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Continúa aquí la segunda parte del artículo de Ilya Prigogine sobre la nueva concepción del tiempo a que ha llegado la física actual. ¿Qué hace un premio Nobel de química hablando a historiadores? La respuesta es compleja y apasionante: la oposición tradicional entre física e historia, entre ley y acontecimiento, no puede ya mantenerse. Los físicos saben hoy que su mundo, sus objetos, también están inmersos en el devenir, marcados por diferentes escalas de tiempo entrelazadas, por acontecimientos que crean diferencias irreductibles entre pasado y futuro. El ideal clásico de la física, el sueño de Laplace de un Universo determinista, totalmente predecible, ha terminado, irreversiblemente. La física ha tardado en comprender que las leyes físicas fundamentales que negaban la irreversibilidad del tiempo tenían una validez muy limitada, referida sólo a objetos excepcionales por su simplicidad. Lo real es complejo, y está marcado por la flecha del tiempo; ésta atañe tanto a la física de partículas como a la cosmogonía, está presente en el átomo y en el origen del Universo. La renovación conceptual de la física que propone Prigogine apunta a una coherencia nueva entre los saberes, a una cooperación entre azar y necesidad, a una articulación inédita entre lo científico y lo práctico basada en el redescubrimiento del tiempo.

EL REDESCUBRIMIENTO DEL TIEMPO.

 

Parte II.

Por Ilya Prigogine.

 

¿Qué pasará si...? ¿Qué habría pasado si...? Son éstas preguntas no sólo de historiador, sino también de físico frente a un sistema que ya no puede representarse como manipulable y controlable. Estas preguntas no remiten a una ignorancia contingente y superable sino que definen la singularidad de los puntos de bifurcación, donde el comportamiento del sistema se vuelve inestable y puede evolucionar hacia varios regímenes de funcionamiento estables. En tales puntos, un "mejor conocimiento" no nos permitiría deducir lo que ocurrirá, sustituir la certidumbre a las probabilidades. Es pues el "diagrama de las bifurcaciones", el "mapa de los posibles" que explora un sistema cuando se ha apartado progresivamente del equilibrio por una modificación de sus relaciones con su medio, el que determina en cada caso lo que será previsible, y lo que sólo seremos capaces de constatar y contar.

 

Igualmente lejos del equilibrio, un sistema puede volverse sensible a algunos aspectos de su propia realidad que eran insignificantes en equilibrio. Es el caso, como hemos visto, de la no-linealidad de los procesos que se producen en dicho sistema, pero es igualmente el caso para una fuerza tal como la fuerza de gravitación. Ésta no tiene efecto observable en un sistema en equilibrio, pero sin ella las celdas de Bénard no se formarían. Es pues la actividad disipativa misma quien determina lo que, en la descripción de un sistema físico-químico, es pertinente o puede ser despreciado.

¿A qué es sensible un ser? ¿Por qué puede ser afectado? ¿De qué le hacen capaz sus relaciones con su mundo? Tales cuestiones toman ya sentido para "seres" tan simples como los sistemas físico-químicos. ¿Por qué no se plantearían más urgentemente aún a los que estudian los seres vivos, dotados de memoria, capaces de aprender y de interpretar? ¿Cómo no encontrarían un sentido aún más crucial cuando se trata de hombres a los que el lenguaje hace sensibles a la indefinida multiplicidad de sus pasados, de los futuros que pueden temer o esperar, de las lecturas divergentes que estallan desde el presente? ¿No son las ciencias, ellas mismas, uno de los vectores de esta sensibilidad? Para los hombres de hoy, el "big bang" y la evolución del Universo forman parte del mundo, con el mismo derecho que, ayer, los mitos del origen. ¿Cómo juzgar a priori lo que "es" el hombre, cuáles son los conceptos pertinentes para definir su identidad si ya la identidad de un sistema físico-químico es relativa a su actividad? ¿Cómo un físico, después del descubrimiento del papel crucial de las relaciones lineales en física, podría ignorar la singularidad de la historia de los hombres donde tales relaciones son omnipresentes, enredando puntos de vista locales, visiones globales, representaciones divergentes del pasado, del presente y del porvenir?

