JAVIER SÁEZ, SEJO CARRASCOSA,  Por el culo. Políticas anales,  Egales, 2011, 184 pp.

 

 

            La teoría queer parte de que el género es un constructo social sin fundamento natural, reivindicando aquellas sexualidades que no encajan en el molde heterocentrado. Entre los autores que han configurado esta línea de pensamiento están Butler, Rubin, Sedgwick o Wittig, con una clara influencia de los filósofos Foucault y Derrida. Pero al convertir lo queer en un corpus teórico corremos el riesgo de olvidar que en sus inicios se trataba de un movimiento emancipatorio con un fuerte interés político ajeno al mundo académico. Es por ello que Sáez y Carrascosa denuncian el uso mercantilista que ha adquirido este conjunto de doctrinas hasta el punto de borrarse su primigenio sentido callejero.

 

            El protagonista de este texto es el culo. Si el culo es el lugar de la infamia, de la abyección y de lo peor, al ocupar el centro del debate, los autores están ya operando en otro terreno. El solo hecho de escribir sobre un personaje que representa algo despreciable, implica una ruptura en relación con la mentalidad dominante. En la particular deconstrucción del culo que llevan a cabo Sáez y Carrascosa podemos diferenciar dos aspectos. Primero, trazan una genealogía del culo concluyendo al término de su recorrido su constante persecución política, social o religiosa. Segundo, analizan el significado de la práctica del fist-fucking como experiencia novedosa del espacio anal que, junto a otros gestos y compromisos fácticos, inaugura lo que dan en llamar “orgullo pasivo”.

 

            Hay que empezar señalando que el carácter perturbador del culo, su función desestabilizadora y condición inquietante, es consecuencia de que desmantela el binarismo de género masculino/femenino, precisamente por su existencia universal, al tiempo que desafía la oposición homosexual/heterosexual en la medida que el sexo anal, a pesar de su condena secular y su identificación con los maricas, no es una práctica constreñida a una orientación sexual exclusiva. El culo, podemos afirmar, cortocircuita la diferencia sexual hasta dinamitar la polaridad de sexos. En este sentido, tomarse en serio el culo exige repensar las rígidas divisiones que la tradición ha sedimentado hasta hacerlas pasar por naturales y normales -de ahí que toda preferencia que se aleje de los patrones autorizados sea estigmatizada. Pero los autores dan un paso más y proponen la tesis de que es el uso del ano el que condiciona la construcción de la sexualidad. Un culo impenetrable sellaría el acceso a la heterosexualidad y, en cambio, aquel otro penetrable, pasivo, receptivo y femenino, marcaría el ingreso en la homosexualidad. Desde esta perspectiva la primacía se desplaza de la genitalidad a un espacio vacío, sobrecargado, no obstante, de significaciones.

 

