EL NUEVO ORDEN HOMOSEXUAL

El modelo de identidad sexual dominante en nuestras sociedades sigue siendo el heterosexual. Desde los procesos iniciales de socialización de los niños (la escuela, la familia, la televisión), los referentes de identidad sexual se articulan en torno a la relación hombre/mujer, constituyéndose así un espacio de normalidad que se percibe como natural. De este modo, la heterosexualidad será el destino para todo sujeto, quedando al margen del discurso y de las representaciones cualquier otro tipo de sexualidad.

En el llamado mundo occidental, y no desde hace mucho tiempo, se emplaza a los individuos para que construyan su identidad consciente reconociéndose sujetos de una sexualidad, como si nuestro cuerpo sexuado nos entregara a una interpretación de nosotros mismos y de las formas de relacionarnos con los demás. Desde el principio, un hombre debe reconocerse en los atributos de lo masculino (fortaleza, inteligencia, vitalidad, potencia, iniciativa...), esperar un placer derivado del sexo con las mujeres y tener unas expectativas de pareja y paternidad para el futuro. También existen prototipos de cómo ser "toda una mujer": cariñosa, sensible, pasiva, maternal, hogareña y, por supuesto, con el deseo orientado hacia los hombres.

Lo expuesto hasta ahora es bien conocido, forma parte de nuestra cultura y ha sido analizado y criticado en numerosas ocasiones: la identidad sexual y de género como dispositivo de verdad de uno mismo, como forma de reconocer y construir una subjetividad. Gracias a este análisis es fácil comprender la existencia de un régimen de heterosexualidad. Pero, ¿y si en la actualidad estuvieran emergiendo otros regímenes? ¿Y si estas tecnologías de la sexualidad estuvieran desplegando nuevos discursos, nuevas identidades sexuales a las que adherirse?

Tal es el caso de la llamada "cultura homosexual". Hagamos un poco de historia: hace tres décadas se empiezan a conocer en EEUU los primeros movimientos de liberación de gays y lesbianas, a partir de la famosa revuelta de Stonewall. Travestis, gais, transexuales, lesbianas, bisexuales comienzan a organizarse y denunciar la homofobia, un régimen de opresión y violencia que existe sobre determinadas prácticas sexuales desde hace siglos. Poco a poco estos grupos empiezan a tener una cierta presencia pública y, aunque sus revindicaciones tienen aún poco alcance, en muchos países del ámbito occidental se van creando movimientos similares.

Paralelamente el mundo comercial empieza a atender a las demandas de ocio de gays y lesbianas (y a promoverlas). Aunque antes de esta época ya había lugares de ambiente en muchas ciudades europeas, a partir de mediados de los setenta empiezan a proliferar tanto en EEUU como en Europa numerosos bares, discotecas y saunas dirigidos a un público gay. El mundo de la moda también produce mercancías para este público, generando una estética que va a ser cada vez mas fácilmente reconocible como gay. El mercado de la pornografía se lanza a una producción masiva de revistas y vídeos saturados de muchachos superdotados, musculosos y bronceados.

El resultado de este movimiento, que inicialmente era de liberación, es la aparición de unos lugares donde se tolera la presencia de gays y lesbianas, los llamados guetos: el Castro en San Francisco, el Village neoyorquino, Chueca en Madrid.

Un análisis detallado del ambiente gay en la actualidad revela la existencia de una normativización cada vez mayor de esos espacios. La estética comienza a hacerse homogénea (calzoncillos Calvin-Klein, camisetas Versace,Moskino...), la música insiste en las mismas canciones (Village People, Pet Shops Boys, Madona...), los cuerpos se cultivan en una misma dirección (cuerpos danone, musculados, piel bronceada, ausencia de barbas o pelos largos), el ideal masculino (en vídeos, revistas, películas) supone un cuerpo joven, sin vello, atlético.

El mercado y la publicidad proporcionan todos los fetiches para una identidad sin riesgo, una forma de "ser" gay o lesbiana, es decir, un nuevo dispositivo de sujeción, que reproduce en parte los estereotipos del mundo heterosexual. Los discursos y las formas de representación que conforman este gay o lesbiana ideales, además de los tópicos estéticos señalados, suponen también unas cualidades morales: que tenga pareja (señal de felicidad y, sobre todo, de amor), que no sea del ambiente (promiscuo), que sea moderado (nada de salir del armario o de luchas políticas, hay que ser presentable, liberal), que sea limpio, que sea normal (nada de practicas raras como el sadomasoquismo o la pedofilia).

A su vez, por medio de este dispositivo de homosexualidad se consolidan tópicos acerca de los roles y las prácticas sexuales: la plumera/loca instalada siempre en una posición femenina y alegre, el lederón/oso aferrado desesperadamente a un papel hipermasculino, así como roles estables y excluyentes (ser activo o ser pasivo). En vez de "comprender que el género es una performance y que el artificio de la pluma es el mimos que el de la masculinidad", se transforman en dos identidades reales.

Este presunto "universo homosexual" o "cultura gay-lésbica", se fundamenta en buscar una verdad homosexual, en demandarnos confesiones sobre nuestras prácticas (Hablemos de sexo), en ofrecer continuamente estereotipos, identidades cerradas que clausuran la reinvención cotidiana del uso de los cuerpos, la subversión (o reversión) que encierra el romper los papeles asignados y el poder disfrutar de todo tipo de prácticas, como propone el movimiento queer. Para resistir a este nuevo dispositivo de sujección es imprescindible un cuestionamiento radical de nuestras formas de placer y de las formas de consumo ¿Por qué no presentarnos de drag-queen en una fiesta leather, o ir de sadomaso a las ruedas de prensa, o reivindicar los tríos y los cuartetos?- ¿Por qué no hacer los carteles de las fiestas gays con imágenes de cuerpos gordos o culos peludos?

En el nomadismo está la supervivencia contra este nuevo orden homosexual, en cuestionar las representaciones tópicas que encierra, en se capaces de producir nuevas formas de vivir y de disfrutar, negándonos a extraer una verdad sobre los sexos.

Javier Sáez

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