UNA INFANCIA QUE SI HABLA

 

 

UNA INFANCIA PERDIDA

ANTONIO MARTINEZ MENCHEN

ED. MONDADORI. 132 PAGS.

 

Este libro de relatos de Martínez Menchén crea un vínculo narrativo inusual en la prosa española contemporánea: se trata de la España de posguerra y de la niñez. Las novelas ambientadas en posguerra suelen dar el protagonismo a ese otro invento llamado adulto; en este caso le toca el turno a la visión del niño; y afortunadamente no se tratará del niño en singular de los psicólogos.

El autor aborda con habilidad las distintas historias desde una perspectiva crítica con la España que venció (y que por tanto convenció, aunque no a todos). Desde el lugar del recuerdo de quien va a morir (un recuerdo fragmentario y a veces imposible), las imágenes de la infancia van pasando en los episodios. Esta continuidad sitúa la obra en un punto intermedio entre la novela y el relato. Desde la magia cotidiana del cuento "Nâga", pasando por la venganza calculada de "Partida al atardecer", hasta la atrocidad del sistema educativo franquista de "Aníbal y Escipión", asistimos a un itinerario diverso por una España insólita, la que han vivido los niños, precisamente ésos a quienes nunca se da la palabra para escribir la historia (no es casualidad que 'in-fante' signifique "el que no habla").

En contra de las generalidades y los tópicos sobre la Guerra Civil y la España franquista, Martínez Menchén se dedica a fabular a partir de pequeños detalles, que comienzan a cobrar una significación especial gracias a la mirada de un niño, esa mirada que suele percibir con claridad el extrañamiento del hombre respecto del mundo. La perplejidad de los niños no es una cuestión de ignorancia. El autor es capaz de comunicarnos la fuerza con que se vive el mundo en la infancia, cómo un acontecimiento aparentemente cotidiano cobra de pronto una transcendencia que parece desmesurada a los mayores. Sentimientos como el odio, el miedo, la tristeza o la envidia son experimentados con una potencia difícil de narrar.

¿Qué infancia no se pierde? El mosaico tembloroso de los cuentos nunca nos devuelve al pasado, la pendiente imparable del tiempo no se remonta con la escritura, ni con la memoria. Sólo a posteriori se piensa "he perdido el tiempo, he perdido la infancia", pero ¿es que era posible conservarlos? El autor se pasea alrededor de esta cuestión con una prosa correcta pero, en mi opinión, algo previsible. Por otra parte, el humor es un ingrediente ocasional en estos cuentos; interviene sutilmente en momentos de solemnidad combinando irónicamente lo refinado con lo campechano.

Se agradece este itinerario nuevo por los escenarios de la España de los cuarenta, se agradece que por una vez sea un niño quien lleve de la mano a un adulto.