EL
INTERNAUTA DESNUDO:
Paco Vidarte (Dpto. Filosofía de
"El yo es sobre todo
una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie sino, él mismo, la
proyección de una superficie [...] O sea, que el yo deriva en última instancia
de sensaciones corporales, principalmente las que parten de la superficie del
cuerpo. Cabe considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la
superficie del cuerpo".
(Sigmund Freud, El yo y
el ello)
La pornografía no es un metadiscurso
sobre el cuerpo, es su puesta en obra. Lo máximo que podré hacer yo hoy aquí es ofrecer
"surimi" pornográfico a quienes no les llegue el presupuesto o la
psique para realizar su propia puesta en escena pornográfica.
Me
interesa indagar hasta qué punto estamos asistiendo al surgimiento de nuevas
subjetividades, favorecidas por el acceso a Internet y en qué medida este medio
puede influir en la construcción de un sujeto distinto, un sujeto posmoderno,
un sujeto aún marginal o, al menos, de un sujeto muy diferente del sujeto
racional ilustrado, vestido e incorpóreo del que somos víctimas y herederos
directos. Un sólo vistazo rápido a las páginas personales de Internet, creadas
con el fin de comunicarse, chatear, exhibirse, ligar o simplemente charlar,
haciendo hincapié en aquellas que dejan entrever un tratamiento del cuerpo y de
la autoimagen notablemente distinto al que se promociona en la cultura
convencional, nos dejan adivinar que algo está pasando con la imago
corporal. Que muchos internautas ya no se conforman ni conforman su autoimagen
siguiendo el modelo de la foto-carné: una imagen de sí mismos tan parecida a
las vírgenes sevillanas, que sólo dejan asomar cara y manos, por los escotes,
cuellos, chorreras y puños, que recorta una extraña silueta que identificamos
como "cuerpo", pero que produce espanto verla al desnudo, el horror
numinoso de ver a nuestra Madre reducida a una cabeza y dos manos pinchadas en
una estructura de alambre al modo de la monita de Maslow.
En
el marco de la construcción de otra subjetividad creo que la pornografía tiene
o puede tener un lugar destacado. El sujeto ha de ser capaz (no debe) de
construirse un cuerpo pornográfico que forme parte de su autoimagen y que rompa
con el cuerpo heterocentrado. Se trata del cuerpo como soporte de la identidad
y de la materialidad del sujeto: de la materialidad corporal como identidad, de
la imagen como único sustento imaginario del yo, en términos psicoanalíticos.
No hay más "yo" que la imagen que tenemos de nuestro propio cuerpo
alienado en el espejo (o en cualquier otro soporte que nos lo devuelva objetivado
y unificado): un yo material, carnal, visible, corporal. Y si nos empecinamos
en rescatar algo del sujeto cartesiano ilustrado, sea, pero sin olvidar que es
cuerpo, imagen y sobre todo cuerpo desnudo. Un cuerpo que (se) mira de otra
manera.
Hay
muchas formas de construirse un cuerpo (pornográfico): talleres, vídeo, teatro,
fotografía, pero yo voy a centrarme en la construcción del sujeto pornográfico
en Internet. No digo que esto ya sea una realidad ─que lo es, de modo tal
vez minoritario, pero con esas cifras de minorías que asustan a la
mayoría─, ni que Internet esté llena de sujetos diferentes del
tradicional heredado, sino que es un campo real de posibilidades de ruptura y
que, al internauta, Internet le exige otro cuerpo. El cuerpo que navega
por la red no es el mismo que el que se movía y aún coletea por el mundo
analógico. Hay cuerpos antiguos en la red, cortados por patrones estéticos
obsoletos y recortados por una mirada analógica y esencialista, lo mismo que
aún quedan sacerdotes y muchísima gente que cree que tenemos alma, que existen
los trasmundos y que hay espíritus que viven entre nosotros. También hay gente
que vive entre nosotros que nunca ha fotografiado su cuerpo desnudo ni en
actitudes explícitamente sexuales, solo o en compañía. Y también hay gente que
vive entre nosotros que sí lo ha hecho: el problema es que siempre presuponemos
que el otro no ha dado ese paso, o que no es de nuestra incumbencia, o que no
era él con quien estuvimos chateando el otro día y dejándonos ver mutuamente por
la webcam. Lo mismo que la cría de hombre antes de los seis meses es incapaz de
reconocer su imagen en el espejo, muchos de nosotros seríamos incapaces a
edades ya talluditas de reconocer nuestro propio cuerpo desnudo en soporte
fotográfico o filmado; menos aún adoptando poses de cierta sensualidad.
