historias de pasajes, asilos y laberintos

Helena Torres

 

¡Eh!¡Vampiros

Expulsados del paraíso grecojudeocristiano,

Colegas de esta diáspora hacia algún lugar

Más allá de las iglesias, los ataúdes y las sombras!

 

 

“...una copa vertida en otra copa nos da un agua diferente. Las lágrimas derramadas por un ojo cegarían otro ojo si cayeran en él. El pecho que golpeamos de alegría no es el mismo pecho que golpeamos de dolor...”

Djuna Barnes (1936) El Bosque de la Noche

 

Escribir es un acto escatológico: frente a una mala digestión, lo mejor es hacer caso al metabolismo. Y si se trata de escribir sobre “lo queer”, la tarea se transforma casi en un exorcismo, del que mejor se abstengan estómagos sensibles.

Pero hay historias que deben ser dichas y recordadas por sobre todos los olvidos. Y como no hay nada más obsceno que el poder de la autoridad investida en las instituciones que nos rigen, no pueden asustarnos ciertas palabras consideradas impuras.

 

La primera historia habla sobre los nombres.

Soy una madre abnegada que adora a su retoño y que abandonaría con gusto mi condición de madre, mis responsabilidades como educadora a tiempo completo, mis culpas adjudicadas por la educación institucional, para lanzarme hacia un amor incondicional y siempre renovado, para abrazar un Edipo sin castraciones. Pero entonces sería estigmatizada por Freud y sus discípulos. Abandono mi deseo y continúo contestando notas de maestras preocupadas e intento no compartir bañeras con menores de edad. ¡Cuidado! La maternidad es cosa seria. Mantengamos la casa limpia. Barramos la basura fuera. 

 

Respetando aquella mi condición, salgo del Hogar maternal a disfrutar del privilegio de la práctica del sexo: soy una biomujer sin cirugías ni hormonas que no ha dudado en mantener relaciones sexuales con biomujeres, biohombres, lobobollos, licántropos, hembras sanguinolentas, cuerpos con penes inútiles y sostenes rellenos de algodón, coños secos y poros húmedos, anos cerrados y corazones abiertos, pechos depilados, piernas peludas, cabezas rapadas, rastas, colores oscuros, ojos como el mar... Miles de órganos dispuestos al placer. Sin embargo, no logro que me abandone la convicción de que tales placeres son, como mínimo, sospechosos, por lo que han de mantenerse en secreto o, al menos, expresarlos de manera sutil para no herir espíritus delicados. El sexo también es cosa seria. Mantengamos la ciudad limpia. Echemos la basura más allá de nuestros delimitados horizontes.

 

Me dedico pues a trabajar. Abnegadamente. Como con la maternidad. Sin descanso. Como con el sexo. Pero continúo transitando la acera de la sospecha. La infalible pregunta “¿De dónde eres?” (Porque “no eres de aquí” no es correcto, puede sonar a discriminación) me remite siempre a la cama donde me parió mi madre. La nación (del latín natio, nasci, nacer). San Martín que cruzó los Andes y nos salvó con su patriotismo. Recuerdo haber leído a Foucault: “el discurso geográfico que justifica las fronteras es el del nacionalismo” (1976: 81). Aprender catalán es un detalle, pero no alcanza a la proeza de nacer en el lugar adecuado. Extranjera, pues. La herencia de la nación también es cosa seria. ¡Cuidado con perder los papeles, que tantas colas nos costó conseguir, interpelando la autonomía históricamente trascendente de la Nación! 

 

Y así se van desgranando las etiquetas, los corsés, la insaciable necesidad de cuadrarse. Un buen día se produce el acontecimiento definitivo: ya está bien, no os preocupéis por las definiciones. Ya me defino yo. Soy queer. Y si no sabéis lo que esto significa, no problem, hay un montón de teóricas en paro que lo explican bonitamente en numerosos artículos de revistas especializadas. Entonces, los de la acera de enfrente que han pasado por alguna universidad, boquiabiertos y enrojecidos, chillan: “¡postmoderna!” Y quienes no han merodeado esos respetuosos pasillos, espetan: “tú lo que eres es una guarra”.

Frente a esto, mis colegas de la acera de aquí responden: “pues sí, soy una guarra, ¿y qué?”. Y continúan queeriando.

