Había decidido quedarme un rato más en el trabajo por la tarde para estudiar los temas de la próxima oposición. Pensaba que en la oficina estaría tranquila a esa hora y podría concentrarme sin dificultad. Me equivoqué. Por la mañana la temperatura era agradable gracias al aire acondicionado, pero, a partir de las tres, el sol entraba de lleno por las ventanas y el calor se iba haciendo cada vez más molesto. Por otro lado, las limpiadoras empezaron un ir y venir por la oficina vaciando ceniceros y papeleras, colocando sillas. Pequeños ruidos intermitentes que, sin embargo, me impedían meterme de lleno en la lectura. Yo era una molestia para ellas y ellas eran un inconveniente con el que yo no había contado. Aunque, si tengo que ser sincera, no eran las únicas causantes de mi falta de rendimiento. Ya había probado a estudiar de todas las formas posibles –antes de comer, recién comida, después de la siesta– y en todos lo sitios que me pillaban, más o menos, a mano –la biblioteca, el parque…– sin ningún resultado. Era incapaz de leerme un tema sin tener, al final, la sensación de no haberme enterado de nada. La oficina fue la última posibilidad. Al principio, me negué, pero viendo que el tiempo pasaba y que no conseguía avanzar, probé a quedarme esa tarde.. Allí o estudiaba o me iba. No podía entretenerme con nada más, salvo el propio trabajo que, como es lógico, no representaba ninguna tentación.

La primera prueba fue superar el silencioso pero insistente trasiego de la limpiadora de mi planta. No hacía ruido pero seguía su figura, transformada en una mancha azul, a través del rabillo del ojo sin poder evitarlo. Ella no tenía la culpa, simplemente yo estaba, sin que mi voluntad interviniese, más pendiente de lo que sucedía a mi alrededor que de lo que leía. La segunda prueba fue superar el calor. Las persiana estaba rotas desde hacía meses y el sol entraba sin obstáculo a través de los grandes ventanales. Intenté hacer pantalla con la mano derecha, interponiéndola entre mi cara y el sol. Pero tenía que utilizarla para subrayar en los temas cualquier nota de interés y el cambio de luz me molestaba más que el sol constante sobre mi cara. También probé a juntar todas las plantas que pude sobre el alféizar de la ventana, pero no eran suficientemente altas y me daba miendo que una ráfaga de aire pudiera tirarlas a la calle.

Supongo que todo esto vino a provocarme un estado de nervios que aumentó aún más mi sensación de calor, porque las gotas de sudor me corrían por las piernas en dirección a los tobillos, por las axilas y, sobre todo, por la frente cayendo, incluso, en las hojas de los apuntes. Me desesperaba por momentos, en casi dos horas sólo había conseguido avanzar unas páginas. La silla me empezaba a resultar incómoda y, a ratos, me sorprendía dando cabezadas de sueño que me desorientaban, dejándome una sensación de pereza imposible de superar. Me tomé un café.

El azúcar me sentó bien. Miré por la ventana y dejé que mi mente descansara viendo pasar a los ocasionales transeúntes. Entonces una voz me sobresaltó.

—Buenas tardes.

Frente a mí había un hombre negro, enorme, vestido con un traje de trabajo azul. Me sonreía con esos dientes blanquísimos que tanto admiramos en la gente de color y que resaltaban en su rostro oscuro, haciendo juego con los ojos vivos que daban a su cara una expresión de equilibrio.

—Buenas tardes ¾ respondí.

Iba cargado con una especie de estopa metálica que se enrollaba alrededor del hombro. Enseguida buscó un enchufe y conectó una máquina que había al otro lado de la sala. Comprendí que se trataba del chico que abrillanta el suelo. Muchas veces coincidí con él a la salida del trabajo. Nuestros horarios sólo compartían esos minutos donde los que salen y los que entran se mezclan en las máquinas de fichar e intercambian breves frases de cortesía. No pasaba desapercibido, aunque sólo fuera por la altura o, claramente, porque era un negro entre tanta funcionaria media, educada y homogénea. Percibí en su saludo un acento que me pareció dulce con una cierta dificultad para pronunciar las eses. Pero inmediatamente después empecé a sentirme fastidiada. Definitivamente la decisión de quedarme en el trabajo no había sido acertada. Pensé, también, que yo iba a ser un inconveniente para aquel hombre que sólo deseaba realizar su trabajo con tranquilidad y sin molestias. No soportaba la idea de poder estar ocasionándole algún tipo de problema.