 

Los instrumentos conceptuales producidos por la física de los sistemas disipativos ya no son los instrumentos de un juicio, destinado en principio a diferenciar entre las apariencias anecdóticas, circunstanciales, y una verdad general. Son instrumentos de exploración, susceptibles de engendrar nuevas cuestiones, de suscitar distinciones inesperadas. Así ocurre por ejemplo con el descubrimiento de la gran diversidad de los atractores. Ya he aludido a los atractores "puntuales", el estado de equilibrio principalmente, a los atractores periódicos, que traducen los "relojes químicos". Pero conocemos desde hace algunos años atractores caóticos que confieren a un sistema, descrito sin embargo por ecuaciones deterministas, un comportamiento errático. ¿Qué pertinencia tendrán tales instrumentos en la exploración de esta realidad múltiple, concreta, que es la de la naturaleza y la historia de los hombres? No puedo detenerme aquí para describir los temas donde ya intervienen, el de la meteorología o el del origen de la vida, principalmente. El punto esencial, me parece, es que el ejemplo de la física ya no puede arrastrar a otras ciencias a "fisicalizar" su objeto, sino que debe, por el contrario, abrirlas al problema que comparten con la física, el problema del devenir.

 

Llego ahora a la última parte de mi exposición, al problema de la coherencia de la física misma. La convicción de Boltzmann, para quien la irreversibilidad debía estar en el centro de la física, está hoy comprobada: la irreversibilidad abre la física al problema del devenir. Pero las leyes fundamentales de la física condenarían esta irreversibilidad como determinada por un modo de descripción aproximativo. Sería porque ignoramos el movimiento de cada molécula individual y porque caracterizamos un sistema en términos de variables macroscópicas por lo que observamos una evolución irreversible, la evolución hacia el estado macroscópico más probable, la que realiza la inmensa mayoría de las configuraciones microscópicas a priori posibles. Las probabilidades y la irreversibilidad no tendrían pues más que una significación negativa, traducirían la distancia entre el observador humano y aquel que podría observar un sistema de miles de millones de moléculas como nosotros observamos el sistema planetario.

 

En mecánica cuántica, la situación es más compleja. Todos saben que la mecánica cuántica no puede predecir más que probabilidades. Sin embargo la ecuación fundamental que está en el centro de la mecánica cuántica - la ecuación de Schroedinger -describe una evolución determinista y reversible. Es el acto de medida, irreversible, lo que introduce las probabilidades en mecánica cuántica. Esta estructura dual propia de la mecánica cuántica - la evolución de la función de onda inobservable en el espacio de Hilbert y su "reducción", que permite determinar las probabilidades de los diferentes tamaños observable - ha hecho correr ríos de tinta. Es ella la que ha llevado a ciertos físicos a afirmar que, en el fondo, es la consciencia humana quien es responsable de la posibilidad de caracterizar el mundo cuántico en términos de probabilidad de observación.

 

Como ya señalamos en La Nueva alianza, el formalismo actual de la mecánica cuántica traduce por su singularidad misma su solidaridad profunda con el modo de conceptualización clásico de la física, y hace aparecer de manera explícita los límites de éste. Toda descripción física se refiere a observaciones, a medidas, y no existe medida sin marca, sin producción irreversible de un rastro. Naturalmente, en astronomía por ejemplo, podemos olvidar que si se puede observar una estrella lejana es porque arde irreversiblemente y porque los fotones que emite impresionan la retina del astrónomo o su placa fotográfica. Pero cuando se trata de "observar" el mundo cuántico, nuestro único acceso experimental es el acontecimiento, colisión, emisión o absorción de fotones, desintegración, etc. Ahora bien, al igual que la mecánica clásica, la mecánica cuántica no puede dar sentido intrínseco al acontecimiento. Les remito aquí a la célebre parábola del "gato de Schroedinger". Una partícula radiactiva está encerrada en una caja con un gato. Si se desintegra provocará la rotura de un frasco de veneno que causará la muerte del gato. La mecánica cuántica nos prohíbe, frente a la caja cerrada, decir: ora la partícula está intacta, ora se ha desintegrado; ora el gato está vivo, ora está muerto. Sólo cada vez que abrimos la caja, cuando observamos el gato, podemos decir, eventualmente, "está muerto, luego la partícula se ha desintegrado". Es la observación lo que da sentido al acontecimiento, y no a la inversa.

