EL CAPITALISMO CASINO

Por SUSAN STRANGE

 

El sistema financiero Occidental se parece cada vez más a un gran casino. Cada día se juegan en este casino cantidades de dinero tan enormes que serían difíciles de imaginar. Por las noches el juego continúa en la otra parte del mundo. En las torres de bloques de oficinas que dominan todas las grandes ciudades del mundo, las salas están llenas de jóvenes en smoking jugando a estos juegos. Sus ojos están fijos en las pantallas de los ordenadores que parpadean con los precios cambiantes. Son como los jugadores de los casinos, mirando girar la bolita de plata de la ruleta y poniendo sus fichas en rojo o negro, en pares o nones.

Al igual que en un casino, el mundo de las altas finanzas ofrece en la actualidad a los jugadores numerosos juegos. En lugar de la ruleta, el blackjack o el póker, hay negocios que donde actuar - el mercado de cambio internacional y todas sus variaciones: o los fondos de depósito, las obligaciones del tesoro, o las acciones. En todos estos mercados puedes hacer apuestas para el futuro haciendo transacciones, y comprando o vendiendo opciones de compra y todo tipo de recónditos inventos financieros. Algunos de los jugadores -especialmente los bancos- utilizan un amplio abanico de apuestas. Hay también muchos pequeños operadores. También los hay que hacen pronósticos, vendiendo sus consejos, y vendedores ambulantes del sistema para los incautos. Y los croupieres en este casino financiero global son los grandes banqueros y los corredores de bolsa. Juegan "para la casa". A la larga, son los que mejor viven.

Estos banqueros y hombres de negocios parecen ser un tipo muy distinto de personas, que trabajan en un mundo muy distinto del mundo de las finanzas y de los típicos banqueros que los mayores pueden recordar. Antes los banqueros tenían una imagen de hombres serios y sobrios, de rostro grave, vestidos con traje de rayas negras, celosos de su reputación de personas prudentes, de cuidadosos guardianes del dinero de sus clientes. Algo muy serio y radical ha debido de ocurrir en el sistema financiero internacional para que se parezca tanto a una sala de juegos. No está claro en qué ha consistido este cambio, ni cómo ha ocurrido.

Lo que es cierto es que ha afectado a todos. La gran diferencia entre un casino normal -donde puedes entrar o no- y el casino global de las altas finanzas, es que las apuestas diarias que se hacen en este último nos concierne a todos involuntariamente. Un cambio de moneda puede reducir a la mitad el valor de la producción de un granjero antes de la cosecha, o arruinar a un exportador. Una subida de los tipos de interés puede hacer aumentar de forma ruinosa los costes de los productos de un vendedor. La absorción de una compañía decretada por razones financieras puede dejar a los trabajadores sin empleo. Desde los recién titulados hasta los pensionistas, lo que ocurre en el casino de los bloques de oficinas de los grandes centros financieros puede tener unas consecuencias repentinas, impredecibles e inevitables en las vidas individuales. El casino financiero nos tiene a todos en la montaña rusa. Que una tirada de dados te envíe a lo alto de la montaña, encumbrándote en la riqueza, o al borde de un precipicio, precipitándote en la ruina, es una cuestión de suerte.

Esto puede que no ayude, pero tiene graves consecuencias. Si la pura suerte comienza a entrar en juego y a determinar más y más lo que le ocurre a la gente, mientras que la capacidad, el esfuerzo la iniciativa, la determinación y el trabajo duro cuentan cada vez menos, ocurre que rápida e inevitablemente se pierde la fe y la confianza en el sistema social y político. El respeto a los valores éticos -que es la base de una sociedad libre y democrática- sufre un peligroso declive. Cuando la mala suerte afecta a una persona no sólo en los ámbitos donde la suerte siempre solía hacerlo: salud, dinero, catástrofes naturales o opciones genéticas, sino también en nuevos e inesperados campos, se produce un cambio psicológico. La suerte, ahora, igual que la enfermedad o la incapacidad, puede hacer que pierdas tu trabajo. La suerte puede hacer que pierdas todos tus ahorros, puede duplicar o reducir a la mitad el coste de unas vacaciones en el extranjero, puede arruinar un negocio a causa de cambios impredecibles en los tipos de interés o en los precios de las mercancías o por otros factores que anteriormente se solían considerar más o menos estables y seguros. Se diría que cada vez tiene menos importancia intentar tomar la decisión correcta, dada la dificultad para saber cómo girará la rueda de la fortuna y cuándo se detendrá. El resultado de apostar al rojo o al negro es igual de impredecible. Esa es la razón por la que creo que el aumento de la incertidumbre ha hecho de todos nosotros jugadores empedernidos e involuntarios.