Volví a mis apuntes justo en el instante en el que él se colocaba detrás de la máquina y la encendía. Por un instante, creí que haría un ruido ensordecedor, pero fue más bien una especie de zumbido originado por el frotar del rodillo contra el suelo. Él se limitaba a colocarse detrás de la máquina y conducirla en círculos a través de todo el pasillo. La empujaba hacia delante y luego hacia atrás, volviendo sobre lo ya pulimentado. Era un juego de espalda, hacia delante, hacia atrás donde las piernas no intervenían apenas, salvo para cambiar definitivamente de sitio. Intenté, una y otra vez, volver sobre mis temas, era imposible. Por alguna razón no podía dejar de mirarlo. Me sorprendía su expresión de concentración frente a un trabajo totalmente mecánico y que, probablemente, llevaba haciendo durante meses, años, incluso. Tenía la vista fija en el suelo, en los círculos que la máquina iba describiendo como fascinado por el brillo que aparecía después de unas pasadas. Comprendí que quizás ese brillo le devolvía su propia imagen y que esto le ayudaba a evadirse del trabajo, pero no pareció despistarse en ningún momento, más bien, daba la sensación de que desarrollaba una especie de técnica, ocho pasadas y cambio de sitio, ocho pasadas, y un avance. Ese era el sistema. Me di cuenta que le miraba con demasiada insistencia y me propuse disimular bajando la cabeza para que pareciera que estudiaba. El zumbido de la máquina producía un efecto aislante, no se oía la actividad de los otros despachos y tampoco el ruido, aunque lejano, de los coches. Era como un clima de intimidad provocado por el susurro continuo que produce la persistencia del trabajo mecánico. Empecé a adormecerme.

En uno de sus cambios, me dio la espalda, esto me despejó porque, entonces, tuve ocasión de mirarle a mi antojo, sin disimulos. Su cabeza era un poco pequeña para el tamaño del resto del cuerpo, pero aún así resultaba elegante, quizás porque era totalmente redonda, o porque no tenía pelo y su color de piel despedía un brillo húmedo de sudor que me hizo pensar en la turgencia de un pene. Iba vestido con esos trajes azules de faena. Debía de usar el mismo para el invierno que para el verano porque llevaba la camisa remangada hasta por encima del codo. Observé que sobre la línea de su columna empezaba a marcarse una mancha de sudor que se agrandaba a medida que él, en sus idas y venidas para guiar a la máquina, se inclinaba haciendo que la tela se le pegara al cuerpo. Entonces la camisa parecía quedarle pequeña y se estiraba, momentáneamente, envolviendo su espalda y perfilando unos músculos torneados y fuertes de atleta. Luego atrajo, de nuevo, la máquina hacia sí poniéndose recto y .la camisa se ensanchó permitiendo, pensé, que entrara el aire y refrescara un poco su piel. Me hubiera gustado que se quitara la camisa para trabajar como hacen alguno albañiles cuando el calor se vuelve insoportable. Él llevaba la camisa metida por dentro del pantalón y sus bordes le hacían unas arrugas en el pantalón que yo recorría una y otra vez de derecha a izquierda, retrasando y midiendo, también, la contemplación de su espléndido culo. El pantalón era del mismo azul añil. Ropa de trabajo que él dignificaba con su cuerpo. Tenía unos muslos rotundos capaces de sujetar a un gran hombre, honrado y silencioso. Apenas si movía las piernas, sólo ligeros y sugerentes movimientos de vaivén al ritmo del zumbido de la máquina. Las arrugas de la camisa eran la única imperfección que dejaba traslucir la tela del pantalón. Había también un bolsillo, vacío, cerrado por un botón. Todo lo demás era el paisaje redondo de unos glúteos que yo hubiera necesitado minutos en recorrer con mis manos y que me hubiera costado trabajo abandonar, incluso, para seguir acariciando sus muslos. Me imaginé mis manos blancas recorriendo esas piernas negras y suaves, mis dedos de taquígrafa enredados en los anillos de su vello. Con un cierto pudor, alargué mi mano hasta mi pierna para limpiar o, más bien, extender, el sudor que me caía en dirección al tobillo. Me sentí un poco decepcionada, mi mano acarició una pierna fláccida y delgada de vida sedentaria, pero quizás eso, para él habría sido una novedad, e imaginé el contraste de su mano enorme recorriendo mis rodillas, midiendo mis muslos estremecidos por unas manos encallecidas por el trabajo.

Seguí mirándolo, fascinada por el silencio de sus gestos. Llevaba unas zapatillas de deporte que amortiguaban sus movimientos. Pero esa es la característica del hombre fuerte que hace un trabajo delicado en el que sabe que tiene que medir la intensidad de su fortaleza. En cierto modo, producía ternura, cierta tristeza también, el gigante atrapado en un mono azul que se le queda pequeño, atrapado en la rutina del trabajo. Una libertad y un cuerpo más sacrificado. Yo era una simple secretaria, carne de cañón, carne de despacho. Pero él era un animal reducido a una caricatura. Un hombre deseable, hermoso, que pronto envejecería por el olor de los productos de limpieza, por el exceso de trabajo, por la nostalgia. Paró un momento, se irguió completamente en un gesto para desentumecerse y después se rascó los huevos. No pude verlo, aún me seguía dando la espalda, pero fue clara la dirección de su mano. Aquello hizo que volviera a mi actitud disimulada del principio por si él miraba a su alrededor para ver si alguien lo había visto. Pero no hizo nada, simplemente no sintió vergüenza. Aquello me excitó totalmente y empecé a acariciarme el sexo por encima de las braguitas, decidida a seguir espiándolo.