Según algunas representaciones filosóficas de la historia de las ciencias, éstas progresarían por la negación. El progreso de la "razón" científica exigiría entonces que confiáramos al dominio de la opinión incompetente la idea de una distinción intrínseca entre pasado y futuro, como hemos abandonado la idea de causa final o de simultaneidad absoluta de acontecimientos distantes. Esta representación del progreso científico me parece peligrosa. Desprecia el hecho de que, en materia científica, negación y afirmación son indisociables. El fracaso de Boltzmann, y la negación de la flecha del tiempo que de él se deriva, supone que queda demostrada la validez general de la noción de trayectoria dinámica. Recordemos aquí la declaración de Sir James Lighthill: el determinismo reversible en cuyo nombre la flecha del tiempo fue negada era una creencia que se revela hoy ilegítima. El descubrimiento de los límites de validez de la noción de trayectoria abre por tanto el espacio conceptual donde puede construirse un sentido dinámico intrínseco de la flecha del tiempo.

 

De hecho, desde 1892, estos límites estaban definidos. Poincaré demostró que la mayor parte de los sistemas dinámicos no pueden ser definidos en términos de "invariantes del movimiento", es decir, ser representados en términos de estos movimientos periódicos independientes a los que, como ya he dicho, la descripción de un sistema dinámico integrable puede ser referida. La razón de esta imposibilidad es el fenómeno de "resonancia", es decir, la transferencia de energía y de cantidad de movimiento entre dos movimientos periódicos.

 

Desde un punto de vista histórico, es interesante constatar que la "catástrofe de Poincaré" no tuvo consecuencias. El ideal de un mundo descrito en términos de trayectorias dinámicas -o de funciones exactas cuánticas- continuó dominando el pensamiento. Es sólo en el transcurso de estos últimos años cuando el desarrollo de la "dinámica cualitativa", al que se asocian los nombres del llorado Kolmogorov, de Arnold y de Moser, ha terminado definitivamente con la creencia según la cual, ya que responden a un mismo tipo de ecuaciones, los sistemas dinámicos pertenecen a una clase homogénea.

 

Los sistemas dinámicos estudiados por Poincaré se caracterizan por puntos de resonancia escasos, como son escasos los números racionales respecto a los números irracionales. Sin embargo, para los "grandes" sistemas (cuyo volumen tiende a infinito) sabemos que la situación se invierte. Las resonancias se acumulan por todas partes en el espacio de las fases, se producen a partir de ahora no ya en cualquier punto racional sino en cualquier punto real. A partir de entonces, los comportamientos no periódicos dominan. El sistema dinámico se caracteriza entonces por un comportamiento caótico.

