EL REDESCUBRIMIENTO DEL TIEMPO

 

 

Es para mí un placer y un honor haber sido invitado a dar hoy la conferencia Marc Bloch.

He releído recientemente algunos textos de este gran historiador y me ha sorprendido la convergencia entre la transformación del "oficio de historiador" que describe y la de la física que nosotros conocemos hoy. La historia, nos dice Marc Bloch, es "una ciencia en la infancia [...] O, para decirlo mejor, envejece bajo la forma embrionaria del relato, obstruida mucho tiempo por ficciones, aún más tiempo unida a los acontecimientos inmediatamente más aprehensibles, ella es, como empresa razonada de análisis, muy joven" (1)

Es probable que, hablando de la historia como de una ciencia "joven", Marc Bloch pensaba en la física como una ciencia "madura". No señala por otra parte en el mismo texto que la imagen de las ciencias físicas en el siglo XIX fascinó a ciertos historiadores hasta tal punto que éstos "creyeron posible instituir una ciencia de la evolución humana" que excluiría "muchas realidades muy humanas, pero que les parecían desesperadamente rebeldes a un saber racional. Este residuo era lo que llamaban, desdeñosamente, el acontecimiento" (2). El hecho de que el modelo de la física haya podido inspirar un desprecio del acontecimiento me parece que traduce una vuelta a*la "juventud" de esta ciencia. Se puede decir de la física que durante mucho tiempo también ha sido "obstaculizada por ficciones", ciertamente no unida a acontecimientos inmediatamente aprehensibles sino a un modelo de inteligibilidad en cuyo nombre ha creído, por el contrario, poder negar la realidad inmediatamente aprehensible, el carácter aleatorio de una tirada de dados o la naturaleza intrínsecamente irreversible de un proceso como la difusión del calor, por ejemplo.

En relación con la cita*de Marc Bloc, querría remitirme al testimonio de un especialista de la más antigua de las ciencias físicas, la mecánica racional, Sir James Lighthill, presidente, en el momento en que hacía esta declaración, de la International Union of Theoretical and Applied Mechanics: "Aquí, debo pararme y hablar en nombre de la gran fraternidad de los que practican la mecánica. Somos muy conscientes hoy de que el entusiasmo que alimentaban nuestros predecesores por el éxito maravilloso de la mecánica newtoniana les ha llevado a generalizaciones en el dominio de la predicción [...] que ahora sabemos que son falsas.

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* Conferencia Marc Bloch pronunciada el 10 de junio de 1987 en el Gran Anfiteatro de la Sorbona.

Agradezco a Isabelle Stengers la ayuda que me ha aportado en la redacción de esta exposición.

Mi limito aquí a indicar el origen de las citas aparecidas en mi texto. En lo concerniente a las referencias científicas, el lector consultará La Nouvelle alliance (París, Gallimard, l979) [hay traducción en castellano: La Nueva alianza, Alianza Universidad nº 368, 1990], Physique, temps et devenir (París, Masson, 1982), así como el nuevo libro, Entre le temps et l'eternité (Paris, Fayard, 1988) [en castellano, Entre el tiempo y la eternidad, Alianza Universidad nº 643, l990], escritos en colaboración con Isabelle Stengers.

 

Queremos, colectivamente, presentar nuestras excusas por haber inducido a error al público cultivado recogiendo, a propósito del determinismo de los sistemas que satisfacen las leyes newtonianas del movimiento, ideas que se han revelado, después de 1960, como incorrectas." (3)

 

He aquí una declaración que bien se puede llamar rompedora. Los historiadores de las ciencias están acostumbrados a "revoluciones" en el curso de las cuales una teoría es vencida, abandonada, mientras otra triunfa. ¡Pero es raro que los especialistas de una teoría reconozcan que, durante tres siglos, se han equivocado en cuanto a la inclinación y a la significación de su teoría! Y ciertamente, la renovación que conoce desde algunas décadas la dinámica es un acontecimiento único en la historia de la ciencia. El determinismo, que aparecía como la consecuencia ineluctable de la inteligibilidad dinámica, se encuentra hoy relegado a una propiedad válida sólo en casos particulares.

