PATRICIA HIGHSMITH Y EL ARMARIO CRIMINAL

 

 

            He descubierto recientemente a Patricia Highsmith. Reconozco que durante mucho tiempo me resistí a su obra literaria aunque había algo en ella que me atrajo desde niño. Su figura de dama solitaria que prefiere la compañía de los gatos a la de las personas, obsesionada por el crimen y la mentalidad de los criminales, y su aspecto lésbico (que yo no identificaba entonces aunque seguramente intuía) me acercaron a sus novelas. Sin embargo la fascinación por  “Extraños en un tren”, película de Hitchcock, no se reprodujo al leer el libro. Lo mismo puedo decir del personaje de Ripley, demasiado esnob, aunque la reciente versión de Minghella lleva sus implicaciones homosexuales a punto de ebullición.

            La lectura de “El diario de Edith” me ha descubierto a una gran analista psicológica, de despiadada inteligencia y solapada pero intensa sensibilidad. “El diario de Edith” es una novela tenuemente feminista aunque también, como muchas de la Highsmith, una novela sobre la masculinidad, en este caso la de Cliff, el hijo conflictivo, visto por la mentalidad norteamericana de la época en la que se sitúa el libro como un gay en potencia. El tópico ha presentado a la Highsmith como una inteligencia “masculina”. El interesarse por el crimen y el suspense ha sido considerado como propio de hombres. La negrura no era un terreno propio del sexo femenino. Podía serlo al estilo de Agatha Christie con simpáticas ancianitas investigadoras o inspectores típicamente británico, asesinatos de guante blanco, te con pastas  y flema inglesa. Pero el crimen en la Highsmith no es un crimen de buen gusto, aunque pueda resultar hermoso en su forma (a la manera de un Hitchcock) sino que esta teñido de la sordidez de las debilidades humanas.

            Highsmith fue en cierto modo una pionera de la literatura lésbica publicando “Carol” en plena década de los cincuenta. Aunque la novela es tímida y sexualmente recatada retrata una serena historia de amor entre mujeres en la Norteamerica posterior a maccarthy, sin patologización y con un final feliz.

            “El diario de Edith” es su novela más respetada por la crítica, en parte porque es una de sus pocas obras que se aleja totalmente de la literatura de género. Por otra parte logra un desgarrado retrato femenino y hace una interesante reflexión sobre el autoengaño presente en la creación literaria.

 

            Uno de los temas menos explorados de la figura literaria de Patricia es la de las relaciones que pueden establecerse entre la homosexualidad y la conducta criminal en un mundo en la que ambas forman parte de lo socialmente desaprobado y viniendo de una autora nacida en una nación donde la homosexualidad ha sido un delito hasta los años sesenta.

            El personaje de Ripley se apropia de una personalidad ajena en un acto de vampirismo que es también un acto de seducción y que pasa por la eliminación del amado. Tal y como aparece en el filme de Minghella las tendencias homicidas de Ripley son vividas como un caso de homofobia interiorizada y homosexualidad reprimida, hasta el punto de que el filme debió haberse llamado “El armario de Mr. Ripley”. Algo parecido hay en la ambivalente relación entre el psicópata Bruno el playboy Guy de “Extraños en un tren”. La introducción de Bruno en el mundo burgués y heterosexual de Guy bien puede ser visto como la irrupción de lo perverso en un mundo donde toda desviación de la norma aparece controlada. No es casual que el sexualmente ambiguo director de “La soga” se interesase por la novela.

            Patricia Highsmith sería la versión anglosajona de Gloria Fuertes si sustituimos los cuentos infantiles algo bobalicones y la poesía ambigua  por la novela psicológica e inteligente y el mundo de los criminales. Ambas vivieron su lesbianismo en una sociedad lesbófoba y ambas han sido pioneras en romper la invisibilidad de la pluma femenina.