 

El sistema caótico pone en cuestión la noción misma de causalidad. La idea de causa ha estado siempre, más o menos explícitamente, asociada a la noción de "mismo", necesaria para dar a la causa una capacidad operativa. "Una misma causa produce, en circunstancias semejantes, un mismo efecto". "Si preparamos dos sistemas semejantes de la misma manera, obtendremos el mismo comportamiento". Incluso los historiadores, cuando invocan una relación de causalidad, se arriesgan a pensar que si las circunstancias hubieran sido ligeramente diferentes, si el viento hubiera soplado menos fuerte, si tal persona hubiera elegido llevar una ropa diferente, la situación que analizan, en lo esencial, no se habría modificado. Este riesgo es el de toda descripción, el de toda definición. Tanto las palabras como los números tienen una precisión finita. Toda descripción, verbal o numérica, define una situación no como idéntica a sí misma, sino como perteneciente a una clase de situaciones todas compatibles con la misma descripción. Así, si observamos un sistema caótico partiendo de dos estados iniciales tan semejantes como queramos, veremos evoluciones que divergen con el paso del tiempo de forma exponencial. El comportamiento de un sistema caótico, a pesar de ser descrito por ecuaciones deterministas, es esencialmente no reproducible.

 

Cada estado de un sistema dinámico integrable contiene, ya lo he señalado, su pasado y su futuro. El comportamiento caótico nos lleva a situar el presente, a caracterizar lo que el presente puede decirnos del futuro por su horizonte temporal. Sea cual sea la precisión de la definición de un estado, existe un tiempo de evolución después del cual esta definición habrá perdido toda pertinencia: más allá de este horizonte, la noción de trayectoria individual pierde su sentido. Como un verdadero horizonte, el horizonte temporal de los sistemas caóticos diferencia entre lo que podemos "ver" desde donde estamos y el más allá, la evolución que ya no podemos describir en términos de comportamiento individual sino sólo en términos de comportamiento errático, común a todos los sistemas caracterizados por el atractor caótico. Por supuesto, podemos intentar "ver más lejos", prolongar el tiempo durante el cual podemos prever una trayectoria, aumentando la precisión de su definición, restringiendo la clase de los sistemas que consideramos como "los mismos", pero el precio a pagar se vuelve rápidamente desmesurado: así, para multiplicar por diez el tiempo durante el cual la evolución se mantiene previsible a partir de sus condiciones iniciales, debemos aumentar la precisión de la definición de estas condiciones hasta un factor de e...

 

La descripción de los sistemas dinámicos caóticos impone una renovación del lenguaje mismo de la dinámica. Éste, en la medida en que supone un conocimiento infinitamente preciso del estado de un sistema dinámico, oculta de hecho la diferencia cualitativa

entre sistemas dinámicos. Confiere al físico un punto de vista infinito a partir del cual es invisible el horizonte temporal que caracteriza los comportamientos caóticos, punto de vista que permite olvidar los límites de todo conocimiento concebible, es decir, finito. El ideal de conocimiento que implica el lenguaje de la dinámica clásica es pues ilegítimo, en el sentido de que, en el caso de los sistemas caóticos, no respeta el límite que define las condiciones de nuestro modo de conocimiento, históricamente contingentes, sino del conocimiento en general.

 

Desgraciadamente no me es posible describir aquí con detalle el nuevo lenguaje dinámico, que, hoy, nos permite integrar esta limitación, y dar incluso un sentido intrínseco, y no ya determinado por nuestra falta de conocimiento, a las probabilidades que había introducido Boltzmann para articular dinámica y termodinámica. Debemos precisar que este lenguaje sustituye el estado dinámico clásico, y a la ley de evolución reversible que parecía permitir deducir indiferentemente de este estado el pasado y el futuro, por un estado y una ley de evolución de simetría temporal rota. Esta doble ruptura de simetría expresa de manera positiva lo que la noción de horizonte temporal expresaba como un límite: la noción de un presente abierto sobre un futuro intrínsecamente aleatorio.

