Vacas con hélices y cerdos en paracaídas:

¿qué puede hacer el calor con la idea de estado?

 

Marcelo Soto

 

¿Qué sucedería si, durante una demencial ola de calor, el barrio de Vallecas se declarara de pronto república independiente? ¿O Aldea Moret? ¿O Triana? Uno tiene a veces la impresión de que ya lo han hecho, que Vallecas, Aldea Moret y Triana son el fondo países independientes desde hace mucho. Pero… ¿y si sucediera? ¿Y si ocurriera realmente? La ficción cinematográfica lo ha pensado ya. Ese “¿Y si…?” mágico, que anida en el principio de toda buena trama, se puso a funcionar en los Ealing Studios londinenses inmediatamente después de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Así que en 1948, después de la  mayor crisis de identidad política que ha sufrido Europa en toda su historia, tenemos a lo mejor del humor británico haciéndose preguntas sobre los límites del Estado. El resultado es una obra maestra: la deliciosa y anarcoide Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949), la opera prima de Henry Cornelius, y con guión del alma real de la Ealing: su impagable guionista titular, T.E.B. Clarke.

Porque es cierto: nos encontramos ante una obra maestra disfrazada de obra menor, de comedia ligera. Pero la reflexión es potentísima. Tras la dedicatoria del filme (A la memoria de los años del hambre, que recuerda la resaca de la reciente guerra), empieza una epopeya hilarante sobre los nacionalismos, toda una utopía en clave de comedia que T.E.B. y Cornelius van a enmarcar entre dos planos de lo más cotidiano: el primero del filme, donde ya hay un ventilador, un sol de justicia y un hombre peleando contra el sudor, y el último, donde, tras el estallido de la tormenta final, vemos descender de golpe el termómetro hasta las temperaturas habitualmente heladas de la City, poniendo un jocoso The End a la fantasía política de los ciudadanos, porque lo extraño es que esa ola de calor, esa descomposición divertidísima del Estado, sucede no en el sur del Mediterráneo, sino en pleno corazón del Imperio Británico. Y ese corazón paradójicamente es Pimlico, un barrio obrero de Londres, lleno de trabajadores y de pequeños comercios que T.E.B. retrata con la habitual ternura de la Ealing hacia las clases menos puedientes. De hecho, lo entrañable de la galería de personajes debe mucho a Jean Renoir, al neorrealismo de De Sica, al cine de Frank Capra, y no tengan duda de que ha hecho escuela: no creo ser el primero que repara en todo lo que le debe Berlanga al cine de la Ealing Studios.

¿Pero qué cuenta Pasaporte para Pimlico? En un verano tras la guerra, mientras los habitantes del barrio de Pimlico sufren ese indecente calor, una bomba que no detonó en la reciente guerra, estalla de pronto por culpa del juego de unos niños. Y el cráter descubre bajo Pimlico un refugio donde hay tesoros del Renacimiento, obras de arte, viejos documentos, y todos los variopintos habitantes del barrio se conmocionan con el suceso. Sobre todo cuando una extravagante profesora de la universidad (la vida sería mucho menos soportable si Margaret Rutherford no hubiera sido actriz) les indica lo que dicen esos extraños documentos: que Pimlico fue declarada parte del ducado de Borgoña por el rey Eduardo IV. Y por tanto los habitantes de Pimlico son miembros de un país que ya no existe. Son lo único que queda de la vieja Borgoña. Es decir, extranjeros. Ciudadanos de un país independiente que acaba de surgir en el pleno corazón de Londres.

¿Y qué hace cualquier gran país europeo ante la mínima amenaza de disolución del territorio patrio? Pues para qué vamos a hablar… Pero si nos referimos al sentido del humor esta vez no estamos ante bosnios, ni ante españoles y vascos, o ante alemanes y austriacos, no siquiera ante catalanes: es mucho mejor: son ingleses: y si el humor inglés tienen una característica propia, es que no se ríen del “otro”, del “diferente”: se ríen de sí mismos. Lo cual es una estupenda manera de hacerse preguntas políticas, resolver problemas sociales o reflexionar sobre las engañosas “identidades nacionales”. Sobre todo cuando hace tanto calor como en el Londres de nuestra película.