Pero yo estoy cansada. Triste. “Mamá, soy una guarra y por eso me porto mal y escribo postmodernidades que tú, pobre melancólica lectora de Simone de Beauvoir, no puedes entender”.  “Vecina, no se preocupe si voy desnuda por la casa porque es que soy guarra y no puedo remediarlo”. Rabia. Estrategias justificantes que no logro desmontar. ¿Por qué no cambiamos los corsés por un chaleco de fuerza, y así acabamos de una vez? Dice el maestro zen: “las definiciones, hija mía, son cosa seria. Los intentos desmesurados de cordura pueden bien llevar a la locura”. Como la precariedad me ha privado de la terapia, preparo un té y me traslado a los confines de Terramar,  territorio de dragones, sacerdotisas y magos soberbiamente soñado por Ursula Le Guin, diosa del nombramiento.

 

La segunda historia habla sobre los sujetos y los derechos.

Mientras desgrano estas líneas, ocurre un acontecimiento inesperado, grotesco, más triste que mis divagaciones sobres los nombres. Una injusticia que nos salpica y embrutece. Que nos habla a su vez de personas alérgicas a las prisiones de etiquetas impuestas, de denominaciones de origen basadas en la sangre, en la herencia, en la clasificación a partir de una vagina, un pene, o un par (o tres) de tetas. Una historia protagonizada por quienes están de este lado de la acera, buscando un lugar amable, una vida vivible. No puedo no explicarla.

Los hechos destacados acontecieron en Barcelona, el 4 de febrero de 2006, pero no acaban ni empiezan allí. Dos jóvenes van en bicicleta aquel domingo por la mañana. Desafortunadamente, tienen un accidente, por lo que deciden llamar a una ambulancia que les lleva al hospital más cercano. Desafortunadamente, el mismo hospital donde las “fuerzas del orden” están llevando a las personas heridas durante los “disturbios” ocasionados a las puertas de un espacio okupado. Los jóvenes de la bicicleta son detenidos en el acto, acusados de “intento de homicidio” de un agente policial, apedreado y herido grave durante los disturbios. Son mantenidos en comisaría, incomunicados durante tres días y puestos en libertad con cargos, sometidos a un proceso judicial en el que han de demostrar su inocencia, a saber: que no se encontraban en el lugar de los hechos.

Salta sola la pregunta sobre los motivos de la detención: ¿una cresta demasiado visible? ¿Un rapado muy llamativo? ¿Ciertos gestos excesivamente floridos? ¿O quizás excesivamente afirmativos? ¿O será tal vez que la interpelación se produce sobre el hecho de que es la ley institucionalmente armada quien ostenta el poder de determinar la autoría de un delito? ¿Cuál delito?

 

Otras preguntas me asaltan, más íntimas, más rabiosas, más infames: ¿cómo sería entendido este relato desde un punto de vista queer? ¿Qué herramientas ofrecería una práctica política queer ante una situación semejante? ¿Qué coordenadas habrían de seguir unos sujetos que, al ser brutalmente interpelados, se les atribuye una condición de extrañeza con respecto a una sociedad violentamente uniformada y normalizada? ¿Quiénes son sujetos de derecho en este orden de cosas mesiánico? Ensayo de respuesta: son sujetos de derecho quienes encajan en las normas establecidas, quienes no son interpelados porque están más acá del derecho, quienes están insertados, adecuados, normalizados, quienes obedecen y tienen el poder de reclamar obediencia a aquello subordinado, quienes siguen el modelo sin más, con sus plazos fijos, sus preciosos animales domésticos, su estrés psicoanalizado y pasado por el turmix de la terapia semanal a 80 euros la hora. En definitiva, quienes no osan salir a la calle en bicicleta un amanecer de domingo con cresta, rapado, plumas y convicción. Mantengamos la nación limpia. Contra el incivismo, encierro o expulsión.

 

La tercera historia habla sobre un encuentro.

El 20 de enero de 2006 tuvo lugar en la librería Antinous de Barcelona la presentación de un libro con el simpático título de: Teoría Queer. Políticas bolleras, maricas, trans, mestizas, volumen en el que he tenido el honor de publicar un artículo gestado con una infatigable compañera de armas, Desiré Rodrigo. Durante aquella velada conversamos sobre definiciones de lo queer, prácticas políticas y otras frustraciones. Sentíamos satisfacción, alegría de encontrarnos entre colegas, compartiendo bromas e insultos. Hasta nos reímos del oxímoron  “teoría queer”, ya que lo queer no es una teoría, en tanto conocimiento especulativo puramente racional, ni un marco teórico o metodológico singular o sistemático, “sino un conjunto de compromisos intelectuales con las relaciones entre sexo, género y deseo”, en palabras de Tamsin Spargo.