Es evidente que, desde el punto de vista del ideal del determinismo, la noción misma de historia está desprovista de sentido. Las trayectorias celestes no tienen historia, por ello podemos predecir indiferentemente un eclipse en el futuro y en el pasado. Pero la difusión del calor que ya he citado como ejemplo de proceso irreversible tampoco constituye una historia. Un proceso que nivela progresivamente una diferencia de temperatura no se narra, se prevé; sin tales procesos de uniformización, la vida sobre la tierra sería en verdad imposible, así como la mayor parte de nuestras técnicas. ¡Es suficiente imaginar lo que sería un mundo donde las diferencias de temperatura aumentaran*espontáneamente! Pero la vida sobre la tierra comienza cuando el calor se ha implicado en otros procesos diferentes a éste. Cómo no pensar aquí en estas teorías recientes sobre el origen de la vida según las cuales es alrededor de las fuentes calientes submarinas que proliferan a lo largo de las dorsales activas donde la vida habría aparecido. ¡El agua, cargada de metales, brotando de esas fuentes con una presión de unas 275 atmósferas y una temperatura que puede alcanzar 350ºC *en contacto con el agua muy fría del océano! Ciertamente, el agua hirviendo se enfría, y esta uniformización forma parte del envejecimiento progresivo de la Tierra, pero quizá la actividad físico-química intensa que se desarrolló alrededor de chimeneas hidrotermales hoy fósiles, olvidadas en alguna parte al lo largo de una dorsal, ha producido los primeros actores de la historia de la vida.

La heterogeneidad, el contraste entre diferentes escalas de tiempo, la de la Tierra, la de la existencia de una boca hidrotermal, la de los primeros "vivientes" que, quizá, proliferaron allí, ¿no recuerdan las tres "historias" a las que Fernand Braudel consagraba las tres partes de su gran obra?: "La primera propone*una historia casi inmóvil, la del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea; una historia lenta en fluir y en transformarse, hecha muy a menudo de retornos incesantes, de ciclos recomenzados sin fin... Por encima de esta historia inmóvil, una historia lentamente ritmada, diríamos gustosamente, si la expresión no hubiera sido desviada de su sentido pleno, una historia social, la de los grupos y de los individuos. Finalmente la tercera parte, la de la historia tradicional, si se quiere, de la historia a la dimensión no del hombre sino del individuo, la historia del acontecimiento de François Simiand..." (4).

Sin duda, las relaciones entre las "tres" historias braudelianas están más imbricadas de lo que acabo de evocar. Los seres vivos, incluso los hombres, son impotentes para parar los procesos radioactivos cuyo calor disipan las bocas hidrotermales, mientras que la actividad de los grupos sociales ha modificado profundamente la historia "inmóvil" de las relaciones del hombre con su medio, y la historia de las ciencias, historia hasta hace poco de un número bastante reducido de individuos, es sin duda el mejor ejemplo del modo como, en ciertas circunstancias, la historia "del acontecimiento" puede jugar un papel determinante en la "historia social". Sin embargo, esta diferencia es secundaria en relación al abismo que separa estos dos "relatos" del modo de inteligibilidad a que se ha identificado la física durante mucho tiempo. En la perspectiva de la física tradicional, incluso el envejecimiento progresivo de la Tierra no es más que una apariencia, ligada a nuestras aproximaciones prácticas. Es más allá de este mundo fenomenal donde debemos buscar una verdad esencialmente atemporal que niega tanto la irreversibilidad como el acontecimiento.

Lo he dicho al comienzo de esta exposición, la física se reencuentra hoy como una ciencia joven. Desde que Laplace, se dice, afirmó a Bonaparte que no habría un "segundo Newton", porque no había más que un solo mundo que descubrir, son numerosos los físicos que han pensado que su ciencia estaba en vías de finalizar. Un problema más a resolver, y todo se aclarará, al menos al nivel de los principios. Hoy, podemos afirmar por el contrario que el mundo de los procesos físicos y químicos, lejos de ser comprendido "en su principio", queda todavía por descubrir ampliamente*. La irreversibilidad, el acontecimiento ya no son para los físicos la marca de la apariencia que las leyes de la física permiten rebasar. Caracterizan de manera intrínseca un mundo cuyas preguntas comenzamos a comprender solamente.