Entonces se dio la vuelta y empezó su trabajo en otra dirección. Ahora podía verle de frente, aunque sólo lo miraba cuando parecía estar más concentrado en su trabajo, evitando, siempre, que sus ojos y los míos se encontraran. No pude apartarlos de su polla. El pantalón evidenciada que no llevaba ropa interior pues el abultamiento que levantaba su pene fláccido en la bragueta se movía con un ligero temblor al ritmo del zumbido de la máquina, como producido por su propio eco. Pensé que aquello era el único signo de libertad que conservaba un hombre así, la negativa a aprisionar su sexo, a ocultarlo en más ropa como si se avergonzara de él, como si temiese al deseo. Le admiré aún más y también deseé contemplar ese sexo desnudo, ser testigo y motivo de una erección. Deseé en esos momentos no pasar desapercibida. Deseé no ser tan blanca, tan tímida, tan poquita cosa como decían todos. Le tenía frente a mí y eso me había obligado a sacar la mano de entre mis piernas para no levantar sospechas, pero me moría de ganas de acariciar mi sexo, allí, delante de él, para él.

Podría haberme ido al baño y haberme masturbado, pero no quise perder ni un minuto la contemplación de aquel hombre negro, sudoroso, resoplando por el calor y el esfuerzo delante de mí, de una pobre funcionaria. Alguien que probablemente no despertaba en él ninguna curiosidad. Dejé caer el lápiz, a propósito, y me escondí debajo de la mesa. Pude percibir el olor de mi sexo concentrado en torno a mi falda, pegado a mis bragas y, durante unos instantes, acaricié mi sexo húmedo sin apartar los ojos de sus deportivas, lo único de él que podía ver desde mi posición. Me hubiera gustado verle los pies y lamérselos, agarrarme a sus piernas, pedirle que me follara, allí, bajo la mesa, con el ruido acompasado del zumbido de la máquina, ayudados en nuestros movimientos por el ligero temblor que provocaba en el suelo su rodillo, empañando su brillo con nuestro sudor, con su semen. Tuve que retener un gemido, estaba a punto de correrme, y levantarme, no fuera que él me viera agachada, buscando el lápiz, y decidiera ayudarme en vista de que no lo encontraba. Cuando salí de debajo de la mesa me encontré directamente con sus ojos brillantes. Debía estar bastante sofocada porque me dijo "¿hace calor?". Asentí, pero sin decir palabra, un poco avergonzada, temiendo que hubiera sospechado algo.

¾ ¿Te aburres? Chica como tú debe reír.¾ Dijo de repente. Y yo me quedé pensando en aquellas palabras, en su dificultad para pronunciar las eses, en su acento dulce. Como tú, una chica como tú. Quizás aquel gigante negro, aquel hombre fuerte y hermoso había visto en mí al animal enjaulado, había visto en mí la grandeza que se ocultaba detrás de esa "poquita cosa". Quizás él también percibiera mi nostalgia y pensara que yo no merecía estar entre ordenadores, entre papeles que volvían lánguido y acomodaticio mi corazón y mi culo. De repente, sin abandonar su ritmo, ocho vueltas y cambio, ocho vueltas y cambio, volvió a darme la espalda. Yo me levanté ligeramente del asiento y bajé mis bragas hasta la altura de la rodilla en un gesto rápido, como si sólo me hubiera cambiado de sitio, y oculté bien mis piernas y mi cintura bajo la mesa, entre sus cajones. Comencé, de nuevo, a masturbarme. Entonces él hizo algo inesperado, empezó a cantar. Su acento dulce se correspondía con una voz dulce. Cantaba una canción desconocida para mí, en una lengua desconocida. Pero era una canción sugerente que lo iba liberando poco a poco. Hubo un cambio de ritmo en su cuerpo, aquel culo poderoso dejó de acompañar a los círculos de la máquina y se acompasó, poco a poco, a los de su voz. Las piernas, casi inmóviles hasta el momento, siguieron también el ritmo, doblándose y estirándose, haciendo que su cintura girara, que su voz se volviera más aguda, más envolvente, mientras mi dedo salía y entraba dentro de mi vagina, siguiendo el ritmo de aquella canción, uniéndonos en un único movimiento, el de mi dedo y el de su cintura. Hasta que me corrí silenciosamente, sudando, oyendo la melodía del zumbido de la máquina, su dulce voz como el sonido de la lluvia, de una lluvia de semen, espesa y caliente.

¾ Canta como la lluvia, negro. Canta¾ me atrevía a susurrar.