Sencillamente no habría reconocimiento: no sería una experiencia visual
adecuada para la identificación de nuestro yo.
"Basta
para ello comprender el estadio del espejo como una identificación en el
sentido pleno que el análisis da a este término: a saber, la transformación
producida en el sujeto cuando asume una imagen [...] El hecho de que su imagen
especular sea asumida jubilosamente por el ser sumido todavía en la impotencia
motriz y la dependencia de la lactancia que es el hombrecito en ese estadio infans,
nos parecerá por lo tanto que manifiesta, en una situación ejemplar, la matriz
simbólica en la que el yo [je] se precipita en una forma
primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el
otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de
sujeto" (Lacan, 1971: 87).
Sólo
el hecho de navegar por ciertos sitios de la red supone ya un forzamiento de
los antiguos cuerpos que nunca se fotografiaban/reconocían desnudos; es un
salto cualitativo, creo, que la autoimagen, la imago yoica, pase a ser
pornográfica cada vez en más gente. Esto puede que suene a tremendamente
autobiográfico. Evidentemente. Menudo impostor sería si me permitiera hablar de
la construcción de un cuerpo pornográfico en tercera persona. Pero esto tampoco
es tan escandaloso. Todo el mundo habla de la pornografía en tercera persona,
por regla general, de la pornografía de otros, de otros tiempos y de otros
lugares. Yo siempre me quedo con las ganas de que dichos sujetos pasen del
aséptico discurso sobre la pornografía a la práctica de pornografía con sus
propias carnes y hagan de ello objeto de exhibición en una conferencia, en un
artículo o en cualquiera de los foros que ofrece el mundo de la cultura. Y que
dejen de extrañarse por verse desnudos proyectados en la pared de un aula o en
una página web.
De
lo que hay que caer en la cuenta es de que nuestros cuerpos no son cuerpos que
se filman, que existieran previamente al hecho de ser filmados o fotografiados,
sino que se construyen al filmarse, al instituir prácticas de puesta en escena
pornográfica. No se filma un sujeto desnudo: éste no es más que su filmación en
acto, su performance pornográfica. Interesa Internet porque hace estallar el
canon corporal desde lo real, desde la experimentación, es un lugar de
experimentación y creación de cuerpos, no de contemplación. Lo más terrible
para los padres, no es que sus niños vean otros cuerpos en la red, es que a los
dos días de navegar ya hayan colgado el suyo, desnudo, en una página. El giro
que permite y hasta fomenta Internet es pasar de ser espectador a actor y
participante, de consumidor a productor de pornografía. Es crucial poner de
relieve el acceso de una gran masa de individuos a la configuración de su
propia subjetividad por medios técnicos y a la construcción autónoma, a la
invención, de su propio cuerpo, no recibida desde fuera. Nuestro cuerpo
retratado, el que heredamos, no pasa de ser una colección de fotos hechas por
la familia o amigos en ceremonias donde normalmente se aparece disfrazado con
vestimentas inusuales, en contextos ritualizados o, en el mejor de los casos,
en celebraciones, ocasiones especiales, vacaciones y todo tipo de contextos
donde lo que prima es la obligatoriedad de una no mostración del propio cuerpo
o, caso de producirse, sin violentar ciertos parámetros de exhibición.
Frente
a la proscripción del cuerpo, el cambio de mirada es fundamental. En las
páginas de Internet como las que podemos visitar en gaydar, mensual, bearwww,
dudesnude, bakala, etc., se trata de pornografía hecha en comunidad, en este
caso la "comunidad gay", pornografía hecha desde dentro para los de
dentro. La espectacularización del cuerpo va de dentro a afuera. La autoimagen
pornográfica es proyectada desde el interior, no es un foco venido desde el
exterior a iluminar un cuerpo desnudo y deseado. El sujeto que se muestra
parece más bien irradiar la luz desde su interior, proyectándose
imaginariamente. Yo deseo, yo me fotografío, yo enseño, yo proyecto mi cuerpo,
yo dirijo mis vídeos, mi puesta en escena. No somos gays retratados por un
tercero, no somos sujetos descritos, fotografiados, archivados o clasificados
que se ofrecen para el consumo. Somos sujetos que se ponen en la web y se
presentan a sí mismos como nos da la gana. Lo mismo que uno se arregla y peina
por la mañana para salir a la calle y dar determinada imagen, la mirada
pornográfica pasa a ser autoimagen y lo que se pone en circulación en la red no
son otros cuerpos que los propios, lo que se tiene, no son cuerpos de factoría,
no son cuerpos Falcon o Catalina.
