EL MINOTAURO

Todos conocemos la historia del Minotauro. Un extraño ser, mitad hombre mitad toro vive encerrado en una ciudad-laberinto. Cada cierto tiempo envían a un grupo  de hombres para exterminarlo, pero el Minotauro, a pesar de su desconcierto por unos ataques que no acaba de comprender, siempre vence. Finalmente Teseo da muerte a este monstruo, ayudado por su mujer Arianda,que le ayudará a salir del laberinto con su largo hilo. En este mito tradicional la pareja (heterosexual) sale victoriosa. Pero no sabemos que ocurrió realmente dentro del laberinto entre el Minotauro y Teseo. No sabemos por qué tardó tanto Teseo en salir de allí. Es más, no sabemos si el mito fue así, o si lo que nos ha llegado es una variante que altera otra historia muy distinta ; por ejemplo : que Teseo conoce al Minotauro y se enamora de él. El laberinto es un enorme armario en el que está condenado a vivir el pobre Minotauro por maricón. Teseo queda arrebatado por los encantos de un hombre-toro que ni es tan fiero ni es tan extraño. Allí, en el laberinto, viven una larga historia de amor y pasión. Y la que mata al Minotauro (y a Teseo) no es otra que Ariadna, la agresiva sociedad homófoba que no soporta el cambio de acera de su héroe nacional. ¡Eso no puede ser, Teseo es un hombre casado!

 

Esta posible lectura de los mitos tiene por objetivo señalar una realidad social que los sociólogos, con su heterocentrismo galopante, no han sabido ver. Cuando se cita que un 10% de la población son gays y lesbianas (afirmación que a fuerza de repetirse se ha convertido en una especie de tópico incuestionable) nadie piensa en quién respondio a esas encuestas de Kinsey hace 50 años, y sobre todo nadie piensa en quién no respondió ni en quién mintió. No se trata de buscar una mayor legitimidad a partir de un mayor porcentaje de “existencia”. Esa lógica perversa supondría asumir que las minorías se legitiman más cuando se hacen más mayoritarias. Aunque sólo hubiera un 1% de maricones y bolleras en el mundo, tendríamos el mismo derecho a existir que si fuéramos el 60% de la población. 

 

Volviendo al 10%, nadie tiene en cuenta un hecho fundamental: la mayoría de los maricones son hombres casados. Ese dato revoluciona cualquier estadística. Y este dato lo sacamos de algo tan poco científico pero tan palpable como las experiencias de ligue que hemos vivido los maricas en todos los pueblos y en las ciudades pequeñas, o en los parques, saunas, playas y váteres de cualquier rincón del Estado español. No estoy hablando de los gays jóvenes que salen de marcha por Chueca o el Gaixample, que esos ya dan para un 10% y más,  hablo de los millones de homosexuales reprimidos por un régimen de heterosexualidad obligatoria milenario al que se sumó el régimen homófobo del terror franquista. La gran mayoría de esos hombres acabaron casándose. Y quizá también la mayor parte de las mujeres. E incluso hoy en día podemos ver a nuestro alrededor a maricas jóvenes que por miedo o por ambición en su carrera política o profesional se casan con una mujer. Algunos de ellos los tenemos actualmente en este gobierno tan progresista (que no recuerdo si ahora se llama PP o PSOE). Todos esos hombres no salen en las estadísticas, no contestan a las encuestas, no se reconocen como gays ni cuando tienen una polla metida en cada agujero del cuerpo.

 

Así que vamos a decirlo bien claro: los maricones no somos sólo esa especie de alien que muestra la televisión después de cada mani del 28 J. Hay más gays entre el público que mira la mani que dentro de ella. Pero claro, como en los mitos, nadie escribirá esa historia. La verdadera historia de Teseo y el Minotauro se borró de la memoria, como se borra el polvo del cuarto oscuro al llegar al lecho hetero-conyugal. La sociología es como el Pronto de Johnson, “cambia el polvo por brillo natural”.

 

Javier Sáez   www.hartza.com