MUROS, PUENTES Y FICCIONES VISUALES

Eduardo Nabal.

 

El cine,  la cuestión sexo/género y las identidades difusas

 

El cine, como la literatura, se ha interesado siempre por las fronteras sociales entre lo considerado masculino y lo llamado femenino.  Pero hubimos de esperar al moderno feminismo para que esta cuestión, latente o visible en nuestro imaginario, se tornara una cuestión de debate y creación y  dejara de ser “un problema” o “un objeto de estudio”, términos  que siempre han estado cerca del tradicional concepto de “patología” tan querido por la medicina, la psiquiatría, la psicología clínica  y otros dispositivos de regulación. “El diferente  eres tú” respondieron  en otro tiempo las gentes de otras razas, las mujeres  sabias, silenciadas  o estigmatizadas, las personas que  seguimos llamando  discapacitadas, los parados y los inmigrantes frente al capitalismo feroz como único modo de “organización socioeconómica” o  los gays y lesbianas  frente a un régimen obsesivamente  homogéneo y heterosexual, que sigue poniendo etiquetas a lo considerado anómalo…. Desde el viejo psicoanálisis –con tan mala prensa hoy, pero tan vigente en algunos aspectos- a la moderna sexología y sus jóvenes doctores, el sexo, el cuerpo, los dimorfismos y las excepciones  siguen siendo objeto de preocupación, estudio o sano interés.  La anomalía existe solo  frente a “una norma”, una frontera, un muro y un margen,  a una exclusión o  a una inclusión reguladora. También frente al blanco de una pantalla de cine. El cine gay, les, trans, queer, o si queremos resumirlo en sus  interminables   siglas, el cine y las  artes visuales LGTBQ, nacen con fuerza a finales de los  años noventa frente a cuestiones como el auge de los nuevos sujetos políticos,  las subculturas y los rodajes de bajo presupuesto;  también a  la necesidad de filmar, grabar y protestar como reacción a la llegada del VIH, el silencio de los poderes públicos y la estupefacción social o frente a   la pereza de los dispositivos médicos y económicos    ante el avance de la pandemia. Y crece posteriormente frente   al avance de la nueva derecha  y a la crisis del sujeto “mujer” del feminismo clásico y/o burgués  o   el cuestionamiento -cada vez más irrefrenable- de la heterosexualidad obligatoria, la masculinidad dominante,   los roles prefijados  y el sexismo con  sus formas más o menos sutiles como régimen político universal .

 En el primero, segundo, tercer y cuarto mundos los realizadores y realizadoras lesbianas, gays  o trans toman la palabra, no se sienten cómodos en sus compartimentos estancos  y articulan discursos y ficciones  en primera persona que ponen en cuestión incluso el funcionamiento mismo del aparato cinematográfico como productor de placer, inquietud  o  distopías   y recreador de realidades corporales y sociosexuales aparentemente inmutables. En EEUU John Cameron Mitchell (“Hedwig…” “Shortbus”), Jennifer Livingston (“Paris is Burning”)   y Kimberley Pierce (“Boys don’t cry”), en Francia François Ozon (Une robe d´ été, Sitcom,  Huit femmes, Potiche) en  Marruecos Remi Lange (Tarik el Hob, Strassos, le magnifique) , en Bélgica- aunque procedente del norte de África- Chantal Akerman (Demain on Demenage, La cautiva), Catherine Corsini (La répétition)  en España Pedro Almodóvar, en Inglaterra Derek Jarman, en Irlanda Neil Jordan    ponen en evidencia, a través de la saturación de los  “géneros” y  de la diversidad de sujetos, identidades  e individuos,   ( con sobredosis o ausencia  de masculinidad y/o feminidad), que las ficciones en torno a cuerpos “no marcados” son más que posibles o necesarias: son ya imprescindibles.

 Películas recientes, venidas de latitudes diversas, como la argentina “El último verano de la Boyita”, los trabajos de Lucía Puenzo (XXY, El niño pez), la irlandesa “Desayuno en Plutón”, las estadounidenses “Boys don’t  cry”, “Bienvenidos a la casa de las muñecas”   y “Mysterious skin”, las canadiense “The haming garden” y “Tres agujas”  o la oriental “Beautiful Boxer” han puesto en primer término las consecuencias de este debate, filosófico pero también político, económico y  sociocultural  acerca de esa violencia que un régimen binario de sexo ejerce sobre los sujetos nada más nacer, en la adolescencia/juventud y/o a  lo largo de toda su vida. Espacios inhabitables que pueblan ficciones y realidades candentes. La casa del amo y sus afueras, as herramientas del arte y las herramientas de los creadores de ficciones, la cuestión de lo humano y lo inhumano, las fronteras sociales de lo masculino y lo femenino, lo académico y lo callejero, el arte y la vida  son asuntos que se plasman en el celuloide  de ficción o documental. El cine va, en ocasiones, por delante de la sociedad, es un pálido, turbio o fiel  reflejo de ella o un testimonio claro  de  las realidades y contradicciones   que han surgido con fuerza en nuestras sociedades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS NIÑOS MARIQUITAS Y LAS NIÑAS BOLLO EN EL CINE