Pimlico es un país extranjero y para empezar los nuevos borgoñeses descubren lo inavitable: la economía liberal. Ya no hacen falta cartillas de racionamiento. Se puede comprar y vender a plena luz. Y Pimlico se convierte en un autentico mercado persa donde el todo Londres se acerca a vender y comprar lo necesario para sobrevivir en esos duros años del hambre: huevos de estraperlo, medias “de auténtico nylon robado”, anguilas falsamente danesas… “Pero, agente, que no llego a preparar la comida” “Señora, yo no tengo la culpa de que usted vaya al extranjero a hacer la compra

Los capitales se fugan de Gran Bretaña justo por su caótico centro. Y en una reacción paranoicamente surrealista el gobierno británico opta por el cierre de fronteras. Y por sitiar Pimlico, por el aislamiento, por el corte de los suministros básicos, por hacerlos sucumbir de  hambre… Quizás lo más hermoso de la hermosa Pasaporte para Pimlico es eso: la reflexión sobre la idea de Estado y sobre los límites de éste: sobre la diferencia entre Estado y pueblo. Una lección que Europa tardó en aprender, si es que pudo aprenderla (recordemos la desoladora cita de Michel Serres[1], muchos años después). Puedo imaginarme perfectamente a los utópicos adoquineros del mayo francés viendo Pasaporte para Pimlico en la Cinemateca Francesa en el caluroso verano del 68 y sintiéndose parte de un sueño político tan hermoso como el que vivieron en la ficción los habitantes de Pimlico veinte años antes que ellos, en otro bochornoso verano.

El final de Pasaporte para Pimlico emociona tanto como el de su casi contemporánea Milagro en Milán (Miracolo in Milano, 1951) de Vittorio De Sica. Sólo que la Ealing no elige la fantasía mágica del italiano, sino una visión utópica y cotidiana que  tal vez todavía se mantiene en el cine social británico: la solidaridad de la clase trabajadora se cuela en esta película viniendo desde Frank Capra y llegando hasta Ken Loach. Tengo que reconocer que el final de Pasaporte para Pimlico me emociona más que el de Milagro en Milán. A punto de abandonar su barrio, obligados por el hambre, los hombres y las mujeres londinenses se solidarizan con esa gente imbatible de la nueva Borgoña y desde el otro lado de la alambrada empiezan a tirarles comida. Luego habrá más. Los helicópteros bajan llenos de leche para que los ordeñen mediante mangueras porque no pueden tocar tierra. La aviación surca el espacio aéreo de Pimlico y desde allí, en vez de las tristes bombas de la reciente guerra, les arrojan comida. Jamás pensé que el plano de un cerdo cayendo en paracaídas pudiera emocionar tanto. E.T.B. Clarke y Henry Cornelius están reflexionando a la vez que esa Europa devastada,  superviviente de la Segunda Guerra Mundial: tras el terrible monstruo del estado debe llegar la hora de los ciudadanos. Estado frente a pueblo.

Claro que todo tiene sus límites. Cuando los ciudadanos de Pimlico, conmovidos por la muestra de solidaridad, lleguen a un acuerdo con el gobierno de su majestad y lo celebren al aire libre, en pleno final feliz, justo cuando suenan las campanas de la reconciliación, estallará la tormenta y los irónicos autores nos muestran ese desencantado plano final donde el termómetro cae de nuevo hasta las zonas más frías… ¿Es la armonía entre el poder y el pueblo un simple delirio del calor? ¿O hay esperanza…?



[1]                      [1] "Sólo hay algo evidente: los locos peligrosos están ya en el poder, puesto que han construido esta posibilidad, han dispuesto los stocks, han preparado cuidadosamente la extinción total de la vida. Su psicosis no es un acceso momentáneo, sino una arquitectura racional, una lógica sin mancha, una dialéctica rigurosa. Estáis persuadidos de que hemos vivido y vivimos en la posteridad a Hitler: me parece demostrado que él ha ganado la guerra. Su propia paranoia, que no era individual, sino histórica, a vencido a todos los Estados, ha investido su política exterior, y ello sin ninguna excepción. Ni un solo jefe de Estado, hoy, se conduce de forma distinta a él, bajo el criterio de la estrategia, del armamento, de la ceguera completa sobre los fines perseguidos por medio de estos stocks. Ninguno se conduce de forma diferente a él en cuanto al giro de la ciencia hacia fines de muerte. No digo: hay locos peligrosos en el poder (uno sólo bastaría); digo: en el poder no hay más que locos peligrosos. Todos juegan al mismo juego, y esconden a la humanidad que disponen su muerte. Sin azar. Científicamente." Michel Serres: Hermes III: La Traduction. Ed. Minuit.