Esta transformación del juicio que una ciencia puede hacer sobre su propia historia es, creo, por su naturaleza de interés para los especialistas de las ciencias humanas en al menos tres planos: primero, en tanto que la física es una historia humana; después porque el modelo que constituía la física de ayer ha jugado, como Marc Bloch lo señalaba, un papel en el desarrollo mismo de las ciencias humanas; finalmente porque la física de hoy, en la medida en que se descubre ciencia del devenir físico-químico y no de las leyes intemporales que harían de ese devenir una apariencia, reencuentra en su propio dominio algunos de los problemas que han llevado hasta ahora* a dudar de la "cientificidad" de las ciencias humanas.

En La Nueva alianza (5), hemos descrito la "crisis" de las dos culturas. ¿Cómo comprender la historia humana si la comprensión se identifica con la búsqueda de leyes que reducen toda la historia al encadenamiento indiferente de causas y de efectos? Es curioso por otra parte que la historia haya sido dos veces la víctima de este conflicto. Así, para hacer frente al modo de inteligibilidad físico, es más allá de la historia de los hombres como Kant buscó un fundamento a sus prácticas.

El hombre atemporalmente libre, respondiendo a un imperativo ético que transciende la historia, dominando por el conocimiento una naturaleza sumisa a leyes que ignoran toda posibilidad de historia: cómo sorprenderse de que este cara a cara inestable haya puesto en cuestión sus dos términos, la libertad y el conocimiento. Cada conquista en la inteligibilidad del hombre, venga de la antropología, de la historia o de las ciencias biológicas, ha podido ser vista como una amenaza de "reducción" del hombre a un fenómeno como los otros. Y el conocimiento científico mismo ha sido, muy recientemente todavía, asociado a la "barbarie". "Por qué y cómo cierto tipo de saber, aparecido en la época de Galileo y considerado después como el único saber, produce, según las vías de una necesidad localizable y plenamente inteligible, la subversión de todos los demás valores, tanto de la cultura como de la humanidad del hombre, es* perfectamente posible de comprender -a poco que se disponga de una teoría de la esencia de todo saber posible y de su fundamento", escribe Michel Henry (6).

No corresponde a un físico discutir con un filósofo de "la esencia y del fundamento de todo saber posible", ni sustituir a los historiadores para evaluar la "necesidad plenamente inteligible" que lleva a un saber a subvertir la humanidad del hombre. Sin embargo, en tanto que físico, me está permitido sospechar que se ha producido una amalgama demasiado rápida. La física de hoy es en efecto heredera de este saber "aparecido en la época de Galileo", pero no implica y sobre todo no justifica la subversión de la cultura. Permite correlativamente afirmar que la racionalidad puesta en cuestión por Michel Henry es no "la" racionalidad científica sino una imagen histórica, cargada de cultura, de esta racionalidad.

Del mismo modo, en un libro reciente, Allan Bloom (7) ha recordado la crítica que Swift dedicó a la racionalidad científica. Los habitantes de Laputa, perfectos cartesianos, tienen un ojo girado hacia el cielo, cuyas leyes matemáticas descifran, y el otro girado hacia el interior, hacia su subjetividad egoísta. Y la isla volante de Laputa domina la Tierra gracias al poder técnico fundado sobre el descubrimiento de principios físicos. La ciencia sería por tanto la aliada natural del poder, que domina lo que ella decide* ignorar, los hombres que no son ni figuras geométricas ni pura subjetividad reflexiva.