 

Los niños mariquitas y las niñas bolleras son  casi tan antiguos como el cine mismo  y deben luchar contra la extraña y no siempre reconfortante herencia del psicoanálisis, una  “ciencia” o tendencia que alcanzó su apogeo en los albores del cinematógrafo. Pero habremos de esperar a la década de los noventa y al cuestionamiento del movimiento asimilacionista de gays y lesbianas para que ocupen su lugar más allá del morbo, la compasión, la patología, la  mera curiosidad  o la extrañeza. Los niños mariquitas y las niñas bolleras  de Vicente Aranda (“Cambio de sexo”), de Narciso Ibañez Serrador (“La residencia”)  o    del primer Almodóvar (¿Qué he  hecho yo para...),  de Kazan (“Un tranvía llamado deseo”), de Losey (“El muchacho con cabellos verdes”),  de William Wyler (“La calumnia”), las jovencitas curiosas de “Corrupción en el internado” ( pálido remake en techinocolor  de “Muchachas de uniforme”) o el efebo caníbal  de Bergman (“La hora del lobo”) en su monstruosidad, lloriqueo, patología, extrañamiento, soledad   o aberración poco tienen que ver con los jóvenes protagonistas de “Mi vida en Rosa” de Alain Berlinier, con el descarado adolescente de “Desayuno en Plutón” o con los niños que aparecen en “Hedwig and the angry inch”, “Edward II” de Derek Jarman o la más reciente  “El último verano de la Boyita” de Julia Solomonoff , que con su comportamiento vienen a sacudir los cimientos de la construcción cultural y el modelo médico y falócrata  de la masculinidad. También las niñas bollo de “El jardín colgante” de Thom Fizgerald, de “La niña santa” de Lucrecia Martel, la vampira hermafrodita de “Déjame entrar” (versión sueca) o el niño hipersensible del remake hollywoodiense   o  las adolescentes afroamericanas  de “Precious” de Lee Daniels parecen no responder a lo que se espera de ellas en cuanto sujeto mujeres/comportamiento mujeres. Con gorra de beisbol, atrayéndose mutuamente o renunciando a “ser” o “parecer femeninas” para agradar a nadie han dado el salto del anonimato a la gran pantalla, aunque sea en versiones edulcoradas, incompletas o sesgadas. Así las niñas de “Fuego” de Deepa Metha, la joven transexual pre-op de la  desesperanzada “Boys don´t cry”  o las niñas salvajes y al borde del abismo  de Lucía Puenzo o  Peter Jackson (“Criaturas celestiales”) o las adolescentes ¿precoces? de “Eloise” de Jesus Garay  deben enfrentarse todavía a un discurso médico o a un entorno social  que adquiere el estatus de discurso punitivo, constricción  o  sentencia vitalicia. Deben aguantar el  hecho ser etiquetadas como enfermas, desviadas, raras, o incluso consideradas como lo que no son dentro de un universo lingüístico  más contemporáneo. El  protagonista de “Boys don’t. Cry” de Kimberley Pierce  es definida como “lesbiana” por su amigo gay o como “enfermo” por la madre de su novia, mientras que el joven “Hedwig” o el adolescente intersexual de “El último verano…” han de ver como sus infancias, adolescencias y primeras juventudes se ven parcialmente  frustradas por dispositivos médicos que se alarman ante la diversidad corporal, el llamado “dimosfirmo sexual” o la pretendida “disforia de género” tratando de “corregir” quirúrgicamente sus “defectos” y medicalizar sus cuerpos. De nuevo la llamada naturaleza y la llamada cultura chocan con violencia cuando muchos de ellos y ellas no quieren entrar en ningún casillero, o incluso se atreven a negar la veracidad, honestidad y cientificidad de estas  castillas o categorías. Aparece al mismo tiempo otra serie de personajes no menos desestabilizadores para el imaginario heterosexista como el gay masculino y sin complejos (“En malas compañías” de Antonio Hens), el joven femenino pero heterosexual de algunas películas de Almodóvar (“Matador”, “Hable con ella”, “Los abrazos rotos”) ,  las monjas lesbianas de “Entre tinieblas”,  las jóvenes bisexuales y  sin problemas de identidad (“La memoria de los peces” de Elizabeth Gill o la deliciosa   “Caramel” de la franco- libanesa Nadine Labaki), las ancianas que descubren  el sexo con su  vieja amiga “del alma” (80 egunean), las autoestopistas unidas por un destino fatal (“Thelma y Louise”, “Besos de mariposa”)  o las  adolescentes lesbianas delicadas y “femeninas” de filmes como “El niño pez” o “Eloise” de Jesus Garay, así como  los ex soldados sexys y sensibles  de “Yossi y Jagger” o “The Bubble” , el travesti machorro y sin complejos de “Kinky Boots”, el andrógino maestro de ceremonias de “Shortbus”,  el masculino masajista y motero de “Azul oscuro casi negro”,  los chaperos/buscavidas adolescentes  de Gus Van Sant (“Mala noche”, “Mi own prívate Idaho”), las autoestopistas lesbianas y vaqueras de “Even Cowgirl get the blues”, las pistoleras amigas íntimas  de “Thelma y Louise”,  los rudos  pero sensibles y  fornidos pescadores de la peruana “Contracorriente”, las mujeres arrojadas, contradictorias,  atormentadas  o ambiguas del cine de  Ozpetek (“El hada ignorante”, “Mine vaganti”), las lesbianas madres de familia de Lisa Chodovenko (“The kids  are all rigth)     o los masculinísimos  vaqueros tristes y  locamente enamorados  de “Brokeback mountain” desmontando , a su modo, categorías y continuos de sexo, género, deseo y orientación sexual