Además, la posibilidad de tener mala suerte -en un sistema que es de por sí desigual- está lejos de ser la misma para todos. Algunos pueden encontrar modos de amortiguarla o de protegerse de ella, mientras que otros no. Y desigualdades que originalmente se debían a diversos factores son percibidas repentinamente de forma más aguda y amarga. La frustración y el odio se vuelven más fuertes y se expresan con más violencia cuando el factor de la suerte es demasiado grande y cuando las arbitrariedades del sistema parecen intervenir de forma tan desigual.

Si esto es verdad para los individuos, también lo es para las grandes empresas y para los gobiernos de los países. Los líderes políticos, y sus adversarios, intentan aparentar que aún controlan sus economías nacionales, que sus políticas tienen capacidad para reducir el desempleo, animar el crecimiento económico, restablecer la prosperidad y potenciar las inversiones en el futuro. Pero en los últimos años se ha visto una y otra vez cómo los planes de los políticos han sido frustrados por cambios que se daban en el mundo exterior al Estado y que no podían prever. El dólar se debilitaba -o se volvía demasiado fuerte. Los tipos de interés han tenido que cargar con el peso de una deuda externa demasiado grande. Los bancos han decidido repentinamente no prestar más dinero al Estado. Los precios del crudo han subido de pronto -o han bajado. Los precios de otros productos de los que dependían los ingresos por exportaciones, caen, porque las grandes economías o los principales países consumidores han entrado en un periodo de recesión. La incertidumbre que gobierna en el mundo financiero tiene consecuencias no sólo en las vidas individuales sino también en la riqueza de los gobiernos y de los países -y tarde o temprano en las relaciones entre los Estados. Este fenómeno ocurrió ya hace cincuenta y tantos años, tras el Crash de 1929, y si esta vez la incertidumbre nos conduce a una crisis dramática o -como parece más probable- a un tenaz y continuo malestar en la economía del mercado mundial, ello debe ser algo que nos concierna a todos, no sólo a los economistas.

Traducción del inglés por Javier Sáez.


DOS FUTUROS, UNO DIFÍCIL, UNO FÁCIL*

Por DONELLA MEADOWS

Hemos visto muchos progresos, y esperamos mucho del futuro, pero... ¿hacia qué progreso vamos?

La mayor parte del año estamos tan ocupados haciendo girar las ruedas del progreso que nunca nos detenemos para hacer esta pregunta. Pero llega un nuevo año, a tan sólo 4 años del nuevo milenio, y la cuestión se plantea: ¿hacia qué mundo vamos?

Esta pregunta quedó grabada en mi cerebro a partir de un informe de un amigo, el profesor Hartmut Bossel de la Universidad de Kassel, en Alemania, que planteaba dos futuros posibles. Las situaciones fueron construidas concienzudamente, para que tuvieran una consistencia interna. La economía y la tecnología tienen que estar vinculadas a valores y creencias. Para sorpresa de los que estaban generando las situaciones, sólo pudieron encontrar dos. Todas las demás que intentaron, incluyendo combinaciones de esas dos, fracasaron a la hora de mantener su coherencia.

A continuación se presenta una versión muy resumida de un posible futuro, que Bossel denomina Situación A: Si tienes unas cualificaciones vendibles, puedes encontrar trabajo en una empresa multinacional. Si tu esposa tiene un trabajo similar, puedes vivir en una casa o un apartamento en el que habrás hipotecado la mayoría de tus ingresos futuros. Los puestos de trabajo se pierden a menudo a causa de la automatización. Los que quedan requieren cualificaciones cada vez más altas.

Si no tienes estas capacidades, intentas sobrevivir en un edificio abandonado o en un chamizo hecho por ti mismo. Vives de la caridad o vendiendo chatarra. En cuanto empiecen a andar, tus chavales tendrán que ayudar en la subsistencia de la familia. No tienen tiempo para ir a la escuela, y tú no sabes cómo enseñarles.