El problema promovido por Swift es grave, y no es de esos que una simple transformación teórica puede resolver. Sin embargo, en la medida en que el modelo de la física ha servido históricamente de referencia y de garante a las lecturas de la racionalidad científica, podemos decir hoy que esta racionalidad ya no puede ser invocada para justificar que los científicos sigan el modelo de los habitantes de Laputa. El enfrentamiento* entre el objeto sometido a leyes intemporales y el sujeto libre, dominando el mundo pero despojado de los lazos múltiples que éste teje con él, ya no puede en lo sucesivo decirse "racional" en el sentido de que sería racional oponer el mundo "verdadero", "legal", descifrado por la ciencia, al turbio mundo donde vive el científico.

El ideal clásico de la ciencia, el descubrimiento de un mundo inteligible pero sin memoria, sin historia, remite a la pesadilla anunciada por Kundera, Huxley y sobre todo Orwell: en 1984 la lengua misma ha sido aislada* de su pasado, y por tanto también de su poder de invención de los futuros; contribuye a apresar a los hombres en un presente sin salida ni alternativa. Esta pesadilla es sin duda la del poder. Pero la supresión de la memoria, la eliminación de los relatos, la reducción de la imaginación ya no pueden prevalecer* como el ideal de inteligibilidad que encarnaba la física para pretender* ser el precio "racional" a pagar por la constitución de la sociedad en objeto "científico". Muy al contrario, el ejemplo de la física conduciría, como veremos, a definir los juicios a priori a propósito de lo que pueden* los hombres, y a propósito de los modelos múltiples sobre los cuales el pasado y el futuro se penetran entre sí en sus presentes, así como* en mutilaciones, destructoras de lo que se busca comprender.

Puede parecer extraño que el desarrollo de la física que, ayer, había llevado a Kant a concluir que lo científico no debe "aprender" de la naturaleza sino dirigirse a ella como juez, sabiendo de antemano cómo debe responder, a qué principios está sometida, pueda hoy llevarnos a conclusiones opuestas, a la imposibilidad de juzgar a priori lo que es la descripción racional de una situación, a la necesidad de aprender de ella cómo podemos describirla. Ahí está pues la consecuencia no de un retroceso de la física, sino de su progreso. En la medida en que la física de hoy es susceptible de construir una descripción inteligible del devenir de la materia sin reducirlo a una apariencia, descubre un mundo abierto cuya diversidad no puede ser reducida por ningún esquema racional único. La física, hoy, ya no es la ciencia de un Universo infinito pero cerrado en cuanto a sus comportamientos y sus modos de conocimiento posibles. Es descubrimiento de un mundo marcado por la emergencia de lo nuevo.

Del mundo cerrado al Universo infinito: es así como Alexander Koyré había caracterizado la transformación cosmológica fundamental que implica y explicita la física moderna. Retrospectivamente, comprendemos mejor los límites de la explicitación por las leyes físicas de este infinito abierto por la destrucción de las certidumbres aristotélicas. Mientras que el descubrimiento de lo infinito, de la proliferación de los posibles, del carácter arbitrario de todo límite, iba a penetrar en todos los dominios de la cultura, la física reducía el infinito a la repetición infinita de lo mismo. Esto* era así porque los objetos que privilegiaba guardaban por modelo común los movimientos periódicos de los planetas que constituyeron su primer campo de exploración.

Entramos aquí en la descripción del desarrollo teórico de la física contemporánea. MI último enunciado tiene en efecto un sentido técnico preciso. Todo sistema dinámico "integrable", es decir, cuyas trayectorias se pueden calcular de manera exacta, puede efectivamente por definición ser representado en términos de movimientos periódicos independientes los unos de los otros. Toda trayectoria dinámica tiene por verdad fundamental la periodicidad de los movimientos planetarios.