En
este proceso me parece ver, quiero ver, o se puede ver quizás en todas estas
páginas y en la proliferación mundial de páginas pornográficas personales, el
acceso (el deseo, la necesidad, la satisfacción de una demanda que tal vez se
desconocía) del sujeto a la tecnología y a la facilidad de fabricarse una
autoimagen pornográfica. El éxito monstruoso de estos sitios de Internet
demuestra una necesidad en el imaginario yoico, la construcción de un sujeto
que incluya la corporalidad al desnudo, la sexualidad, poder integrar y
reconfigurar el sistema sexo-género-cuerpo. Encarnar la identidad en algo más
que cara y manos, lo que asoma por el vestido, por cuello y puños. Es el acceso
a la construcción del propio cuerpo en primera persona. Lo mismo que los gays y
lesbianas tuvieron que acceder a la palabra y arrebatársela a la ciencia y a la
moral tradicionales que los escrutaban, en la construcción de ese mismo proceso
identitario, que no sólo es discursivo, sino imaginario, hay que acceder al uso
de la cámara web o digital, al escáner y hacerse un cuerpo en primera persona.
Tomad y comed este es mi cuerpo. Es un discurso en primera persona, no una
mirada objetivadora, científica, colonial. El anonimato pornográfico paga su
precio: quien no se muestra no folla, no se le abren privados, no se chatea con
ellos, no participa nunca en una actividad eminentemente comunicativa y
discursiva. Paradójicamente, el chateo pornográfico en Internet deja fuera a
los mirones. Se admite el fraude, la falsa identidad, lo que sea, pero no la
ausencia de imagen.
Esta
nueva autoimagen porno que comentamos aquí nace eminentemente vinculada a
Internet, al chat, a la conversación, al diálogo, a la puesta en discurso del
propio deseo y de la propia demanda sexual. No es artística o estetizante en la
medida en que sirve a un propósito: ligar; y a otro más: la creación de un
cuerpo (deseable) con el que poder identificarse desde parámetros no
heterocentrados. La técnica y el cambio en el soporte material tecnológico, su
universalización y abaratamiento pueden suponer un cambio más radical aún en la
autoimagen de cada individuo. Los autorretratos mediados por Internet y el chat
ya no serán ─desde luego no lo son─ los de Durero o Rembrandt. Son
proliferantes y destinados no (exclusivamente) al propio consumo, sino que
inmediatamente son publicados en la red. No son fotos pornos que se llevan a
revelar pudorosamente. Ni un book de encargo. Una web cam, o una cámara
digital, permite sacar en una sesión de un par de horas cientos de instantáneas
del propio cuerpo y multiplicar las perspectivas y la mirada sobre cada uno de
los rincones, hasta hoy inexplorados, inexperimentados, invisibles para el ojo
no digitalizado. Estamos ante la ruptura de la pornografía especular: el cuerpo
propio delante del espejo. Y tampoco es un verse desde fuera objetivado, sino
verse desde fuera con un ojo propio cibernético, protésico, tan connatural como
puedan serlo las lentillas o las gafas. Habría quien diría, algún lector de
Donna Haraway, que la nueva autoimagen pornográfica pertenece a una
subjetualidad ciborg. Por supuesto. La autoimagen pornográfica es absolutamente
tecnológica. Es más, casi se podría decir que la proliferación de la pornografía,
de hacerse fotos en bolas con la webcam amenaza con ser la regla general del
autorretrato en este mismo presente. Quien no se haya fotografiado los
genitales y los haya visto en una pantalla digital corre el riesgo de ver
seriamente trastornada su autoimagen. Puede empezar a considerarse un bicho
raro.
