Miss Bear
Por Javier Sáez.
Ya ha pasado casi una década desde que se organizaron en
España las primeras asociaciones de osos. En aquel momento la entrada de la
comunidad bear en el ambiente gay español supuso una
rebelión social y política importante: otros cuerpos, otras estéticas y otras
edades que habían sido excluidas por la moda gay dominante se hicieron respetar,
y logramos abrir la mentalidad y los espacios de las culturas gays a los cuerpos
gruesos, peludos y mayores.
En aquel momento comenzaron también las primeras parodias
de los concursos de belleza, los llamados Mister Bear.
Los osos desafiábamos la idea del cuerpo escultural y la misma idea de belleza:
la noción de míster o de miss implica siempre
establecer un canon de belleza estándar, algo que por definición no tenía
sentido entre nosotros. Por eso los mister bear eran
algo desenfadado, camp, y burlón, en la medida en que
se trataba de cuestionar precisamente que hubiera personas objetivamente
“guapas”. Podía ganar cualquiera, un oso mayor y barrigón, un joven tímido que
bailaba fatal, o uno más basto que un arado, porque era simpático
o porque era tímido… daba igual.
Pero el capital lo asimila todo. Con el tiempo los
concursos de Mister Bear pasaron a ser un reflejo de
eso mismo que querían cuestionar: cuerpos cada vez más cachas, y hombres cada
vez más guapos… y más viriles. Y un empresariado voraz encontró un filón
económico inagotable alrededor de estos macroeventos
que son ahora los Míster Bear,
sobre todo en Estados Unidos. Paralelamente, un discurso y una actitud cada vez
más plumófobos y misóginos se extendieron entre la
comunidad bear, hasta el punto de que ahora mismo hay
dos posiciones enfrentadas: los que quieren ser “normales” (o sea, como los
heterosexuales, sin pluma, muy machos, que no se les note que son maricas,
integrados en el sistema hetero) y los que no.
Personalmente me sitúo en esta última posición. Para mí es más interesante
cuestionar eso de la normalidad, que al fin y al cabo es algo aburridísimo. Y
políticamente el discurso del “oso masculino, hombre de verdad” es muy reaccionario,
supone aliarse con el discurso homófobo que siempre ha detestado y perseguido a
las maricas plumeras. Aparte de que los osos con
pluma son como las meigas: haberlos haylos.
Afortunadamente. Como decía Jesucristo a sus discípulos, cuando fundó el primer
club bear de la historia: “El que esté libre de pluma
que tire la primera lentejuela”.
Este mismo debate se ve en los concursos de Mister Bear: premios cuantiosos, nada de pluma, cada vez más
músculo, cada vez gente más guapa y más joven. Y cada vez menos discurso y
menos compromiso social. Al menos los Mister Bear
americanos siempre han tenido una vertiente solidaria importante, recaudaban
mucho dinero en sus eventos y gran parte se dedicaba a la lucha contra el sida.
En España, salvo alguna excepción, no ha habido campañas solidarias a partir de
las fiestas organizadas por osos, aunque hay que reconocer que los distintos
mister bear españoles se han mostrado siempre muy
dispuestos a colaborar cuando ha hecho falta, por ejemplo en las campañas que
hicimos de uso del preservativo Pelos Sí, A pelo no. BEARback
yes, Bareback no.
Los osos estamos en
situaciones paradójicas interesantes: no damos la imagen del marica afeminado,
y eso rompe con un estereotipo, pero tampoco somos hombres de verdad porque
somos maricas (y el hombre de verdad es hetero).
Hacemos concursos de belleza, cuando siempre nos hemos reído de la idea de
belleza. Cultivamos la imagen de masculinidad pero bailamos como locas cuando
nos da la gana. Creo que podemos explotar esas contradicciones para cuestionar
el orden heterocentrado en que vivimos. Estas paradojas estás vinculadas a otro de los tópicos de la cultura
osuna: somos naturales. Vamos, que
los osos acabamos de bajar andando de los Picos de Europa. Pero resulta que en
vez de miel tomamos cerveza, éxtasis, popper, ghb, coca o ketamina, y en vez de
ir desnudos, vestimos camisas a cuadros, vaqueros, cinturones, botas, gorras,
tirantes, nos recortamos cuidadosamente la barba y la perilla, nos afeitamos la
cabeza, nos tatuamos... Curiosa naturaleza. Somos una subcultura que juega y
disfruta con los rasgos de la masculinidad, pero de ahí a creerse que ésta
existe como algo “natural” hay un peligroso paso. En realidad esta palabra
encierra otra trampa: la palabra “natural” significa heterosexual. Para el
código hetero, los hombres “de verdad” no se cuidan,
no se ponen camisas de licra, no se pintan, no llevan
tacones, no chillan, no lloran... es decir, son “naturales” (pero ojo, tampoco
follan con tíos, eso es “antinatural”). El problema es que la artificiosidad
con que se construye el hombre “de verdad” no se ve, es una omisión. Es
silenciosa, muda. Supone controlar sus gestos
(¡esas manos!), sus voz (¡no grites!), sus ojos (no mirarás el paquete ajeno),
su cuerpo (¡esas caderas!). Los hombres deben bailar con la movilidad del robot
R2D2, como mucho.