Esta verdad la volvemos a encontrar en la definición misma de la trayectoria dinámica. Toda trayectoria dinámica es por definición determinista y reversible: define el futuro y el pasado como equivalentes e idénticamente deducibles del presente. De igual modo que las leyes de la dinámica no nos permitirían decir a priori en qué sentido gira la Luna alrededor de la Tierra, no establecen ninguna diferencia intrínseca entre una evolución que parte de un estado inicial hacia un estado situado en el futuro y la evolución que partiría de este estado futuro hacia el estado inicial. Si imagináramos la velocidad de la Luna instantáneamente invertida, veríamos a ésta "remontarse" hacia su pasado. Igualmente, si invirtiésemos instantáneamente todas las velocidades de un sistema de cuerpos en movimiento, este sistema recorrería en sentido inverso la sucesión de todos los estados que le han llevado al momento de la inversión.

La reversibilidad de la leyes dinámicas, así como de las leyes de las dos ciencias fundamentales creadas en el siglo XX, la mecánica cuántica y la relatividad, traducen una negación del tiempo tan radical como ninguna cultura, ningún saber colectivo jamás había imaginado. Muchas especulaciones han cuestionado la idea de novedad, han afirmado el inexorable encadenamiento de las causas y de los efectos. Muchos saberes místicos han negado la realidad de este mundo cambiante e incierto y han definido el ideal de una existencia que permite escapar al dolor de la vida. Conocemos por otra parte la importancia, en la Antiguedad*, de la idea de un tiempo circular, que vuelve periódicamente a sus orígenes. Pero el mismo eterno retorno está marcado por la flecha del tiempo, como el ritmo de las estaciones o el de las generaciones humanas. Ninguna especulación, ningún saber afirmó nunca la equivalencia entre lo que se hace y lo que se deshace, entre una planta que crece, florece y muere y una planta que resucita, rejuvenece y vuelve a su grano primitivo, entre un hombre que madura y aprende y un hombre que, progresivamente, se vuelve niño, después embrión, después célula.

Y por ello, desde su origen, la dinámica era portadora de esta negación, la teoría física que se identifica con el triunfo mismo de la ciencia. Históricamente, es notable que los físicos no hayan tomado consciencia de esta consecuencia de las leyes dinámicas antes de ser constreñidos* por ellas. Laplace había anunciado el determinismo de un mundo sometido a las leyes de la dinámica: su demonio, contemplando un instante del Universo, podría deducir de él indiferentemente el pasado y el porvenir en sus menores detalles. Pero es solamente al final del siglo XIX cuando aparece el "demonio de Maxwell", el cual, capaz de observar y de modificar el curso individual de las moléculas, podría luchar contra la irreversibilidad, y para quien no tiene sentido intrínseco la diferencia entre pasado y futuro que permite definir el segundo principio de la termodinámica.

Sería por tanto un error de perspectiva ver en la negación de la flecha del tiempo por la física una "conquista conceptual", similar por ejemplo a la negación hecha por la relatividad de la simultaneidad absoluta de dos acontecimientos distantes. Por el contrario, la formulación por Clausius del famoso "segundo principio de la termodinámica", "la entropía del Universo crece hasta su máximo", marca la importancia que los físicos del siglo XIX atribuyeron al hecho de que la física, finalmente, al igual que otras ciencias de la época, podía describir un mundo "histórico".

Ciertamente, la historia termodinámica del mundo parecía deber resumirse en una evolución fatal hacia la "muerte térmica", hacia la nivelación definitivo de todas las diferencias que alimentan los procesos irreversibles. La producción de entropía que define la irreversibilidad de un proceso termodinámico define en efecto a éste por la destrucción progresiva que opera de sus propias condiciones. El flujo de calor tiene por condición una diferencia de temperatura y anula sin retorno esta diferencia. Sin embargo, para ciertos físicos tales como Planck y Boltzmann, lo esencial era que la naturaleza perdía, con el segundo principio, la indiferencia que parecía conferirle la dinámica. El segundo principio traducía, como dijo Planck, que la naturaleza no es indiferente, que tiene "propensiones", "preferencias" por ciertos estados. La física de los sistemas disipativos, productores de entropía, a recogido esta concepción de Planck bautizando los regímenes finales de una evolución irreversible con el nombre de "atractor".