Aparte
de generalizaciones y predicciones que puedan sonar proféticas, pero que a
otros oídos y en otros contextos suenan a rancias y a cosa archisabida, sobre
lo que quiero detenerme es sobre la extensión del hecho, que puede parecer
banal, de que cada vez son más los individuos que digitalizan su cuerpo desnudo
y se ven desnudos en una pantalla, en la de casa, en la del despacho de la
facultad o en la de cualquier pantalla con acceso a Internet: basta teclear una
dirección para que inmediatamente aparezca en pantalla el propio cuerpo desnudo
en una o varias instantáneas y en tantas páginas como uno se haya querido abrir
y construir, de forma sencillísima, gratis y sin apenas conocimiento
tecnológico alguno. Más allá de esto, que ya de por sí me parece una
experiencia capaz de transformar nuestra concepción y vivencia de la
subjetividad, una vez digitalizado el propio cuerpo en su desnudez, lo más
interesante es que corre serios riesgos de acabar siendo visto por otros, de
acabar publicado y colgado en la red para ser visto. Esto no es ninguna
estupidez. Los contadores de visitas de las páginas personales donde cada cual
se muestra como quiere arrojan cifras de visitantes por miles, cientos en una
semana si "aquello" ha quedado resultón. Incluso facilitan una
estadística pormenorizada de las visitas que ha tenido cada foto, para que
podamos suprimir las que peor acogida tuvieron y sustituirlas por otras. Si
concedemos, con Lacan, que la identidad del sujeto es una construcción
imaginaria, que el yo es un constructo imaginario, hecho de imágenes, tal vez
la modificación y evolución de la materialidad técnica de los medios digitales
de grabación y reproducción tenga mucho que decir en la evolución del propio
concepto de sujeto, del autos, del yo y del lugar que ocupa el cuerpo, el deseo
y la sexualidad en la construcción de los sujetos en la era de Internet. Desde
luego, si el estadio del espejo y la formación de la autoimagen no es sólo
cuestión de los seis a los dieciocho meses, sino que dura toda la vida, el
"internauta desnudo" no sufrirá las mismas patologías yoicas que las
histéricas del XIX, al haberse conformado su identidad a partir de un
imaginario tan distinto. El sujeto no es más que su modo de decirse, su modo de
ponerse en escena, la persona es su máscara, su fenómeno. Y la desnudez a la
que estamos llegando en absoluto es adámica o naturalizada, sino por completo
tecnificada, cibernética. Sólo la tecnología nos ha devuelto la desnudez
universal del cuerpo, claro que digitalizado.
La
dimensión que está adquiriendo el fenómeno es de tal alcance que cada vez que
se crea un espacio donde enseñarse desnudo se colapsa de inmediato, en unos
pocos días ya hay cientos de participantes, socios, visitantes, etc. El site
inglés de Gaydar ha pasado de tener una sección de España, a dividirlo por
comunidades autónomas, a introducir luego ciudades, subdividir las grandes
ciudades en diferentes salas y tener que multiplicar la capacidad de cada
apartado, ofreciendo ya su versión en lengua castellana. Bakala.org también ha
conocido un éxito inaudito en pocos meses. Esto tal vez sea un índice de una
necesidad latente que no estaba vehiculada o de una necesidad que no existía
pero que ha sido creada por la apertura de ese mismo espacio de mostración.
Quien quiera seguir haciéndose la pregunta de por qué la webcam o la cámara
digital pasó a los cinco segundos de su comercialización a enfocar pollas en
erección y corriéndose worldwide puede hacerlo, pero sería de agradecer que
intentase responder más allá de la patología exhibicionista, de la promiscuidad
gay, de la secular represión de la sexualidad o de la inmoralidad de la técnica
en general. Pero mejor me callo ya y cito a mis lectores gays masculinos en
gaydar.co.uk, bakala.org, mensual.com, dudesnude.com, bearwww.com que son los
lugares donde yo me exhibo y donde se puede chatear conmigo fácilmente. Al
resto les recomiendo una búsqueda rápida, pues desconozco los foros donde
puedan chatear y ligar, ya que no soy nada proclive a la observación no
participante, ni a las miradas de antropólogo.
BIBLIOGRAFÍA
Freud, S.: "El yo y el ello", en Obras
completas, vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
Lacan, J.: "El estadio del espejo como formador
de la función del yo", en Escritos, México, S. XXI, 1971.