            Para comprender la animadversión que despierta la analidad, testimoniado por numerosas expresiones despectivas del lenguaje cotidiano, debemos situarnos en el universo mental del régimen heterocentrado. Éste impone un catálogo de papeles que debe ser ejecutado con rigor por cada uno de los géneros. Esta ordenación conductual establece una dicotomía entre el varón y la mujer que funda una distribución de roles tales como: actividad/pasividad, propietario/propiedad y público/privado. En esta serie de opuestos no finita, el homosexual queda equiparado al cuerpo femenino y, en consecuencia, definido en contraposición al varón que es quien comanda esta lógica dualista. Pero no deja de ser una ingenuidad o una forma de lavar la mala conciencia creer que el silencioso imperio del machismo que impregna todos los sectores de la vida comunitaria funciona como un deus ex machina, como si su pervivencia no requiriera de la cooperación de cada uno de los miembros del cuerpo social para lograr su eficacia. La gasolina que alimenta el poder no procede de una fuente misteriosa que atrae inexorablemente a los sujetos sino que cada individuo con sus chistes, mofas y comentarios homófobos y misóginos es responsable de que se mantenga bien engrasado el mecanismo de la marginación. El poder no ejerce, pues, su orden normativo desde fuera del sistema sino que lo hace a través de una tupida red de discursos y de prácticas muchas veces “insignificantes” o imperceptibles por estar perfectamente integradas en la vida diaria. En otras ocasiones la homofobia muda su rostro ocurrente o jocoso y adquiere maneras terribles como viene sucediendo en Irak desde 2009 con la persecución, tortura y asesinato de homosexuales por las milicias iraquíes. A este dato brutal se añade que en ocho países se aplica en la actualidad la pena capital a los maricas. Pero esta aversión al culo homosexual viene de antiguo. En los períodos de la historia en los que no se ha buscado erradicar de la tierra la plaga homosexual -el nazismo llevó al extremo esta voluntad tanatológica purificadora-, su aceptación, como ha acaecido en la cultura griega, se codificaba por medio de un complejo sistema de vigilancias sociales. Así, el joven, extrapolable al adulto, no podía dar muestras de goce -actitud pasiva-, debiendo, por el contrario, apuntar indicios de una virilidad futura. La mácula milenaria que sobre el homosexual pesaría se habría visibilizado en el cuerpo arruinado del enfermo de Sida, como si la enfermedad revelara la verdad del culo. La destrucción física del individuo pasaba a interpretarse como la objetivación de una depravación. Por otro lado, mientras la ciencia médica a finales del XIX hacía del homosexual una categoría con un carácter o forma de vida que abarcaba toda su existencia y que debía corregirse, Freud proclamará, algo desconocido hasta esa fecha, la vinculación entre la región anal y el placer sin establecer una valoración moral.

 

            Ahora bien, Sáez y Carrascosa no se limiten a hilvanar una historia del culo. Se retratan ante todo como activistas queer. Esta militancia se deja sentir en el título escogido, en la fotografía de la portada y en el lenguaje nada sofisticado empleado. Este aroma reivindicativo que exhalan las páginas conecta, como ellos mismos declaran, con el texto que publicó en 2007 Paco Vidarte, Ética marica. En ambos libros se contrapone a la política marica clásica de la vergüenza y del silencio o, en su versión democrática, del consenso y el diálogo, en una palabra, de la claudicación, una política activa y afirmativa. Una metáfora muy ilustrativa de esta forma de concebir la acción política es lo que Vidarte llama “agujero negro”: apropiarse de todo lo que brinda el sistema y no ofrecerle nada a cambio, excepto una oposición frontal. Este cambio de actitud queda patente en el proceso de reapropiación de las palabras “maricón” o “bollera”, provistas de una carga peyorativa y despectiva, a las que se asigna un valor positivo y afirmativo, convirtiéndolas en bandera de una orgullosa sexualidad disidente. El tercer ejemplo de esta revalorización, en este caso del culo, es el fist-fucking  o penetración anal con el puño. Su nacimiento se ubica en el seno de la comunidad gay de San Francisco en los años 70. El culo, excluido como zona placentera en favor de la genitalidad, es resexualizado y reintegrado en un universo simbólico diferente. En este tipo de prácticas el placer circula entre aquel que ofrece su ano y aquel que se adentra en el interior del otro. Lo interesante es que desmonta los principios reguladores de género y de sexo en cuanto que el ano y el brazo son ajenos a estos criterios clasificatorios, a la vez que cuestiona la distinción entre el ámbito público y el privado al realizarse ante la mirada de los demás.

 

            Por el culo es un ensayo muy bien escrito, riguroso y ameno, que indaga las causas que se ocultan tras la anofobia. Los discursos que del ano se han formulado lo han reducido a un espacio de muerte, suciedad y pasividad. Si su exclusión se ha decretado en nombre de la tiránica disciplina heteronormativa, de la horma heterosexual, su recuperación, tal y como proponen Sáez y Carrascosa, debe ser entendida como un acto político.

                                                                                 

 

 

                                  

                                                                                              Luis Aragón González.

 

Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

Agosto 2011

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