La física, a finales del siglo XIX, ha conocido una crisis profunda con el descubrimiento del carácter intrínsecamente irreconciliable de las leyes de la dinámica y de la irreversibilidad termodinámica. No puedo entretenerme aquí sobre el dramático fracaso de Boltzmann, que creyó poder dar una interpretación puramente dinámica al crecimiento de la entropía y se vio progresivamente forzado a negar el carácter intrínseco de la irreversibilidad, y a definirla como relativa al nivel macroscópico donde se sitúan nuestras observaciones. Se puede ver en la transformación de este fracaso en triunfo el verdadero nacimiento de la física de comienzos del siglo XX, esta física de la que Einstein ha constituido el mejor símbolo y que se atribuyó como vocación descubrir, más allá de los fenómenos cambiantes, una verdad intemporal. ¿Tuvo Dios la menor opción, en el momento de crear el Universo?: esta es, dijo un día Einstein, la única pregunta que debería interesar verdaderamente a un físico.

Hoy, la física a reencontrado una nueva coherencia orientada no sobre la negación del tiempo, sino sobre el descubrimiento del tiempo en todos los niveles de la realidad física. Consagraré la segunda parte de mi exposición a las perspectivas que abre esta nueva coherencia.

 

Comencemos por esta física de los sistemas disipativos, de los sistemas caracterizados por "atractores" en la que Boltzmann y Planck habían visto el anuncio de una física del devenir. Sabemos hoy que su esperanza estaba justificada. La evolución irreversible de un sistema hacia su estado atractor no puede ser identificada con una evolución hacia la uniformidad más que en el caso de que el atractor sea el estado de equilibrio termodinámico. Lejos del equilibrio, la ireversibilidad, la producción de entropía pueden ser definidas como fuente de orden.

Consideremos una situación experimental muy simple: la experiencia de termodifusión. Tenemos dos recintos unidos por un canal y llenos de una mezcla de dos gases, por ejemplo de hidrógeno y de nitrógeno. Partimos de una situación de equilibrio: los dos recintos están a la misma temperatura, a la misma presión, y contienen la misma mezcla homogénea de los dos gases. Establezcamos ahora una diferencia de temperatura entre los dos recintos. La desviación del equilibrio que constituye esta diferencia de temperatura no puede ser mantenida más que si es alimentada por un flujo de calor que compense los efectos de la difusión térmica. No estamos* pues en un sistema "aislado", sino en un sistema "cerrado", donde uno de los recintos es calentado permanentemente mientras que el otro es enfriado. Así pues, la experiencia muestra que, unido al proceso de difusión de calor, se produce un proceso de separación de los dos gases. Cuando el sistema haya alcanzado su estado estacionario, tal que, para un flujo de calor dado, la diferencia de temperatura ya no varíe en el curso del tiempo, habrá más, digamos, hidrógeno en el recinto caliente, y más nitrógeno en el frío, siendo la diferencia de concentración proporcional a la diferencia de temperatura.

Vemos que, en este caso, la actividad productora de entropía no puede ser asimilada a una simple nivelación de las diferencias. Ciertamente, la difusión térmica juega este papel, pero el proceso de separación de los gases mezclados que se produce por acoplamiento* con la difusión es un proceso de creación de diferencia, un proceso de "anti-difusión" que mide una contribución negativa a la producción de entropía.

Este simple ejemplo muestra hasta qué punto es necesario que nos liberemos de la idea de que la actividad productora de entropía es sinónimo de degradación, de nivelación de las diferencias. Pues, si es cierto que debemos pagar un precio entrópico por mantener en su estado estacionario el proceso de termodifusión, también es cierto que este estado corresponde a una creación de orden. Una nueva mirada se vuelve ahora posible: podemos ver el "desorden" producido por el mantenimiento del estado estacionario como lo que nos permite crear un orden, una diferencia de composición química entre los dos recintos. El orden y el desorden se presentan aquí no como opuestos el uno al otro sino como indisociables.