Casi todos los servicios (servicios públicos, agua, basuras, seguridad social, escuela, correos) están privatizados. Tras unos costes bajos iniciales a causa de la competencia,

han comenzado a concentrarse en monopolios cuasi-corruptos. Los servicios son cada vez más caros y de pésima calidad. Si estás trabajando, tanto tú como tu mujer necesitáis un coche, ya que no hay transporte público. Los bienes de consumo que compras se estropean rápidamente, y repararlos es imposible. Tienes que mantener tu trabajo para poder pagar más bienes de consumo, además del agua, sanidad, gastos de la escuela, peajes de carretera, etc. De modo que trabajas hasta tarde, no coges vacaciones y aceptas tareas que consideras inmorales.

Alimentos y mercancías vienen de todas partes del mundo, de cualquier sitio en que se pueda producir más barato. Para competir en un mercado global, las naciones incumplen los estándares medioambientales, las leyes laborales, incluso los derechos humanos y democráticos. La competitividad y la pérdida de la integridad social y medioambiental conduce a la desconfianza, la intolerancia y a la agresión entre los países.

El otro futuro de Bossel, la Situación B, nos es menos familiar, pero para mí al menos, mucho más atractiva: Vives en una comunidad de casas modestas hechas de manera coherente con los materiales locales y el clima. Las casas están agrupadas alrededor de patios con césped, zonas de recreo y jardines. Se puede ir andando a la escuela, al hospital, a las tiendas y a los demás servicios del vecindario. Se puede acceder en bicicleta a otras partes de la comunidad. Los transportes públicos conectan los barrios entre sí y a éstos con los centros más grandes, donde hay universidades, hospitales especializados e infraestructuras para investigación

.

A la hora de hacer algunos viajes las familias comparten su vehículo, y también otros equipos menos utilizados, como herramientas y máquinas. Por medio de una arquitectura de ahorro de energía y de paneles solares, cada grupo de casas es energéticamente autosuficiente. Los aparatos y otros productos no perecederos son devueltos al fabricante al final de su uso para la reutilización de sus partes. Se usan muy pocos envases, que son reciclados, de modo que se genera poca basura. Ésta es tratada para los jardines.

Los costes de transporte son altos, por lo que los productos locales son competitivos. Las leyes anti-monopolio hacen que los negocios se mantengan en un tamaño pequeño, y animan la competencia. Dado que el consumo es modesto y el despilfarro inexistente, sólo hay una necesidad moderada de trabajo asalariado, o de ingresos. El trabajo es compartido acortando la semana laboral. La gente dedica mucho de su tiempo libre a servicios públicos (cuidado en centros de día, enseñar, etc.) a cambio de su derecho a usar dichos servicios. Algunos servicios se basan en intercambios (clases de piano por jardinería, por ejemplo).

Cada región usa sus propios recursos de acuerdo con su capacidad de gestión, y es casi auto-suficiente. Hay muchas culturas regionales diferentes, pero todas ellas son capaces de satisfacer sus necesidades básicas. No hay bolsas de pobreza. ni de excesiva riqueza.

Los viajes de negocios o de turismo son poco frecuentes, pero la gente crea cada día -a través de los servicios públicos de telecomunicación- vínculos de muy diverso tipo. El aprecio a la diversidad reduce el egoísmo nacional y hace que los pocos acuerdos necesarios sean factibles y respetables. Estos acuerdos se refieren a los derechos humanos básicos, el cuidado por la naturaleza y por la infancia, y el control de armamentos.

La sociedad de la Situación A está basada en el control, el conflicto y el triunfo, dice Bossel. En la Situación B se pone el énfasis en la cooperación. Los valores de la Sociedad A son el crecimiento, la cantidad y los negocios; los de la Sociedad B son la eficiencia, la calidad y la igualdad. En el caso A, la información es considerada una propiedad, un instrumento de poder. En el caso B la información está abierta a todos, es un instrumento de democracia. Los ciudadanos de A obtienen su influencia y autoestima de la propiedad y de la riqueza. Los ciudadanos de B son respetados por su responsabilidad e integridad.

La situación A me parece inevitable, y la B enormemente idealista. Pero A es autodestructivo, B es sostenible, y actualmente -dada su eficiencia y austeridad- mucho más alcanzable. Y B está enraizado en la historia, en las prácticas y en las familias de la mayoría del mundo. Es un gran esfuerzo forzar a miles de millones de personas de B a A. Sería mucho más fácil ayudar a cada uno a desarrollarse en B.

Cómo alcanzar, preservar, fomentar B? La respuesta está en los valores, opina Hartmut Bossel. La diferencia entre estas dos situaciones depende de los corazones y de las voluntades, especialmente de las personas de los países actualmente industrializados.

