ZAPPING PARA AMAR

Se habla mucho del poder de los medios de comunicación, en especial de la televisión. Es cierto que la política hoy en día tiene en este medio audiovisual un arma fundamental de propaganda, sobre todo en países en vías de desarrollo donde apenas se lee prensa, como es el caso de España. Además de constatar este hecho, sobradamente conocido, es interesante preguntarse de dónde procede esta seducción y credibilidad de la televisión.

La tele tiene en el hogar y en la sociedad un lugar preeminente, como tenían antiguamente el oráculo, el balcón del ayuntamiento de la plaza pública, el púlpito en la iglesia, la tribuna en el desfile militar o el sillón de orejas del padre en el salón de la casa. Si ponemos estos ejemplos no es por casualidad, es para remarcar el vínculo existente entre ese lugar especial (diferenciado del conjunto) con el saber, la verdad y el poder.

La palabra que se emite desde esos lugares está investida de un valor específico, lo que se dice desde allí es verdad: el cura nos transmite la palabra de Dios, el militar vela por la seguridad nacional, el presidente sabe lo que es lo mejor para todos, el padre sabe cómo educar a la familia y administrar la casa.

Estos personajes han sido tradicionalmente objeto de identificación por parte del pueblo. Qué madre no ha deseado que su hijo fuera militar o cura, o al menos padre de familia (por cierto, advertencia a las madres: estos deseos no suelen verse cumplidos, a base de darle la tabarra con sus ideales el hijo suele salir insumiso y ateo).

Hay que reconocer que hay personajes que están de capa caída, como los reyes. Televisión Española hizo un esfuerzo ímprobo estas navidades emitiendo el mensaje del rey por la 1 y la 2 a la vez, pero el rey es más atractivo cuando practica deportes populares (esquí, vela, hípica, etc) o como portada en las revistas del corazón que como representante del Estado. Hoy en día es el sociólogo quien es escuchado con veneración cuando habla por la tele, a pesar de las obviedades que suele decir (es más, ya hay en marcha iniciativas populares pidiendo que sea Amando de Miguel quien pronuncie el mensaje navideño de su majestad el rey este año).

Ultimamente ha aparecido en la escena un nuevo personaje de gran credibilidad, generador de pasiones y amores: el presentador de televisión. Con su cuidado peinado, su mirada penetrante, su cara de buena persona, su traje recién planchado y su voz seductora, el presentador ha desbancado del ránking de popularidad a capitanes generales, obispos y padres. Sus palabras desde el televisor nos dicen la verdad de lo que pasa en el mundo, nos transmiten el saber objetivo y puro sobre la realidad, y lo que es más importante, el presentador nos ama.

 

Su poder para generar la realidad es mayor que el de los científicos, profesores o intelectuales, bastan unos segundos en pantalla para recibir la adhesión incondicional del público. Cada espectador trama un romance secreto con el presentador de televisión de turno (o presentadora), con la secreta certeza de que le mira sólo a él, con la seguridad de existir (veo la tele, luego existo). El hecho de que la tele sea el único objeto de la casa que mira le hace especialmente atractivo; el ser mirado nos reconoce a cada uno como ser en el mundo.

Este nuevo lugar del amo funciona con un enunciado que caracteriza a todos los dictadores, desde Perón hasta Felipe González: "yo sé lo que quiere el pueblo". De este modo, la verosimilitud es tan eficaz que se pasa a considerar el hecho televisivo como un argumento en sí: "es cierto porque lo han dicho en la tele", o lo que es peor, la persuasión por la vista: "han puesto imágenes". Casi nadie se plantea que esas imágenes pueden no coincidir con la noticia de que se habla, cosa que ocurre frecuentemente. Dentro de la política racista antiárabe de nuestros informativos, se puede destacar la aparición en la televisión de imágenes de mujeres iraníes chiítas con velo negro cuando se dan noticias de Marruecos o Túnez, países donde esa imagen islamista es casi inexistente (además, los iraníes no son árabes, y los marroquíes y tunecinos son sunníes, no chiítas). Así se promueve la conocida identificación "árabe, musulmán, fundamentalista, machista, loco, terrorista, nos van a invadir, etc".

Pero además de la propaganda política, hay otro efecto más íntimo de seducción, amoroso: cuando los Lobatón, Julián Lago, Mariñas, Matías Prats, Milá, Nieves Herrero, Hermida o Gabilondo nos miran con carita de cordero degollado diciendo que trabajan para decirnos la verdad, porque el pueblo quiere saber, cómo no sentirnos amados, y cómo no amar a ese ser distinto, superior y eminente?

El problema se agrava con la fidelidad, cuando empezamos a desear a más de un presentador y aparecen en distintas cadenas a la vez; qué hacer? Es lícito aquí el zapping, es una traición, un coitus interruptus, un ménage à trois? Es prostitución alquilarse un vídeo de Matías Prats y ponerse morado a verlo en vez de esperar pacientemente la hora del telediario? Todas estas cuestiones las resuelve cada uno como puede, sentado frente a ese espejo favorito que duplica nuestra soledad cada noche.

 

 

Javier Sáez