¿A qué llamamos orden? ¿A qué llamamos desorden? Cada uno sabe que las definiciones varían y traducen frecuentemente juicios sobre la belleza, la utilidad, los valores. Por tanto, estos juicios se enriquecen también de lo que aprendemos. Durante mucho tiempo, la turbulencia se nos ha impuesto como el ejemplo por excelencia de desorden. Por el contrario, el cristal ha aparecido como la figura del orden. En adelante estamos en condiciones de complicar este doble juicio. Sabemos hoy que debemos comprender el régimen turbulento como "ordenado": los movimientos de dos moléculas situadas a distancias macroscópicas, que se miden en centímetros, están correlacionados. Por el contrario, los átomos que forman un cristal vibran alrededor de su posición de equilibrio de forma incoherente: el cristal está desordenado desde el punto de vista de sus modos de excitación.

Pero el ejemplo de la termodifusión va más lejos de* articular "orden" y "desorden", y plantea el problema del "precio" de la creación de orden. La separación química entre los dos gases, que no es una selección ejecutada de una vez por todas sino un proceso permanente, tiene por precio una creación de "desorden", la nivelación también permanente de la diferencia de temperatura que mantiene el flujo de calor. Encontramos una articulación parecida en el metabolismo viviente, donde la construcción de las moléculas biológicas compuestas se acompaña de la destrucción de otras moléculas, correspondiendo la suma de los procesos, por supuesto, a una producción de entropía positiva. Pero ¿podemos prolongar esta idea allí donde la termodinámica ya no puede guiarnos, allí donde se trata en particular de las relaciones de los hombres entre ellos y con la naturaleza? La intensificación de las relaciones sociales que favorece la vida urbana, por ejemplo, ¿no ha sido al mismo tiempo fuente de despilfarro, de polución, y de invenciones, prácticas, artísticas, intelectuales? La analogía es fecunda puesto que articula lo que demasiado a menudo estamos tentados a oponer, pero no funda, hay que decirlo, ningún juicio en cuanto a los valores respectivos de lo que es creado y destruido, y sobre todo no legitima nuestra historia como necesaria u óptima. El ejemplo de la física puede alumbrar el problema planteado a los hombres, no resolverlo.

 

Volvamos a la físico-química. El fenómeno de termodifusión es un fenómeno continuo: la separación de los dos gases es proporcional a la diferencia de temperatura. Pero, en otros casos, nos encontramos* con fenómenos bruscos, espectaculares, con la aparición de nuevos regímenes de funcionamiento, cualitativamente diferentes, que se producen a una distancia determinada del equilibrio, es decir, a partir de un umbral de intensidad de los procesos irreversibles cuyo asiento es el sistema.

No nos entretendremos aquí en el descubrimiento de las "estructuras disipativas". Tomemos, para iluminar la sorpresa que han constituido, el ejemplo célebre de la "inestabilidad de Bénard". Una delgada capa líquida es sometida a una diferencia de temperatura entre la superficie inferior, calentada permanentemente, y la superficie superior, en contacto con el entorno exterior. Para un valor determinado de la diferencia de temperatura, el transporte de calor por conducción, donde el calor se transmite por colisión entre las moléculas, pasa* a un transporte por convección, donde el calor se transmite por un movimiento colectivo de las moléculas. Se forman entonces torbellinos que distribuyen la capa líquida en "celdas" regulares. Miles de millones de moléculas que, antes, tenían un movimiento desordenado, particpan ahora en un comportamiento colectivo. La formación de las celdas de Bénard constituye verdaderamente la emergencia de un fenómeno macroscópico, caracterizado por dimensiones del orden de un centímetro, a partir de una actividad microscópica que no implicaba más que longitudes del orden del angstrom (10 elevado a -8 cm). ¿Cómo hubiéramos podido creer posible la emergencia de este comportamiento colectivo si la experiencia no lo hubiera impuesto?

NOTAS:

 

 

1. M. Bloch, Apología de la historia u Oficio de historiador, París, Armand Colin, l949: XIV.

 

2. Ibid.: XV.

 

3. J. Lighthill, "The Recently Recognized Failure of Predictability in Newtonian Dynamics", en Proceedings of the Royal Society, Londres, A 407, 1986: 35-50.

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