IMAGENES DEL PARAISO

AUTOR: FRANCISCO PEREZ BERNAL.

EDITORIAL DEBATE. 229 PAGINAS.

 

Esta novela, ganadora del Premio Jaén de Literatura 1992, no hace ninguna concesión a los ideales de nuestra época. De ahí su atractivo, de la implacable destitución de todos los paraísos. Con un estilo conciso, de frases cortas, el autor muestra el carácter imaginario de estos paraísos, el fracaso de toda huida de este mundo.

Una de las apuestas más arriesgadas del libro es cuestionar el carácter ideal del amor, la comunicación de la pareja, su función para colmar los vacíos de cada sujeto. En contra de estos supuestos aparece continuamente la soledad como lo más real, una soledad que no cede, que no puede ceder ante los discursos del engaño. El otro del amor aparece retratado como un extraño, como alguien ajeno, y el mito de la comunicación queda en suspenso: Hermes tropieza y cae por el desfiladero de la imposibilidad de la relación entre los sexos. ¿Es el amor una coraza para protegernos de ese vacío, para cubrir ese precipicio?

El protagonista, Miguel, participa del movimiento del mundo con perplejidad, y centra sus preguntas y su vida en una encrucijada paradójica: ¿si todo se mueve, cómo es posible que hagamos siempre lo mismo, que todo se repita? No es extraño que el mar sea un ruido de fondo continuo en la novela, es una imagen perfecta de un caos que sin embargo se repite. Es el mar el que devuelve a Miguel al mundo, como a Jonás. Pero la propuesta del profeta va a tomar un giro inesperado. Para Jonás todos los hombres, incluso los más alejados del ideal bíblico, están llamados a la salvación. Para Miguel es todo lo contrario: ni los más idealistas se salvan, no hay paraíso para nadie.

El tiempo es otro de los temas centrales de la obra; de las muchas imágenes del tiempo que baraja el autor, nos podemos referir esencialmente a dos: el tiempo reversible que vuelve sobre sí mismo, y el tiempo irreversible que desgasta el mundo irremediablemente. Aunque Miguel sea devuelto una y otra vez a la arena, esta repetición no es incompatible con la pendiente hacia la muerte.

Otra de las nociones que más esfuerzo se ha tomado la filosofía en fundamentar es aquí cuestionada, se trata de la cuestión del ser. En efecto, el discurso de Miguel, en su fragmentación, en su escepticismo, pone de manifiesto que el ser no viene dado, sino que es algo a lo que se aspira: "Estamos demasiado ocupados intentando ser, defendiendo el ser que tenemos, como para construir algo sólido".

Lo admirable de la novela es cómo inserta problemas tan cruciales en lo cotidiano por medio de una narración ágil, sobria, alejada de la retórica y del sentimentalismo. El cuestionamiento de los valores instituidos sobre el trabajo, la familia, la propiedad, la religión, el amor, etc, es hecho desde dentro de la propia vida, por eso involucra al lector; el texto nos roza la piel, y ese reconocimiento produce el escalofrío de la familiaridad: ¿no he pensado yo eso a veces, no soy yo así? En contra de la inercia que nos lleva a querer dormir, a no querer saber nada, esta novela es un cubo de agua bien fría, una apuesta por el despertar.