Lo importante del código “natural” es
obedecer a esa ley según la cual los hombres no hacen cosas raras con su cuerpo
ni con su vestimenta. Ese “no hacer” es lo masculino, y en realidad se basa en
“controlar”. Pero ese mismo el dispositivo es tan artificial como la pluma. Lo
que uno aprende desde pequeño - todos los niños varones-, es a reprimir y
controlar cualquier gesto, voz y deseo que pueda revelar “afeminamiento”. Y si
uno es marica, aprende mucho más rápido a reprimir esos signos externos, hasta
el punto de que a veces me pregunto si la masculinidad excesiva de que hacemos
gala los osos (esa voz grave, esos gestos torpes, rudos y bruscos, esos abrazos
golpeándonos las espaldas con fuerza, esa exhibición del vello corporal) no son
sino una consecuencia de ese aprendizaje “quenosemenotequesoymarica”
generado por el terror infantil a ser descubierto. Ya se sabe, lo peor en un colegio
es ser el niño mariquita. Para disimular algunos aprendimos demasiado bien el
código y nos hemos pasado. Y por eso hablamos aquí de traición: los niños proto-osunos sobrevivimos en la escuela y en el instituto
con nuestros gestos machirulos y nuestra barba
precoz. “Pasamos” por hombres de verdad, algunos incluso jugábamos al fútbol.
Los niños menos obedientes, o peor adiestrados, de pluma incontrolable,
perecieron en el intento de ser normales (o ni siquiera lo intentaron, en un
gesto que les honra), se convirtieron en niños mariquitas, y sufrieron el
escarnio, la humillación, el insulto y la violencia. La misma violencia que
está detrás de frases como “entre los osos no tiene cabida la pluma”.
Han surgido últimamente discursos que quieren domesticarnos,
volvernos hombres buenos, sanos, formales. Yo no quiero participar de esa nueva
especie protegida, ni quiero acabar como el osito polar Knut
del zoo de Berlín, saliendo en la tele para que me
acaricien heteros curiosos y comprensivos con mi “diferencia”, contentos porque
“no se te nota nada”. Tampoco represento ni soy portavoz de la comunidad bear, que por suerte es muy diversa, variada y numerosa.
Hablo por mí mismo; creo que hay un potencial subversivo en mi cuerpo abyecto y en el exceso: soy una osa pasiva, como y bebo
demasiado, estoy gordo y me drogo, y si me quieren encerrar para espectáculo de
heteros muerdo y doy zarpazos. No todos los osos tenemos buen rollo, somos
pacíficos, bonachones y amigables. Depende con quién y para qué. Yo al menos me
siento más cerca de las bolleras, las trans y las
maricas que de los hombres de verdad, masculinos y viriles, que han sembrado el
terror desde hace milenios en todas las culturas.
En el último cómic de Ralf König, Troya,
vemos a tres osos que sacan de su cabaña a patadas a una marica plumera, porque se ha gastado todo el crisco
en hacerles una tarta. La marica desaparece en la oscuridad, y es probablemente
devorada por los lobos. Los osos empiezan a sentirse mal al ver que no aparece,
cambian su actitud, y comentan: “Quizá debería haber un trato más solidario
entre los hombres de verdad y las mariconas histéricas”.
A veces un simple cómic nos puede dar la clave para el
futuro.
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Javier Sáez es autor del ensayo Teoría queer y psicoanálisis (Síntesis,
2004), y coautor con GTQ del libro El eje
del mal es heterosexual (Traficantes de Sueños, 2005). Dirige la revista queer www.hartza.com.
Actualmente trabaja en el Fondo Social Europeo.
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SALIÓ MAL MAQUETADO E ILEGIBLE EN