 

Esta transformación de la dinámica constituye, me parece, un ejemplo privilegiado del carácter abierto, inventivo, de la construcción de la inteligibilidad físico-matemática. El lenguaje de la dinámica clásica estaba marcado por una incoherencia implícita: ¿cómo aceptar que sea nuestra falta de conocimiento lo que da sentido a la irreversibilidad, sin la cual, por no hablar de nuestra vida misma, es inconcebible la actividad de medida que presupone toda teoría física? Ahora bien, no es abandonando la dinámica sino comprendiéndola, comprendiendo al mismo tiempo las razones y los límites de sus éxitos, como el problema ha podido ser resuelto. Por esta razón la significación que podemos dar hoy a la flecha del tiempo se dirige a la vez hacia el pasado y hacia el futuro de la dinámica. Hacia el pasado, ya que concebimos la irreversibilidad como la traducción de la progresiva pérdida de pertinencia de todo conocimiento, de todo poder de control, determinada por el carácter caótico del sistema, y expresamos así en su definición misma las razones del abandono del ideal clásico. Hacia el futuro, dado que la nueva descripción dinámica renueva nuestra mirada y nuestros instrumentos conceptuales. En particular, transforma la idea que nos hacemos de la irreversibilidad macroscópica.

 

Esta irreversibilidad ha sido siempre definida como relativa a las condiciones macroscópicas de no-equilibrio. El estado de equilibrio sería indiferente a la flecha del tiempo. Hoy, la relación entre microscópico y macroscópico se encuentra invertida: en un sistema susceptible de una evolución irreversible hacia el equilibrio, la diferencia entre pasado y futuro persiste en el nivel microscópico incluso en un sistema en equilibrio. No es el no-equilibrio lo que crea la flecha del tiempo, es el equilibrio lo que impide a la flecha del tiempo, siempre presente en el nivel microscópico, tener efectos macroscópicos. El no-equilibrio no crea la flecha del tiempo, pero le permite aparecer en el nivel macroscópico, manifestarse ahí no sólo por la evolución hacia el equilibrio sino también, como hemos visto, por la creación de comportamientos colectivos coherentes.

 

Sin embargo, la dinámica no es hoy la teoría de la realidad microscópica. Llegamos así al problema de la mecánica cuántica.

 

Aunque ha sido cuestionada por muchos de sus intérpretes, desearía subrayar que, para la mayoría de los físicos, la mecánica cuántica es la más potente de las teorías jamás construida por la física. En el ámbito experimental, sus predicciones han sido confirmadas con una precisión extraordinaria. Sin duda por eso la mayor parte de las críticas han intentado transformar la interpretación que damos a este formalismo sin modificarlo. Ahora bien, nuestra perspectiva implica una modificación de este formalismo.

 

Karl Popper escribía a propósito de la mecánica cuántica: "Mi propio punto de vista es que el indeterminismo es compatible con el realismo, y que la aceptación de este hecho permite adoptar una epistemología objetivista coherente, una interpretación objetivista del conjunto de la teoría cuántica, y una interpretación objetiva de la probabilidad". Pero él sabía que este punto de vista revelaba un "sueño metafísico". En efecto, la mecánica cuántica actual no se limita, como la dinámica clásica, a someter la evolución de la función de onda a una ley reversible y determinista. Su formalismo ha tomado por modelo la descripción de los sistemas dinámicos integrables. Presupone la posibilidad de representar el comportamiento de un sistema en términos de movimientos periódicos independientes, posibilidad que, como demostró Poincaré, estaba restringida a una clase de sistemas dinámicos muy particular.

 

Aquí, una vez más, me es imposible entrar en detalles. El nuevo formalismo al que recientemente hemos llegado acentúa el carácter probabilista de la descripción cuántica, y confiere a las probabilidades una significación intrínseca, independiente de la medida. Siendo más precisos, este formalismo no toma por objeto privilegiado al átomo aislado, caracterizado en términos de estados estacionarios estables, sino al átomo en interacción con el campo que induce. Es por la resonancia entre el átomo y este campo por lo que, desde 1928, Dirac había explicado la inestabilidad de los estados estacionarios excitados, el hecho de que el átomo recupera espontáneamente su estado fundamental emitiendo uno (o varios) fotones. Sin embargo, el tiempo de vida de los estados excitados no pudo, en la mecánica cuántica usual, recibir una significación precisa, no pudo ser definido más que respecto a un tratamiento aproximado (regla de oro de Fermi). Ya lo he señalado, la mecánica cuántica actual, contrariamente a la primera teoría cuántica de Bohr, Sommerfeld y Einstein, no permite describir el acontecimiento que constituye la transición de un átomo hacia su estado fundamental con emisión de un fotón, y hace que las nociones de acontecimiento, de tiempo de vida y de probabilidad sean relativas al acto de observación.