 

 

(Donella H. Meadows es profesora adjunta de Estudios Medioambientales en el Escuela Dartmouth).

 

 

* Ecological Economics Bulletin, Julio 1996, nº 3.

 

 

Traducción del inglés por Javier Sáez.


LA ECONOMÍA ACADÉMICA*

Por Wassily Leontief

Institut for Economic Analysys

New York University

New York 10003

* Science, vol. 217, julio 1982, pp. 104-105.

 

 

"Una pésima interpretación... Los economistas muestran claramente hasta qué punto su profesión se ha quedado atrasada intelectualmente". Este comentario editorial del principal semanario económico (según el informe anual de 1981 de la Asociación Americana de Economía) dice, esencialmente, que "el rey está desnudo". Pero ninguno de los que participan en la elaborada y solemne procesión de economías académicas contemporáneas de EEUU parece saberlo, y los que lo saben no osan decirlo.

Hace doscientos años los fundadores de la ciencia económica moderna -Adam Smith. Ricardo, Malthus y John Stuart Mill- construyeron un impresionante edificio conceptual basado en la noción de economía nacional como un sistema autorregulado con un gran número de actividades diferentes pero intrerrelacionadas -y por tanto interdependientes-; una concepción tan potente y fructífera que llegó incluso a impulsar el novedoso trabajo de Charles Darwin y su teoría de la evolución.

La idea central de lo que ahora conocemos como Economía Clásica llamó la atención de dos ingenieros formados en matemáticas, León Walras y Vilfredo Pareto, los cuales la tradujeron con un considerable refinamiento y elaboración a un conciso lenguaje de álgebra y cálculo que denominaron Teoría General del Equilibrio. Bajo el nombre de economía neoclásica, esta teoría constituye hoy en día el núcleo de la enseñanza de licenciatura y postgrado en este país (EEUU).

Como ciencia empírica, la economía trata desde el inicio con fenómenos de la experiencia cotidiana. Producir y consumir bienes, comprar y vender, recibir ingresos y gastarlos son actividades de las que estamos pendientes prácticamente todo el tiempo. Pero la aplicación del principio científico de la cuantificación no forma parte del análisis como tal -medir y poner precios constituye una parte integral del fenómeno que se intenta explicar. Sin embargo, aquí está la origen del problema con que se encuentra la economía académica en la actualidad.

En el momento en que los hechos de la experiencia diaria se agotaron, los economistas se pasaron de los fragmentos y las piezas de la información menos accesibles y más especializada, a las estadísticas del gobierno. Sin embargo, estas estadísticas -recopiladas para la administración o los negocios, no para fines científicos- resultaban insuficientes para una comprensión concreta y detallada de la estructura y el funcionamiento de un sistema económico moderno.

No estando sujetos desde el principio a la severa disciplina de sistematizar datos impuesta y aceptada tradicionalmente por sus colegas de las ciencias naturales y de la historia, los economistas desarrollaron una predilección casi irresistible por el razonamiento deductivo. De hecho, muchos entraron en la disciplina tras especializarse en matemáticas puras o aplicadas. Los periódicos de economía profesional están llenos página tras página de fórmulas matemáticas que conducen al lector desde diversas asunciones más o menos plausibles pero totalmente arbitrarias hasta conclusiones enfáticamente presentadas pero teóricamente irrelevantes.

Nadie comenta la aversión que tienen la inmensa mayoría de los economistas académicos actuales al estudio empírico sistemático, ni los trucos metodológicos que emplean para evitar el uso de información concreta basada en hechos. En vez de construir modelos teóricos capaces de preservar la identidad de los cientos, incluso miles, de variables que son necesarias para la descripción concreta y el análisis de una economía moderna, nada más empezar recurren a la "agregación". La información primaria, ya detallada, es reunida en un relativamente pequeño número de paquetes con las etiquetas "Capital", "Trabajo", "Materias Primas", "Bienes Intermedios", "Nivel General de Precios", etc. Estos paquetes se suelen encajar después dentro de un "modelo", que es un pequeño sistema de ecuaciones que describen toda la economía en términos de un pequeño número de variables "agregativas" correspondientes. Por lo general, se logra que esto cuadre por medio de "cuadros menores" u otro procedimiento parecido de ajuste de curvas.

Un ejemplo típico de "función productiva" teórica para describir la relación entre, digamos, la cantidad de acero producida -y1- y las cantidades de cuatro diferentes inputs, (y2, y3, y4, y5) que se necesitan para producirlo.