Convenimos en que lo queer es un pasaje – del insulto a la afirmación orgullosa –, un desplazamiento – de la interpelación al reclamo –, una traducción –  la “de unas prácticas que nunca fueron teóricas” a un ensayo de teoría, dice Marcelo Soto. Un malestar ante los moldes de acero. Una desidentidad pintada por la paleta de colores del photoshop, con sus múltiples combinaciones. Una forma de exilio: de los lazos de la hemofamilia, del lugar de “lo normal”, de las posibilidades de lo decible. Una diáspora que nos aleja de la seguridad ontológica de la habitación familiar: la salida definitiva del armario hacia el anhelo de una comunidad, un lugar bonitamente llamado “casa de la diferencia” por Audre Lorde. Un viaje emprendido con las maletas vacías de paradigmas, estructuras, sin Historia ni esencias, buscando por posadas ciertos refugios que son más bien asilos (del griego ásylos, quien no puede ser apresado), andando entre turbulencias que desprecian los espacios límpidamente cercados. Gloria Anzaldúa llama Borderland a este lugar, definiéndolo como un lugar indeterminado y vago creado por el residuo emocional de un límite no natural. Está en transición constante. Lo prohibido y lo negado son sus habitantes. Aquí es donde viven los atravesados...[1].

Ante la ausencia de mapas geográficos o conceptuales, ¿qué brújulas nos pueden orientar? Gracias a los despistes de la lingüística, queer es también un verbo: torcer, echar a perder. Pervertir. Desgenerar. Ya que carecemos de sustantivos que nos designen (“en tanto sustantivo, queer sólo tiene sentido si lo utilizamos en primera persona, ya que es una identidad sin esencia”, dice Eve Sedgwick), y de adjetivos que nos califiquen (al menos en nuestro enclave ibérico, en el que el insulto anglosajón pierde su carga de violencia y discriminación, además de obligarnos a una obsesión por la generización (pervertido / pervertida; degenerado / degenerada, etc, etc.), apelamos a la acción: al principio fue el verbo. 

 

Disponemos pues de algunos verbos: deconstruir, performar, articular.

Deconstruir: fisgonear sobre el quién dice qué y por qué; mirar difractando, sin ensalzar la belleza de la perfección impoluta (bonito oxímoron) sino adentrándose en las vísceras diseccionando sin temor al hedor.

Performar: actuar paródicamente repitiendo los presuntos originales hasta gastarlos, deformarlos, desnaturalizarlos, revelando su contingencia, resignificándolos.

Articular: buscar lazos de parentesco basados en la afinidad y no en la sangre,

poner a conversar a los puntos de vista de quienes no encajan en las normas del “heterrorismo internacional”, aceitando engranajes entre quienes no son ni Yo ni el Otro, quienes caen fuera de los binomios gastados del cartesianismo, quienes aterrizan en la barra que separa los polos complementarios hombre / mujer, humano / máquina, homo / hetero. Intentando conjugar saberes que han bebido del feminismo, de la crítica al colonialismo y hasta de ciertas miradas a la pornografía, para situarse en el prefijo post –no porque estén de vuelta de todo, ya que en ese caso no habrían llegado demasiado lejos, sino porque se afirman sobre el sitio de donde han partido. Dando una vuelta de tuerca al humanismo, a la idea de autenticidad, al orden establecido. Transdisciplinando. Posicionándose en un espacio que pretende performar una desusada forma de tolerancia: no la del multiculturalismo, sino la de la ausencia de jerarquías. Porque aunque Octavia Butler afirma, y con razón, que los humanos padecemos la enfermedad de la jerarquización, el poder también implica resistencia (Foucault), líneas de fuga y desterritorialización (Deleuze), okupación, desplazamiento, transformación. Metaforizando, creando figuras para demostrar la falacia de la representación –ese espejo que sólo refleja la imagen en la que se reconoce el Ojo divino- y la estafa de los sucedáneos –que pretenden engañarnos con símbolos vacíos edulcorados por la Warner Entertainment, Walt Disney y un sin fin de grotescos imitadores.¡Cuidado! La naturaleza también es un trópos (Haraway), la Historia siempre ha sido un relato y los dragones, difíciles de explicar.

