Monsanto presiona a los agricultores con patentes 'transgénicas'

Amenaza con multas millonarias si se reutilizan sus semillas

CARLOS FRESNEDA

Corresponsal

NUEVA YORK.- Los agricultores estadounidenses acaban de descubrir la cara oculta de la revolución biotecnológica. Por orden de la autoridad, han tenido que renunciar a la milenaria tradición de salvar semillas para la siembra. La autoridad se llama Monsanto...

El gigante de la alimentación transgénica está extendiendo sus dominios por los campos de soja y de maíz con una estrategia que ha levantado ampollas entre los campesinos. Por contrato, les prohíbe taxativamente reutilizar las semillas patentadas, so pena de multas millonarias.

Decenas de agricultores, agrupados en torno a la Fundación para el Avance Rural (RAFI), denuncian la existencia de una especie de policía genética al servicio de Monsanto que los tiene aterrorizados día y noche.

Agentes de la famosa agencia de investigadores privados Pinkerton recorren los cultivos para evitar que los campesinos guarden las semillas transgénicas. La compañía ha creado líneas calientes para que los agricultores puedan denunciarse entre sí. Periódicamente, la lista de infractores se hace pública en forma de anuncio radiofónico.

«Monsanto está creando un reino de terror en los campos americanos», proclama Hope Shand, directora de investigación de RAFI. «Nuestras comunidades rurales se están convirtiendo en estados parapoliciales, y los granjeros se ven rebajados a la categoría de criminales».

La situación se está agravando por días, según Shand, y las víctimas no son sólo los campesinos abonados a la soja o al maíz transgénicos; también los granjeros que prefieren seguir con sus cultivos tradicionales.

El caso más sonado es el de Percy Schmeiser, un agricultor de Bruno (Canadá) que jura y perjura no haber utilizado una sola semilla de Monsanto. La compañía alega que Schmeiser ha pirateado sus simientes y ofrece como prueba el DNA de uno de sus cultivos.

Polen de otros cultivos

El campesino se defiende: «Es posible que el polen modificado haya llegado hasta aquí procedente de otro cultivo cercano, o que incluso lo haya dejado caer uno de tantos camiones con semillas de Monsanto que a diario pasan por los límites de mi finca».

El caso se Schmeiser ha llegado a los tribunales y ha servido para dar nuevos y poderosos argumentos a los ecologistas en su guerra particular contra el gigante de la biotecnología.

Pero Monsanto se defiende. «Nosotros no obligamos a ningún agricultor a comprar nuestras semillas», sostiene Gary Barton, portavoz de la compañía. «Quien decide adquirir nuestras semillas es sin duda porque los beneficios superan los inconvenientes». Según Barton, la política de Monsanto para evitar que se «dupliquen ilegalmente» sus semillas es similar a la que siguen las compañías de software para impedir que se pirateen sus productos.

El precio oculto es éste: los agricultores transgénicos no pueden guardar las semillas y están obligados a comprarlas año tras año a la casa madre.

«La vieja costumbre de reservar lo mejor de la cosecha como simiente, tradicional en las familias campesinas desde hace 12.000 años, está tocando su fin por imperativo de la biotecnología», se lamenta Hope Shand, en nombre de la Fundación para el Avance Rural. «Lo que estamos viendo no es más que el inicio: la puntilla la pondrá en el año 2000 la tecnología Terminator, que incapacita genéticamente a una semilla para germinar».

«Al paso que vamos», concluye Shand, «tres o cuatro compañías acabarán haciéndose con el control mundial de las semillas, y los campos de todos el mundo estarán bajo dominio absoluto de las multinacionales».