscarás mi pira, el débil fuego, las exequias
ahora tan largas, tan confusas, tan inhóspitas.
Habréis llegado al mar, al fin y al cabo,
lleváis traje de baño, dado que es Agosto
y esa zorra tuya sugirió las islas
y que dejárais Epidauro para un tiempo más frío
--no tiene playa-- y tan hermoso tú
como antes, aunque un poco más gordo
o más viejo, te exhibirás ante ella,
sin coraza, desnudo, --como ante mí entonces--,
y esa zorra, tu cómplice,
te acogerá de nuevo,
y entrarás en sus piernas con alegría miserable,
feliz y funcionario, la nómina en alza,
enhiesta siempre la espada, mas débiles los muslos,
débiles y tristes, incomprensibles, hondos,
pues, aun con tu vencida espada,
ese tronco inflado de trienios y pluses,
Pentesilea, esa zorra,  
no morirá en tus brazos.
También en ese mar arderá otra pira,
mayor 
que tu coñazo de obra, que esos versos imbéciles.
Me vengarán los dioses nunca invictos,
pues no podréis
repetir sin mí ese fuego hermosísimo, las exequias
adorables del suicidio, sino acaso
un descuento en hoteles por viajar en pareja,
bellas diapositivas para torturar vecinos
y la vuelta al hogar y a las tardes de fútbol.
Es mayor mi poder. A mí me diste muerte, 
todo has olvidado: la cólera, las armas,
pero no las heridas, ese numen secreto
que arderá para siempre, pues al Hades
--soy muy víbora, al fín, lo viste a tiempo--
te llevarás mi muerte, los funerales míos 
en la sangre enraizados y amarrándote al fondo. 
Nunca existió la culpa, lo sabíamos, pero sí
la memoria.
Tu memoria al menos, pobre Aquiles, mi caudal, mi secreta venganza,
encendiendo su fuego, puntualmente los jueves,
que arda con tu dolor y que calme mis llagas.
También yo 
volveré a Troya, sin duda, regresaré a Grecia,
con mi amante de turno, un joven tal vez, un estudiante
rubio de Informática, al que pagaré los gastos,
o acaso un funcionario de nivel 28 --no puedo, 
pese a todo olvidarte--,
y elegiré en tu honor un marino de agencia
para volver a darte mis dieciséis años.
	Y al pasar de los treinta, queridísimo Aquiles,
prometo elegir dos, si me alcanza la Visa.
Marcelo Soto

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