         Conceptos como la pluma, el afeminamiento, la masculinización o la renovación continua de los conceptos de masculino y femenino, lo homo y lo hetero,   que ya aparecieron en el cine en películas como “Marruecos” de Josef Von Stenberg o “Té y simpatía” de Vicente Minnelli, “Tarde de perros” de Sídney Lumet  o “Un sabor a miel” de Tony Richardson, “Cabaret” de Bob Fosse  o incluso los personajes de  “Ultima salida Brooklyn” de Uli Edel   ya no tienen la misma  vigencia. Todos y todas podemos ser objetos de estudio o análisis  o negarnos rotundamente  a serlo, o a  ser clasificados u observados bajo ningún telescopio, porque la galaxia es ya demasiado amplia  aunque grandes sectores de la sociedad (liderados por la religión y sus instituciones, la medicina y sus derivados, la escuela y la familia más tradicionales, las fuerzas de “seguridad” e “higiene social”  del estado  que aún hoy hacen redadas en los bares gays capitalinos o llevan a comisaría a los que se manifiestan contra la superchería católica en las universidad) se empeñen con furia casi belicosa en acabar con estas desviaciones. Cuando el padre del joven bisexual de “Crazy” lo descubre a los siete años con los labios pintados y una bata “de chica” el protagonista piensa “Sin saberlo, le había declarado la guerra a mi padre”. No faltan las miradas compasivas o las llamadas desesperadas  a la integración, la comedieta típicamente estadounidense o el resucitar de viejos fantasmas (como ocurre con el protagonista de “Madre amadísima” o la anciana lesbiana de “Cuatro minutos”), Edipo, Medea, Electra, Narciso, las Amazonas, las Brujas, las tortilleras, los viejos pedófilos, los jovencitos precoces, El andrógino, la camionera, la sílfide,   la Medusa, los Budas, las ninfómanas, los castrati,  los asexuados  cristos, las vírgenes suicidas, los autistas inhibidos, los curas reprimidos, las madres dominantes, los padres débiles, las vampiresas, los donjuanes, los osos sin guarida,  las marujas, los superpasivos, las hiperactivas, los futboleros, las tenistas, los discapacitados obesos o inhibidos ,   los peluqueros amanerados, las frígidas, las calientabraguetas, los calientapollas, los desvirgadores, los jóvenes con dudas   y los sarasas infelices  siguen poblando de un modo u otro nuestro inconsciente colectivo que se resiste a ser renovado, aplastado  bajo capas y capas de silencio,  de discursos que atraviesan la  medicina, la psiquiatría, la piscología social o incluso el activismo de izquierdas (al de derechas no lo llamo precisamente activismo)   o de  llamamientos a actitudes del público que van desde la empatía al morbo, pasando por la naturalidad, la reivindicación,  la repulsa, el escarnio, la fascinación    o la desnaturalización. También la maldita “normalización”, una palabra que hoy  asusta tanto como asustaba la foto del General Franco en los colegios, como la más sombría de las prisiones casas de salud, o el “panóptico”  de la peor pesadilla salida de la pluma de Michel Foucault. O esos divanes-confesionarios  tan mal usados que hasta el mismísimo doctor Freud se revolvería en su tumba.  Las ficciones se diversifican y con ello también los debates, las corrientes políticas en torno al cuerpo, al sexo o la identidad y los propios sujetos son ahora los que deben ser escuchados hartos de visitar curas, monjas, sesiones de terapia médica, charlas con el psicólogo/a, risas en el colegio, alarma en el correccional, largas medicaciones, intimidación, desastres íntimos  o trifulcas familiares.