 

Hemos demostrado que es de hecho imposible definir un átomo en interacción con su campo en términos de invariantes, es decir, describirlo por una función de onda sometida a la ecuación de Schroedinger. El teorema de imposibilidad de Poincaré puede así ser aplicado a la mecánica cuántica y permitir asimismo una clasificación cualitativa de los sistemas cuánticos. El nuevo formalismo que proponemos sustituye la evolución reversible de Schroedinger por una evolución de simetría temporal rota que confiere una significación exacta al tiempo de vida, al acontecimiento probabilista, y da sentido al hecho de que es en el futuro que compartimos con el átomo excitado donde éste recupera su estado fundamental. Este formalismo permite nuevas previsiones en relación con la mecánica cuántica. Conduce entre otras cosas a prever un desplazamiento de los niveles energéticos del átomo. En el caso de las experiencias usuales, este desplazamiento es demasiado ligero para ser observado, lo que es coherente con el éxito predictivo de la mecánica cuántica actual. Pero hemos comenzado a imaginar, en colaboración con los experimentadores, el tipo de situación experimental que permitiría refutar o confirmar nuestras previsiones, y, con ellas, la nueva representación que proponemos de un átomo intrínsecamente marcado por la flecha del tiempo.

 

Llegamos así a una "síntesis" entre la primera teoría cuántica, que fue alimentada esencialmente por la termodinámica estadística, y la segunda, que buscó dar una interpretación puramente mecánica a los procesos resultantes del acoplamiento entre un átomo y un campo electromagnético. El átomo reversible de la mecánica cuántica es una idealización, la definición intrínseca del átomo es relativa al proceso disipativo que resulta del acoplamiento con su campo. Las leyes reversibles aparecen a partir de ahora referidas a lo sumo a casos límites. Pero esta síntesis no es más que un primer paso. Queda un terreno enorme por explorar. El mundo cuántico es un mundo de procesos, cuya descripción debería, como en el caso del acoplamiento entre el átomo y su campo, hacer explícita la flecha del tiempo. En todos los niveles, nuestras descripciones actuales hacen intervenir las nociones de resonancia y de colisión, y podemos así esperar encontrar fenómenos intrínsecamente irreversibles. La reacción química, de la que la teoría actual no da más que una representación fundamentalmente estática, deberá sin duda ser redefinida de forma radical, así como las interacciones fuertes estudiadas por la física de altas energías.

 

Como hemos subrayado, el carácter reversible de la ecuación de Schroedinger ha conducido a una pérdida del realismo físico. Conforme al "sueño metafísico" de Karl Popper, encontramos aquí una forma de realismo, centrado no alrededor de la noción de evolución determinista sino alrededor de la de acontecimiento. Son los acontecimientos los que permiten nuestro diálogo experimental con el mundo microscópico, es a ellos a quienes una teoría realista del mundo cuántico debe dar un sentido para escapar de las paradojas que han obsesionado a la mecánica cuántica desde su creación.

 

Para terminar esta muy rápida aproximación a la profunda transformación conceptual que conoce hoy la física, cómo evitar la cuestión que fascina tanto a los físicos como al público, la del origen del Universo.

 

Para muchos físicos continúa siendo inimaginable aún hoy que la física pueda tomar al Universo por objeto y aventurarse, con la cuestión del "Big Bang", en un ámbito hasta entonces reservado a las especulaciones religiosas y filosóficas: la "cosmogonía". Sin embargo, este desarrollo inesperado de la física parece irreversible. La alianza entre teoría y observación ha transformado ya de manera intrínseca el pensamiento cosmológico, imponiéndole mutaciones inesperadas.