 

No tendría ningún sentido preguntar al director de una fábrica de acero o a un experto en metalurgia información sobre la magnitud de los seis parámetros que aparecen en estas seis ecuaciones. Por ello, aunque las etiquetas asignadas a las variables simbólicas y a los parámetros de las ecuaciones teóricas nos tratan de sugerir que pueden ser identificadas con las variables directamente observables en el mundo real, cualquier intento de hacerlo está abocado al fracaso: el problema de la "identificación" de las ecuaciones agregativas, una vez reducidas -que es lo que, transformado, suele hacerse- con el objetivo de ajustar curvas, fue detectado hace muchos años, pero aún no se ha encontrado una solución satisfactoria. Mientras tanto, el procedimiento descrito anteriormente se ha estandarizado hasta tal punto que para llevar a cabo un estudio econométrico respetable uno simplemente tiene que construir un modelo teórico fácilmente computable y plausible, y después conseguir -a menudo a partir de secundarias o terceras fuentes- un grupo de series temporales o datos cruzados por secciones, y relacionados de forma directas o indirecta con el tema en cuestión, introducir estas figuras en el ordenador con un programa o con una herramienta estadística apropiada tomada de la estantería, y finalmente publicar lo que salga por la impresora con una interpretación más o menos plausible de los números.

Mientras que recientemente se ha permitido que la calidad y el alcance de las estadísticas oficiales se deteriore, sin que sus potenciales usuarios científicos hayan levantado la menor protesta, masas de información concreta y detallada contenida en publicaciones técnicas, informes de empresas de ingeniería, y de organizaciones privadas de márketing, son despreciadas.

Un examen detenido de los contenidos de la American Economic Review, el buque insignia de las publicaciones de economía académica en los últimos 10 años, aparece en el Cuadro 1:

Cuadro 1: Porcentajes de los diferentes tipos de artículos publicados en la American Economic Review

Tipo de artículo

De marzo de 1972 a Diciembre de 1976

De marzo de 1977 a Diciembre de 1981

Modelos matemáticos sin ningún dato

50,1

54

Análisis sin formulación matemática ni datos

21,2

11,6

Metodología estadística

0,6

0,5

Análisis empírico basado en datos producidos por iniciativa del autor

0,8

1,4

Análisis empírico usando inferencias estadísticas indirectas basadas en datos publicados o producidos por otros

21,4

22,7

Análisis empírico sin utilizar inferencias estadísticas indirectas basadas en datos generados por el autor

0

0,5

Análisis empírico sin utilizar inferencias estadísticas indirectas basadas en datos generados o publicados por otros

5,4

7,4

Análisis empírico basado en simulación artificial y experimentos

0,5

1,9

Estos datos hablan por sí mismos. En una profética declaración de la política editorial, el redactor jefe de la American Economic Review observaba hace 10 años que "los artículos de economía matemática y de los aspectos más finos de la teoría económica ocupan un lugar más prominente que nunca, mientras que los artículos más empíricos, de carácter orientado a las políticas o a la solución de problemas aparecen con menor frecuencia".

Año tras año los teóricos de la economía continúan produciendo montones de modelos matemáticos y explorando en detalle sus propiedades formales; y los econometristas aplican funciones algebráicas de todos los tipos posibles a esencialmente los mismos grupos de datos, sin ser capaces de anticipar -de un modo perceptible- una comprensión sistemática de la estructura y el funcionamiento de un sistema económico real.

¿Hasta cuándo seguirán los investigadores trabajando en añadir campos, como la demografía, la sociología y la ciencia política por un lado, y la ecología la biología, las ciencias de la salud, la ingeniería, y otras ciencias físicas aplicadas, por otro, sin mostrar preocupación por la situación actual, el equilibrio estacionario y el espléndido aislamiento en que se encuentra en la actualidad la economía académica? Esta situación probablemente seguirá igual mientras los miembros eminentes de los departamentos importantes de economía continúen ejerciendo un férreo control sobre la formación, la promoción y las actividades de investigación de sus miembros más jóvenes, y, por medio de los reviews, también de los veteranos. Los métodos utilizados para mantener la disciplina intelectual en los departamentos de economía más influyentes de este país nos recuerdan ocasionalmente los empleados por los Marines para mantener la disciplina en Parris Island.

 

 

Traducción del inglés por Javier Sáez.