 

La cuarta historia habla sobre las políticas.

Cuenta Miguel Morey (1996), en un artículo titulado “Apología del desertor. (Conjeturas sobre la evasión)”, que una gran parte de las tribus indígenas que habitaban Nuevo Méjico y Arizona, al sentir que las tenazas de “la presión blanca” se cerraban para aprisionarlos en la reserva, “decidieron perder sus nombres antiguos y adoptar uno común que nombrase bien a las claras su nuevo destino: Apaches. Ésta podría ser la pequeña lección que aún perdura de aquel pueblo pobre, orgulloso y valiente: y es que apache quiere decir ‘enemigo’.” (Morey, p. 79)

 

Clausewitz argumentaba que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Hannah Arendt, que lo público pertenece al conjunto de la ciudadanía, y no es atributo exclusivo del Estado y los gobernantes. Foucault, que el Estado siempre ha sido totalitario e individualizante a la vez: es tan vano oponerle los intereses y derechos individuales como las necesidades de la comunidad. ¿Qué hacer pues desde este pintoresco lado de la acera? Frente al desarraigo de la diáspora, la comunidad del deseo; frente a la tristeza de la impotencia, el poder de la transformación; frente a la autoridad uniformadora, la voluntad de hacer / ser / saber, sin miedo a las chaquetas de fuerza.

 

Final de las historias pero no de las dudas. Y por todas ellas, una convicción: estoy enferma de extranjería. ¿Alguien tiene un salvoconducto? (Aunque, después de todo, hasta en Casablanca la vida es vivible si se disfruta de una (gran) amistad).

Encuentros entre:

Anzaldúa, Gloria (2004), “Movimientos de Rebeldías y las Culturas que Traicionan”. Otras Inapropiables. Feminismos desde las Fronteras. Eskalera Karakola/Traficantes de Sueños, Madrid.

Barnes, Djuna (El Bosque de la Noche. Barcelona, RBA Editores, 1993.

Butler. Octavia Amanecer. Barcelona, Ultramar, 1989.

Córdoba, David; Sáez, Javier; Vidarte, Paco (Ed.) Teoría Queer. Políticas Bolleras, Maricas, Trans, Mestizas. Madrid, Egales, 2005.

Fortier, Anne-Marie “Queer Diaspora”, Departamento de Sociología de la Universidad de Lancaster, Http://Www.Comp.Lancs.Ac.Uk/Sociology/Soc078af.Html, 2001

Foucault, Michel “Questions à Foucault sur la Géographie”. Herodote, nº1, Primer Trimestre, pp. 71-85. Paris, 1976.

Grupo de Trabajo Queer. El Eje del Mal es Heterosexual. Madrid, Traficantes de Sueños, 2005.

Haraway, Donna. Testigo_Modesto@Segundo_Milenio.HombreHembra®_conoce_OncoRatón©. Barcelona, OUC, 2004. 

Harding, Sandra Whose Science? Whose Knowledge? Thinking From Women’s Lives. Ithaca, Cornell University Press, 1992.

hooks, bell. Yearning. Boston, Southend Press, 1990.

Jagose, A. Queer Theory. University Of Melbourne Press, 1996.

K. Le Guin, Ursula Historias de Terramar. Barcelona, Minotauro, 2003.

Leigh Star, Susan. “Power, Technology And The Phenomenology Of Conventions: On Being Allergic To Onions”. En Law, J. (Ed.) A Sociology Of Monsters: Power Technology And The Modern World(Pp. 26-56) Oxford, Basil Blackwell, 1991.

Nothomb. Amelie. El Sabotaje Amoroso. Barcelona, Anagrama, 2002.

Morey, Miguel. “Apología del Desertor (Conjeturas sobre la Evasión)”. Revista Archipiélago 26-27. Barcelona, Invierno 1996, Pp. 70-79.

Sedgwigk. Eve K. Epistemología del Armario. Barcelona, Ediciones De la Tempestad, 1998.

 



[1]           En chicano original: “A borderland is a vage and undetermined place created by the emotional residue of an unnatural boundary. It is in a constant state of transition. The prohibited and forbidden are its inhabitants. Los atravesados live here: the squint-eyed, the perverse, the queer, the troublesome, the mongrel, the mulatto, the half-bred”Anzaldúa, G. Borderlands/La Frontera (1999, p. 3)