 

Cuando, en 1917, Einstein propuso el primer modelo del Universo, se trataba de un Universo estático, eterno, expresión físico-matemática de la tautología parmenidiana "el ser es". Desde 1922, estaba claro para los matemáticos que las soluciones naturales a las ecuaciones de Einstein designaban un Universo no eternamente idéntico a sí mismo, sino ya en contracción, ya en expansión, y la observación de las galaxias lejanas concluyó: estas galaxias se alejan de nosotros a un ritmo tanto más rápido cuanto más alejadas están, es decir que las observamos tal y como fueron en un pasado más distante. Nuestro Universo está por tanto en expansión. Pero es el descubrimiento de la radiación fósil, en 1965, lo que, según palabras de Wheeler, confrontó a la física con la más grande de sus crisis, es decir, forzó a los físicos a tomarse en serio la consecuencia de un Universo en expansión: en el origen de esta expansión, hace quince mil millones de años, se piensa hoy, toda la materia y la energía que constituye nuestro Universo ha debido estar concentrada en un punto sin dimensión. Con la radiación "fósil", los ecos del "Big Bang", como lo había denominado con burla Fred Hoyle, llegaban hasta nosotros.

 

Los fotones de longitud de onda centimétrica que bañan la totalidad del Universo observable son para los astrofísicos el testimonio de que la materia, que es el objeto de las leyes físicas actuales, no es un "dato", sino el producto de una historia que ha acompañado a la expansión del Universo y cuyos fotones, productos residuales inertes, permiten medir el coste entrópico: en el seno de nuestro Universo hay alrededor de 10 o 10 fotones por un barión, una partícula material de estructura compleja como el protón o el neutrón.

 

Universo inmutable o Universo destinado a la muerte: si bien estas dos concepciones se inspiran en la ciencia, sus raíces se remontan mucho más lejos en la historia del pensamiento humano. En cambio, quién hubiera podido imaginar que podamos vernos abocados a situar la "muerte térmica" del Universo no en el final de su historia sino en su origen, a concluir que el orden que caracteriza nuestro Universo actual no es un orden superviviente de la degradación progresiva, sino un orden producido durante una explosión entrópica original. Y esta "explosión" podría traducir el nacimiento mismo de nuestro Universo. En efecto, según un argumento reciente, la singularidad inicial del "Big Bang" podría sustituirse por la inestabilidad de un espacio-tiempo original "vacío" en el sentido de la mecánica cuántica. Es en términos de producción irreversible de la materia-energía de nuestro Universo, y no de su concentración infinita, como deberíamos pensar el origen del Universo.

 

Podemos constatar aquí también el cambio de sentido del segundo principio de la termodinámica. Esta "muerte térmica", esta producción masiva de entropía que situamos en los orígenes de nuestro Universo ya no es, con toda seguridad, una muerte. Marca por el contrario el paso de un Universo vacío a un Universo poblado de energía y de materia actuales, evalúa el precio del paso a la existencia de nuestro Universo.

 

En cada nivel de la física, encontramos el tiempo irreversible asociado al devenir de la materia allí donde ayer leyes atemporales reducían este devenir a la repetición de lo mismo. Se podría tratar de ir más lejos, plantear la pregunta: ¿de dónde viene la flecha del tiempo? ¿Surgió con la ruptura primordial de simetría del "vacío cuántico"? Nada de eso: esta ruptura de simetría eventual, así como las condiciones de no-equilibrio en el mundo que conocemos, revela la existencia de la flecha del tiempo, pero no la crea. En efecto, nos hace falta presuponer ya la existencia de esta flecha del tiempo para demostrar la inestabilidad del Universo vacío, la posibilidad de que ciertas fluctuaciones desencadenen el mecanismo cooperativo que habría creado simultáneamente la materia y la curvatura del espacio-tiempo.

 

De forma más general, creo que hay que resistir la tentación de "explicar" la flecha del tiempo. Podemos hablar del tiempo de nuestro nacimiento, del de la caída de Troya, del tiempo de la desaparición de los dinosaurios, e incluso del tiempo del nacimiento del Universo, pero la pregunta "cuándo, o por qué, ha comenzado el tiempo" escapa a la física, así como a las posibilidades de nuestro lenguaje y de nuestra imaginación. El tiempo irreversible, la diferencia entre el pasado y el futuro, precede y condiciona tanto la realidad física como las preguntas del físico.

 

Marc Bloch había opuesto las ciencias, que, dividiendo el tiempo en fragmentos artificialmente homogéneos, lo reducen a una medida, y la historia: "Realidad concreta y viva, entregada a la irreversibilidad de su impulso, el tiempo de la historia, por el contrario, es el plasma mismo donde se producen los fenómenos y el lugar de su inteligibilidad".

 

Sin duda alguna, la distinción entre física e historia permanece, en el sentido de que la inteligibilidad física implica la identificación de objetos de comportamiento reproducible. Por supuesto, como ya he dicho, el comportamiento caótico no es reproducible individualmente, pero sabemos cómo producir un sistema de comportamiento caótico. Igualmente, podemos en lo sucesivo concebir una "receta" para crear un Universo y quizá en un futuro lejano, la expansión del Universo volverá a crear las condiciones de inestabilidad del vacío primordial. Por el contrario, una situación histórica no se prepara ni se reproduce. Sin embargo, esta distinción ya no es una oposición. Y ello porque la nueva coherencia que se perfila hoy en el interior del campo físico y, espero, entre los diferentes campos científicos, tiene por principio este tiempo irreversible del que hablaba Marc Bloch, productor de existencias nuevas caracterizadas por tiempos cualitativamente nuevos.

 

La física, como dije al comienzo de mi conferencia, se ve hoy como una ciencia joven, liberada de un modelo de inteligibilidad que, aunque ha podido fascinar a las otras ciencias, las enfrentaba con la física. Quizá por este cambio se encuentra por fin liberada de la relación estrecha que mantuvo desde su origen con el problema filosófico y teleológico de la Creación, de las "razones" últimas, intemporales, que darían su inteligibilidad al mundo. La transformación de la física que acabo de esbozar aquí traduce el carácter profundamente histórico de esta ciencia: al mismo tiempo solidaria con una tradición que seleccionó y privilegió una clase particular de objetos, y abierta, susceptible de construir a partir de los límites de esta tradición el sentido de lo que negaba. La física, incluso cuando ha sido llevada por su historia a plantear la pregunta del "origen del Universo", intenta, como las otras ciencias, construir el sentido de aquello de lo que no puede dar cuenta, ese tiempo irreversible que constituye a la vez la condición de sus objetos y de sus preguntas.

 

 

 

BIBLIOGRAFIA DE ILYA PRIGOGINE EN CASTELLANO:

 

- Introducción a la termodinámica de los procesos irreversibles, Ed. Selecciones Científicas, Madrid, 1974.

 

- ¿Tan sólo una ilusión? Una exploración del caos al orden, Tusquets, Cuadernos Infimos nº 111, Barcelona, 1983.

 

- Proceso al azar,(con otros autores), Tusquets, Superínfimos nº 7, Barcelona, 1986.

 

- La nueva Alianza, (con Isabelle Stengers), Alianza Universidad nº 368, Madrid, 1990. (Edición corregida y aumentada).

 

- Entre el tiempo y la eternidad, (con Isabelle Stengers), Alianza Universidad nº 643, Madrid, 1990.

 

- El nacimiento del tiempo, Tusquets, Metatemas nº 23, Barcelona, 1991.